Se sentaron en una pequeña cafetería de techos altos y
aroma a canela molida. Estela pidió un té de jazmín y Marcus un café
solo, aunque sus manos aún vibraban ligeramente por la adrenalina del
encuentro anterior.
—Tu
abuelo, Samuel, siempre decía que la justicia no era una elección, sino
un reflejo —dijo Estela, observando a Marcus por encima de sus gafas de
media luna—. Veo que en ti el reflejo es cegador.
Marcus bajó la mirada, removiendo el azúcar.
—Él
nunca hablaba mucho de sus años de juventud. Solo mencionaba un nombre,
"Estela", cuando el viento soplaba del norte y se ponía melancólico. Mi
abuela lo sabía, y lo aceptaba con una sonrisa triste. Decía que el
primer amor es el que nos enseña a querer a los demás.
Estela
sonrió, y por un momento, las arrugas de su rostro parecieron borrarse,
revelando a la joven que Samuel Warner había amado décadas atrás.
—No
nos separamos por falta de amor, Marcus. Nos separamos porque el mundo
de los Warner es... complicado. Tu abuelo era como tú: un imán para los
problemas ajenos. Pero él guardaba un secreto sobre esa fuerza que
tienes en los puños, esa velocidad que no es del todo humana.
Marcus se tensó. Siempre se había sentido diferente, como si habitara un cuerpo demasiado potente para la vida cotidiana.
—¿Qué quiere decir? —preguntó en un susurro.
Estela
abrió su bolso —el mismo que los maleantes habían intentado robar— y
sacó un pequeño sobre de cuero desgastado. Se lo tendió por encima de la
mesa.
—Esos hombres de
la calle no querían mi dinero, muchacho. Querían esto. Tu abuelo me
pidió que te lo entregara solo si demostrabas tener el valor de defender
a alguien sin preguntar por qué.
Marcus tomó el sobre. Al tocarlo, sintió un hormigueo eléctrico que le recorrió el brazo hasta el pecho.
—Ábrelo
en casa —continuó ella levantándose con una agilidad sorprendente—. Y
prepárate. Defender a una anciana es solo el principio. Hay deudas del
pasado que solo un Warner de sangre caliente puede cobrar.
Antes
de que Marcus pudiera reaccionar, Estela depositó un beso en su mejilla
y salió de la cafetería, perdiéndose entre la multitud de la mañana,
dejando al joven con un café frío y un secreto que quemaba en sus manos.
Continuará...
M. D. Álvarez

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