Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo
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martes, 8 de septiembre de 2026

Aclis, la diosa del suspiro final, de M.D. Álvarez

 


Por mucho que le dijeran, él la seguía queriendo a pesar de ser la diosa de la oscuridad, hija de Nix. Sin embargo, sentía una especial debilidad por aquel hermoso hijo de la luna que languidecía de amor por Aclis, quien todas las noches lo observaba dormir dócilmente en el promontorio que daba paso a las puertas del Averno, en compañía del fiero Cerbero, que se mantenía alejado del joven Eleuter.

Aclis visitaba cada noche las puertas y llevaba ambrosía que depositaba junto a su joven amante.

Aclis no poseía manos hechas para la caricia, sino para el desgarro de la vista y el suspiro final; sin embargo, al rozar la mejilla de Eleuter, sus dedos gélidos se volvían tan suaves como la neblina del Leteo. 

Aquella noche, el joven abrió los ojos. No se despertó con el terror de quien ve a la personificación del dolor ante sí, sino con la paz de quien reconoce a su propio refugio.

—Has vuelto —susurró Eleuter, cuya voz sonaba como el tañido de una campana bajo el agua—. Mi madre, Selene, dice que eres el final de todos los caminos, pero yo solo te veo como el principio de mi descanso.

Aclis retrocedió un paso, y las sombras que formaban su túnica ondularon con violencia.

—No deberías buscar mi mirada, hijo de la Luna. Mis ojos son los que nublan a los guerreros antes de caer. Soy la bruma que borra el mundo.

—Entonces bórralo todo —respondió él, incorporándose con dificultad—. Deja solo este promontorio, el silencio de tu perro tricéfalo y el sabor de la ambrosía que dejas en mis labios.

A lo lejos, el aullido de Cerbero cambió de tono. Ya no era un gruñido de advertencia, sino un lamento profundo que vibró en las puertas de bronce del Averno. Alguien se acercaba desde el mundo de los vivos, alguien que no temía a la oscuridad de Nix ni a la tristeza de Aclis. 

Una figura dorada, envuelta en un fuego que amenazaba con incinerar la eterna penumbra del inframundo, ascendía por el sendero rocoso reclamando lo que la diosa de la oscuridad había tomado para sí

El intruso no era otro que Aristeo, el pastor de las abejas, envuelto en una luz solar que resultaba insultante para la paz del Averno.

Traía consigo el calor de la vida, una vibración que hacía que las sombras de Aclis se retorcieran como serpientes heridas.
—¡Suéltalo, Niebla del Infierno! —rugió Aristeo, su voz resonando en las paredes de roca—. El destino de los hijos de la luz no es marchitarse en el umbral de las sombras. El Olimpo reclama su belleza.

Aclis se irguió. Su figura, que antes parecía frágil ante Eleuter, creció hasta alcanzar una altura sobrenatural. El velo que cubría su rostro se agitó, dejando entrever unos ojos que no eran ojos, sino abismos donde las estrellas morían.

—Él no está aquí por mandato, sino por deseo —sentenció la diosa, y su voz fue un eco de mil huesos quebrándose—. La luz que traes solo sirve para proyectar sombras más largas, pastor. Vete antes de que te convierta en el primer habitante de un dolor que ni siquiera los dioses pueden nombrar.

Eleuter, ajeno al desafío divino, buscó la mano de Aclis. Para él, el brillo de Aristeo era una tortura, una exigencia de volver a un mundo de ciclos, de sudor y de sol cegador.

—No me lleves de vuelta —suplicó el joven, mirando a la diosa—. Prefiero ser el polvo bajo tus pies que el orgullo de los cielos.

Cerbero, sintiendo la debilidad del intruso ante la voluntad del muchacho, se adelantó. Sus tres cabezas mostraron colmillos que goteaban un veneno negro. El perro no defendía a Aclis, pues ella no necesitaba defensa; defendía el sueño de Eleuter, el único ser que jamás le había temido.

Aristeo dudó. Comprendió en ese instante que el joven no era un prisionero de la diosa de la oscuridad, sino su guardián. 

