Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

sábado, 6 de junio de 2026

10 años de guerra, de Pedro González Núñez (Reseña nº 1153)

 


 

Pedro González Núñez
10 años de guerra
Loto Azul Editorial, 2025

La guerra es el estado natural del hombre, la cita no es mía. A lo largo de mi vida la he escuchado más de una vez y, posiblemente, leído en el interminable mundo que es Internet, y fue lo primero que me vino a la memoria cuando terminé de leer el manuscrito de la novela que tienes entre manos, desconocido lector.

Tal vez debería haber leído primero la epístola que Sigmund Freud envió a Albert Einstein cuando éste le consultó sobre si existía un medio de librar a los hombres de la amenaza de la guerra; si existía un medio de canalizar la agresividad del ser humano y dotarlo de medios contra sus instintos de odio y destrucción. Aquella consulta la realizó el 30 de julio de 1932 y, como ahora con Putin, era Hitler quien extendía la violencia por Europa. ¿Nada ha cambiado?

Si tenéis interés por saberlo, según datos del 20 de octubre de 2023, el día de mi 65 cumpleaños, la Academia de Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos de Ginebra, en Medio Oriente y el norte de África se encuentran activos 45 conflictos armados, 35 en el resto del continente africano, Asia cuenta con 21 conflictos en activo, Europa tiene 7 y América Latina es escenario de 6 conflictos armados, aunque estos incluyen también violencia criminal, como en el caso de México.

Esa misma Academia nos desvelaba que hacía once días el mundo había sido testigo del resurgimiento de un conflicto armado que tiene, por lo menos en su etapa moderna, 75 años de historia. Se trata del conflicto Palestino-Israelí, que había dejado 1,400 muertos del lado israelí y 3,500 en el lado palestino, en tan solo trece días.

Creo que ese es el espíritu de la novela que nos ocupa, y que Pedro González, escritor impenitente, ha querido abordar con ella, dándole el aspecto de algo cercano, algo común, pues la dedicatoria a su abuelo Agustín nos lleva a creer que el protagonista (que se llama Agustín Núñez Cazorla), es ese abuelo al que el autor dedica la novela.

Pedro es ya un reconocido escritor capaz de sorprendernos con cada nueva entrega de su inagotable creatividad. Da lo mismo el género, pues ha publicado en casi todos: negra, fantástica, romántica, Ci-Fi, juegos… y a su registro le faltaba histórica. Y sale airoso del reto que se propuso. Claro que, si buscamos en la red de redes, veremos que además de su incontable capacidad para escribir en cualquier registro, también la encontramos en sus heterónimos: Joe Lem, Henry Guy, Marqués de Babilonia, PG Sharpe, Perry Green, Paul Michel... Todos y cada uno de ellos son Pedro González. Lo he dicho un poco antes, nos hace creer que el protagonista es alguien cercano, que nos está narrando sus vivencias en esa tragedia que forma parte del ADN de la Humanidad.

Y demuestra, a lo largo de las páginas de la novela, que la Guerra, así, en mayúscula, es algo con lo que los seres humanos nos acostumbramos a vivir, porque jamás ha existido ni un solo día de paz en el mundo.

Agustín Núñez nos irá relatando en primera persona cómo la tranquila vida de un profesor de una pequeña escuela a las afueras de Badajoz cambia a partir de 1936, cuando es reclutado para defender a la República. ¿Por qué a la República? Pues porque le había tocado allí, sin más, un detalle importante de todas las guerras. La deciden quienes nunca van a participar en ellas, las combaten quienes el día antes, una hora antes o un segundo antes, intentaban ganarse la vida, llevar un salario a su casa.

¡Qué fácil es incitar a los hombres a la guerra! En la citada epístola de Freud a Einstein, aquel reflexiona sobre este asunto y nosotros, la generación que no había vivido ninguna guerra, puede parecernos extraño, pero lo vemos en el cine, en la televisión, cuando antes de cada batalla el líder incita a los que van a morir y, estos, luchan: el instinto de vida y el instinto de muerte.

Diez años en guerra vivió Agustín Núñez, miles de años en guerra vive la Humanidad. Y todo apunta que es solo el principio, que la historia se repite.

