Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 7 de febrero de 2014

Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, de Eduardo Lago (Reseña nº 606)

Eduardo Lago
Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee
MALPASO, 2013


Soy un lector tardío: leí El Quijote con 25 años y ahora estoy descubriendo a Homero. Por eso siempre tengo la sensación de estar llegando el último a los libros y cuando leo la novedad de algún autor contemporáneo tengo la impresión de haberme adelantado a mí mismo.

Conocí a Eduardo Lago, no cuando recibió el Nada por Llámame Brooklyn, sino hace poco, en el libro de cuentos Lo desorden que firma La Orden de Finnegans, a la cual también pertenece Vila-Matas. Quizá por este último me interesé en leer dicha antología. El cuento sin título de Lago me pareció interesante, original, bien escrito. Así que desde ahí llegué a Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee.

Es esa novela una especie de relato negro sui géneri en la que el objeto de investigación es un libro inconcluso, o más bien, la literatura. Un homenaje a la literatura y a Nabokov. 
 
Un escritor llamado Benjamin Hallux queda fascinado por la novela inacabada de Nabokov: El original de Laura. Encarga a un ghostwriter que a partir de esta esquemática obra publicada póstumamente en forma de tarjetas logre reconstruir la novela que Nabokov hubiese llegado a escribir. Marlowe, el escritor fantasma de resonancias conradianas, al principio reticente al disparatado encargo, acabará por sentirse fascinado por la pieza del genial escritor ruso y accederá.

En El original de Laura, encontraremos que existe un personaje, un escritor llamado Wild tomando notas para una novela sobre un escritor que escribe sobre otro escritor, en un juego de muñecas rusas metaficcional. Pero no sigamos por ahí.

A la vez que Marlowe rescribe la obra de Nabovok también se dedica a pergeñar la autobiografía de un multimillonario a petición de su enigmática y seductora esposa. Marlowe en uno de sus viajes acabará por desaparecer misteriosamente. Los manuscritos sobre la obra de Nabokov son buscados por una extraña secta literaria que cuenta con un perro capaz de husmear y detectar los manuscritos. Humor, ironía, misterios y literatura se alían en este cóctel impredecible, con muchos guiños al lector, escabrosos retruécanos intertextuales, con notas a pide página en forma de diálogo con el propio narrador, citas y comentarios sobre la novela que se está escribiendo.

Es esta última obra de Lago una lectura polifónica y desenfadada, ágil por momentos, aunque quizá hubiese resultado más atractiva si se hubiesen evitados ciertos fragmentos, como un relato sobre el hijo de Paul Auster que se incluye completo y que poco tiene que ver con la trama central, y que alargan el texto innecesariamente.

No obstante, nos hallamos ante un ejercicio original, que se distancia ostensiblemente de los senderos comerciales y que proponen una forma distinta y personal de entender la literatura.


Pedro Pujante