Un hijo de la luna que había encontrado en la negrura absoluta el único espejo capaz de reflejar su verdadera alma.
—Si se queda —advirtió Aristeo, retrocediendo ante el avance del can—, Selene dejará de brillar. El mundo quedará a oscuras para que tú puedas poseerlo.

Aclis miró a Eleuter. El amor de una diosa de la destrucción era un regalo envenenado. ¿Debía dejarlo ir para salvar la luz del mundo, o permitir que el universo se sumiera en el caos por mantener aquel breve instante de ternura en la puerta del abismo?

M. D. Álvarez 

martes, 1 de septiembre de 2026

El castaño y el tamarindo, de M.D. Álvarez

Seguro que nadie os ha dicho el origen mitológico del tamarindo y el castaño, pues os los voy a contar. Estos dos árboles forman parte de la mitología universal por un montón de características, pero la que nos interesa es su longevidad. Pero vamos a lo que nos interesa: su origen.

Cuentan las leyendas que había un matrimonio de avanzada edad que eran devotos de los dioses, los cuales conocían su fidelidad hacia ellos, frente a jóvenes que se burlaban de su dedicación. Un buen día, Tut y Eshe fueron visitados por el rey de los dioses, Ra, acompañado de su amado hijo Horus. 

Descendieron sobre la tierra como dos pastores y se presentaron ante Tut y Eshe, que, aún siendo ancianos, presintieron que aquellos gallardos pastores no eran solo eso. Les ofrecieron su casa y una humilde comida a base de leche y miel. Tanto Ra como su hijo Horus, maravillados por la amabilidad y dedicación, les otorgaron lo que quisieran. 

Ellos, ya ancianos, solo querían morir al mismo tiempo. Ra, viendo el gran amor que se profesaban, les otorgó dicha bendición: morir al mismo tiempo. Y cuando sucediera, los transformó en un hermoso castaño a Tut y en un hermoso tamarindo a Eshe, que crecieron entrelazados. 

Su longevidad humana creció en años y, si me apuráis, en uno de los muchos oasis que se encuentran en Egipto, seguramente habrá un castaño entrelazado con un hermoso tamarindo en muestra de amor incondicional hacia los dioses.

M. D. Álvarez 

martes, 25 de agosto de 2026

Garras de oso, de M.D. Álvarez

 


Seguro que nadie conoce el origen de la planta garras de oso, pues os la voy a contar. Allá por la antigua Grecia, cuando los hombres convivían con los dioses, una bella ninfa, amada por el soberano de los dioses, concibió a un precioso bebé. Pero ya sabéis cómo se las gastaba la reina de los dioses cuando descubría a alguna de sus rivales; ni todo el poder del rey de los dioses se igualaría a la ira de su esposa. Pero esperad, me estoy desviando.

La joven ninfa y su retoño fueron convertidos en una osa y su cachorro. La osa luchó con valor contra los cazadores que la vengativa esposa del señor de los cielos había enviado para proteger a su joven retoño, pero murieron a manos del más atroz de los cazadores. El divino lanzador de rayos, al ver a su amada y su vástago muertos, los convirtió en la hermosa plantita garra de oso, para eterna burla a la reina de los dioses, que nada podía hacer para acabar con las muchas amantes de su esposo.

M. D. Álvarez 

martes, 18 de agosto de 2026

Una humilde semilla, de M.D. Álvarez

 


Un posible origen del diente de león es que, hacia los albores de la civilización, los dioses disfrutaban de privilegios sobre la raza humana. 

Sin embargo, al ver que sus hijas eran mancilladas día sí, día también, pusieron trampas para impedir que estos llegaran hasta ellas. 

Pero el rey de los dioses, un hábil Don Juan, se las arreglaba para burlar la vigilancia, utilizando todo tipo de artimañas. 

Una de las más elaboradas fue cuando se transformó en una humilde planta de cuyas semillas se valió, pues eran tan gráciles y delicadas que se dispersaban por doquier, cayendo sobre dóciles doncellas que, incautas, eran fecundadas por Zeus.

M. D. Álvarez



martes, 11 de agosto de 2026

Kyparíssis, el hermoso ciprés, de M.D. Álvarez

 


¿Qué me diríais si os digo que el porte, la altura y la frondosidad del ciprés se deben al amor de Apolo hacia una hermosa humana llamada Kyparíssis? 

