Partido
por
el rayo
el
cielo,
rasgado
quedaría
en
el templo
el
velo.
Un
último suspiro
que,
consagrado
al
Padre,
el
hombre bueno
lanzó
volcado
en
su abismo
"...
en tus manos
encomiendo
mi espíritu..."
mas
era ¡gloria!
¡alegría!
¡amor bello!.
La
cruz ahora
se
vuelve viva
y
en luz eterna
de
Krhistos
radiante
vibra
que
no de muerte
sería
la herida
sino
de esperanza
y
dicha
en
otra nueva
y
mejor vida...

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