Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

domingo, 18 de agosto de 2013

Susurrando palabras, de Mariángeles Ibernón Valero (Reseña nº 540)

Mariángeles Ibernón Valero
Susurrando palabras
Editorial ADIH, julio 2013


Conocí a Mariángeles Ibernón gracias a esas cosas de Internet y de las redes sociales, en especial Facebook, si no estoy equivocado. Un lugar que es lo más parecido a aquellos mares anchosos que escribía el clásico poeta.

Pronto fue una amiga de siempre, porque al poco de conocerla tienes la impresión de que sois amigos desde la niñez, por que antes no se tiene recuerdo. Rara vez se perdía uno de los eventos culturales que organizábamos, y no sólo nosotros, en Acantilados de Papel, sino otra asociación cultural molinense muy activa, Molínea. De hecho es habitual colaboradora de su revista bimensual, además de conducir varios blogs como escritora impenitente.

Pero llegó a más, en poco tiempo. No sólo te ofrece su amistad, también ofrece, a todo quien ella puede, su apoyo, y, en el poemario que tenemos entra manos, con el recuerdo de su hermana por delante, a quien el cáncer se la llevó a una edad muy temprana, un medio cultural para recaudar fondos para la Asociación de lucha contra el cáncer.

Estas palabras susurradas que hoy os comento son las primeras publicadas como libro individual por la autora, indie en todas sus facetas, que día a día nos regala sus poemas, sus besos, sus sonrisas, desde las interminables páginas de Facebook; en ellas, como en este libro, hemos leído poemas emotivos, evocadores, sugestivos, profundos, claros, con un lenguaje lúcido, despojado de figuras retóricas, pues busca la autora que su mensaje sea directo al centro de las emociones del lector, y para ello lo rodea de un envoltorio claro, donde nada pueda confundir la palabra que emite.

Mariángeles Ibernón nos escribe como nos hablaría, quiere que la sintamos a nuestro lado, como si ella misma nos recitase los versos en el silencio de nuestra lectura. Un silencio que si es en la soledad de un atardecer, o, ¿por qué no?, de uno de estos estivales amaneceres de agosto, podremos acercarnos a la mirada de la poeta.

Escribía Graciela Maturo que “el poeta es sencillamente un tipo humano... El poeta muestra, desde su nacimiento, una especial disposición sensorial, intuitiva e intelectiva para el conocimiento de las realidades visibles e invisibles. La Antigüedad lo representaba, por ello, ciego”.

Aquí, en la modernidad de las redes sociales, quien ha permanecido ciego, hasta hace apenas unos meses- ¿qué es ese tiempo en el Universo?- ha sido quien escribe estas líneas, y he ido conociendo a la autora como si de la subida de una larga escalera se tratase. Nos puede parecer una persona enormemente extrovertida, pero no es fácil acceder a su interior, pues mantiene la insondabilidad sin apenas ser consciente de ello, y, con esto, no me desdigo de mis primeras palabras.

He ido subiendo peldaños, uno a uno, de sus diferentes facetas, como si lo hiciese en la pirámide de Kukulcán, noventa y uno por cada lado, basándome en mi propia experiencia poética para conocerla un peldaño más cada día, y, al final de cada una de las escaleras, encontraba uno nuevo, el último, el que conduce a esa predisposición psicofísica que le ha servido para encarar lo que la vida le ha deparado e, irradiando voces, crear poesía como parte de su destino.

El poeta es aquel que contempla y crea para comprender, decía la citada Graciela Maturo, en su libro de ensayos sobre el conocimiento y el lenguaje poético. No os voy a hablar de la experiencia vital de Mariángeles Ibernón Valero, no puede ser ese el motivo de este comentario, aunque podría serlo; sólo pretendo llamar vuestra atención a que leáis este libro, que será presentado en muchos municipios de la Región de Murcia (aquí, en Acantilados de papel se os irá informando oportunamente) y, una vez que lo hayáis hecho, conozcáis un poco más el particular mundo de la autora, auténtica superviviente, que utiliza la palabra como energía espiritual, su oficio es vivir.

Una treintena de poemas donde la vida, el “oficio de viviente”, son la gota culminante del mensaje, precedidos por una dedicatoria, que es más que eso, es todo un libro entregado a su hermana Juana Mari, son el templo que he encontrado al final de los escalones, una vez me atreví a pisar el último de ellos, y, entonces, para sorpresa de quien llega allí arriba, cinco poemas compartidos con amigos del alma, es una plegaria, pero también un conjuro.




Francisco Javier Illán Vivas