Un buen día, Apolo transitaba por los cielos y vislumbró a la joven doncella disfrutando de un baño de sol. Se enamoró a primera vista, descendió de los cielos en su magnífico carro celestial y yació con ella, tras de lo cual la abandonó. 

Ella, al verse ultrajada y mancillada, lloró desconsolada la pérdida de su amado. El joven Apolo, arrepentido, la convirtió en un hermoso ciprés.​ Las hojas se tiñeron de un verde oscuro, perenne y sombrío, reflejo eterno del luto que inundó su alma herida.

M. D. Álvarez 

martes, 4 de agosto de 2026

El origen de la cevadilla de ratón, de M.D. Álvarez

 


 

La cebadilla de ratón, también conocida por el nombre de zaragüelle o espiguilla, tiene su origen en la mitología griega como un regalo de la diosa Deméter. Pero tranquilos, que os voy a contar el porqué de esta delicada y estilizada plantita.

Deméter, tras perder a su hija, se sumió en la tristeza y desatendió sus deberes divinos, condenando a la hambruna a una de las primeras civilizaciones. Iba en busca de la hermosa Perséfone, pero no la hallaba por ningún lugar. Los dioses, airados por las protestas de los creyentes, pidieron al joven pastor Acamán que revelara que la joven Perséfone había sido raptada por Hades.

El joven Acamán suplicó perdón a la divina señora; todos conocían su furia en lo que concernía a su preciosa hija. Deméter lo tranquilizó y le otorgó la venia de hablar. Acamán informó del paradero de la bella Perséfone, y la magna Deméter, en agradecimiento, le regaló unas espigas de estilizada apariencia y le ordenó que las plantara en un terreno ligeramente húmedo para que él y su familia tuvieran comida.

M. D. Álvarez 

 

martes, 28 de julio de 2026

Vimana de Visnú, de M.D. Álvarez

 


Su familia descubrió una de aquellas carrozas celestes, la de Visnú. Aquel vehículo tenía la envergadura de un edificio de 50 plantas. Lo descubrieron en una mina abandonada, en una descomunal abertura.

Los mineros huyeron asustados; el vehículo era de un material cálido al tacto. No parecía tener ventanillas ni puertas. Marcus ojeó unos grabados en un lateral de aquel vimana; se parecía al sánscrito अहं विष्णुं सेवयामि*. Descifró el grabado y lo recitó. Hubo un leve zumbido y un panel se deslizó hacia arriba. Marcus, un chico carismático e inteligente, se había formado en el Instituto Indio de Ciencias de Bangalore

Entró en el gigantesco vimana; algo lo guiaba a seguir adelante, una fuerza lo empujaba a seguir avanzando hasta llegar al centro de mando. El vimana despedía una cálida luminiscencia que, al llegar a la sala de mando, se hizo más intensa. Marcus vio un gigantesco ser de color azul que parecía dormido a los mandos de su carroza. Se aproximó y pudo comprobar que tenía clavada una माला* en su corazón. Marcus no se lo pensó y extrajo la divina Vel del pecho de Visnú. En cuanto la retiró, la herida comenzó a cerrarse y el gigante abrió los ojos, mirando al joven guerrero que sostenía el arma del dios de la guerra, Murugan.

—Di tu nombre, oh joven de alma noble —resonó la voz del dios en su mente.

—Mi nombre es Marcus, serenísima divinidad —refirió Marcus, postrándose ante el gigante.

—Levántate, noble Marcus. Tú me has despertado y liberado de la maléfica Vel. Pídeme lo que quieras —respondió el gran dios.

—No quiero nada, tan solo haber servido fielmente —respondió Marcus, alzándose.

—Lo has hecho bien. Ve y difunde mi resurgimiento —dijo el gigante, mostrando su siempre amable rostro a su humilde adepto, Marcus.

