Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo
lunes, 16 de diciembre de 2013
Reportaje fotográfico de Tardes de otoño y cultura, en Cieza
Eduardo López Pascual y Manuel Balsalobre, presentan el evento
Ginés Aniorte, durante su intervención
Francisco Javier Illán Vivas
Jesús Cánovas Martínez
Antonio Ortega
José Luis Tudela
Manuel Balsalobre
Foto de familia de los participantes.
El público asistente
Toñi Ruiz Romero, Esperanza Sánchez-Marín y Natalia Torres, con Francisco Javier Illán Vivas, terminado el evento.
Organizado por la Asociación Pueblo y Arte, de Cieza. Recital poético.
Biblioteca Padre Salmerón, 13 de diciembre de 2013.
Fotografías de Francisco Javier Illán Vivas y Toñy Ruíz.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Hay cosas que tiran más, de Juan Gil Palao (Reseña 587)
Juan Gil PalaoHay cosas que tiran más
Editorial ADIH, diciembre 2013
Esta es la primera obra publicada de Juan
Gil Palao, una novela que sorprenderá a propios y extraños y que, a los pocos días de su presentación en Yecla, lo que ocurrió el pasado 12 de diciembre, ya ha agotado la primera edición.
Una novela que no es ajena, en nada, a la realidad que vivimos hoy en día en nuestro país, y no es, ni muchos menos, una novela histórica. Más bien es un drama.
Juan Gil nació en Yecla, en 1970, y escribe desde siempre. Su
primera novela se remonta a 1988, y la tituló La sierra del Cuervo, una obra que
aún hoy está inédita. Su inquieta pluma siguió creando y nacieron Vulpes en
1994 y Aracil
cuatro años después.
No es hasta el 2004
–seis años más tarde- cuando termina de escribir la novela que hoy nos ocupa, Hay cosas que tiran más, y que ha tenido
que aguardar en el oscuro cajón nueve años para verla publicada.
Pero no sólo de
novela vive el hombre, podríamos decir. También ha escrito cuentos de
diferentes géneros, que igualmente tuve el placer de ser receptor de alguno de
ellos para su lectura y que serán, cuando su camino literario así lo decida,
germen de otro libro dedicado al relato. Y, en ello, y mientras tanto, él sigue
escribiendo.
Me decía hace unas
fechas, si mi memoria no me engaña, que está escribiendo otra nueva novela que toca también lo que contiene Hay
cosas que tiran más, pero más basada en hechos reales que la que nos ocupa. El autor conoce el tema desde el aspecto personal y profesional.
En 2001 comenzó a
trabajar como interino en la Administración de Justicia –ese es el sueño de
Andrés, el personaje de su novela, aprobar unas oposiciones-; Juan sí lo
consiguió, tres años después, en 2004 ingresa definitivamente en su actual
profesión. Un año después el trabajo le lleva a Sevilla, donde permanece hasta
2007 y donde encuentra buenos amigos que conserva hasta hoy.
Desde 2007 está en
Yecla y, posiblemente, aunque el destino es caprichoso, es el destino laboral
definitivo.
Os he citado a Andrés, el personaje principal, mejor dicho, el narrador de la
novela que nos ocupa, y de su parecido con el autor, aunque él me ha reiterado
más de una vez que no es autobiográfica, ni nada por el estilo. Pero eso nos
pasa a todos los escritores: escribimos de lo que conocemos, aunque
no queramos hacerlo.
Pero regresemos a Hay cosas que tiran más. Este joven atormentado que
es Andrés nos contará, a lo largo de 103 páginas, sus ilusiones por aprobar unas
oposiciones con las que labrarse un futuro estable –que, como están las cosas
hoy en día, no lo es tanto, ya sabéis la de veces que los políticos le han
birlado el sueldo a los empleados públicos para mantener sus propios salarios y
privilegios- y mientras alcanza ese sueño llega a su vida lo que pensaba era la
mujer con la que la compartiría para siempre. Eva se llamaba, una mujer con
nombre bíblico, el primer nombre femenino que existió, si somos creyentes.
