Mientras creía que él dormía con una tranquilidad que no había tenido en todo un año, ella se sentó frente al saquito.
—Vamos, ábrelo —dijo él desde el umbral del dormitorio.
Ella se sobresaltó al verlo; su luz todavía irradiaba un fulgor milenario.
—Creí que dormías —dijo ella.
—Se
me hace raro dormir en blando cuando me he pasado todo un año durmiendo
a la intemperie sobre el suelo húmedo y hostil del bosque. Tengo que
acostumbrarme de nuevo al calor del hogar y a la mullida cama que ahora
comparto contigo —respondió él con una sonrisa triste.
Solo
él sabía lo que había sacrificado por ella: su destino estaba ligado al
corazón del bosque. Si este dejaba el reino tenebroso del bosque, él
dejaría de existir y ella sufriría al descubrir su destino...
M. D. Álvarez

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