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martes, 24 de marzo de 2026

El origen del Grifo, de M.D. Álvarez

 


El origen del Grifo se pierde en los albores del tiempo. Algunos dicen que apareció de la nada, pero otros lo hacen hijo de Zeus, en su forma de majestuosa águila y del león de Nemea. 

Si ya sé que parece complicado, pero en la mitología todo tiene cabida.

Esa mezcla imposible le otorgó una naturaleza dual: la visión de quien todo lo ve desde las alturas y la fuerza bruta de quien no teme a nada que pise la tierra. Sin embargo, su propósito no era la caza, sino la custodia.

​Se dice que en las áridas estepas de Hiperbórea, donde el oro brota de la tierra como si fuera mala hierba, los grifos cavan sus nidos con garras de diamante. No buscan el brillo por codicia, sino por instinto. Protegen el metal precioso de los Cíclopes, esos buscadores de tesoros que desafían a la muerte en cada incursión.

​Pero lo que pocos saben es que el grifo no solo vigila el oro físico. Según las crónicas perdidas, estas criaturas guardan el conocimiento que la humanidad aún no está lista para pronunciar. 

Se sientan sobre el risco más alto de la frontera entre lo salvaje y lo divino, esperando el día en que un alma sea lo suficientemente valiente para acercarse, no con una espada, sino con una pregunta honesta.
​Una tarde de sol plomizo, un joven viajero alcanzó la cima del monte Ripeo. Allí, recortado contra el naranja del ocaso, se alzaba el primer grifo. 

Sus plumas doradas vibraban con el viento y sus ojos, dos ascuas de ámbar, se clavaron en el intruso. No hubo rugido, solo un silencio pesado, el tipo de silencio que precede a la revelación... o al olvido eterno.

M. D. Álvarez 

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