Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 20 de agosto de 2024

Mahalaleel, el aventurero, de M.D. Álvarez

 


Esta es la historia de un anarin llamado Mahalaleel, el cual vive en la ciudad de Aroer, que a se encuentra en el país de Bergal, que a su vez se halla en el planeta de Carión.

Los anarin son un pueblo muy tranquilo, no pelean, no discuten, no guerrean, en definitiva son un pueblo aburrido, pero a Mahalaleel le gustaba curiosear, era extremadamente curioso y en vista de que en Aroer nunca pasaba nada, decidió partir hacia la región de Gederati, en busca de aventuras.

Yendo de camino a la ciudad de Baser, Mahalaleel se encontró con un individuo al cual pregunto a cuantos días de camino estaba la ciudad, el extraño le respondió, que a cuatro jornadas, pero que era mejor que no se acercase por allí, pues estaban pasando cosas muy raras en esa ciudad.

Pero Mahalaleel no hizo caso. Como ya se dijo, él era muy curioso, y lo oído anteriormente le había intrigado de tal forma que hizo los cuatro días en dos.

Al llegar a Baser se encontró con algo muy extraño. No había nadie en las calles y las casas estaban cerradas a cal y canto. Tan sólo, a lo lejos se oían los ladridos lastimeros de los perros. El aire estaba cargado. La tensión se sentía en el ambiente, se intuían las miradas acechantes. Mahalaleel no sabían que hacer, así que, se acerco a una puerta y llamo insistentemente para que le abrieran; pero nadie contesto.

De pronto, tras él, apareció un gigante encapuchado de unos tres metros de altura. Mahalaleel le preguntó.

¿Quién eres? y ¿qué quieres de mí?

Me llamo Ahiram de Mara y no quiero nada de ti, tan solo te aviso, de que si te quedas aquí morirás.

Y ¿por qué he de morir?– Le interrogó.

Eso no puedo decírtelo, pero si osas quedarte, tendrás una muerte cruel.

A Mahalaleel le picaba cada vez mas la curiosidad, más optó por salir de Baser y vigilar todo lo que ocurría desde una cima, no muy lejos de la ciudad, la cual recibe el nombre de Pi-habirot, que significaba en anarin “Cima Pacifica”. Por suerte para él, se había traído un visor graduable, con el que podía ver todo lo que pasara en Baser. Desgraciadamente en las horas diurnas, nada ocurrió; ni siquiera volvió a ver al extraño gigante. Mahalaleel estaba a punto de abandonar, cuando de pronto, vio que algo se movía en el centro de la plaza, pero eso era imposible, ya que tan sólo unos instantes antes había mirado y no vio ni un alma.

Lo que Mahalaleel observó era una extraña forma, que comenzaba a retorcerse tomando formas distintas, hasta que se detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta que estaba ante un enorme fargún. Los así llamados son unos personajes de la mitología anarin, que representan a los poderes oscuros en las entrañas del planeta.

Aquel ser era grande, extremadamente grande. Mahalaleel se preguntaba. Qué hacía allí, en la ciudad de Baser. De pronto, surgió sin que el se diera cuenta de dónde había salido, una gran multitud de personas, que se reunió en torno a la criatura. Parecían adorarle. En ese instante se percató de lo que allí ocurría.

Mahalaleel recordó que los fargún son los enviados del “Señor Oscuro”, Hiramohab, en anarin. El cual había sido un rey tirano y cruel, que fue expulsado de Habheril, el paraíso, por el magnánimo Abbaras, cuyo nombre significa”Padre Creador”.

Y ahora parecía querer volver a reinar con la ayuda del pueblo de los urinibitas.
 
Por un breve instante percibió la mirada de aquel ser, pero eso era imposible, nadie sabía que estaba allí. Más no se podía mover, pues realmente el fargún le seguía mirando. Transcurridos unos segundos, los cuales le parecieron una eternidad, el enviado desvió la mirada y Mahalaleel quedó apesadumbrado, pues como dicen los anarin, “el que mirase fijamente a un fargún, tendrá dolor de corazón”, más el no temía esas habladurías, ya que leyó en el Canaf, libro escrito por Abbaras, en el que dice, “el que estuviese expuesto a la mirada de un fargún, podrá salvarse, bebiendo del agua de la fuente de Obhadyahu”, la cual se encontraba no muy lejos de allí.

Mahalaleel bajó de Pi-habirot y se encamino hacia dicha fuente. Mientras iba caminando, sentía como un gran pesar le llenaba el corazón, era la mirada del fargún que le había herido muy profundamente. Tardo en llegar unas doce horas y una vez allí bebió todo lo que pudo, hasta que le abandonó el pesar.

Una vez recuperado, fue a la ciudad de Hadhramelech, cuyo nombre significa “Circulo del Rey”, a solicitar ayuda al gran señor de Bergal, descendiente directo del magnánimo Abbaras, conocido por Adonhiram, que significa “Gran Señor”.

