El vertedero de Les Canyades, ubicado en El Campello
(Alicante), es una planta de residuos urbanos que opera desde hace décadas y
que ha generado constantes quejas vecinales desde 2018 por malos olores
intensos.
Esta instalación, recibe toneladas de basura diaria y ha sido
objeto de múltiples protestas por su posible ampliación, rechazada por el pleno
municipal y asociaciones vecinales. Los olores se perciben en zonas
residenciales cercanas, dependiendo de los vientos, y han provocado cientos de
denuncias. Además, existen riesgos de contaminar aguas subterráneas debido a su
ubicación.
La planta genera emisiones de gases y compuestos volátiles
que no siempre se detectan por el olfato, pero que afectan a la calidad del
aire local. Vecinos y ecologistas exigen su cierre o modernización urgente ante
el impacto en la salud pública.
Sin embargo, el verdadero problema va mucho más allá de los
olores molestos. Las emisiones invisibles del vertedero —como sulfuro de
hidrógeno, amoníaco, compuestos orgánicos volátiles (COV) y partículas finas—
representan un grave riesgo para la salud de miles de personas en El Campello y
alrededores. Estudios generales sobre vertederos en España, , han demostrado
que vivir a menos de 5 km de estas instalaciones aumenta significativamente la
mortalidad por cáncer de estómago, pulmón, pleura, riñón y ovario. Estas
sustancias tóxicas se liberan durante la descomposición de residuos y pueden
entrar en el organismo por inhalación o contacto, acumulándose con el tiempo y
promoviendo procesos inflamatorios y carcinogénicos. El cáncer no es el único
peligro. Las alergias y problemas respiratorios se disparan entre la población
expuesta. Los gases irritantes provocan tos crónica, irritación de ojos, nariz
y garganta, dolores de cabeza, náuseas y exacerbación del asma. Muchas personas
desarrollan sensibilidad a contaminantes que antes toleraban, lo que deriva en
reacciones alérgicas constantes. En El Campello, vecinos han reportado brotes
de síntomas respiratorios coincidiendo con episodios de olores fuertes, y
expertos ambientales advierten que las sustancias peligrosas no olorosas son
las más dañinas a largo plazo.
Aquí entra en juego uno de los riesgos menos conocidos pero
más devastadores: la Sensibilidad Química Múltiple (SQM), también llamada
intolerancia ambiental idiopática. Reconocida en España desde 2015 con código
CIE, la SQM es un síndrome crónico multisistémico donde el cuerpo pierde la
tolerancia a sustancias químicas presentes en concentraciones mínimas que la
población general soporta sin problemas. No es una alergia clásica sino una
reacción inflamatoria y degenerativa que afecta a múltiples órganos: sistema
nervioso, respiratorio, digestivo, cutáneo y cardiovascular. Los síntomas de la
SQM son variados y debilitantes: fatiga extrema, mareos, confusión mental,
dolores musculares y articulares, erupciones cutáneas, problemas
gastrointestinales, dificultad para concentrarse, ansiedad y hasta desmayos. Un
perfume, un producto de limpieza, el humo o, precisamente, los gases de un
vertedero como el de Les Canyades pueden desencadenar crisis graves. En
entornos contaminados por vertederos, los tóxicos actúan como “gatillos” que
inician o agravan la enfermedad en personas predispuestas, aunque afecta a
todos los grupos.
La prevalencia de la SQM se estima entre el 0,1% y el 7% de
la población, pero está infradiagnosticada porque muchos médicos la confunden
con depresión, fibromialgia o alergias comunes. En zonas como El Campello,
donde la exposición crónica a emisiones tóxicas es constante, el riesgo de
desarrollar SQM o empeorarla es alto. Estudios internacionales vinculan la
exposición a contaminantes ambientales (pesticidas, solventes, gases de
descomposición) con el inicio de esta sensibilidad. Una vez adquirida, la
persona debe evitar cualquier contacto químico: cambia su vida por completo,
aislando su hogar, evitando perfumes, plásticos o incluso ciertos alimentos. El
vínculo entre vertederos y SQM es directo: liberación de metales pesados,
amoníaco y compuestos orgánicos que alteran el sistema nervioso y provocan inflamación
crónica. En El Campello, afectados han denunciado que los olores y la
contaminación invisible les han provocado síntomas que coinciden exactamente
con la SQM. Además, esta sensibilidad aumenta el riesgo de otras enfermedades
autoinmunes como lupus, artritis reumatoide o esclerosis múltiple, y agrava
problemas respiratorios preexistentes. El cáncer se relaciona también con la
exposición prolongada. Las partículas finas y sustancias carcinógenas del
vertedero (dioxinas, compuestos volátiles…) que penetran en los pulmones y
circulan por el cuerpo, dañando el ADN celular.
Lo que empieza como irritación nasal o cutánea evoluciona a
hipersensibilidad generalizada. Niños y ancianos son especialmente vulnerables:
ataques de asma, rinitis alérgica y dermatitis que no responden a tratamientos
convencionales. En contextos de vertederos, estos síntomas no desaparecen con
antihistamínicos porque la causa es tóxica, no solo alérgica. Frente a esto,
las autoridades deben actuar. La ampliación del vertedero de Les Canyades,
rechazada por vecinos y partidos opositores, agravaría el problema. Se
necesitan estudios independientes de impacto en salud, monitoreo continuo de
aire y agua, y un plan real de cierre progresivo con transición a gestión cero
residuos. Mientras, los afectados por SQM, cáncer o alergias pagan el precio
más alto: vidas limitadas, aislamiento y sufrimiento diario. La SQM no tiene
cura conocida, solo manejo sintomático mediante evitación total de químicos y
apoyo médico especializado. En El Campello, muchas familias ya han tenido que
modificar sus rutinas o incluso mudarse. Organizaciones como Ecologistas en
Acción y asociaciones vecinales exigen justicia sanitaria: que se reconozca el
vertedero como fuente de enfermedad y se compense a los damnificados.
En resumen, el vertedero no es solo un problema de olores; es
una bomba de relojería química.
Ignorarlo equivale a sacrificar la salud pública por un
modelo obsoleto de gestión de residuos. Es urgente cerrar el grifo de tóxicos y
proteger a las familias de El Campello antes de que más vidas se vean
destruidas por estas “enfermedades invisibles” que el viento lleva cada día
desde Les Canyades.
La ciencia lo confirma: vivir cerca de un vertedero no es
neutro. Es un riesgo real, grave y evitable.
Harmonie Botella