M. D. Álvarez 

Traducción de términos en sánscrito. 
अहं विष्णुं* सेवयामि।*. Yo sirvo, a Visnú. 
भाला*: Jabalina..

martes, 21 de julio de 2026

El origen la la zarzamora, de M.D. Álvarez

 


Yarilo era el dios eslavo de la fertilidad que deambulaba por las tierras de la gran madre Escitia, una región cuajada de pueblos guerreros y bellas doncellas de ardiente sangre. Esta es la historia de una de ellas; su nombre era Zlatica, quien, tras pasar el día cazando, se relajó en una hermosa laguna bañada por el cálido sol. Yarilo acertó a pasar por aquel lugar justo cuando la bella Zlatica se bañaba desnuda.

La observó desde el linde de un bosquecillo de abedules. Ella se percató del apuesto mancebo sin saber que aquel gallardo ser era el dios de la primavera.

Sin ningún pudor, salió de la laguna dirigiéndose hacia donde se encontraba Yarilo, que ardía en deseos de poseerla. El encuentro, breve pero tan intenso como el estío, dejó en la joven una huella imborrable; sin embargo, al ver al dios partir hacia el sur, la joven Zlatica quedó apesadumbrada.

Yarilo, conmovido por la profunda tristeza de la joven, la transformó en una hermosa zarzamora para que su amor perdurara en la tierra, otorgando a sus frutos el color morado como símbolo sagrado.

M. D. Álvarez 

martes, 14 de julio de 2026

El niño del árbol de Júpiter, de M.D. Álvarez

 


Lo depositaron en una pequeña canastilla que colgaron de una de las ramas de un frondoso y majestuoso árbol de Júpiter. El chiquitín apenas contaba con un mes de vida, pero sobre él pesaba una gran maldición. 

Sus amados padres no tuvieron el valor de matarlo, pues sus dulces ojitos azules los miraban con amor y ternura. No conocía las causas de tal abandono, pero jamás los culpó; no emitió ningún llanto.

Fue encontrado por una gran osa a la que llamaremos Arkoúda que, con sus aterradoras zarpas, lo descolgó con mimo. Algo en aquellos dulces ojillos azules la cautivó; había perdido a su osezno y amamantó a aquel pequeño benjamín, lo adoptó y fue la madre más protectora y amorosa de la región. Creció rápido, fuerte y agreste, pero nunca perdió su mirada de inocencia.

Cuando cumplió la mayoría de edad, la maldición se hizo presente. Arkoúda se dio cuenta de que su joven cachorro tenía un linaje licantrópico, pero su fuerza de voluntad logró dominar a su furibundo lobo. 

Él comprendió que, si no lo hubieran abandonado, no habría sobrevivido. Y deseo visitar a sus padres. Arkoúda había conservado la canastilla y la manita donde aquel dulce querubín fue envuelto; todavía conservaba el aro de su amada madre, jazmines y lavanda.

Una noche en la que cazaba junto a su madre, Arkoúda, él percibió aquel agradable aroma. Ella no trató de retenerlo; es más, le animó a seguirlo y conocer a sus padres. Sabía que su joven cachorro retornaría junto a ella, pues no conocía otro mundo que no fuera el amoroso bosque y las criaturas que en él poblaban.

M. D. Álvarez

martes, 7 de julio de 2026

Hermes y el gordolobo, de M.D. Álvarez

 


Otro origen de una de las plantas más increíbles que he visto en mi vida es el gordolobo o verbascum thapsus. Sus orígenes se pierden en los albores de la primera civilización, cuando los dioses poblaban este planeta y se servían de sus dones para protegerse. 

El gordolobo fue creado por Hermes a petición de su divino padre, Zeus, que temía los encantamientos de su regia esposa, la cual se servía de sortilegios para castigar a su mujeriego esposo por sus devaneos amorosos. 

Según cuentan las leyendas, Hermes entregó esta planta al divino Odiseo para protegerlo de los encantamientos de la hechicera Circe.

Se dice que Odiseo guardó el gordolobo como un tesoro sagrado, pues sabía que en sus hojas dormía la astucia divina capaz de doblegar cualquier hechizo antiguo. El hecho de que se encuentre en cualquier camino se debe a que las semillas fueron esparcidas por los caminos, ya que la bolsa donde tan magno héroe transportaba este tesoro tenía un pequeño agujero.  

M. D. Álvarez

martes, 30 de junio de 2026

La gracia de los besitos porteños, de M.D. Álvarez


 

Aquella diminuta plantita de pequeñas, delicadas y hermosas flores, con apariencia de diminutas bocas de dragón de un delicado color lila, trataba de sobrevivir en un entorno casi hostil. 

