Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 25 de febrero de 2014

No disparen a los músicos



y fusilar al rey de los poetas
con balas de juguete
.
Joaquín Sabina
Los clientes del bar permanecían sumidos en un letargo similar a un sueño recurrente.  Esperaban y bebían de sus vasos de forma mecánica, y se lanzaban desconfiadas miradas. Aún no había sucedido nada y eran ya más de las once. La penumbra gelatinosa y blanca provocada por el humo de los cigarrillos era recortada por la macilenta luz de focos que iluminaba el pequeño escenario. Sobre las tablas tres músicos simulaban tocar una triste y patética canción de amor. Desafinaban y el público hacía que bostezaba. La tensión rugía silenciosa entre los desacordes del guitarrista y el tintineo de los hielos en las copas. Algún escote generoso de mujer simulaba la escabrosa escena. La atmósfera se cargaba lentamente de recelo y la gente empezaba a inquietarse con  un arrebato  en escala ascendente. Una vehemencia  soterrada comenzó a aflorar disimuladamente y no parecía menguar con la fingida música de los tres individuos que ocupaban el escenario. Tres harapientos músicos, tres actores sin guión. Algún camarero, presa de la embarazosa situación, dejó caer una copa sobre el regazo de una señora. Se disculpó y continuó con su sutil trabajo. Todavía no había ocurrido nada, habían acabado la primera ronda de canciones, y el público se impacientaba. Dos o tres clientes simularon un débil aplauso. Un nerviosismo preocupante se hacía patente. Los comentarios en voz baja eran cada vez más notorios. Una mujer en primera fila giraba la cabeza y miraba hacia atrás en busca de su marido o del ineficiente camarero.  El cantante no parecía conocer la letra de las tonadillas y el pianista sudaba profusamente. Justo cuando la peor de las canciones alcanzaba su punto álgido entraron en la sala tres señores armados con ametralladoras y abrieron fuego. Descargaron cientos de ruidosos  proyectiles sobre los tres figurantes. La señora de la primera fila se cubría la cara para no recibir el impacto de la sangre que brotaba del cuerpo del vocalista. Los tres artistas improvisados se desplomaron sin abandonar sus puestos. El público se cubría los oídos y los camareros se acodaban en la barra para contemplar el súbito espectáculo. La sangre era abundante.  Cuando la ráfaga y el estruendo de las balas se detuvieron los recién llegados asesinos se marcharon sin mucha prisa. Uno de ellos encendió un cigarro con parsimonia antes de salir por la puerta. Echó un último vistazo para cerciorarse de que los difuntos artistas no retomaban sus instrumentos. Un silencio revelador se extendió por el antro como anuncio del final de la tormenta.
-¿Se han marchado ya? Preguntó con muestras de impaciencia el que parecía el dueño del local.
-Sí, ya no hay peligro de que vuelvan. Respondió la señora de la primera fila cuyo escotado pecho decoraban  brillantes perlitas de sangre bermellón. Y no se han percatado de nada, jamás lo conseguirán, ya pueden salir los músicos de verdad.
Y tras esconder los tres cadáveres, como tantas otras noches, salieron los músicos reales y la fiesta se reanudó sin más sobresaltos.

Pedro Pujante