Leíamos hace un par de fechas que en 2050 el planeta Tierra tendrá 9.700 millones de habitantes. Un planeta superpoblado, donde los recursos naturales ya escasean en 2025, donde el gran reto es cómo se alimentará a tal población, cómo se le dará acceso al agua a todos y de dónde se obtendrá ese alimento y esa agua.

Naciones Unidas ha realizado una estimación en el año 2050 se necesitará producir un 70 % más de alimentos que en 2023, sólo para cubrir las necesidades de la población mundial. Pero me pregunto, ¿y la alimentación de aquellos seres que alimentan a esos miles de millones de seres Humanos?

Diez años en guerra vivió Agustín Núñez, escapando de una guerra, de la Civil española a la II Guerra Mundial, recorriendo Europa y el norte de África, y en cualquier lugar, por mucho que él intentaba escapar, la guerra le alcanzaba.

         Hoy la Guerra está ahí, a las puertas de nuestra casa, a las de esa Europa que está siendo invadida cada día por miles y miles de habitantes de otras partes del mundo, buscando la sociedad del bienestar y, al tiempo, esquilmando los recursos de que dispone, pues cuando la formularon nunca contaron que debían darles ese bienestar a millones de habitantes llegados de África, de Asia, de América Latina, de …

         Soy pesimista, lo habrás descubierto ya si has llegado leyendo hasta aquí.

         El personaje de esta novela nos desvelará también las consecuencias de esta interminable Guerra en la que vive la Humanidad: al final sólo sabía matar. Terrible confesión.

No sé con qué armas se peleará la III Guerra Mundial, pero la cuarta será con palos y piedras, frase atribuida a Albert Einstein, tras la II Guerra Mundial.

 

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 4 de junio de 2026

Libros reseñados en mayo de 2026


 

Durante el mes de mayo la sección Libros en el Acantilado ha publicado cinco reseñas: Los ríos nunca miran atrás, de José Luis Monroy Antón, con 1146 lecturas; Este libro muerde, de Désirée Dorado, con 1440 lecturas; Un sitio donde estar a salvo, de Eduardo Quijano, con 1330 lecturas; Ciudades dde Europa, de Miguel Ángel de Rus, con 1420 lecturas; y El barco de Teseo, de Ginés Aniorte, con 1209 lecturas.

miércoles, 3 de junio de 2026

58100 lectores en el blog durante mayo de 2026


 

58100 lectores han visitado Acantilados de papel durante el mes de mayo, centrándose especialmente en las reseñas literarias, cuyas estadísticas publicaremos a partir de mañana.

martes, 2 de junio de 2026

Boca de dragón, de M.D. Álvarez

 


Aquella hermosa florecilla de un intenso rojo pasión era la flor favorita del primer emperador Jinmu Tenn, que, según cuentan las leyendas, disputaba el gobierno de la gran isla Hondo a un beligerante dragón de escamas rojas que aniquilaba pueblos enteros.

Un buen día, Jinmu Tenn vio en uno de los muros que circundaban la ciudad imperial una hermosa florecilla de un insípido color blanco que se asemejaba a las fauces de un dragón y tuvo la genial idea de invitar al beligerante dragón a un certamen de magia. El dragón, por sí mismo, ya era una criatura mágica y se creyó ganador. 

El día del encuentro, Jinmu Tenn se presentó con una pequeña maceta cubierta, pues no quería mostrar su poder. 

El dragón mostró su poder, refulgiendo como un fuego abrasador, mientras todos lo admiraban y aplaudían. 

El joven puso cara de abnegación y dijo: —Si tan siquiera tuviera una gota de tu sangre, lograría equiparar mi truco de magia".

El dragón, perplejo ante la petición, ofreció una gota de su sangre, que el joven utilizó para regar aquella plantita de flores blancas. 

Lo que ocurrió a continuación fue un portento: las blancas flores se fueron tiñendo de un rojo sangre para admiración de los allí presentes. 

El dragón quedó cautivado por la hermosura de aquella planta y cedió su derecho a gobernar la gran isla de Hondo. 

