Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo
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martes, 20 de diciembre de 2016

Las publicaciones de Acantilados de papel

Alguna, como podéis ver, están fuera de la posibilidad de lectura, ya que nuestra amiga Lola Estal recibió una oferta para publicar su novela en Hispanoamérica.

Las cuatro revistas que publicamos con un buen número de lecturas que no ha parado de crecer, ahora muy lentamente, pero en su momento, nos sorprendió a propios y extraños.

Y la novela de Tomás Bravo, que os la podéis descargar y leer, todo ello a través del portal Calaméo.

miércoles, 20 de abril de 2016

lunes, 9 de noviembre de 2015

París de cine



Bienvenidos a este recorrido virtual por la ciudad de la luz, pasearemos por París con ayuda de nuestra  imaginación y visitaremos lugares emblemáticos de la mano del séptimo arte que os recuerdo nació en Francia, fruto del ingenio de los hermanos Lumière cuyo apellido significa Luz, que es precisamente un elemento imprescindible para realizar la fotografía que sirve de base al arte cinematográfico.

 Comenzaremos desde las películas más antiguas hasta el siglo actual, desde el pasado hacia el presente y para empezar vamos a visitar la catedral donde vivió una vez un jorobado que amó a una bella zíngara. Se trata de El jorobado de Notrê Dame (1932), dirigida por William Dieterle. Interpretada por Charles Laughton en el papel de Quasimodo y Maureen O´Hara como Esmeralda la zíngara. 

Basada en la novela de Victor Hugo tiene como telón de fondo la majestuosa e impresionante catedral gótica de Notre Dame.  Es una historia conmovedora que relata el amor imposible de un jorobado por una hermosa mujer  discriminada por su raza en una época plena de fanatismo, supersticiones, injusticias sociales y oscurantismo religioso. Impresionan su fotografía en blanco y negro, sus decorados e interpretaciones por ello puedo decir que es la mejor adaptación de la obra del autor francés, llevada a la pantalla.

Hablaré ahora de la otra protagonista de piedra: la Catedral de Notre Dame de París, una de las catedrales góticas más antiguas del mundo. Construida entre 1163 y 1245 en la Ile de la Cité y dedicada a la Virgen María.

En sus ocho siglos de historia, la Catedral de Notre Dame ha sido reformada en varias ocasiones, siendo la más importante la de mediados del siglo XIX. A lo largo de estos años se sustituyeron los arbotantes, se insertó el rosetón sur, se reformaron las capillas y se añadieron estatuas.

Notre Dame tiene dos torres de 69 metros en su fachada. Accediendo a la parte superior de las torres, además de apreciar las fantásticas vistas, podréis visitar el campanario en el que vivió el mítico Jorobado y ver de cerca las múltiples gárgolas.

En Notre Dame se han celebrado importantes acontecimientos, entre los que cabe destacar la coronación de Naleón Bonaparte como emperador y la beatificación de Juana de Arco.

Cae la noche en París, estamos de vacaciones y apetece conocer la vida nocturna. Me viene a la memoria aquella película de John Houston que tanto me gustó; sí, aquella que nos habló de un cabaret, Le Moulin Roug, por supuesto, y nos encaminamos hacia ese lugar. Pero, antes, vamos a recordar ese mítico film.

Moulin Rouge. (1952) dirigida por John Huston.                  
 Este clásico del cine nos muestra la vida bulliciosa y alegre de un cabaret parisino situado en el conocido barrio de Pigalle al que solía  acudir el célebre pintor Toulouse Lautrec (maravillosamente interpretado por José Ferrer). Ese marco le sirvió de inspiración para sus conocidos carteles de bailarinas de can-can como la Golue y retratos de clientes asiduos al local. La película no sólo retrata fielmente la atmósfera de ese templo de la diversión sino que además Huston utilizó el color de tal forma que nos parece contemplar cuadros impresionistas.

Echemos un vistazo a su historia. El Moulin Rouge, el cabaret más famoso del mundo, nació el 6 de octubre de 1889, de la mano de dos grandes hombres de negocios: Joseph Oller y Charles Zidler.

En el exterior un molino rojo gigante de aspas móviles daba la bienvenida; adentro, una pista de baile gigantesco, un pequeño escenario, espejos y cortinas por todas partes. En los días previos a la liberación de Francia, Edith Piaf actuó allí acompañada de Ives Montand

Actualmente, su revista "Féerie" cuenta con un grupo de cien artistas, sesenta de los cuales son las famosas "Doriss Girls", bailarinas reclutadas en todo el mundo, músicos y coristas, mil trajes de plumas, strass y lentejuelas, decorados suntuosos y el gran acuario en donde nadan modernas sirenas. Todo un clásico de la noche parisina que afortunadamente sobrevivió a diversas vicisitudes y sigue atrayendo a multitud de visitantes de todo el mundo.

