Marcus llego antes y se sentó en un banco frente al
estanque con la puesta de sol frente a el Angie llegó cinco minutos
tarde, a propósito, para darse un último momento de serenidad. Llevaba
un jersey ligero sobre los hombros, no por el frío, sino por la
costumbre de tener algo en qué entrelazar los dedos.
Lo vio antes de que él la viera a ella.
Observando
los círculos concéntricos que formaban los patos al remar. Estaba
quieto, expectante. Una ligera diferencia que a Angie le pareció un
mundo.
—¿Ya has pagando as vistas? —dijo ella al acercarse, su voz suave en la quietud del parque.
Él se giró, y la sonrisa que le dedicó fue lenta, pero no evasiva. Era franca.
—Solo estoy asegurándome de que la ubicación valga la pena. Por si acaso tengo que añadirlo a la cuenta de esta noche.
Angie se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ellos que parecía más un puente que un abismo.
El
silencio que siguió fue cómodo, lleno del murmullo lejano de la ciudad y
el graznido ocasional de un pájaro. No era el silencio cargado del bar,
sino uno nuevo, que invitaba a llenarlo.
—¿Por
qué siempre huyes, Marcus? —preguntó Angie al fin, sin mirarlo, como si
la pregunta fuera para los patos—. No es una acusación. Es… curiosidad.
Marcus tomó aire, un sonido largo y profundo.
—Por
miedo a defraudarte . Es más fácil ser el tipo que no cumple, el que se
escaquea, que el tipo que lo intenta de verdad y falla. Si nunca te
comprometes del todo, el golpe nunca duele del todo. —Hizo una pausa—.
Pero duele de otras maneras. Como verte a ti mirándome hoy con esa
furia… y luego con esa decepción. Esa duele más.
Angie asintió lentamente.
—Sí,duele.
Porque creo en ti, aunque a veces parezca lo contrario. Creo en el
Marcus que no se esconde detrás de un billete de cien dólares o de una
broma.
—Ese Marcus tiene
una gran carga sobre sus hombros pero esta noche voy a tratar de
aligerar la carga, dijo jugueteando con un anillo sencillo en su dedo.
Finalmente,
ella se volvió para mirarlo. En la luz crepuscular, sus rasgos parecían
más suaves, las aristas de la defensa, limadas.
—¿Y qué hace ese Marcus,cuando no está huyendo?
—Escucha.
Habla de cosas que importan. Se pregunta qué le gusta a Angie, aparte
de que le paguen las cuentas a tiempo. Te observa y te protege para que
llegues sana y salva a casa.
Ella rio, un sonido claro que se mezcló con el agua.
—A
Angie le gustan los finales inesperados en los libros.El olor a lluvia
sobre el asfalto caliente. Y los pasteles de manzana que son más ácidos
que dulces.
—Anotado
—dijo él, como si estuviera archivando cada dato en un lugar preciado—. A
Marcus… le gusta el silencio que no es vacío, sino tranquilo. Como
este. Le gusta la manera en que la gente cuenta historias con las manos
cuando habla. Y siempre ha querido decirte que te quiere y nunca ha
encontrado las palabras adecuadas.
Continuará...
M. D. Álvarez

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