El origen del Grifo se pierde en los albores del tiempo.
Algunos dicen que apareció de la nada, pero otros lo hacen hijo de
Zeus, en su forma de majestuosa águila y del león de Nemea.
Si ya sé que parece complicado, pero en la mitología todo tiene cabida.
Esa
mezcla imposible le otorgó una naturaleza dual: la visión de quien todo
lo ve desde las alturas y la fuerza bruta de quien no teme a nada que
pise la tierra. Sin embargo, su propósito no era la caza, sino la
custodia.
Se dice que en
las áridas estepas de Hiperbórea, donde el oro brota de la tierra como
si fuera mala hierba, los grifos cavan sus nidos con garras de diamante.
No buscan el brillo por codicia, sino por instinto. Protegen el metal
precioso de los Cíclopes, esos buscadores de tesoros que desafían a la
muerte en cada incursión.
Pero
lo que pocos saben es que el grifo no solo vigila el oro físico. Según
las crónicas perdidas, estas criaturas guardan el conocimiento que la
humanidad aún no está lista para pronunciar.
Se
sientan sobre el risco más alto de la frontera entre lo salvaje y lo
divino, esperando el día en que un alma sea lo suficientemente valiente
para acercarse, no con una espada, sino con una pregunta honesta.
Una
tarde de sol plomizo, un joven viajero alcanzó la cima del monte Ripeo.
Allí, recortado contra el naranja del ocaso, se alzaba el primer
grifo.
Sus plumas
doradas vibraban con el viento y sus ojos, dos ascuas de ámbar, se
clavaron en el intruso. No hubo rugido, solo un silencio pesado, el tipo
de silencio que precede a la revelación... o al olvido eterno.
M. D. Álvarez

No hay comentarios:
Publicar un comentario