Porque Andrés, a su
edad, aún no conocía –en el sentido bíblico- “materialmente el cuerpo de una
mujer”, y Eva le iba a descubrir un paraíso terrenal del que ya no podría escapar,
enamorándose hasta la médula, como le confiesa a un amigo, además de
convertirse en un esclavo de sus pechos, que tienen bastante protagonismo en
esta novela, y no sólo por la portada. (Por cierto, gracias a
la modelo Virginia Leal por prestarnos su imagen para la portada).
Esta historia narrada
en primera persona tiene momentos en los que el lector puede decir: ¿pero cómo
no se da cuenta de lo que es Eva?
Como lector me
lo he preguntado en las primeras páginas, cuando Andrés conoce a César y las
vicisitudes que éste pasa "gracias" a Eva, lo que ocurre con el hijo de ella y
César…
Pero ya sabéis lo que
dice el protagonista, Hay cosas que tiran
más… sí, tiran más que dos carretas.
Juan Gil ha elaborado unos personajes que nos parecerá conocer y nos obligará a tomar posición.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Poemas desde Church Street, de Maricel Mayor Marsán (Reseña nº 586)
Poemas desde Church Street (Edición Bilingüe)
Ediciones Baquiana, 2006
Debo a Ardentísima
y, por extensión, a José María Álvarez, haber hecho el ridículo unas cuantas
veces. Referiré dos de ellas. La primera fue en Molina, cuando un grupo
representativo del por aquel entonces Grupo
Espartaria de Poesía, fuimos convocados para dar un recital poético en el
Salón de Actos de Caja Murcia. Ufanos, contentos, pletóricos, nos dirigimos
allá («Al fin la fama», pensábamos), pero la sorpresa fue mayúscula al
encontramos con la puerta cerrada a cal y canto… ¡Allí no había nadie! Ni el
conserje, ni el Tato. Miramos de nuevo el folleto informativo, por si el error
era nuestro y, con las prisas por darnos a conocer, nos hubiéramos precipitado
un día antes, a lo mejor dos, o... ¡quién sabe si se nos había pasado el arroz!
¡Pues mira que no! Claramente se especificaba que tal día y a tal hora, el
grupo Espartaria daría un recital allí mismo. Por fortuna, alguna señora de
edad avanzada se personó en el lugar con ánimo de poesía, lo que nos hizo
sentirnos menos solos, y en honor a ella realizamos una semilectura poética
encaramados en un banco de la calle. La segunda el ridículo fue, diría, hasta
sangrante. En aquella ocasión, habían puesto taxis al servicio de los poetas;
salían estos desde el Rincón de Pepe, montaban al susodicho y lo llevaban a
destino. Y allí que me vi, en taxi, contento y con un repunte de vanidad. «¡Ya
es hora de que se haga justicia con la poesía, la hermana pobre de la
literatura! ¡A los poetas se les pone taxi, como es debido!…», eso iba
pensando, o algo parecido, durante el trayecto hacia el IES Santa María de los
Baños de Fortuna.
Llego a destino, pues, bajo del taxi y entro
en el instituto. Es horario lectivo y los pasillos andan vacíos… Me acerco a
Dirección o a Jefatura de Estudios, no sé, ahora no me acuerdo, y les digo que
yo soy el poeta que están esperando.
—¿Cómo? ¿El poeta que estamos esperando?
Dos individuos, con un gesto de extrañeza no
disimulado, han elevado desde sus asientos unos ojos hacia mí.
—El mismo —respondo, con aire de importancia.
—¿Esperábamos a algún poeta? —pregunta uno,
mira al otro, y luego los dos se miran entre sí.
—¡Ah, sí!... —suelta el más avispado—. Eso es
cosa de Fulana, la profesora de literatura.
