—Mira quién ha cazado un auténtico wurdulac, -dijo el príncipe, señalando a su mejor cazador con una sonrisa endiablada.
El cazador se inclinó ante el príncipe, pero al levantar la cabeza, sus ojos brillaron con un destello ámbar.
La wurdulac, aún encadenada, soltó una risa seca: —No me has cazado, hijo. He dejado que me atraparas.
El príncipe palideció. El cazador sintió un ardor en el pecho: la mordedura de la noche anterior no había sido un sueño. Los guardias retrocedieron al ver cómo sus colmillos se alargaban.
—Bienvenido a la jauría —susurró la joven wurdulac, rompiendo sus cadenas con un tirón. El príncipe ordenó disparar, pero ya era tarde: el mejor cazador era ahora el más voraz de los monstruos.
M. D. Álvarez

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