El nacimiento de aquel precioso río Arnoia se encontraba
en la sierra de San Mamede, alimentado por las aguas de varios
afluentes como el río Maceda, el río Ambía y el río Ourille. El Arnoia
fluye serenamente entre quebradas, riscos, dibujando meandros
serpenteantes que atraviesan diversas poblaciones. Entre las que destaca
el pueblecito donde nació mi adorada madre: Allariz.
Las
gentes de Allariz son amables por naturaleza, destacando por su calidez
y afecto. Cada verano, paso un mes disfrutando de las tranquilas aguas
del Arnoia y del cariño y amistad de los alaricanos.
Sin
embargo, lo que muchos desconocen de las historia de este pequeño
pueblecito es que, en el año 1853 , surgió una criatura aterradora y
brutal: el hombre lobo de Allariz, conocido como sacamantecas. En cada
noche de luna llena, liberaba a su bestia interior y se dice que llegó a
matar y despedazar a cerca de 13 mujeres y niños. Su misterosa fuga de
la cárcel de Allariz es un enigma que, hasta el día de hoy, sigue sin
resolverse.
Pero yo voy a
tratar de resolver. Eran tiempos oscuros donde la mentalidad
inquisitorial campaba a sus anchas por las agrestes tierras gallegas,
donde cada aldeano temeroso de dios veía criaturas aterradoras en cada
sombra y en los huecos de los árboles heridos. Los búhos dorados eran
símbolo de buen agüero, pero no siempre, según dicen; si una de esas
majestuosas aves ululaba en el pueblo, alguien fallecería al acabar de
ulular.
Pero, ¿qué hago?
Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Nada, nada, céntrate:
localización, Allariz, año 1853, el juez de instrucción, don Manuel como
fiscal, don Luciano y como defensa, el ilustre Manuel Rua.
El
juicio duró aproximadamente un año y concluyó con el alegato más
enfervorecido del fiscal. Don Luciano argumentó que el acusado era un
asesino en serie inteligente y calculador que mató a al menos nueve
personas, no un licántropo maldito como había sostenido la defensa. El
juez, tras deliberar, condenó al preso a muerte por garrote vil por el
asesinato de al menos nueve personas..
La
sentencia fue conmutada por la reina Isabel II a una pena de cadena
perpetua. Hasta aquí es lo que todo el mundo sabe, pero lo que nadie o
casi nadie conoce es que nunca se encontraron los cuerpos de aquellas
pobres desdichadas.
La
tierra, solo la tierra de esta mágica región, conoce los secretos
ancestrales de las criaturas que pueblan y deambulan por ella. Quién
sabe, quizás un día, cuando sepamos reconocer los secretos de la tierra,
ella nos muestre su sabiduría, donde la Santa Compaña anuncie la pronta
visita de la guadaña a alguna alma descarriada. Solo entonces seremos
dignos de ser llamados hijos de la tierra.
Nadie
habló de ello abiertamente. Tras la sentencia, tenían la magia que
despertaba cada luna llena. Siempre había alguien que conocía a alguien
que se había perdido en el bosque, y si era hallado, ya no parecía el
mismo. Pero la vida, en apariencia, continuó. Pero la tierra no olvida.
Mi
abuelo, que en paz descanse, solía decir que hay noches en las que el
Arnoia no suena igual. Que sus aguas, normalmente mansas, arrastran un
murmullo más grave, como si algo se deslizara bajo la superficie. Yo me
reía de niño, claro. Pensaba que eran historias para asustar a los críos
y mantenerlos cerca de casa.
Hasta
aquel verano. Debía de tener unos doce años. Era una noche cerrada, de
luna, llena de esas en las que el cielo parece una losa negra sin
estrellas. Me despertó un sonido seco, repetitivo. No era el ulular de
un búho, ni el croar de las ranas. Era… otra cosa. Como pasos húmedos
sobre piedra.
Me levanté sin hacer ruido. La casa
de mi abuela crujía con cada movimiento, como si también ella quisiera
advertirme que no siguiera. Pero la curiosidad —o algo más— tiraba de
mí.
Con paso temeroso baje la acearrica y el mismo aire olía a tierra mojada, aunque no había llovido. Y entonces lo vi.
A
la orilla del Arnoia, donde el río forma un pequeño recodo entre la
islita y la presa, había una figura. Baja, encorvada. No sabría decir si
era un hombre o un animal. Se movía despacio, con una precisión casi
deliberada, como si supiera exactamente dónde pisar.
Quise gritar, pero no pude.
Aquel
ser se detuvo giró la cabeza; sus ojos amarillos contrastaban con un
espeso pelaje tan negro como los tizones de las hogueras. Se irguió y,
durante un instante, tuve la certeza absoluta de que aquello me estaba
mirando… y reconociendo. Entonces, un sonido rompió el momento: un
ulular lejano. Un búho.
La figura se tensó. Y en un movimiento imposible, rápido, antinatural, desapareció entre los matorrales.
Corrí
de vuelta a casa. No recuerdo haber cerrado la puerta ni haberme metido
en la cama. Solo recuerdo el latido desbocado y una idea clavada en la
cabeza:
Y entonces lo supe. Una mujer y su hijo nonato no habían vuelto a casa.
Nadie quiso pronunciar sus nombres en voz alta.
Mi
abuela, con las manos temblorosas, cerró todas las ventanas antes de
que cayera la noche. Y cuando le pregunté qué estaba pasando, me miró
como nunca lo había hecho.
—Hay cosas —dijo— que creen que las enterramos… pero solo las dejamos dormir.
Desde
entonces, cada vez que vuelvo a Allariz, bajo al río. Y escucho. Porque
si prestas la suficiente atención, entre el rumor del agua… hay algo
más. Algo que respira. Algo que espera.
Lo peor es la sensación de que nunca se fue; siguió al acecho, cazando a jóvenes incautos: el lobisón, hijo de la luna.
Quiero
que sepáis que la tierra de mis padres fue, es y será una tierra
mágica. Y si lo ponéis en duda, sabed que lo tomaré como algo personal.
Las criaturas que la pueblan son tanto hijas del sol como hijas de la
noche.
Allariz, 31 de agosto de 2026
Dedicado
a mi familia: a mis abuelos, a mi madre y a mi padre. Por desgracia,
ya no se encuentran entre los vivos y ahora son moradores de los bosques
milenarios que cubren la región central de Orense.
M.D. Álvarez

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