Me
dejaste totalmente perdida,
clavaste
en mí tu agónica mirada;
destruiste
los senderos de mi vida.
Tus
ojos atravesaron su espada.
En
la escarcha de la noche venciste,
derribaste
toda la fortaleza
de
mi imperio frío; violador triste,
segaste
con tu verga mi cabeza.
Hoy
confieso ante la pena de muerte;
Reclamo
todos los fluidos de mi boca,
al
entregarme a ti cambió mi suerte.
Me
desnudo como una pobre loca
guardándome
el rubor de la cereza
en
mi vientre infecundo como roca.
No
me nombres aquel tiempo, la hora
del
café, corriendo entre las cenizas
y
la lluvia. Siento cómo devora
tu
dentadura de bestia, a trizas,
los
restos que de mí quedan ahora.
Eros
me venció; la nieve ha ardido
en
tu lengua de sal envenenada,
y
los juncos por fin han florecido.

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