Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

sábado, 19 de septiembre de 2026

Crimen en el paraíso salado, de Francisco Javier Illán Vivas (Reseña nº 1154 bis)

 


«Crimen en el paraíso salado»: un thriller con sabor a Mar Menor

Francisco Javier Illán Vivas firma en Crimen en el paraíso salado una novela negra que empieza como no podía ser de otra manera en este género: con un cadáver en la playa. Concretamente, en las dunas de la Torre Derribada, en San Pedro del Pinatar, donde un veraneante madrugador se topa con un cuerpo desnudo, sin señales de violencia y con un extraño detalle que convertirá el caso en mucho más que una muerte natural: un poema, enrollado como un canuto, escondido en el cuerpo de la víctima.

A partir de ahí, la novela despliega una investigación conducida por Isco Vivas, inspector de policía medio retirado y por su antiguo compañero, el inspector José Puche, en un tira y afloja de complicidad y reproches que recuerda al mejor buddy movie policiaco. Pronto queda claro que no se trata de un caso aislado: hay un patrón, una firma, y alguien que parece conocer a Isco mejor de lo que a él le gustaría.

Un paraíso con mucho carácter propio

Si algo distingue a esta novela dentro del género negro español es su relación casi devota con el territorio. San Pedro del Pinatar, sus playas, sus salinas, sus restaurantes de toda la vida, no son un decorado de cartón piedra: son casi un personaje más. Illán Vivas se recrea —a veces literalmente, plato a plato— en la gastronomía local, en el paseo de Quintín, en los rincones que solo conoce quien ha caminado esas calles muchas veces. Para el lector que conozca la zona, esto es un regalo: un mapa sentimental convertido en escenario de crimen. Para el que no la conozca, funciona igualmente como una invitación turística con sangre de por medio.

Voces que se cruzan

La novela alterna con soltura el punto de vista: un narrador omnisciente que sigue a policías y sospechosos, los capítulos en primera persona de Isco, y —lo más inquietante del libro— los fragmentos íntimos de la asesina, escritos como una suerte de diario nocturno. Es en estas páginas donde la prosa se afila y gana en tensión: la frialdad calculadora de quien envenena "con dulzura" y deja tras de sí un poema como firma, es de lo mejor que ofrece el libro. El contraste entre esa voz gélida y el tono más cálido y costumbrista del resto de la narración es, de hecho, uno de los pulsos más interesantes de la novela.

Un misterio que sabe recompensar la paciencia

Crimen en el paraíso salado juega limpio con las reglas del whodunit: siembra sospechosas, tienta al lector con la resolución fácil y guarda un giro final que reconfigura todo lo leído. Sin destripar nada, digamos que el desenlace tiene ecos de Agatha Christie —el propio texto se permite citarla— y que el título cierra con un signo de interrogación que deja la puerta abierta a más de una lectura, o a una continuación.

Lo que se le puede pedir

Es un libro generoso, casi desbordante, y ese es también su mayor riesgo: las escenas de sobremesa, las descripciones gastronómicas y los paseos por la comarca, deliciosos en sí mismos, se repiten como estructura a lo largo de la trama y en ocasiones frenan el pulso justo cuando el misterio pide urgencia. Un lector que busque un thriller de ritmo trepidante puede encontrar aquí más pausas de las esperadas; quien disfrute de una novela negra con alma de crónica local y de sobremesa murciana, en cambio, estará en su salsa.

Veredicto

Una novela negra con vocación de guía sentimental de San Pedro del Pinatar y el Mar Menor, sostenida por un misterio bien planteado y una voz criminal genuinamente perturbadora. Ideal para quien busque un crimen con acento local, buena mesa de por medio y un giro final que justifica el viaje.

Para lectores de: novela negra costumbrista, misterio con ambientación mediterránea, thrillers con un componente de crónica social y política reciente.

martes, 15 de septiembre de 2026

Psíthyros, de M.D. Álvarez


 

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. La juventud de ella la convertía en una ráfaga cálida, no como sus hermanos, que se habían convertido en tempestuosos huracanes y fieros tifones.

Ella era más dulce y delicada que ellos; así la originó su padre, el rey de los vientos, Eolo, quien había puesto especial cuidado en aquella sensible y susurrante corriente, que recibiría el sugerente nombre de Psíthyros. 

Fue concebida con la ninfa Egle del Anteparaíso, quien quiso conocer al padre de los vientos que asomaban a su reino. Al verlo tan encantador, quedó prendada de él; y tras una noche de pasión, nació la pequeña Psíthyros.

M. D. Álvarez

domingo, 13 de septiembre de 2026

El hueco bajo la piel, de Fernando Jimeno Martín (Reseña nº 1167)

 


Fernando Jimeno Martín
El hueco bajo la piel
Editorial Samarcanda, 2025

Había cruzado una línea. Una de la que no se vuelve igual. Una donde ya no importa si se sigue adelante, porque una parte de uno ya se quedó atrás, sin nombre, en una plaza vacía bajo la lluvia.

Me ha impactado esta obra. Al principio empecé a leerla como cualquier otro libro, pero página a página me fui dando cuenta lo que el autor nos estaba relatando y que reproduzco en el párrafo anterior, textual, de la página 27. 

Tal vez debía haberme dado cuenta en la dedicatoria que mi amigo me hacía al principio de la obra, pero para quienes hemos firmado cientos o miles de ejemplares en toda nuestra vida literaria, hay muchas veces que se ponen dedicatorias lo más de extrañas.

Pero aquí hay una historia personal de un amigo, al que tanto Toñy como yo le tenemos un gran afecto y siempre recordamos una agradable tarde en Madrid, en la Plaza Santa Ana, con otro buen amigo, Adolfo Caparrós.

