Aquella hermosa florecilla de un intenso rojo pasión era
la flor favorita del primer emperador Jinmu Tenn, que, según cuentan
las leyendas, disputaba el gobierno de la gran isla Hondo a un
beligerante dragón de escamas rojas que aniquilaba pueblos enteros.
Un
buen día, Jinmu Tenn vio en uno de los muros que circundaban la ciudad
imperial una hermosa florecilla de un insípido color blanco que se
asemejaba a las fauces de un dragón y tuvo la genial idea de invitar al
beligerante dragón a un certamen de magia. El dragón, por sí mismo, ya
era una criatura mágica y se creyó ganador.
El día del encuentro, Jinmu Tenn se presentó con una pequeña maceta cubierta, pues no quería mostrar su poder.
El dragón mostró su poder, refulgiendo como un fuego abrasador, mientras todos lo admiraban y aplaudían.
El joven puso cara de abnegación y dijo: —Si tan siquiera tuviera una gota de tu sangre, lograría equiparar mi truco de magia".
El
dragón, perplejo ante la petición, ofreció una gota de su sangre, que
el joven utilizó para regar aquella plantita de flores blancas.
Lo
que ocurrió a continuación fue un portento: las blancas flores se
fueron tiñendo de un rojo sangre para admiración de los allí presentes.
El dragón quedó cautivado por la hermosura de aquella planta y cedió su derecho a gobernar la gran isla de Hondo.
Desde
aquel día, la pequeña plantita, anteriormente conocida por el nombre de
«conejitos», pasó a recibir el magnífico nombre de boca de dragón.
M. D. Álvarez

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