Llegamos al hotel felices, hemos disfrutado de un glamuroso espectáculo, mañana dedicaremos nuestro tiempo a visitar la zona de les Halles en donde patrullaba el gendarme Nestor Patou  (Jack Lemon) en la divertida comedia  Irma la dulce (1963)  de Billy Wilder.         
                                         
Este personaje enamorado de la prostituta encarnada por  Shirley  Mclaine, para poder tenerla en exclusiva se dedica a trabajar por las noches en el antiguo mercado que ya no existe, pues fue trasladado a Rungis.

Ahora encontramos un moderno centro comercial, el  Forum con 23 salas de cine, la estación de trenes y metro más grande de la ciudad, un jardín de más de cuatro hectáreas en el que destacan la gran alameda diagonal y algunas esculturas. Un paraíso para el ocio y las compras.

Por la tarde nos dedicaremos a visitar Monmartre de la mano de Amelie (2001) de Jean Pierre Jeunet, una de las películas francesas  de más éxito internacional con una inolvidable banda sonora. Es tierna, irónica, conmovedora, imaginativa y aunque mezcla realidad con fantasía, sirve para conocer la vida cotidiana de los franceses.

Por eso vamos a callejear por esos barrios típicos que muestra para llegar al  puesto de verduras de Monsieur Collignon que está en la rue de Tres Frères en una calle con escaleras. Allí no sólo podemos comprar fruta y verduras tan apetecibles como las que vimos en la pantalla, también podemos llevarnos souvenirs para recordar algunos de sus instantes más divertidos.

Cuando llegue el momento de descansar es imprescindible acudir al encantador “Cafe des 2 Moulins” lugar de trabajo de Amelie que sigue igual con su buen servicio y su excelente café, pero sin el pequeño estanco, en cambio la estación de metro que aparece en el film fue modificada para que pareciera Abbesses aunque se trata en realidad de Port Lilas.

Nos queda por visitar la basilica del Sacré Coeur obra de Paul Abadie, consagrada en 1919, uno de los monumentos de estilo románico-bizantino más emblemáticos de Paris que destaca por su color blanco. Situada en la cumbre de Monmartre ofrece una de las vistas panorámicas más increíbles de la capital.

En el interior del edificio, el techo está decorado con el mosaico más grande de toda Francia. La cripta también merece una visita.

Desde uno de sus miradores, Nino (Mathieu Kassovitz) ve por primera vez  a Amelie (Audrey Tatou) que le devuelve su álbum de recortes. Intrigado por conocer a la misteriosa joven baja frenéticamente sus numerosos escalones pero ella ya se ha ido. 

Finalizo este recorrido con la visita a la  Opera Garnier, en sus subterráneos vivió un hombre escondido tras una máscara.

Se trata de El fantasma de la Opera (2004) dirigida por Joel Schumacher, basada en la novela de Gastón Leroux.       
                                              
 Al contemplar este espléndido edificio no me extraña que sirviera de inspiración a Gastón Leroux  para escribir su novela:”El fantasma de la Opera” que años después sirvió de base a películas de terror y a un deslumbrante musical de Andrew Lloyd Webber.    
                                                                                      
Este monumento histórico construido entre 1861 y 1875 está situado en Plaza de la Opera en el noveno barrio de París y cerca de la famosa Plaza Vendôme. Es un templo del arte lírico, de la música y  de la danza de prestigio internacional. Su fachada decorada de mármoles de diferentes colores está enriquecida con esculturas, mosaicos, columnas y dorados y es allí donde transcurre la historia ficticia de ese hombre atormentado llamado el “Fantasma de la Opera”.

Este  ser  misterioso que encarna el actor Gerard Butler se enamora de Christine y la convierte en alumna de sus clases de canto para ayudarla a triunfar en el estreno del más fastuoso espectáculo concebido hasta ese momento. Sus apariciones son inesperadas y provocan pavor, pues vive oculto y aislado en las grutas del Palacio para evitar tener contacto con el género humano causante de sus desdichas, sólo confía en madame Giry.
Esa parte de la narración se basa en un hecho histórico, ya que cuando se estaba haciendo los cimientos, la obra  hubo de ser interrumpida al encontrarse cuevas con aguas subterráneas durante las excavaciones, las cuales tuvieron que ser absorbidas con bombas durante ocho meses.

Espero que este tour por Paris “la Ville Lumière” les haya gustado y regresen pronto pues todavía queda mucho por contemplar.


Páginas web consultadas:
París.es
Paríscityvision
Oficina de turismo de Paris.
Filmaffinity.
Fotografías tomadas de Wikipedia.


