A punto de acabar el año, no tenía noticias de él. Lo
añoraba desde que se fue. De pronto, un reflejo llamó poderosamente su
atención; ese reflejo venía de lo más profundo del bosque, allí donde el
sol jamás llegó. Algo avanzaba, desprendiendo una tenue luz que
amenazaba con ser engullido por las sombras. Era él, no podía ser otro;
solo él podía enfrentarse a las sombras durante todo un año y regresar
con ella, como le prometió. Salió con una linterna para que tuviera un
referente de localización.
Lo
vio aparecer bajo un rayo de luna que hizo que su luz se magnificara.
La vio y se detuvo; su mirada reflejaba todos los horrores sufridos en
las profundidades del bosque. Su rostro, más delgado y pálido, reflejaba
el dolor. Ella corrió hacia él y lo abrazó. Bajo sus rayos, notó lo
delgado que estaba; lo sostuvo con cuidado y lo llevó a la cabaña.
Lo sentó a la mesa y avivó el fuego, calentando un asado que él devoró despacio.
Cuidadosamente, dejó un saquito de tela sobre la mesa.
—¿Lo encontraste? dijo, mirando fijamente la bolsita.
—Te prometí traerte el corazón del bosque, dijo él con una voz tranquila pero cansada.
Ella lo miró; él era capaz de todo por amor y la quería más que a su vida.
Ella
le preparó un baño caliente y le ayudó a quitarse sus ropas, gastadas
por un año. Su cuerpo estaba casi en los huesos, aunque lo peor eran las
atroces cicatrices.
—Mi sol, ¿por qué no volviste antes? susurró, sollozando.
—Te dije que no volvería hasta haber conquistado el corazón del bosque.
—¿Pero a qué precio? dijo ella, limpiando con delicadeza su cuerpo.
—No te preocupes, con tu ayuda y tus guisos estaré como nuevo en poco tiempo —dijo él, besándola.
Tras ayudarlo a bañarse, lo envolvió en la gran manta de oso que él cazó para ella.
Continuará...
M. D. Álvarez

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