Desde aquel día, la pequeña plantita, anteriormente conocida por el nombre de «conejitos», pasó a recibir el magnífico nombre de boca de dragón.

M. D. Álvarez 

viernes, 29 de mayo de 2026

El barco de Teseo, de Ginés Aniorte (Reseña nº 1152)

 

Ginés Aniorte
El barco de Teseo
Renacimiento, 2022

En su momento se consideró a este poemario como el regreso a la poesía de Aniorte, tras una década sin publicar poesía, que no sin escribirla. Y escogió un título muy significativo. Era el regreso de un creador a su raíz, a la tierra que lo vio nacer y de la cual, en el fondo, un poeta nunca se marcha del todo. Aunque la vida, la docencia y los caminos literarios le hayan llevado al otro lado del Mediterráneo, donde hoy vive y trabaja, él está anclado con parte de su alma, si no toda, en Sangonera la Verde, en Murcia, en su tierra.

Como os digo, desconocidos lectores, el título es sugerente y profundamente simbólico: El barco de Teseo. Como muchos sabréis, seguro que mejor que este que lo es, evoca aquella célebre paradoja de la Antigüedad: si a un barco se le van sustituyendo, una a una, todas sus maderas gastadas por maderas nuevas hasta que no queda ninguna de las originales, ¿sigue siendo el mismo barco?

No he hablado con el autor de esto, pero llevado a la poesía de Aniorte, esta paradoja se convierte en una bellísima metáfora de la existencia humana. Es lo que yo he encontrado en el poema A modo de prólogo. Es un viaje a través de la identidad, del paso del tiempo y de la reconstrucción personal. No olvidemos tampoco que el poemario se publica al mismo tiempo que la obra dedicada a la muerte de su hermana, Angelina, que podéis leer aquí.

A lo largo de las páginas el autor nos invita a reflexionar sobre cómo nos transforman los años, las distancias, las pérdidas y las experiencias. Nuestras maderas cambian, nuestros paisajes cambian, pero hay una esencia, una memoria invisible que nos mantiene fieles a nosotros mismos.

Y si no, ¿qué nos queda?

Su poesía es una poesía de la claridad, de la línea limpia y de la confidencia. Un poemario para permanecer siendo quienes somos, aunque nos cambien cada célula de nuestra piel.

Francisco Javier Illán Vivas

martes, 26 de mayo de 2026

El rey de los caballos y su ofrenda. de M.D. Álvarez

 


Seguro que no conocéis el origen del castaño de Indias, o también conocido como castaño de caballo, en latín *Aesculus hippocastanum*. Pues bien, os lo voy a contar. 

En un principio, cuando el cosmos todavía no había surgido, los devas y los asuras batieron el océano de leche. La primera criatura que surgió fue un hermoso corcel de siete cabezas, blanco como la nieve y de brío indomable.

Y os preguntaréis qué tiene que ver el castaño de Indias con este hermoso equino. Ahora voy a ello.

Los devas y asuras quedaron maravillados con la hermosura de dicho animal y quisieron atraerlo cada uno con diversos sortilegios. Solo la diosa de la fertilidad, esposa del dios supremo, entendió que semejante animal merecía un hermoso presente y hizo crecer un gigantesco árbol que, al florecer, mostraba ramilletes de flores en forma de cono de un precioso color blanco manchado con pequitas rosadas.

El hermoso animal quedó prendado de la ofrenda y se acercó a la bella diosa y le dijo:

—Solo tú podrás cabalgar sobre mi lomo, ya que has creado un hermoso presente para mí. 

Desde aquel instante, el árbol recibió el nombre de castaño de Indias.

M. D. Álvarez

viernes, 22 de mayo de 2026

Ciudades de Europa, de Miguel Ángel de Rus (reseña nº 1151)

 


Miguel Ángel de Rus
Ciudades de Europa
M.A,R. Editor, 2025

Que Miguel Ángel de Rus tiene un fino humor muy irónico, eso creo todos los que seguís estos no tan abruptos Acantilados de Papel lo sabéis. Entre estas más de 1100 reseñas han aparecido sus últimas obras aquí comentadas y siempre hay sátira, ironía y también melancolía.