Me indican entonces que siga recto, tome a la
derecha, después a la izquierda, etcétera, hasta llegar al aula tal. No sé si
soy excesivamente suspicaz, pero a estas alturas de la película ya llevaba la
mosca en la oreja.
Abro la puerta del aula, saludo y pido
permiso para entrar:
—Soy el poeta que viene de parte de Ardentísima.
Y la profesora, ante aquella inesperada
interrupción, expresa su desagrado a la vez que su sorpresa:
—
¿¡Cómo!?
¡Pero tú no eres Pedro Marín...!
—No… Yo soy Jesús Cánovas y me han enviado
para acá… los de Ardentísima...
Vuelve la profesora a la carga, e introduce
una réplica con otro pero, un tanto
capcioso:
—Pero a quien esperábamos era a Pedro…
Está confusa, desconcertada, y me contagia su
confusión y desconcierto. De repente empiezo a sentir vergüenza, se me enrojece
la cara y me invade igual sensación que aquella que puede invadir a un pato
perdido en un garaje.
La profesora tiene tablas, y pronto salva la
situación. La incomodidad del inicio se distiende gracias a su simpatía. Aun
así me recuerda que llevaban varios días trabajando un poemario de Pedro, y que
sus alumnos se sienten muy descolocados al verme a mí allí y no a Pedro…
Sería injusto concluir, de cara a estas
experiencias (en todo caso particulares), que Ardentísima no cumplió un cometido importante en la Región de
Murcia. Quienes me conocen saben que hablo poco, y si hablo, lo hago al
descubierto; no me gusta esa hipocresía que estilan ciertos individuos, los
cuales ponen piadosa o beatífica cara y aun limpian el polvo de la chaqueta de
aquel al que, a sus espaldas, rajan de forma inmisericorde (al respecto, puedo
dar unos cuantos nombres si se me pidieran). Esa gentuza me da asco. En cuanto
a mí, lo digo a las claras: José María Álvarez lo hizo muy bien, y las
sucesivas ediciones de Ardentísima
supusieron un hito en la pequeña historia de la literatura de la Región. Fue
una suerte tener a la mano a poetas de talla internacional, oír los poemas de
sus labios, percibir su respiración, cruzar alguna palabra con ellos. La poesía
se dignificó durante aquellos días, y agradable fue asistir a la multiplicidad
de recitales que se fueron sucediendo mañana, tarde y noche. No concluiré, por
tanto, nada negativo.
Para desagraviar a Ardentísima de tanta crítica solapada como recibió y,
consecuentemente, a su instigador, contaré dos cosas magníficas que me
sucedieron.
La
primera fue la posibilidad de tomar un
café con María Kodama. Un descalzado de la poesía tiene pocas
oportunidades de
codearse con los grandes, así que en un impasse burlé la estrecha
vigilancia
que sobre ella ejercía José María Álvarez y la invité en un bar de la
Plaza de
Santa Catalina. Aunque breve el contacto, las sensaciones que
experimenté
resultaron multiplicativas. No fue solo hablar con aquella
interesantísima mujer (tímido por naturaleza, hoy no podría decir
exactamente sobre
qué), circunstancia por sí misma merecedora del recuerdo, lo que me hizo
flotar
durante unos instantes, sino algo que aconteció como un plus: una suerte
de
catalización que se operó a través de la Kodama. Ocurrió como si todo
Borges, a
quien yo había descubierto y leído con pasión en mi etapa universitaria,
descendiera sobre su viuda y desde ella se comunicara conmigo, él y su
obra
toda.
Parecida sensación, aunque con las
connotaciones que ahora explicaré, tuve con Maricel Mayor Marsán, la segunda
cosa buena de la que quiero hablar. La conocí en el aparte de un recital,
cuando Juan Ramón Barat y yo entablamos una conversación con ella y su esposo,
Patricio E. Palacios, en el bar Zalacaín. A pesar de que su poesía me impactó,
yo no había oído hablar de Maricel; pronto me enteré que junto con Patricio
dirigía una revista digital de gran calidad, muy extendida por el ámbito
hispano: Baquiana.
