Marcus llegó a su apartamento con el corazón
martilleando contra las costillas. Cerró la puerta con doble vuelta y se
sentó frente a la mesa de madera, donde el sobre de cuero parecía
emitir un pulso sordo, casi como un segundo corazón.
Al
romper el sello de cera, no encontró una carta, sino una moneda de
plata antigua y un trozo de pergamino con una sola frase escrita en una
caligrafía firme:
"La luz no es solo para ver, Marcus, es para quemar la sombra. No eres un hombre que pelea, eres la tormenta que los detiene."
Al
rozar la moneda, la habitación pareció sumergirse en una penumbra
líquida. Marcus soltó un jadeo cuando sus venas comenzaron a brillar con
un suave tono dorado bajo la piel. No era solo fuerza física; era una
energía antigua que siempre había estado allí, reprimida tras lo que él
llamaba "mal temperamento".
De
repente, un frío glacial invadió el salón. Las sombras de las esquinas
comenzaron a estirarse, despegándose de las paredes como si tuvieran
vida propia. En el centro de la oscuridad, emergió una figura alta y sin
rostro, envuelta en jirones de niebla negra.
—La
guardiana ha entregado la llave —siseó la aparición con una voz que
sonaba como mil cristales rompiéndose—. El linaje de los Warner ha
despertado de nuevo.
Marcus
se puso en pie. El miedo, que debería haberlo paralizado, fue devorado
por ese calor abrasador que subía por su garganta. Sus ojos, antes
azules, ahora reflejaban un destello metálico, el mismo que Estela había
reconocido en su abuelo.
—No
sé qué eres —dijo Marcus, y esta vez su voz retumbó con una autoridad
que no reconocía—, pero estás en mi casa. Y mi abuelo me enseñó que a
los invitados no deseados se les echa a patadas.
Cerró
el puño y, por primera vez, no tuvo que contenerse. Al lanzar el golpe,
no hubo solo impacto; una ráfaga de luz blanca salió de sus nudillos,
desintegrando la sombra en un estallido de chispas doradas.
El
silencio volvió a la habitación, pero el mundo ya no era el mismo.
Marcus miró sus manos, que aún humeaban levemente. Ahora comprendía por
qué su abuelo siempre parecía cansado, por qué Estela lo miraba con esa
mezcla de amor y pena. No era solo un chico con suerte en las peleas;
era un guardián de algo que la mayoría de los humanos ni siquiera
querían imaginar.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido:
"Café
terminado. El susto ha pasado, pero la cacería comienza. Te espero en
el cementerio de Saint Jude a medianoche. Trae la moneda." — E.P.
Continuará...
M. D. Álvarez

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