Tal vez sea este último adjetivo el que más define la obra que nos ocupa: veintiocho relatos, de diferente extensión, que nos recuerdan -desde su perspectiva- lo que fue Europa y lo que ya no es.

Tengo la impresión de que él aún guarda un poco de optimismo, y bajo cada relato hay un llamamiento a recuperar el espíritu occidental, el ideal de la Europa que cambió el mundo, pero yo he visto más pesimismo que optimismo.

Me lo puso en la dedicatoria: sátira y melancolía. Y el lector va a disfrutar de este viaje por la ciudades de Europa y espero que, al final, le quede ese impulso para reaccionar y que el viejo continente no sea solo lo que fue, sino lo que deberá ser, antes que el Islam aplaste cada una de sus democracias (esa última reflexión es mía).

Francisco Javier Illán Vivas 

jueves, 21 de mayo de 2026

El club del oso, de Eduardo Quijano

 


Harry y Phil, escondidos tras un arbusto, levantan las escopetas y apuntan al ciervo que pasta delante.

Los pájaros pían en las copas de los árboles del bosque.

—¡Guau! —dice Harry—. Con este bicho conseguiremos entrar en uno de esos selectos clubes de cazadores…

Phil baja la escopeta y se gira hacia Harry.

—Jack Feldman, el tipo que nos acompañaba a cazar hace años, logró entrar en el club del oso —suelta Phil.

—¿En serio? ¡Joder! —exclama Harry, sin bajar el arma—. Es uno de los más prestigiosos de todo el estado. Tiene unas normas muy estrictas para entrar.

—Pues Jack Feldman lo consiguió. Espió a los miembros durante semanas. Y se enteró de que para poder ingresar en él necesitabas haber cazado tres osos y cumplir con el estricto código de vestimenta del club. Jack cazó los osos, y se acercó al salón donde celebran sus reuniones con las cabezas disecadas y el traje marrón pardo y la corbatita de osos que vestían.

—¿Y entró? —pregunta Harry.

—No. Justo ese día los miembros del club habían cambiado de vestimenta. Y, en lugar de chaqueta y corbata, iban con un pijama color pardo y unas zapatillas con forma de garra de oso. Lo echaron de allí a patadas.

Harry se gira hacia Phil.

—¿Pero no dices que consiguió entrar? —pregunta sorprendido, sin bajar el arma.

—Al mes siguiente, tras recorrer todas las sastrerías y hacerse con las dichosas zapatillas con forma de garra y el pijama marrón, volvió al club con las tres cabezas. Pero aquel día habían cambiado de nuevo el vestuario y todo el mundo iba con chaqueta y unos guantes que parecían garras.

—¡Pero entonces Jack no logró entrar! —exclama Harry.


De golpe los pájaros dejan de piar.

El ciervo levanta la cabeza y los mira.

—Sí consiguió entrar —dice Phil—. En la reunión siguiente Jack se adelantó a todos. Como era el club del oso, acudió al salón donde celebraban las reuniones disfrazado de oso. Lo admitieron al momento. Acto seguido los miembros del club agarraron sus escopetas, le dieron diez segundos para correr por todo el edificio y esconderse, e inauguraron con él la temporada de caza. Ahora su cabeza preside el salón del club.

Harry, pálido, baja su escopeta y mira a Phil.

Se echa el arma al hombro, se da media vuelta y se va por donde ha venido. Phil se echa también la escopeta al hombro y sigue a Harry.


Cuento de Un sitio donde estar a salvo. Eduardo Quijano. Coleman ediciones. 2025

martes, 19 de mayo de 2026

Tierra mágica, de M.D. Álvarez

 


El nacimiento de aquel precioso río Arnoia se encontraba en la sierra de San Mamede, alimentado por las aguas de varios afluentes como el río Maceda, el río Ambía y el río Ourille. El Arnoia fluye serenamente entre quebradas, riscos, dibujando meandros serpenteantes que atraviesan diversas poblaciones. Entre las que destaca el pueblecito donde nació mi adorada madre: Allariz.