Al tomar conocimiento con una persona se
establece una comunicación subliminar por la que se sabe si en un futuro podrá
haber compatibilidades o no. Si surge la empatía, se evidencia a sí misma; es
un hecho. Difícil describir en conceptos unas sensaciones que rayan lo
extraordinario; son sensaciones estas que aluden a los sentidos llamados
inferiores más que a los de la vista o el oído; ahora bien, tengo que añadir a
continuación que esos mismos sentidos son inmediatamente trascendidos para
mostrar otra verdad, diría que trasluminada, diferente a la meramente táctil,
olfativa o gustativa. Si con María Kodama percibí el descenso de Borges y su
obra, de Maricel Marsán me llegó, como aroma o tacto, la bondad, la belleza, la
inteligencia, la ternura, la sencillez, la hermosura, el sufrimiento, la
alegría, la proximidad, la dulzura, la tranquilidad, la anchura, la extensión,
la apaciguada lucha, la verdad.
Poems
from Church Street
está dedicado a la memoria de las víctimas del 11 de septiembre de 2001. Es un
libro, por tanto, agónico, en su sentido original de lucha y sufrimiento, en el
que Maricel Mayor Marsán muestra su empatía con aquellas víctimas inocentes de
la barbarie terrorista.
No es conveniente olvidar, según el quinto manual que nos propone la
autora, el de las equivocaciones, y
de la cita de Karl Shapiro que lo alumbra, los
errores del pasado. La memoria, y en este caso la poética, ha de registrar
los errores de ese pasado, y archivarlos, para mostrarlos luego tal como
fueron: errores. Y esto porque la poesía, al no ser sabia, es inocente, y por
lo mismo se puede adentrar por los campos del terror y de la muerte sin ningún
tipo de preconcepciones o lastres que no sean los de la propia mirada del
poeta. La poesía no aprende de lo que podríamos considerar un sentir general y,
por lo mismo, universalizable; no: La experiencia poética es única en cuanto
respeta la particularidad de cada poeta, o, incluso, de cada lector concreto.
Ahora bien, si estamos llamados a tener dicha experiencia en singular, ¿qué es
lo que podemos comunicar, entonces? Veamos la respuesta que ensaya Maricel Mayor:
Siempre podremos transmitir aquello anterior a la palabra y que informa la
palabra; en el caso que nos ocupa el desasosiego o el silencio, sea el presente en caos, en el caso del
primer manual, o la complicidad del miedo,
en el caso del segundo. Un pie para la meditación del primero lo supone una
cita de Longfellow, para el segundo, otra de T. S. Elliot, que reproduzco: I will show you fear in a handful of dust (Te mostraré tu miedo en
un puñado de polvo). Aun así la poeta
apuntará al mandato del décimo manual,
el de la espera, resumen o conclusión
al que tiende su hacer poético: La
humanidad en lo humano. La esperanzadora cita que lo glosa es de Walt
Witman: In this broad earth of ours,/
amid the measureless grossness and the stag,/ enclosed and safe within its
central heart,/ nestles the seed perfection (En esta amplia tierra
nuestra,/ en medio de la inmensa densidad y la basura,/ rodeada y segura en el
centro de su corazón,/ anida la semilla perfección).
Maricel propone Diez manuales con sus pertinentes mandatos y citas, soportes estas
últimas para la meditación particular de cada uno de los lectores de Poems from Church Street. Ahora bien, si
el poemario busca la complicidad del lector, es porque previamente ha habido
una exposición de los sobrecogedores motivos del horror. Y son precisamente
estos motivos los que informan las otras secciones del libro: Ante la presencia del dolor, De otredades y circunstancias, Habitantes anónimos de la ciudad de Nueva
York y Algunos poemas desde el
asfalto.