Con toda crudeza nos narra su experiencia: sobrevivir tras un intento de suicidio. Si hay obras donde el autor se desnuda ante los lectores, esta es una de ellas, descarnada, sin tapujos, narrada en primera persona. Porque sobrevivir fue solo el comienzo.

Espero que encuentres algo que puedas implantar en tu vida. Gracias amigo por esas letras, lo encontré, sí.

Y a ti, desconocido lector de estos Acantilados de papel, busca el libro (en el título tienes enlace a Amazon), hazte con un ejemplar y acompaña al autor en su recomienzo.

Francisco Javier Illán Vivas 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Libros reseñados en agosto de 2026

 

Cuatro libros hemos comentado durante el mes de agosto de 2026: Historias imposibles, de Miguel Ángel López, con 1182 lecturas; Espejo de monos alumbrados, de José Siles, con 1282 lecturas; De reyes y de reinas, de Luis Barberá, con 1263 lecturas; e Historias de África, de Cleopatra Smith, con 1324 lecturas.

martes, 8 de septiembre de 2026

Aclis, la diosa del suspiro final, de M.D. Álvarez

 


Por mucho que le dijeran, él la seguía queriendo a pesar de ser la diosa de la oscuridad, hija de Nix. Sin embargo, sentía una especial debilidad por aquel hermoso hijo de la luna que languidecía de amor por Aclis, quien todas las noches lo observaba dormir dócilmente en el promontorio que daba paso a las puertas del Averno, en compañía del fiero Cerbero, que se mantenía alejado del joven Eleuter.

Aclis visitaba cada noche las puertas y llevaba ambrosía que depositaba junto a su joven amante.

Aclis no poseía manos hechas para la caricia, sino para el desgarro de la vista y el suspiro final; sin embargo, al rozar la mejilla de Eleuter, sus dedos gélidos se volvían tan suaves como la neblina del Leteo. 

Aquella noche, el joven abrió los ojos. No se despertó con el terror de quien ve a la personificación del dolor ante sí, sino con la paz de quien reconoce a su propio refugio.

—Has vuelto —susurró Eleuter, cuya voz sonaba como el tañido de una campana bajo el agua—. Mi madre, Selene, dice que eres el final de todos los caminos, pero yo solo te veo como el principio de mi descanso.

Aclis retrocedió un paso, y las sombras que formaban su túnica ondularon con violencia.

—No deberías buscar mi mirada, hijo de la Luna. Mis ojos son los que nublan a los guerreros antes de caer. Soy la bruma que borra el mundo.

—Entonces bórralo todo —respondió él, incorporándose con dificultad—. Deja solo este promontorio, el silencio de tu perro tricéfalo y el sabor de la ambrosía que dejas en mis labios.

A lo lejos, el aullido de Cerbero cambió de tono. Ya no era un gruñido de advertencia, sino un lamento profundo que vibró en las puertas de bronce del Averno. Alguien se acercaba desde el mundo de los vivos, alguien que no temía a la oscuridad de Nix ni a la tristeza de Aclis. 

Una figura dorada, envuelta en un fuego que amenazaba con incinerar la eterna penumbra del inframundo, ascendía por el sendero rocoso reclamando lo que la diosa de la oscuridad había tomado para sí

El intruso no era otro que Aristeo, el pastor de las abejas, envuelto en una luz solar que resultaba insultante para la paz del Averno.

Traía consigo el calor de la vida, una vibración que hacía que las sombras de Aclis se retorcieran como serpientes heridas.
—¡Suéltalo, Niebla del Infierno! —rugió Aristeo, su voz resonando en las paredes de roca—. El destino de los hijos de la luz no es marchitarse en el umbral de las sombras. El Olimpo reclama su belleza.

Aclis se irguió. Su figura, que antes parecía frágil ante Eleuter, creció hasta alcanzar una altura sobrenatural. El velo que cubría su rostro se agitó, dejando entrever unos ojos que no eran ojos, sino abismos donde las estrellas morían.

—Él no está aquí por mandato, sino por deseo —sentenció la diosa, y su voz fue un eco de mil huesos quebrándose—. La luz que traes solo sirve para proyectar sombras más largas, pastor. Vete antes de que te convierta en el primer habitante de un dolor que ni siquiera los dioses pueden nombrar.

Eleuter, ajeno al desafío divino, buscó la mano de Aclis. Para él, el brillo de Aristeo era una tortura, una exigencia de volver a un mundo de ciclos, de sudor y de sol cegador.

—No me lleves de vuelta —suplicó el joven, mirando a la diosa—. Prefiero ser el polvo bajo tus pies que el orgullo de los cielos.

Cerbero, sintiendo la debilidad del intruso ante la voluntad del muchacho, se adelantó. Sus tres cabezas mostraron colmillos que goteaban un veneno negro. El perro no defendía a Aclis, pues ella no necesitaba defensa; defendía el sueño de Eleuter, el único ser que jamás le había temido.

Aristeo dudó. Comprendió en ese instante que el joven no era un prisionero de la diosa de la oscuridad, sino su guardián. 

Un hijo de la luna que había encontrado en la negrura absoluta el único espejo capaz de reflejar su verdadera alma.
—Si se queda —advirtió Aristeo, retrocediendo ante el avance del can—, Selene dejará de brillar. El mundo quedará a oscuras para que tú puedas poseerlo.

Aclis miró a Eleuter. El amor de una diosa de la destrucción era un regalo envenenado. ¿Debía dejarlo ir para salvar la luz del mundo, o permitir que el universo se sumiera en el caos por mantener aquel breve instante de ternura en la puerta del abismo?

M. D. Álvarez