Angie recogió el billete de cien dólares, con la boca
ligeramente abierta. No por el dinero en sí, sino por la sinceridad
palpable en el gesto de Marcus y el tono sombrío con el que se había
despedido.
—Marcus, espera —dijo ella, con una nota de arrepentimiento que sustituyó a la furia.
Él
ya estaba de espaldas, caminando hacia la puerta con la cabeza gacha,
como si cargara un peso invisible sobre sus hombros. Los clientes del
bar habían vuelto a sus conversaciones, pero el eco del enfrentamiento
seguía flotando en el aire.
Angie
se giró hacia la caja, devolviendo el cambio de los otros clientes,
pero sus ojos estaban fijos en la espalda ancha de Marcus, que estaba a
punto de cruzar el umbral.
"50 dólares de cuenta... 50 dólares de propina... No es la cuenta lo que le duele," pensó.
Se
mordió el labio, contando veinte dólares y dejándolos cuidadosamente
bajo la caja. Tomó el billete de cincuenta, el cambio que le
correspondía, y corrió tras él, sin importarle los cuchicheos que
generaba su repentino movimiento.
—¡Marcus! —gritó, llegando justo cuando él ponía una mano sobre el pomo de la puerta.
Él se detuvo, pero no se giró. Su postura era de derrota total.
—¿Qué pasa, Angie? ¿Aún me queda algo más por pagar? —Su voz sonó quebrada, desprovista de su habitual tono de broma o evasión.
Ella
se acercó y lo tomó del brazo, obligándolo suavemente a darse la
vuelta. En sus ojos, ya no había rastro de la ira de hacía un minuto,
solo una preocupación sincera.
—No, tonto —dijo, ofreciéndole el billete de cincuenta dólares—. Toma, este es tu cambio.
Marcus miró el billete y luego a ella.
—Quédatelo —murmuró—. Lo necesitas más que yo, o al menos, te lo mereces por aguantarme.
—Marcus,
no es sobre el dinero —explicó ella, deslizando el billete en el
bolsillo de su chaqueta—. Es sobre la confianza. Sabes que la cuenta no
es un problema. Es que siempre huyes, Marcus. Siempre te escaqueas de
todo lo que es difícil, incluyéndome.
Él suspiró, cerrando los ojos por un instante.
—Lo
sé, Angie. Siento haber actuado como un... como un cobarde. Tienes
razón, siempre me escaqueo. Pero esta noche... te prometo que no me
escaquearé.
Abrió los ojos y la miró directamente.
—Esa invitación... ¿sigue en pie? Te veré esta noche, fuera de aquí. ¿O la he arruinado de nuevo?
Angie sonrió, suavemente.
—Tendrás que esforzarte un poco más para arruinar eso, Marcus. Te espero a las ocho, en el parque, ¿te parece?
—A las ocho, en el parque. Lo pagaré yo —dijo él, con una sonrisa pequeña y genuina.
—Más
te vale —respondió ella, dándole un apretón en el brazo antes de
soltarlo y volver al bar, dejando que Marcus se marchara, esta vez, con
un paso más ligero.
Continuará...
M. D. Álvarez

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