Josefina Pérez Amorós

lunes, 2 de noviembre de 2015

Hombre metafórico en París



 
‘En una fracción de segundo experimenté un reencuentro conmigo mismo que quizá no hubiese hallado por otros medios durante años de búsqueda.’
Mario Levrero
PARÍS


-Cuando camino por las largas avenidas que atraviesan este insólito mundo comprendo que no pertenezco a él –digo a todos los que creen que aún pueda albergar mi cuerpo una esencia real, un alma, una estúpida resistencia a la Nada.  
Hay una densidad en los días y en las noches que se diluye de un modo indefinible. Me asusta el infinito porque no lo comprendo y de un modo racional intuyo que su oscuridad me ignora a mí. Es estúpido, lo sé, pero no sabría explicarlo de otro modo.
Todo ha adquirido unas medidas desproporcionadas y monstruosamente complejas. Aquí. En esta ciudad que llaman París, que se parece a París, que quizá sea París. Las personas  caminan apresuradas. Son fugaces sombras que se adhieren a mi mirada desde la precariedad visual. Hay sonidos en el aire que el viento transporta y hace llegar a los más recónditos rincones de la urbe. Hay construcciones ciclópeas que vigilan el paso de las estaciones. Hay un río, posiblemente el Sena, y en la superficie de sus aguas  jamás he visto reflejado mi rostro.  Yo, sin saber cómo, estoy aquí. No me importaría hallar respuesta a tal incógnita. Quizá ni siquiera merezca la pena indagar  en unas condiciones que resultan ajenas y lejanas a mi propia naturaleza. No recuerdo cómo ni cuándo llegué a París. Cuando comencé a cerciorarme de que algo no iba bien todo cambió de significado. El tiempo se ha diluido y las proporciones físicas del entorno circundante se transparentan en un proceso lento de simetrías incomprensibles. Ni los edificios ni los Campos Elíseos  ni la Torre Eiffel son espectros invisibles pero sí adquieren un grado de transparencia que me dificulta su identificación. La luz atraviesa todo, incluso a mí. Soy tan inconsistente que temo desaparecer. La luz es como una música que nadie conoce, como el rugido de una bestia dormida en el regazo del tiempo, como la sutil tristeza que emana del tañido de una despedida. Está la melodía pero falta la referencia que la haga real. Está el dolor pero no la forma. Las siluetas y los días se confunden. El tiempo se disfraza, adquiere la textura de los objetos y la propia materia se agita y se estremece como un atardecer indefiniblemente hermoso. Pero es una belleza cargada de fuerza, violenta y me asusta. Ahora estoy pasando, creo, por el Bulevar Saint-Germain. Quién podría negarlo.
Bajo el cielo rojo camino. Pero también por pasajes que parecen noches. Mis paseos son anacrónicos. No hay manera de saber cuándo es de día o cuándo ha caído el sol. Todo es simétricamente engañoso. Los espejos son de aire, el asfalto está forrado de agua de mar y París es un oasis en el que todo son alucinaciones. Burbujas que encierran pensamientos. Y cada pensamiento es una imagen de París. El tiempo aquí responde a una ilógica ley contaminada de anacronismos, superficialidades, rincones, pausas. Acaso se destruye a sí mismo cada instante. Se consume. París, París, c'est la ville de lumière.
He comenzado a dormir menos.
¿Tendré ojeras?
Boris Vian y Víctor Hugo conversan en algún lugar.
            Cada vez  duermo menos: hasta que ya no duermo jamás o la vigilia se trasunta en totalidad. Sueño despierto con que abandono esta ciudad. Sé que en el propio sueño es imposible deshacerme de estas coordenadas. Al principio era gracioso. Pertenecer a un sueño infinito y verídico. Ahora la broma se ha transformado en trampa atroz. El sueño lo es todo y París se ha erigido mi único mundo, mi laberinto. Las calles son cada vez más oscuras y las siluetas de las personas se vuelven más nítidas. Como si una gruesa línea trazara su contorno y las delimitase y las diferenciase del resto de la ciudad. Y cuando me aproximo a ellas constato que yo no soy más que un hombre metafórico. He perdido la costumbre de hablar en este dédalo que curiosamente está encerrado en Francia. Quién iba a imaginar que el Universo cabe en París. Todas mis ideas se quedan en fogonazos. Nunca transcienden a acciones. No hablo, no hay nadie que me escuche. Todo, y cuando digo todo me refiero a TODO, ha dejado de pertenecer a mi realidad. Pero todo es real. Excepto yo. París es real, cualquiera podría corroborarlo. Yo soy el único ser ilusorio que existe. París amanece y transcurre en el tiempo, muy a pesar mío. El reloj vuela y ya habrán pasado mil años y habrán cambiado los nombres de las calles que yo conocí de París. Oigo voces de niños y hombres, voces se acercan. No me miran, les grito y no me oyen ni me ven. Escucho las conversaciones pretéritas y anodinas. Nada me incumbe ya. Todo acto en mí deriva en alegoría y oscuridad. No hay retorno. Soy, al fin, una metáfora, ni decir adiós serviría de algo y París sigue aquí imponiendo su belleza incólume en un universo que  transita hacia la inexistencia…

Pedro Pujante
Le défenser du temps (8, rue Bernard-de-Clairvaux), fotografía de Toñy Riquelme