Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 19 de mayo de 2026

Tierra mágica, de M.D. Álvarez

 


El nacimiento de aquel precioso río Arnoia se encontraba en la sierra de San Mamede, alimentado por las aguas de varios afluentes como el río Maceda, el río Ambía y el río Ourille. El Arnoia fluye serenamente entre quebradas, riscos, dibujando meandros serpenteantes que atraviesan diversas poblaciones. Entre las que destaca el pueblecito donde nació mi adorada madre: Allariz.

Las gentes de Allariz son amables por naturaleza, destacando por su calidez y afecto. Cada verano, paso un mes disfrutando de las tranquilas aguas del Arnoia y del cariño y amistad de los alaricanos.

Sin embargo, lo que muchos desconocen de las historia de este pequeño pueblecito es que, en el año 1853 , surgió una criatura aterradora y brutal: el hombre lobo de Allariz, conocido como sacamantecas. En cada noche de luna llena, liberaba a su bestia interior y se dice que llegó a matar y despedazar a cerca de 13 mujeres y niños. Su misterosa fuga de la cárcel de Allariz es un enigma que, hasta el día de hoy, sigue sin resolverse.

Pero yo voy a tratar de resolver. Eran tiempos oscuros donde la mentalidad inquisitorial campaba a sus anchas por las agrestes tierras gallegas, donde cada aldeano temeroso de dios veía criaturas aterradoras en cada sombra y en los huecos de los árboles heridos. Los búhos dorados eran símbolo de buen agüero, pero no siempre, según dicen; si una de esas majestuosas aves ululaba en el pueblo, alguien fallecería al acabar de ulular.

Pero, ¿qué hago? Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Nada, nada, céntrate: localización, Allariz, año 1853, el juez de instrucción, don Manuel como fiscal, don Luciano y como defensa, el ilustre Manuel Rua.

El juicio duró aproximadamente un año y concluyó con el alegato más enfervorecido del fiscal. Don Luciano argumentó que el acusado era un asesino en serie inteligente y calculador que mató a al menos nueve personas, no un licántropo maldito como había sostenido la defensa. El juez, tras deliberar, condenó al preso a muerte por garrote vil por el asesinato de al menos nueve personas..

La sentencia fue conmutada por la reina Isabel II a una pena de cadena perpetua. Hasta aquí es lo que todo el mundo sabe, pero lo que nadie o casi nadie conoce es que nunca se encontraron los cuerpos de aquellas pobres desdichadas. 

La tierra, solo la tierra de esta mágica región, conoce los secretos ancestrales de las criaturas que pueblan y deambulan por ella. Quién sabe, quizás un día, cuando sepamos reconocer los secretos de la tierra, ella nos muestre su sabiduría, donde la Santa Compaña anuncie la pronta visita de la guadaña a alguna alma descarriada. Solo entonces seremos dignos de ser llamados hijos de la tierra. 

Nadie habló de ello abiertamente. Tras la sentencia, tenían la magia que despertaba cada luna llena. Siempre había alguien que conocía a alguien que se había perdido en el bosque, y si era hallado, ya no parecía el mismo. Pero la vida, en apariencia, continuó.  Pero la tierra no olvida.

Mi abuelo, que en paz descanse, solía decir que hay noches en las que el Arnoia no suena igual. Que sus aguas, normalmente mansas, arrastran un murmullo más grave, como si algo se deslizara bajo la superficie. Yo me reía de niño, claro. Pensaba que eran historias para asustar a los críos y mantenerlos cerca de casa.

Hasta aquel verano. Debía de tener unos doce años. Era una noche cerrada, de luna, llena de esas en las que el cielo parece una losa negra sin estrellas. Me despertó un sonido seco, repetitivo. No era el ulular de un búho, ni el croar de las ranas. Era… otra cosa. Como pasos húmedos sobre piedra.
Me levanté sin hacer ruido. La casa de mi abuela crujía con cada movimiento, como si también ella quisiera advertirme que no siguiera. Pero la curiosidad —o algo más— tiraba de mí.

Con paso temeroso baje la acearrica y el mismo aire olía a tierra mojada, aunque no había llovido. Y entonces lo vi.

A la orilla del Arnoia, donde el río forma un pequeño recodo entre la islita y la presa, había una figura. Baja, encorvada. No sabría decir si era un hombre o un animal. Se movía despacio, con una precisión casi deliberada, como si supiera exactamente dónde pisar.
Quise gritar, pero no pude.

Aquel ser se detuvo giró la cabeza; sus ojos amarillos contrastaban con un espeso pelaje tan negro como los tizones de las hogueras. Se irguió y, durante un instante, tuve la certeza absoluta de que aquello me estaba mirando… y reconociendo. Entonces, un sonido rompió el momento: un ulular lejano. Un búho.

La figura se tensó. Y en un movimiento imposible, rápido, antinatural, desapareció entre los matorrales.
Corrí de vuelta a casa. No recuerdo haber cerrado la puerta ni haberme metido en la cama. Solo recuerdo el latido desbocado y una idea clavada en la cabeza:

Y entonces lo supe. Una mujer y su hijo nonato no habían vuelto a casa.

Nadie quiso pronunciar sus nombres en voz alta.

Mi abuela, con las manos temblorosas, cerró todas las ventanas antes de que cayera la noche. Y cuando le pregunté qué estaba pasando, me miró como nunca lo había hecho.

—Hay cosas —dijo— que creen que las enterramos… pero solo las dejamos dormir.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a Allariz, bajo al río. Y escucho. Porque si prestas la suficiente atención, entre el rumor del agua… hay algo más. Algo que respira. Algo que espera.

Lo peor es la sensación de que nunca se fue; siguió al acecho, cazando a jóvenes incautos: el lobisón, hijo de la luna.

Quiero que sepáis que la tierra de mis padres fue, es y será una tierra mágica. Y si lo ponéis en duda, sabed que lo tomaré como algo personal. Las criaturas que la pueblan son tanto hijas del sol como hijas de la noche.

Allariz, 31 de agosto de 2026

Dedicado a mi familia: a mis abuelos, a mi madre y a mi padre. Por  desgracia, ya no se encuentran entre los vivos y ahora son moradores de los bosques milenarios que cubren la región central de Orense.
 
M.D. Álvarez

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