Fue observada por el señor de los campos, quien, viendo lo mucho que se esforzaba por sobresalir, la colocó en un hermoso muro, en un huequito a la sombra y con la suficiente humedad para que creciera con toda libertad. 

La hermosa plantita, en agradecimiento, ofrece hermosas y diminutas florecillas desde finales de invierno hasta otoño, dando alegría al señor de los campos por haberla colocado en un lugar prominente.


Oh, perdón si no os he dicho de qué plantita se trata. Es la cymbalaria muralis, también conocida por el nombre de besitos porteños, palomilla de muro, etc.

M. D. Álvarez

martes, 23 de junio de 2026

Lengua de vaca, de M.D. Álvarez


 

La borraja, conocida también por el popular nombre de lengua de vaca, es una planta de orígenes mitológicos.

Según los antiguos sabios, la creó el sacudidor de la tierra, el gran Poseidón, para calmar el dolor de una de sus muchas conquistas, más exactamente el de Pasífae, hija del sol, que ni por un momento se percató de las arteras razones del magnánimo dios de los océanos.

Este le dio a comer un manojo de aquella hierba singular cuando, con la apariencia de un majestuoso toro blanco, la hizo suya.

Al cabo de nueve días, Pasífae dio a luz a un precioso bebé con cabeza de toro que fue encerrado por el rey Minos en el laberinto que ideó Dédalo, ocultando así el fruto de la infidelidad de su esposa con el dios que sostiene la tierra.

M. D. Álvarez

martes, 16 de junio de 2026

El aderezo mágico, de M.D. Álvarez

 


Dionisio y sus banquetes dieron origen a una planta que hoy crece silvestre en cualquier zona del Mediterráneo, que no es otra que la humilde vinagrillo. Sin embargo, lo que la mayoría desconoce es que su origen proviene de los banquetes de Dionisio, quienes la utilizaron como aderezo por su sabor ácido y refrescante.


Dionisio se sirvió de esta humilde plantita para edulcorar el sabor de la valeriana, pues tenía que adormecer al fiero Cancerbero. 

Debía descender a los infiernos en busca de su amada Ariadna, cuando Hades no le permitió volver tras haber tejido un hermoso traje para su hermosa Perséfone. Con aquel delicado aderezo logró dormir al aterrador carcelero y adentrarse en el mismo Averno. 

No se percató de que su magnífico aderezo se fue derramando por el camino, haciendo florecer sus preciosas florecillas amarillas, convirtiendo a inframundo en un maravilloso reino tapizado de hermosas florecillas amarillas.

M. D. Álvarez 

martes, 9 de junio de 2026

La tempestad, de M.D. Álvarez


 


Las olas apenas los balancean cuando, tímidamente, chocan contra ellos, temerosas de despertar la tempestad que permanecía durmiendo en su interior. 

En la lontananza se percibe el despuntar de un nuevo día en el que sus titánicos cuerpos se volverán a enzarzar en atroces peleas hasta el agotamiento. 

Era su maldición levantar el mar embravecido y lanzarlo contra su igual. Cuando el cansancio los venciera, exhaustos descansarán mecidos por las olas.

M. D. Álvarez 

martes, 2 de junio de 2026

Boca de dragón, de M.D. Álvarez

 


Aquella hermosa florecilla de un intenso rojo pasión era la flor favorita del primer emperador Jinmu Tenn, que, según cuentan las leyendas, disputaba el gobierno de la gran isla Hondo a un beligerante dragón de escamas rojas que aniquilaba pueblos enteros.

Un buen día, Jinmu Tenn vio en uno de los muros que circundaban la ciudad imperial una hermosa florecilla de un insípido color blanco que se asemejaba a las fauces de un dragón y tuvo la genial idea de invitar al beligerante dragón a un certamen de magia. El dragón, por sí mismo, ya era una criatura mágica y se creyó ganador. 

El día del encuentro, Jinmu Tenn se presentó con una pequeña maceta cubierta, pues no quería mostrar su poder. 

El dragón mostró su poder, refulgiendo como un fuego abrasador, mientras todos lo admiraban y aplaudían. 

