Había tenido el cuidado de precisar la edad antes de
abrir la puerta, como si ese detalle pudiera protegerla de lo
desconocido. Al otro lado de la puerta, una voz que sonaba cargada con
milenios de sabiduría la advirtió: "No preguntes lo que ya sabes".
La
frase le heló la sangre, pero la curiosidad era mucho más fuerte que el
miedo, y abrió la puerta. ¿Cuál fue su sorpresa? Que allí no había
nadie, tan solo una caja de madera rústica con un símbolo tallado: era
un fénix.
Su marido se inmoló para protegerla, y ahora, en aquella caja, se encontraban sus cenizas. ¿Se atrevería a abrirla?
M. D. Álvarez

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