Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 3 de marzo de 2026

Los Wharner, de M.D. Álvarez (3 de 4)

 


Marcus llegó a su apartamento con el corazón martilleando contra las costillas. Cerró la puerta con doble vuelta y se sentó frente a la mesa de madera, donde el sobre de cuero parecía emitir un pulso sordo, casi como un segundo corazón.

​Al romper el sello de cera, no encontró una carta, sino una moneda de plata antigua y un trozo de pergamino con una sola frase escrita en una caligrafía firme:

​"La luz no es solo para ver, Marcus, es para quemar la sombra. No eres un hombre que pelea, eres la tormenta que los detiene."

​Al rozar la moneda, la habitación pareció sumergirse en una penumbra líquida. Marcus soltó un jadeo cuando sus venas comenzaron a brillar con un suave tono dorado bajo la piel. No era solo fuerza física; era una energía antigua que siempre había estado allí, reprimida tras lo que él llamaba "mal temperamento".

​De repente, un frío glacial invadió el salón. Las sombras de las esquinas comenzaron a estirarse, despegándose de las paredes como si tuvieran vida propia. En el centro de la oscuridad, emergió una figura alta y sin rostro, envuelta en jirones de niebla negra.

​—La guardiana ha entregado la llave —siseó la aparición con una voz que sonaba como mil cristales rompiéndose—. El linaje de los Warner ha despertado de nuevo.

​Marcus se puso en pie. El miedo, que debería haberlo paralizado, fue devorado por ese calor abrasador que subía por su garganta. Sus ojos, antes azules, ahora reflejaban un destello metálico, el mismo que Estela había reconocido en su abuelo.

​—No sé qué eres —dijo Marcus, y esta vez su voz retumbó con una autoridad que no reconocía—, pero estás en mi casa. Y mi abuelo me enseñó que a los invitados no deseados se les echa a patadas.

​Cerró el puño y, por primera vez, no tuvo que contenerse. Al lanzar el golpe, no hubo solo impacto; una ráfaga de luz blanca salió de sus nudillos, desintegrando la sombra en un estallido de chispas doradas.

​El silencio volvió a la habitación, pero el mundo ya no era el mismo. Marcus miró sus manos, que aún humeaban levemente. Ahora comprendía por qué su abuelo siempre parecía cansado, por qué Estela lo miraba con esa mezcla de amor y pena. No era solo un chico con suerte en las peleas; era un guardián de algo que la mayoría de los humanos ni siquiera querían imaginar.

​Su teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido:

"Café terminado. El susto ha pasado, pero la cacería comienza. Te espero en el cementerio de Saint Jude a medianoche. Trae la moneda." — E.P.

Continuará...

M. D. Álvarez 

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