El joven puso cara de abnegación y dijo: —Si tan siquiera tuviera una gota de tu sangre, lograría equiparar mi truco de magia".

El dragón, perplejo ante la petición, ofreció una gota de su sangre, que el joven utilizó para regar aquella plantita de flores blancas. 

Lo que ocurrió a continuación fue un portento: las blancas flores se fueron tiñendo de un rojo sangre para admiración de los allí presentes. 

El dragón quedó cautivado por la hermosura de aquella planta y cedió su derecho a gobernar la gran isla de Hondo. 

Desde aquel día, la pequeña plantita, anteriormente conocida por el nombre de «conejitos», pasó a recibir el magnífico nombre de boca de dragón.

M. D. Álvarez 

martes, 26 de mayo de 2026

El rey de los caballos y su ofrenda. de M.D. Álvarez

 


Seguro que no conocéis el origen del castaño de Indias, o también conocido como castaño de caballo, en latín *Aesculus hippocastanum*. Pues bien, os lo voy a contar. 

En un principio, cuando el cosmos todavía no había surgido, los devas y los asuras batieron el océano de leche. La primera criatura que surgió fue un hermoso corcel de siete cabezas, blanco como la nieve y de brío indomable.

Y os preguntaréis qué tiene que ver el castaño de Indias con este hermoso equino. Ahora voy a ello.

Los devas y asuras quedaron maravillados con la hermosura de dicho animal y quisieron atraerlo cada uno con diversos sortilegios. Solo la diosa de la fertilidad, esposa del dios supremo, entendió que semejante animal merecía un hermoso presente y hizo crecer un gigantesco árbol que, al florecer, mostraba ramilletes de flores en forma de cono de un precioso color blanco manchado con pequitas rosadas.

El hermoso animal quedó prendado de la ofrenda y se acercó a la bella diosa y le dijo:

—Solo tú podrás cabalgar sobre mi lomo, ya que has creado un hermoso presente para mí. 

Desde aquel instante, el árbol recibió el nombre de castaño de Indias.

M. D. Álvarez

jueves, 21 de mayo de 2026

El club del oso, de Eduardo Quijano

 


Harry y Phil, escondidos tras un arbusto, levantan las escopetas y apuntan al ciervo que pasta delante.

Los pájaros pían en las copas de los árboles del bosque.

—¡Guau! —dice Harry—. Con este bicho conseguiremos entrar en uno de esos selectos clubes de cazadores…

Phil baja la escopeta y se gira hacia Harry.

—Jack Feldman, el tipo que nos acompañaba a cazar hace años, logró entrar en el club del oso —suelta Phil.

—¿En serio? ¡Joder! —exclama Harry, sin bajar el arma—. Es uno de los más prestigiosos de todo el estado. Tiene unas normas muy estrictas para entrar.

—Pues Jack Feldman lo consiguió. Espió a los miembros durante semanas. Y se enteró de que para poder ingresar en él necesitabas haber cazado tres osos y cumplir con el estricto código de vestimenta del club. Jack cazó los osos, y se acercó al salón donde celebran sus reuniones con las cabezas disecadas y el traje marrón pardo y la corbatita de osos que vestían.

—¿Y entró? —pregunta Harry.

—No. Justo ese día los miembros del club habían cambiado de vestimenta. Y, en lugar de chaqueta y corbata, iban con un pijama color pardo y unas zapatillas con forma de garra de oso. Lo echaron de allí a patadas.

Harry se gira hacia Phil.

—¿Pero no dices que consiguió entrar? —pregunta sorprendido, sin bajar el arma.

—Al mes siguiente, tras recorrer todas las sastrerías y hacerse con las dichosas zapatillas con forma de garra y el pijama marrón, volvió al club con las tres cabezas. Pero aquel día habían cambiado de nuevo el vestuario y todo el mundo iba con chaqueta y unos guantes que parecían garras.

—¡Pero entonces Jack no logró entrar! —exclama Harry.


De golpe los pájaros dejan de piar.

El ciervo levanta la cabeza y los mira.