Las gentes de Allariz son amables por naturaleza, destacando por su calidez y afecto. Cada verano, paso un mes disfrutando de las tranquilas aguas del Arnoia y del cariño y amistad de los alaricanos.

Sin embargo, lo que muchos desconocen de las historia de este pequeño pueblecito es que, en el año 1853 , surgió una criatura aterradora y brutal: el hombre lobo de Allariz, conocido como sacamantecas. En cada noche de luna llena, liberaba a su bestia interior y se dice que llegó a matar y despedazar a cerca de 13 mujeres y niños. Su misterosa fuga de la cárcel de Allariz es un enigma que, hasta el día de hoy, sigue sin resolverse.

Pero yo voy a tratar de resolver. Eran tiempos oscuros donde la mentalidad inquisitorial campaba a sus anchas por las agrestes tierras gallegas, donde cada aldeano temeroso de dios veía criaturas aterradoras en cada sombra y en los huecos de los árboles heridos. Los búhos dorados eran símbolo de buen agüero, pero no siempre, según dicen; si una de esas majestuosas aves ululaba en el pueblo, alguien fallecería al acabar de ulular.

Pero, ¿qué hago? Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Nada, nada, céntrate: localización, Allariz, año 1853, el juez de instrucción, don Manuel como fiscal, don Luciano y como defensa, el ilustre Manuel Rua.

El juicio duró aproximadamente un año y concluyó con el alegato más enfervorecido del fiscal. Don Luciano argumentó que el acusado era un asesino en serie inteligente y calculador que mató a al menos nueve personas, no un licántropo maldito como había sostenido la defensa. El juez, tras deliberar, condenó al preso a muerte por garrote vil por el asesinato de al menos nueve personas..

La sentencia fue conmutada por la reina Isabel II a una pena de cadena perpetua. Hasta aquí es lo que todo el mundo sabe, pero lo que nadie o casi nadie conoce es que nunca se encontraron los cuerpos de aquellas pobres desdichadas. 

La tierra, solo la tierra de esta mágica región, conoce los secretos ancestrales de las criaturas que pueblan y deambulan por ella. Quién sabe, quizás un día, cuando sepamos reconocer los secretos de la tierra, ella nos muestre su sabiduría, donde la Santa Compaña anuncie la pronta visita de la guadaña a alguna alma descarriada. Solo entonces seremos dignos de ser llamados hijos de la tierra. 

Nadie habló de ello abiertamente. Tras la sentencia, tenían la magia que despertaba cada luna llena. Siempre había alguien que conocía a alguien que se había perdido en el bosque, y si era hallado, ya no parecía el mismo. Pero la vida, en apariencia, continuó.  Pero la tierra no olvida.

Mi abuelo, que en paz descanse, solía decir que hay noches en las que el Arnoia no suena igual. Que sus aguas, normalmente mansas, arrastran un murmullo más grave, como si algo se deslizara bajo la superficie. Yo me reía de niño, claro. Pensaba que eran historias para asustar a los críos y mantenerlos cerca de casa.

Hasta aquel verano. Debía de tener unos doce años. Era una noche cerrada, de luna, llena de esas en las que el cielo parece una losa negra sin estrellas. Me despertó un sonido seco, repetitivo. No era el ulular de un búho, ni el croar de las ranas. Era… otra cosa. Como pasos húmedos sobre piedra.
Me levanté sin hacer ruido. La casa de mi abuela crujía con cada movimiento, como si también ella quisiera advertirme que no siguiera. Pero la curiosidad —o algo más— tiraba de mí.

Con paso temeroso baje la acearrica y el mismo aire olía a tierra mojada, aunque no había llovido. Y entonces lo vi.

A la orilla del Arnoia, donde el río forma un pequeño recodo entre la islita y la presa, había una figura. Baja, encorvada. No sabría decir si era un hombre o un animal. Se movía despacio, con una precisión casi deliberada, como si supiera exactamente dónde pisar.
Quise gritar, pero no pude.