El World Trade Centrer se desmorona bajo un
sudario de estupor y sorpresa; una lluvia de polvo, cascotes y cemento viene a
caer ominosa sobre la Gran Manzana y las gentes corren llenas de pasmo hacia
ningún lugar (The ashes fly everywhere./ They have taken with
them the trace/ of many faces of friends ―La ceniza vuela por todas partes./ Se ha llevado consigo el rastro/ de tantos
rostros amigos—). Son gentes anónimas; no saben ni comprenden, apenas
identificada la amenaza, por qué o de qué huyen. El cielo es plomo, arde
derretido; extraños ángeles de fuego circulan, caen los vidrios rotos; el humo
se eleva negro, retumba el polvo. Entre los que huyen se encuentra Pedro, el
tendero, o Imanil, el asistente de mesero, o George, el taxista negro de
Harlem. Cada uno tiene su historia; la muerte les ha segado algo íntimo y
caminan insomnes. Sus vidas ya no serán igual a como fueron porque
definitivamente sienten quebrada en su interior la delgada línea que, al
romperse, los adentra por el territorio incierto de la vulnerabilidad: Why he and not me?/ Why my friend and not
me?/ Why not the two?, se pregunta,
insistente, Imanil. Son
preguntas angustiosas ante lo que no se comprende y golpean como un marro en el
fondo de sus psiques. Así es. La atrocidad del horror se ceba en los inocentes;
por eso, de forma semejante a la del Evangelio, una voz unánime clama
desconsolada por Manhattam: Es la de Maricel-Raquel, que llora a sus hijos
porque ya no existen:
I observe the remains of a disaster,
the memorial of the laceration of many.
Some pray, some others look fearless,
others swing themselves discreetly in their places,
push gently, whisper in mourning,
silently struggle in their spaces…
(Observo los residuos de un desastre,
el memorial del desgarre de tantos.
Unos rezan, algunos miran impávidos,
otros se mecen discretamente en sus sitios,
empujan levemente, susurran en duelo,
pugnan callados en sus espacios...)
El horror posee tintes surrealistas, de
hecatombe: las nubes asfixian, los aires son pavesas y yeso, la mañana se tiñe
de salvajes oscuridades, los cuerpos se evaporan o se descuelgan múltiples
voces más allá del polvo... Mientras, desde el horror y el caos, ascienden las
almas de los muertos. Una fuerza especial posee el poema que lleva por título The maccabees of the ground zero (Los
macabeos de la zona cero), que comienza del siguiente modo: Soldiers of ashes and bones/ looking for the
eternal light/ in the remembrance of others (Soldados de cenizas y huesos/
buscando la luz eterna/ en los recuerdos de otros). Con sobrios trazos, la
mirada impávida y el dolor contenido, la autora subraya su impotencia ante la
muerte gratuita de cualquier ser o la estupefacción que le produce contemplar
hasta dónde puede llegar la maldad humana. Surgen así poemas tan tremendos como Infecund
parable o At the hour of all hours:
My pores get filed with your bad luck,
There is no line or fold of my body,
Exempted from the alluvium of the tragedy.
I breathe, live, feel
And
barely
Understand your death.
(Los poros se me inundan de tu mala suerte,
No hay renglón o pliegue de mi cuerpo
Que se exima del aluvión de la tragedia.
Respiro, vivo, siento
Y
apenas
Comprendo
tu muerte.)
