Marcus no esperó a la medianoche. Rebuscó en el desván
de su abuelo hasta encontrar un viejo baúl de roble con el emblema de un
sol eclipsado. Dentro, un diario revelaba la verdad: los Warner no eran
simplemente fuertes; eran "Catalizadores", seres capaces de convertir
la voluntad pura en energía cinética para mantener a raya a los
Devoradores de Luz.
Al
llegar al cementerio, la niebla era tan espesa que ocultaba las lápidas.
Estela lo esperaba junto al mausoleo familiar, pero no estaba sola.
Tres figuras de ojos vacíos la rodeaban, esperando la orden de atacar.
—¡Marcus, la moneda! —gritó ella.
Él
no dudó. Presionó el metal contra su pecho y dejó que el temperamento
que antes lo metía en líos fluyera sin frenos. El estallido fue cegador.
La energía dorada se expandió como una onda de choque, reduciendo a los
espectros a cenizas.
Estela se acercó, limpiándose el polvo del abrigo.
—Tu abuelo estaría orgulloso. Él no pudo terminar la guerra, pero tú... tú tienes el fuego necesario para ganarla.
Marcus
guardó la moneda, sintiendo por fin que su fuerza tenía un propósito.
El chico encantador había muerto; el Guardián acababa de nacer.
—Dime qué es lo siguiente —dijo él, mirando hacia el horizonte donde la oscuridad aún acechaba.
M. D. Álvarez

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