Aquel ser se detuvo giró la cabeza; sus ojos amarillos contrastaban con un espeso pelaje tan negro como los tizones de las hogueras. Se irguió y, durante un instante, tuve la certeza absoluta de que aquello me estaba mirando… y reconociendo. Entonces, un sonido rompió el momento: un ulular lejano. Un búho.

La figura se tensó. Y en un movimiento imposible, rápido, antinatural, desapareció entre los matorrales.
Corrí de vuelta a casa. No recuerdo haber cerrado la puerta ni haberme metido en la cama. Solo recuerdo el latido desbocado y una idea clavada en la cabeza:

Y entonces lo supe. Una mujer y su hijo nonato no habían vuelto a casa.

Nadie quiso pronunciar sus nombres en voz alta.

Mi abuela, con las manos temblorosas, cerró todas las ventanas antes de que cayera la noche. Y cuando le pregunté qué estaba pasando, me miró como nunca lo había hecho.

—Hay cosas —dijo— que creen que las enterramos… pero solo las dejamos dormir.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a Allariz, bajo al río. Y escucho. Porque si prestas la suficiente atención, entre el rumor del agua… hay algo más. Algo que respira. Algo que espera.

Lo peor es la sensación de que nunca se fue; siguió al acecho, cazando a jóvenes incautos: el lobisón, hijo de la luna.

Quiero que sepáis que la tierra de mis padres fue, es y será una tierra mágica. Y si lo ponéis en duda, sabed que lo tomaré como algo personal. Las criaturas que la pueblan son tanto hijas del sol como hijas de la noche.

Allariz, 31 de agosto de 2026

Dedicado a mi familia: a mis abuelos, a mi madre y a mi padre. Por  desgracia, ya no se encuentran entre los vivos y ahora son moradores de los bosques milenarios que cubren la región central de Orense.
 
M.D. Álvarez

viernes, 15 de mayo de 2026

Un sitio donde estar a salvo, de Eduardo Quijano (Reseña nº 1150)

 


Eduardo Quijano
Un sitio donde estar a salvo
Coleman Ediciones, 2025

Hay libros que te dejan perplejo, otros te aplastan, y otros casi te vuelven locos. Estos cuentos de Eduardo Quijano me han dejado perplejamente loco. Es un caos continuo, supongo que como el sujeto de la portada, con la cabeza llena de humo, pretendiendo, desde su atalaya, encontrar un sitio donde estar a salvo: no lo hay en ninguna de las páginas.

Pero no vas a poder dejar de leerlo, de avanzar relato a relato, son brevísimos, y seguir en la búsqueda de ese lugar donde estar a salvo, como los extraños y no tan extraños personajes que pueblan cada uno de ellos.

Un humor fino, pero picante, el del autor. Cristina Cerrada, autora del prólogo, dice que es un buen libro del autor. Lo que sí es es sorprendente, y en estos tiempos que corren, que alguien te sorprenda, y más en la literatura, ya es motivo para hacerse con un ejemplar y disfrutar de la lectura y encontrarte con los personajes más extraños que puedas imaginarte.

En serio, abre las páginas y compruébalo.

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 14 de mayo de 2026

Aquí adentro, de Désirée Dorado

 


AQUÍ ADENTRO

Tengo óxido, tornillos flojos,
sillas boca abajo,
miradas de reojo,
nubes de estropajo
restos de fe,
dos o tres carajos
y pendiente un café.

Facturas emocionales sin pagar
y un cenicero lleno de besos mal apagados,
tengo ganas de gritar
y un motor gripado
que intenta arrancar sueños.

Tengo miedos no pequeños
y resacas viejas,
algún que otro empeño
y unas pocas quejas.

Tripas tocando blues en un garaje oscuro,
no sé qué me pasas
y más gritos mudos
que los maniatan.

Un par de hostias mal dadas que nunca devolví
y nudillos rotos de aguantarme;
ponerte a parir,
cien clases de hambre...

No hay mariposas, no,
puta idiosincrasia.
Hay ratones que me roen.
Que me roen, que se ríen
de mi desgracia.

Désirée Dorado 

martes, 12 de mayo de 2026

El estrecho de Mesina, de M.D. Álvarez


 

Las olas apenas los balancean mientras los cuerpos flotan boca abajo, mecidos por largos dedos que se aproximan desde el abismo. 