Mahalaleel fue recibido por éste, que tras saber que Hiramoab pretendía volver de su encierro subterráneo, ordenó que se preparara a todo su ejército, para atacar Baser al anochecer; y le dio a Mahalaleel el rango de teniente general de todos sus ejércitos. A las tres horas de haber llegado, partió de nuevo hacia Baser al frente de 200.000 melech. Estos eran fieles servidores de Adonhiram, al igual que lo fueron de Abbaras, cuando se enfrentaron por primera vez a las huestes de Hiramohab, en la batalla de Sikhron y en la que perecieron alrededor de unos 600.000 melech.

Antes de atacar la ciudad, subieron a Pi-habirot, desde donde pudieron acechar sin peligro a Hiramohab y a todo su sequito de abominables criaturas. Desde allí se hicieron todos los preparativos para entrar en combate. Adonhiram le entregó una coraza de krelún (el krelún es un material virtualmente indestructible), mientras que él llevaba la cota de malla y la coraza de Abbaras, con el mítico Tharem en la frente.
 
El Tharem es un regalo de Ebhiathar, nuestro dios, que le entregó a Abbaras y de éste paso a padres y a hijos, hasta llegar a Adonhiram. Se trata de una lágrima de Ebhiathar, una perla de unos cinco centímetros, la cual posee el poder de destruir todo el mal que hay en Carion.

La ciudad de Baser fue rodeada por los melech, pero Hiramohab sintió la presencia de Adonhiram y había hecho preparar calderos de kehal, un ácido muy corrosivo.
 
Adonhiram sabia que tendría algo preparado, advirtió a sus fieles y les mando que avanzaran camuflándose con arbustos cortados. Cuando se hallaban a menos de 30 metros de las barbacanas de la ciudad, fueron vertidos los calderos con el kehal, por los toboganes abiertos sobre el portón de entrada, por lo que no hubo bajas en el ejército de Adonhiram. Con un enorme ariete que habían construido comenzaron a golpear el portón del baluarte de la ciudad. Protegiéndose con los escudos, de las flechas que disparaban, por las aspilleras, los arqueros. Hasta que cedió bajo el ímpetu de los melech, que comenzaron a pelear contra los urinibitas.

Mahalaleel se defendía como un gran guerrero, a pesar de pertenecer al pacifico pueblo de los anarin, lucho cuerpo a cuerpo contra Abdeh-Mohab, la mano derecha de Hiramohab, cuyo nombre significa “Servidor Oscuro”y al que logro matar en arduo combate.

Adonhiram mientras tanto se batía con Hiramohab, que rehuía enfrentarse con él, y le enviaba a sus terribles secuaces, los cuales iban cayendo, bajo su mirada, hasta que al fin se encontró rodeado de unos quinientos cadáveres y frente a él se hallaba el tan temido Hiramohab, cuyo nombre era símbolo de horror para todos los habitantes del planeta Carión y al que ningún melech se había atrevido a enfrentarse y los que lo había intentado, yacían muertos a sus pies asesinados por su sequito de abominables esbirros.

Adonhiram pronuncio las siguientes palabras que devolverían a Hiramohab a su encierro en el Bhakjhálum

-Ebhiathar, Ebhiathar, Señor de los Ejércitos, acude a mi llamada y escucha a tu humilde siervo que clama justicia. Te suplico encierres a esta mala bestia en el Bhakjhálum, el Infierno de los 100.000 tormentos, para que pague por el horror causado en nuestras vidas y que nunca jamás vuelva a morar fuera de el.

Una vez hubo terminado, Hiramohab fue tragado por la tierra con todas sus criaturas, entre temblores y relámpagos, para no volver jamás.

Hubo grandes celebraciones en todo el planeta, pero Mahalaleel ya había partido hacia las oscuras regiones de Khublarhek, donde encontraría muchas mas aventuras, que serian narradas por él mismo, puesto que volvió a la ciudad de Hadhramelech, para contar todo lo acaecido a su buen amigo el rey de Bergal, Adonhiram.

M. D. Álvarez

domingo, 18 de agosto de 2024

Sbataisso, de José María Álvarez (Reseña nº 1077)

 


José María Álvarez
Sbataisso (escenas de Venecia)
MurciaLibro, abril de 2024

El 7 de julio de este mismo año nos dejó José María, y con él una ausencia fundamental de la literatura española, no ya de la Región de Murcia o de Cartagena, si seguimos descendiendo en el localismo tan de moda en la actualidad.

Para mí fue una enorme sorpresa, pues tenía pendiente la lectura de estas escenas de Venecia y, soñaba que incluso podría comentarlas con él, como hice con otro libro sobre la misma ciudad, Días de Venecia, de mi amigo Santiago Montobbio. Pero ya no es posible.

Tal vez septiembre nos lleve a Venecia, o Venezia, como a José María le gustaba escribirla, con z, y seguro que estos dos libros citados nos acompañarán durante los días que allí estemos. Porque, y centrémonos en el que nos ocupa, es un libro de callejeo por la ciudad y por la Laguna, como bien puntualiza Alfredo Rodríguez, autor del prólogo y de la edición de esta obra.

Pero no sólo eso, es también una guía de arte, de los museos, de las iglesias, de las fachadas, de los palacios, de toda la belleza que se une en una ciudad que él ve decadente, vetusta sin llegar a rancia.

