Nadie pudo recordar el orden correcto de las cosas ni
por qué se había trastocado todo. La caída de aquella estrella había
acelerado la destrucción.
Los
cielos se abrieron, la tierra tembló y el único que podría resolver ese
cataclismo ya no estaba entre nosotros; había desaparecido dos años
antes de que aquella errante fuera detectada.
Estábamos
solos ante un final anunciado. Los ricos se ocultaron en sus búnkeres,
pero de nada sirvió; el lucero vagabundo destruyó nuestro planeta.
¡Oh,
no! ¿Qué es eso? Una figura se recorta a contraluz, extiende su mano y
comienza a empujar. Primero no ocurrió nada, pero al cabo de quince
minutos la errante comenzó a retroceder; él había regresado una vez más
de su retiro para salvar la joya celeste.
Héctor
siempre tuvo una especial debilidad por su planeta azul. Lo poco que
recordaba de su madre era el amor que le había inculcado hacia la
Tierra. Por eso, cuando oyó su lamento, acudió desde los confines del
universo conocido para desviar aquella errante.
Él se encargaría de restablecer el orden lógico de las cosas.
M. D. Álvarez

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