—Sí consiguió entrar —dice Phil—. En la reunión siguiente Jack se adelantó a todos. Como era el club del oso, acudió al salón donde celebraban las reuniones disfrazado de oso. Lo admitieron al momento. Acto seguido los miembros del club agarraron sus escopetas, le dieron diez segundos para correr por todo el edificio y esconderse, e inauguraron con él la temporada de caza. Ahora su cabeza preside el salón del club.

Harry, pálido, baja su escopeta y mira a Phil.

Se echa el arma al hombro, se da media vuelta y se va por donde ha venido. Phil se echa también la escopeta al hombro y sigue a Harry.


Cuento de Un sitio donde estar a salvo. Eduardo Quijano. Coleman ediciones. 2025

martes, 19 de mayo de 2026

Tierra mágica, de M.D. Álvarez

 


El nacimiento de aquel precioso río Arnoia se encontraba en la sierra de San Mamede, alimentado por las aguas de varios afluentes como el río Maceda, el río Ambía y el río Ourille. El Arnoia fluye serenamente entre quebradas, riscos, dibujando meandros serpenteantes que atraviesan diversas poblaciones. Entre las que destaca el pueblecito donde nació mi adorada madre: Allariz.

Las gentes de Allariz son amables por naturaleza, destacando por su calidez y afecto. Cada verano, paso un mes disfrutando de las tranquilas aguas del Arnoia y del cariño y amistad de los alaricanos.

Sin embargo, lo que muchos desconocen de las historia de este pequeño pueblecito es que, en el año 1853 , surgió una criatura aterradora y brutal: el hombre lobo de Allariz, conocido como sacamantecas. En cada noche de luna llena, liberaba a su bestia interior y se dice que llegó a matar y despedazar a cerca de 13 mujeres y niños. Su misterosa fuga de la cárcel de Allariz es un enigma que, hasta el día de hoy, sigue sin resolverse.

Pero yo voy a tratar de resolver. Eran tiempos oscuros donde la mentalidad inquisitorial campaba a sus anchas por las agrestes tierras gallegas, donde cada aldeano temeroso de dios veía criaturas aterradoras en cada sombra y en los huecos de los árboles heridos. Los búhos dorados eran símbolo de buen agüero, pero no siempre, según dicen; si una de esas majestuosas aves ululaba en el pueblo, alguien fallecería al acabar de ulular.

Pero, ¿qué hago? Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Nada, nada, céntrate: localización, Allariz, año 1853, el juez de instrucción, don Manuel como fiscal, don Luciano y como defensa, el ilustre Manuel Rua.

El juicio duró aproximadamente un año y concluyó con el alegato más enfervorecido del fiscal. Don Luciano argumentó que el acusado era un asesino en serie inteligente y calculador que mató a al menos nueve personas, no un licántropo maldito como había sostenido la defensa. El juez, tras deliberar, condenó al preso a muerte por garrote vil por el asesinato de al menos nueve personas..

La sentencia fue conmutada por la reina Isabel II a una pena de cadena perpetua. Hasta aquí es lo que todo el mundo sabe, pero lo que nadie o casi nadie conoce es que nunca se encontraron los cuerpos de aquellas pobres desdichadas. 

La tierra, solo la tierra de esta mágica región, conoce los secretos ancestrales de las criaturas que pueblan y deambulan por ella. Quién sabe, quizás un día, cuando sepamos reconocer los secretos de la tierra, ella nos muestre su sabiduría, donde la Santa Compaña anuncie la pronta visita de la guadaña a alguna alma descarriada. Solo entonces seremos dignos de ser llamados hijos de la tierra. 

Nadie habló de ello abiertamente. Tras la sentencia, tenían la magia que despertaba cada luna llena. Siempre había alguien que conocía a alguien que se había perdido en el bosque, y si era hallado, ya no parecía el mismo. Pero la vida, en apariencia, continuó.  Pero la tierra no olvida.

Mi abuelo, que en paz descanse, solía decir que hay noches en las que el Arnoia no suena igual. Que sus aguas, normalmente mansas, arrastran un murmullo más grave, como si algo se deslizara bajo la superficie. Yo me reía de niño, claro. Pensaba que eran historias para asustar a los críos y mantenerlos cerca de casa.