Sin embargo, junto a la descripción del
terrible caos, frente a la paralización a la que induce el horror o la
estupefacción ante lo incomprensible de tal espanto, con su conciencia
desgajada, partida, la autora nos propone tres poemas, remansados o
conclusivos, por un lado, provisionales o pendientes de futuros desarrollos,
por otro. Son los que alumbran el título del poemario y, en última instancia,
le dan sentido: Trinity Church, At the gate of an old cemetery y Saint John the Divine. Inmersa en el
espanto del horror, la poeta confiesa, emocionada, su confusión: I am hesitant and errant,/ I come from the
fire, madness coming off the sky,/ victim of I don’t know what and of I don’t
know who (Ando vacilante y errante,/ vengo del fuego, locura desgajada del
cielo,/ víctima del no sé qué y del no sé quién), para, a continuación, desear
el descanso en el viejo y humilde cementerio de la Isla. Quiere yacer con los
antiguos muertos, porque se siente parte de ellos. Allí, cesada la confusión,
la paz; pero no la de la muerte, sino aquella otra que serena el alma y da vida
a la vida. Y la encuentra tanto en Saint
John the Divine, donde los hombres rezan juntos, con independencia de sus
lugares de origen (The nations pray
together, the denominations are forgotten ―Oran juntas las naciones/ las
denominaciones se olvidan—), como en Trinity
Church, límpida iglesia, y firme, con su campanario mirando al sol,
serenada de silencio en medio del quehacer urbano, y todo eso, sin embargo, two steps away from the Armagedon (a dos
pasos del Armagedón).
¿Por qué el horror? Las impresiones poéticas
que me dejan estos Poems from Church
Street de Maricel Mayor Marsán, sin quererlo yo, me conducen a las
reflexiones filosóficas de André Glucksmann. En un libro publicado poco antes
de aquel fatídico 11 de septiembre, La
tercera muerte de Dios, el filósofo casi de modo premonitorio alertaba
sobre la posibilidad de un gran atentado proveniente del fundamentalismo
islámico; ocurrida la catástrofe, reflexiona sobre la misma en Dostoievski en Manhattam. La conciencia
del hombre occidental de nuestro tiempo se ha vaciado de valores e ideales;
Dios ha muerto por tercera vez y adviene el nihilismo. La primera vez que Dios
murió fue en la cruz; la segunda, en la razón, con las obras de Nietzsche y
Marx; la tercera en la conciencia. Esta tercera muerte conlleva la llegada del
nihilismo, no inocuo y como un adorno, sino radical, por cuanto el vaciamiento
que procura en el ser humano se traduce en la práctica de la muerte: ya no
existe un por qué o un para qué de la destrucción sino un por qué no.
El mundo Occidental ha tenido los ojos
vendados ante el horror, ya fuera por la parodia de paz en que ha vivido desde
la Segunda Guerra Mundial, la complacencia consumista del ciudadano medio o el
mismo silencio cómplice de los intelectuales; así, tras la caída del muro de
Berlín, Fukuyama declaraba el final de la historia con alegre e inocente
entusiasmo. Pero pronto se revelaría que ese acontecimiento no suponía ningún
final de la historia, sino el inicio de una nueva era, la del nihilismo,
profetizada en el siglo XIX por Nietzsche. La caída de las Torres Gemelas el 11
de septiembre de 2001 supone su triunfo.
La actitud fundamental del nihilismo es la
del todo vale; es decir, que se puede hacer todo lo que se quiera sin ningún
tipo de escrúpulos, incluso el más espantoso de los genocidios. Así pensaban
Hitler, Himmler, Goering, o cualquiera de los líderes nazis; pero también
Stalin, Mao, Milosevic, Pinochet o Videla. ¡Abajo
la inteligencia! ¡Viva la muerte!, gritó en el año 1936 Millán Astray en la
Universidad de Salamanca como única réplica posible a Unamuno. El denominador
común, pues, de los totalitarismos que han azotado el siglo XX (nazismo o
comunismo) ha sido el nihilismo y la crueldad que les vino añadida: su
práctica, su justificación y aun su legitimación. El terrorismo fundamentalista
proveniente del Islam también adopta esta característica por cuanto procura la
muerte en razón de la lógica misma de la muerte. La alegación a la divinidad es
un pretexto para el terrorista, porque no se trata de actuar a favor de lo
divino, sino de suplantarlo y tomar su lugar bajo la premisa del todo vale.
El ser humano es un ser incompleto, a medio
hacer o quizá vulnerado desde el principio, por lo que son múltiples las
fisuras de su naturaleza. Estas fisuras son las que agranda el nihilismo, y por
ellas vienen a colarse fuerzas demasiado oscuras como para poder
identificarlas. Si las identificáramos y reconociésemos se nos pondrían algo
más que los pelos de punta.
