El humano amor nuestro de cada día
Oye, yo te esperaba
y, sin duda, por este incontenible
deseo de tenerte,
por esta incertidumbre
de que la noche te fuese esquiva
o ajena su negrura
y las sombras te cegaran los ojos
y pudieses perderte en el camino,
abrí mi puerta
y me planté en medio de la noche
con mi estrella de luz sobre los hombros.
Yo no sé cuánto tiempo
permanecí esperándote
inmóvil, anhelante.
La noche era tan larga,
tan huraña,
tan fría...
y yo tendí mi mano
con tanto desespero,
que caí en la cuneta
de bruces, sobre el lodo.
Y me apena por ti,
me avergüenza por ti,
ahora que, al fin,
llegas para quedarte.
Me avergüenza tener
ya salpicado y sucio
algo que solo a ti pertenecía.
Lamento que mis brazos
no sean para tu cuerpo
dos robles virginales.
Pero, si no te importa,
saldré del barro
y llevaré mis manos en tu playa.
Si no te importa, digo,
me quedaré a tu lado
para toda la vida.
Y sabré ser alegre y apasionado
y tierno,
y flexible y amante...
Y amasaremos juntos
al alba, cara al cielo,
cuando el canto del gallo
sea cumplida promesa
de desbordante júbilo,
el humano amor nuestro
de cada día.
Pedro Javier Martínez