La criatura asciende lentamente, con calma, sabedora de que nadie le disputará su alimento. 

Una vez al año, su comida llega con el naufragio en el estrecho de Mesina, cuando las dos corrientes, tanto la voraz Caribdis como la insaciable Escila, chocan, formando un gran remolino que hace zozobrar a los navíos, dejando la ofrenda de vidas al kraken que vuelve a las profundidades tras cobrarse su tributo.

M. D. Álvarez

viernes, 8 de mayo de 2026

Este libro muerde, de Désirée Dorado (Reseña nº 1149)

 


 

Désirée Dorado
Este libro muerde (Poemas para leer bajo su propio riesgo)
Murcia, 2026 

Hay libros que buscan agradar.

Este no.

Este libro muerde no se escribe desde la corrección, ni desde la metáfora delicada, ni desde el pudor. Se escribe desde la herida abierta. Y eso, en poesía, siempre es un riesgo.

Désirée Dorado no construye un yo lírico contemplativo; construye un yo que arde, que sangra, que insulta, que desea, que se humilla y que se levanta. Aquí el amor no es un jardín: es un vertedero, una trinchera, un cuarto oscuro, un barrio llamado Perdón del que cuesta salir. La autora no edulcora la experiencia sentimental; la expone con crudeza, incluso con una violencia verbal que incomoda. Y esa incomodidad es deliberada.

Este es un libro que orbita alrededor de una ruptura —o varias—, pero no se limita al lamento. Hay un recorrido. Del sometimiento emocional al «Adiós, mojón; hola, reina». De la dependencia a la afirmación. De la súplica a la soberanía. No es un tránsito lineal ni limpio; es contradictorio, reiterativo, humano. Como lo son las obsesiones.

Formalmente, el poemario se apoya en un lenguaje directo, con fuerte impronta oral. Hay cadencia de poesía escénica, ritmo de monólogo interior, repetición como martillo. Conviven imágenes poderosas «la dignidad haciendo autostop», «un barrio en las afueras del pecho», «esperanza en libertad condicional»— con expresiones descarnadas que no piden permiso. Lo escatológico aquí no es provocación gratuita: es herramienta de desmitificación. Cuando el amor se convierte en fango, se nombra como fango.

También hay juego y contraste. «Mi problema favorito» introduce un tono casi lúdico, matemático; «Sé quién es» roza lo oscuro y lo ritual; «Un lugar llamado Perdón» demuestra capacidad alegórica; «Cuarto oscuro» contiene una sobriedad que revela que la autora sabe bajar el volumen cuando quiere. Esa alternancia evita que el libro sea una sola nota sostenida.

¿Hay reiteración temática? Sí. Pero esa insistencia no es defecto casual: es síntoma. El texto refleja una mente que vuelve una y otra vez al mismo lugar, intentando comprender lo que no terminó de entender mientras lo vivía. La poesía aquí funciona como expediente emocional: ordenar, nombrar, cerrar.

Désirée Dorado escribe desde una paradoja interesante: su profesión —¡qué enorme sorpresa!— exige control; su escritura, descontrol. Y quizá por eso este libro tiene algo de válvula de escape. No hay cálculo frío. Hay exposición. Y exponerse, en un tiempo de máscaras, es un gesto literario valiente.

Este no es un poemario de artificio formal ni de hermetismo intelectual. Es un libro de impacto. De piel. De carne. De memoria. Su mayor virtud está en la voz: reconocible, directa, sin maquillaje. Cuando acierta —y acierta con frecuencia— lo hace porque no intenta parecer poeta: escribe como quien necesita decirlo para no estallar.

Lector, en este poemario vas a encontrar rabia, erotismo, ironía, humor negro y una progresiva reconstrucción del yo. Encontrarás también contradicción, miedo y recaída. Pero sobre todo: honestidad. Y la honestidad, en literatura, no siempre es cómoda. Pero sí necesaria.

Hay versos que piden silencio.

Estos piden roce.

Y el roce, como sabemos, deja marca.

Francisco Javier Illán Vivas