Harry y Phil, escondidos tras un arbusto, levantan las escopetas y apuntan al ciervo que pasta delante.
Los pájaros pían en las copas de los árboles del bosque.
—¡Guau! —dice Harry—. Con este bicho conseguiremos entrar en uno de esos selectos clubes de cazadores…
—Jack Feldman, el tipo que nos acompañaba a cazar hace años, logró entrar en el club del oso —suelta Phil.
—¿En serio? ¡Joder! —exclama Harry, sin bajar el arma—. Es uno de los más prestigiosos de todo el estado. Tiene unas normas muy estrictas para entrar.
—Pues Jack Feldman lo consiguió. Espió a los miembros durante semanas. Y se enteró de que para poder ingresar en él necesitabas haber cazado tres osos y cumplir con el estricto código de vestimenta del club. Jack cazó los osos, y se acercó al salón donde celebran sus reuniones con las cabezas disecadas y el traje marrón pardo y la corbatita de osos que vestían.
—¿Y entró? —pregunta Harry.
—No. Justo ese día los miembros del club habían cambiado de vestimenta. Y, en lugar de chaqueta y corbata, iban con un pijama color pardo y unas zapatillas con forma de garra de oso. Lo echaron de allí a patadas.
Harry se gira hacia Phil.
—¿Pero no dices que consiguió entrar? —pregunta sorprendido, sin bajar el arma.
—Al mes siguiente, tras recorrer todas las sastrerías y hacerse con las dichosas zapatillas con forma de garra y el pijama marrón, volvió al club con las tres cabezas. Pero aquel día habían cambiado de nuevo el vestuario y todo el mundo iba con chaqueta y unos guantes que parecían garras.
—¡Pero entonces Jack no logró entrar! —exclama Harry.
—Sí consiguió entrar —dice Phil—. En la reunión siguiente Jack se adelantó a todos. Como era el club del oso, acudió al salón donde celebraban las reuniones disfrazado de oso. Lo admitieron al momento. Acto seguido los miembros del club agarraron sus escopetas, le dieron diez segundos para correr por todo el edificio y esconderse, e inauguraron con él la temporada de caza. Ahora su cabeza preside el salón del club.
Harry, pálido, baja su escopeta y mira a Phil.

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