Sabremos también de sus gustos por la belleza, no sólo de la mujer, sino del arte, de la arquitectura, de los amaneceres, de los atardeceres, y del bon vivant, en el más concreto de los significados de esta expresión francesa, nunca más oportuna.

Unas memorias que ahora son imprescindibles leer para conocerle mejor y saber de sus "contemplaciones".

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 15 de agosto de 2024

Selección poética de Mercedes Tormo

ENTRE ODAS.

Y entre odas gozosas surgió,

sin dudarlo,

el límpido y sugerente amor

furtivo,

por los amantes derrochado.

 

Y entre odas bailaron

y se besaron

sin prisa, muy despacio,

cogidos,

sin pudor, de las manos.

 

Y entre odas hubo silencios,

minutos

eternos que suspiraron

los cuerpos

sudorosos y muy pegados.

 

 

ACELERADOS LATIDOS

Amor que brota del vientre

y muy abultado asoma,

entre notas musicales

y acelerados latidos.

Anuncian bellas flores

de escarcha derretida

por ávidos y palpitantes

corazones que regalan,

generosamente,

vestigios de nueva vida.

 

LA CASA DE CAMPO 

La casa de mi infancia está vacía,

aunque todavía mis oídos escuchan

las risas de cuando éramos muchachos,

y el eco de los tacones de mis padres

por el largo y blanco pasillo.

El olor del arroz de los sábados

impregna los azulejos de la cocina.

 

Necesito que, tras la copiosa lluvia,

las gotas de agua acaricien las hojas

de los árboles que la abrigan.

 

Mercedes Tormo. Nació en Alicante. Licenciada en Derecho. Es amante de su familia y los libros. Ha publicado relatos en diversas antologías. Coautora de “Cuentos de nube y miel”, ECU.
Ha recibido algunos premios: Primer Premio X Certamen de Literatura Infantil y Juvenil Ciudad de Andújar, Primer Premio de relatos Hoguera Gran Vía-La Cerámica, finalista en Certamen de terror ESMATER, finalista en Certamen de relato Café Compás de Valladolid y Accésit en XXX Certamen literario Villa de San Fulgencio. Uno de los finalistas de poesía de la Asociación Numen. Autora de “Contando Estrellas” poemario infantil editado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert.


 

martes, 13 de agosto de 2024

La cabaña del bosque, de M.D. Álvarez

 


En uno de los muchos claros que había en aquel bosque se encontraba la cabaña de un joven leñador. Estaba marcado con una maldición: cada siete días debía dar rienda suelta a su espíritu salvaje.

En una de aquellas noches, vio a una bella doncella que paseaba tranquilamente por los senderos del bosque.

En cuanto la vio, supo que sus destinos estaban tejidos por el mismo hilo de la rueca del destino. Habían nacido el mismo día, eran Géminis y se atraían.

Ella llegó a la cabaña justo cuando comenzaba a tronar una fuerte tormenta. Él no se encontraba allí en aquel momento, estaba dando rienda suelta a su bestia interior. 

Cuando llegó a la mañana siguiente, se la encontró durmiendo en su cama. No osó despertarla y se mantuvo en las sombras para ver su reacción. 

El hilo que los unía era más férreo que el temor que podía causarle. Así que siguieron viviendo en la cabaña del bosque.

M. D. Álvarez

domingo, 11 de agosto de 2024

El menor de los mares, de Francisco Saura (Reseña nº 1076)



 

Francisco Saura
El menor de los mares
Olélibros, 2023

Hay libros que en pocas páginas dicen mucho y, aunque al autor le cueste luchar contra este mundillo de la literatura -que ha convertido a los autores más en feriantes que en escritores- se encuentran momentos en que tienes la suerte de que su obra llegue a tus manos.

Es el caso que me ocupa esta semana, ya que, aunque la amistad entre el autor y yo es de muchos años, no habíamos tenido la oportunidad de coincidir en presentaciones y solucionamos esa deficiencia gracias a Benito Pérez y al Museo del Mar, en San Pedro del Pinatar,

Allí se presentó El menor de los mares, un canto a la esperanza de que el mar, todos los mares, sobrevivirán a la especie humana, a pesar de lo que le estamos haciendo cada día.

Y no hay mejor época para ver ese maltrato que la época estival. Hay que pasearse por cualquier playa para verlo.

Pero este poemario, de apenas una treintena de poemas, dice mucho más sobre el autor y su valentía, de contarnos aquel encuentro con el mar, y con el amor, sentimental, profundo, sin tapujos. y ya nos lo avisa Santiago Méndez en el prólogo, que es un dardo directo al centro de la diana de la poesía de Francisco Saura.

La decadencia de ese mar, con la presencia de una esperanza latente, el amor y los recuerdos que se mantienen jóvenes, y un encuentro personal del propio autor, hacen de su lectura un placentero ejercicio  precisamente en este estival agosto.

PD: Podéis leer una selección del poemario en la sección La luna de Ítaca.

Francisco Javier Illán Vivas