Por mucho que le dijeran, él la seguía queriendo a pesar de ser la diosa de la oscuridad, hija de Nix. Sin embargo, sentía una especial debilidad por aquel hermoso hijo de la luna que languidecía de amor por Aclis, quien todas las noches lo observaba dormir dócilmente en el promontorio que daba paso a las puertas del Averno, en compañía del fiero Cerbero, que se mantenía alejado del joven Eleuter.
Aclis visitaba cada noche las puertas y llevaba ambrosía que depositaba junto a su joven amante.
Aclis no poseía manos hechas para la caricia, sino para el desgarro de la vista y el suspiro final; sin embargo, al rozar la mejilla de Eleuter, sus dedos gélidos se volvían tan suaves como la neblina del Leteo.
Aquella noche, el joven abrió los ojos. No se despertó con el terror de quien ve a la personificación del dolor ante sí, sino con la paz de quien reconoce a su propio refugio.
—Has vuelto —susurró Eleuter, cuya voz sonaba como el tañido de una campana bajo el agua—. Mi madre, Selene, dice que eres el final de todos los caminos, pero yo solo te veo como el principio de mi descanso.
Aclis retrocedió un paso, y las sombras que formaban su túnica ondularon con violencia.
—No deberías buscar mi mirada, hijo de la Luna. Mis ojos son los que nublan a los guerreros antes de caer. Soy la bruma que borra el mundo.
—Entonces bórralo todo —respondió él, incorporándose con dificultad—. Deja solo este promontorio, el silencio de tu perro tricéfalo y el sabor de la ambrosía que dejas en mis labios.
A lo lejos, el aullido de Cerbero cambió de tono. Ya no era un gruñido de advertencia, sino un lamento profundo que vibró en las puertas de bronce del Averno. Alguien se acercaba desde el mundo de los vivos, alguien que no temía a la oscuridad de Nix ni a la tristeza de Aclis.
Una figura dorada, envuelta en un fuego que amenazaba con incinerar la eterna penumbra del inframundo, ascendía por el sendero rocoso reclamando lo que la diosa de la oscuridad había tomado para sí
El intruso no era otro que Aristeo, el pastor de las abejas, envuelto en una luz solar que resultaba insultante para la paz del Averno.
Traía consigo el calor de la vida, una vibración que hacía que las sombras de Aclis se retorcieran como serpientes heridas.
—¡Suéltalo, Niebla del Infierno! —rugió Aristeo, su voz resonando en las paredes de roca—. El destino de los hijos de la luz no es marchitarse en el umbral de las sombras. El Olimpo reclama su belleza.
Aclis se irguió. Su figura, que antes parecía frágil ante Eleuter, creció hasta alcanzar una altura sobrenatural. El velo que cubría su rostro se agitó, dejando entrever unos ojos que no eran ojos, sino abismos donde las estrellas morían.
—Él no está aquí por mandato, sino por deseo —sentenció la diosa, y su voz fue un eco de mil huesos quebrándose—. La luz que traes solo sirve para proyectar sombras más largas, pastor. Vete antes de que te convierta en el primer habitante de un dolor que ni siquiera los dioses pueden nombrar.
Eleuter, ajeno al desafío divino, buscó la mano de Aclis. Para él, el brillo de Aristeo era una tortura, una exigencia de volver a un mundo de ciclos, de sudor y de sol cegador.
—No me lleves de vuelta —suplicó el joven, mirando a la diosa—. Prefiero ser el polvo bajo tus pies que el orgullo de los cielos.
Cerbero, sintiendo la debilidad del intruso ante la voluntad del muchacho, se adelantó. Sus tres cabezas mostraron colmillos que goteaban un veneno negro. El perro no defendía a Aclis, pues ella no necesitaba defensa; defendía el sueño de Eleuter, el único ser que jamás le había temido.
Aristeo dudó. Comprendió en ese instante que el joven no era un prisionero de la diosa de la oscuridad, sino su guardián.
Un hijo de la luna que había encontrado en la negrura absoluta el único espejo capaz de reflejar su verdadera alma.
—Si se queda —advirtió Aristeo, retrocediendo ante el avance del can—, Selene dejará de brillar. El mundo quedará a oscuras para que tú puedas poseerlo.
Aclis miró a Eleuter. El amor de una diosa de la destrucción era un regalo envenenado. ¿Debía dejarlo ir para salvar la luz del mundo, o permitir que el universo se sumiera en el caos por mantener aquel breve instante de ternura en la puerta del abismo?
M. D. Álvarez