Las olas apenas los balancean mientras los cuerpos
flotan boca abajo, mecidos por largos dedos que se aproximan desde el
abismo.
La criatura asciende lentamente, con calma, sabedora de que nadie le disputará su alimento.
Una
vez al año, su comida llega con el naufragio en el estrecho de Mesina,
cuando las dos corrientes, tanto la voraz Caribdis como la insaciable
Escila, chocan, formando un gran remolino que hace zozobrar a los
navíos, dejando la ofrenda de vidas al kraken que vuelve a las
profundidades tras cobrarse su tributo.
M. D. Álvarez

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