Hasta aquel verano. Debía de tener unos doce años. Era una noche cerrada, de luna, llena de esas en las que el cielo parece una losa negra sin estrellas. Me despertó un sonido seco, repetitivo. No era el ulular de un búho, ni el croar de las ranas. Era… otra cosa. Como pasos húmedos sobre piedra.
Me levanté sin hacer ruido. La casa de mi abuela crujía con cada movimiento, como si también ella quisiera advertirme que no siguiera. Pero la curiosidad —o algo más— tiraba de mí.

Con paso temeroso baje la acearrica y el mismo aire olía a tierra mojada, aunque no había llovido. Y entonces lo vi.

A la orilla del Arnoia, donde el río forma un pequeño recodo entre la islita y la presa, había una figura. Baja, encorvada. No sabría decir si era un hombre o un animal. Se movía despacio, con una precisión casi deliberada, como si supiera exactamente dónde pisar.
Quise gritar, pero no pude.

Aquel ser se detuvo giró la cabeza; sus ojos amarillos contrastaban con un espeso pelaje tan negro como los tizones de las hogueras. Se irguió y, durante un instante, tuve la certeza absoluta de que aquello me estaba mirando… y reconociendo. Entonces, un sonido rompió el momento: un ulular lejano. Un búho.

La figura se tensó. Y en un movimiento imposible, rápido, antinatural, desapareció entre los matorrales.
Corrí de vuelta a casa. No recuerdo haber cerrado la puerta ni haberme metido en la cama. Solo recuerdo el latido desbocado y una idea clavada en la cabeza:

Y entonces lo supe. Una mujer y su hijo nonato no habían vuelto a casa.

Nadie quiso pronunciar sus nombres en voz alta.

Mi abuela, con las manos temblorosas, cerró todas las ventanas antes de que cayera la noche. Y cuando le pregunté qué estaba pasando, me miró como nunca lo había hecho.

—Hay cosas —dijo— que creen que las enterramos… pero solo las dejamos dormir.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a Allariz, bajo al río. Y escucho. Porque si prestas la suficiente atención, entre el rumor del agua… hay algo más. Algo que respira. Algo que espera.

Lo peor es la sensación de que nunca se fue; siguió al acecho, cazando a jóvenes incautos: el lobisón, hijo de la luna.

Quiero que sepáis que la tierra de mis padres fue, es y será una tierra mágica. Y si lo ponéis en duda, sabed que lo tomaré como algo personal. Las criaturas que la pueblan son tanto hijas del sol como hijas de la noche.

Allariz, 31 de agosto de 2026

Dedicado a mi familia: a mis abuelos, a mi madre y a mi padre. Por  desgracia, ya no se encuentran entre los vivos y ahora son moradores de los bosques milenarios que cubren la región central de Orense.
 
M.D. Álvarez

martes, 12 de mayo de 2026

El estrecho de Mesina, de M.D. Álvarez


 

Las olas apenas los balancean mientras los cuerpos flotan boca abajo, mecidos por largos dedos que se aproximan desde el abismo. 

La criatura asciende lentamente, con calma, sabedora de que nadie le disputará su alimento. 

Una vez al año, su comida llega con el naufragio en el estrecho de Mesina, cuando las dos corrientes, tanto la voraz Caribdis como la insaciable Escila, chocan, formando un gran remolino que hace zozobrar a los navíos, dejando la ofrenda de vidas al kraken que vuelve a las profundidades tras cobrarse su tributo.

M. D. Álvarez

martes, 5 de mayo de 2026

El centinela, de M.D. Álvarez


 

El viejo faro de piedra se alzaba como un centinela solitario frente a la furia del Atlántico. Durante décadas, su luz giratoria fue el único latido de esperanza en la negrura absoluta, guiando a los barcos lejos de los afilados arrecifes que acechaban bajo la espuma.

Aquella noche, la luz parpadeó de forma extraña. El farero, un hombre recio, ajustó la lente justo a tiempo para ver cómo una pequeña embarcación se aproximaba peligrosamente a la fila dentada de los arrecifes y hizo sonar la sirena para que variaran el rumbo.

La embarcación viró justo a tiempo. Aquel impresionante faro había salvado la vida de mi padre, el capitán de aquel pequeño pesquero que regresaba a casa con su amor.

M. D. Álvarez