Jesús Cánovas
viernes, 13 de diciembre de 2013
Quinquis, de Agustín García Meana (Reseña nº 585)
Agustín
García Meana
Quinquis
Editorial Digital CASSANDRA
21
Paquito
recogía un ladrillo del suelo, al pie de la abollada valla metálica que servía
de inútil cerramiento a las obras de la calle, y, sin más dilación, lo
estampaba contra el cristal del SEAT 850 aparcado en el borde de la acera. La
una de la madrugada, ni un alma por una calle cuya farola más cercana estaba a
cien metros. Oculto por las sombras de la noche, abría la puerta del coche y se
abalanzaba en su interior. Entretanto, “el Piños”, ya se había situado
estratégicamente al lado de la puerta, la espalda apoyada sobre el coche, las
manos en los bolsillos de su chupa, mirando a uno y otro lado, atento para no
ser sorprendidos. Poco después, Paquito se reincorpora —el radiocasete entre
las manos—, azuza a su compañero y salen corriendo…
Así arranca esta historia
que transcurre en una localidad del norte de España, pero que no es ajena a
otros lugares de nuestra geografía y de fuera de ella, pues es una de esas
historias que no conocen fronteras; una de esas reales, cuyos protagonistas no
son seres excepcionales, sino personas como las que conviven con nosotros
—vecinos, amigos o parientes—, cuyas vidas se desarrollan sometidas a las
circunstancias que las rodean.
Paquito, el protagonista,
es uno más de esos adolescentes que engrosan las listas del abandono escolar
bajo la pasiva mirada de unos padres tan ocupados en sobrevivir, que apenas
tienen tiempo para ayudarse a sí mismos y a sus hijos a salir de una espiral de
carencias.
Tan solo Nuria, la hermana
de Paquito, es consciente de la gravedad de la situación que va tomando cuerpo
en el interior de aquella casa. Ella asiste, impotente, a la evolución de un
Paquito cada vez más alejado del camino, supuestamente recto, que todo joven ha
de seguir; mientras, la calle será testigo de ese desarrollo en el carácter del
adolescente chulo y extrovertido que, lentamente, se va convirtiendo en un
hombre duro y seguro de sí mismo, dueño de su propia vida, y dispuesto a cuidar
de aquellos que verdaderamente le importan. El sexo, la droga, la delincuencia,
el asesinato y el Sida se dan cita en estas trescientas páginas, pero ello no
es obstáculo para que el amor y el deseo de superación, ocupen un lugar
importante en la vida del protagonista. Sin embargo, a pie de calle, la
realidad no es una realidad de película, sobre todo, cuando no se cuenta con
los recursos necesarios.
Esta es una de esas obras
bien narrada, en la que adecuación, cohesión y coherencia, caminan de la mano
para que el lector se introduzca en la escena como testigo directo de cuanto en
ella sucede. Con registros lingüísticos acordes al ámbito sociocultural en el
que se desarrolla la historia, Agustín García Meana, nos ha llevado de la mano
a través de una época que, aunque ya se nos antoja lejana, muchos todavía
recordamos como una pesadilla vivida hace apenas unos días. Una historia que yo, personalmente,
recomendaría en los institutos para trabajarla con los adolescentes. Pero, QUINQUIS, es, asimismo, uno de esos
libros de difícil accesibilidad en las librerías tradicionales, pues nos
encontramos una vez más, con uno de esos trabajos ante, cuya recepción del
manuscrito, las editoriales recurren al silencio más absoluto, o son rechazados
directamente por no contemplar en ellos la firma de un famoso o el tintineo que
produce la “caja”.
Lola Estal
QUINQUIS
se puede adquirir, de momento, en formato digital, contactando con el propio
autor en su página de Facebook, o directamente con CASANDRA 21 Ed. Digital.
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