El aire se había enfriado con la última luz del sol, y
Angie sintió una punzada de emoción al oír la honestidad sin adornos en
su voz.
—Siempre he
querido oírlo —dijo ella, y por primera vez, la intensidad de su mirada
no se disolvió en una broma o una distracción. Se mantuvo fija en sus
ojos.
Marcus sintió que el nudo en su garganta se deshacía. El anillo en su dedo dejó de ser un juguete y se convirtió en un ancla.
—No hay palabras adecuadas —admitió él, su voz apenas un susurro que no perturbó la quietud del estanque—. Solo esta.
Acortó
el prudente puente de espacio entre ellos, moviéndose con una
deliberación que le resultó extraña. No fue un movimiento rápido, ni
desesperado, sino firme y simple. Deslizó su mano por el ligero jersey
que ella llevaba, tocando por primera vez su mejilla. Su pulgar rozó
suavemente el borde de su boca, silenciando cualquier posible respuesta.
Angie no se apartó. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia su mano, aceptando el contacto.
—No huyas ahora, Marcus —susurró ella, su aliento cálido contra su piel.
—Nunca más —prometió él.
Y
entonces la besó. No fue el beso cargado de coqueteo y tensión de la
noche del bar. Era un principio. Era el sabor a promesa y a asfalto
mojado. Era el final inesperado que a Angie le gustaba encontrar en las
historias, el que no se veía venir pero que lo cambiaba todo.
Cuando
se separaron, el sol se había ido, dejando el cielo de un color azul
profundo y melancólico. Ella le sonrió, y esta vez, su sonrisa no era un
arma, sino una invitación.
—Bienvenido de nuevo, Marcus —dijo ella.
Él le devolvió la sonrisa. Ya no era evasiva. Era libre.
—Gracias por la espera, Angie. ¿Vamos a buscar ese pastel de manzana agrio? Yo invito.
M. D. Álvarez

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