El viejo faro de piedra se alzaba como un centinela
solitario frente a la furia del Atlántico. Durante décadas, su luz
giratoria fue el único latido de esperanza en la negrura absoluta,
guiando a los barcos lejos de los afilados arrecifes que acechaban bajo
la espuma.
Aquella noche,
la luz parpadeó de forma extraña. El farero, un hombre recio, ajustó la
lente justo a tiempo para ver cómo una pequeña embarcación se
aproximaba peligrosamente a la fila dentada de los arrecifes y hizo
sonar la sirena para que variaran el rumbo.
La
embarcación viró justo a tiempo. Aquel impresionante faro había salvado
la vida de mi padre, el capitán de aquel pequeño pesquero que regresaba
a casa con su amor.
M. D. Álvarez

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