Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 29 de septiembre de 2026

Elixir immortalitatis. II parte, de M.D. Álvarez

 


Con las preciadas bayas en mi poder, emprendí el regreso. La travesía de vuelta fue más sencilla que la de ida, pues ya conocía el camino y no había obstáculos que superar.

Al llegar a la superficie, fui recibido con júbilo por mis compañeros de expedición, quienes se sorprendieron al verme ileso y con las bayas en mi poder.

Sin perder tiempo, partí hacia mi tierra natal, ansioso por compartir mi descubrimiento con el mundo. A mi llegada, fui aclamado como un héroe y el elixir immortalitatis se convirtió en la cura para todas las enfermedades.

Viví durante siglos, presenciando el auge y caída de civilizaciones, acumulando sabiduría y experiencia inimaginables.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la inmortalidad comenzó a pesar sobre mí.

Anhelaba la compañía de mis seres queridos, que habían sucumbido a la muerte hace siglos. La soledad y el vacío se apoderaron de mí, y comprendí que la verdadera felicidad no reside en la vida eterna, sino en los momentos compartidos con los demás.

Decidí entonces utilizar una de las bayas restantes del elixir immortalitatis y creé un antídoto que eliminara el efecto del elixir y así poner fin a mi propia vida. Reuní a mis amigos más cercanos y les conté mi decisión. Entre lágrimas y abrazos, me despidieron y presenciaron mi último aliento.

Mi muerte marcó el fin de una era, pero mi legado perduró en la historia. El elixir immortalitatis se utilizó con moderación para curar a los enfermos y prolongar la vida de aquellos que más lo necesitaban. Y aunque yo ya no estaba entre ellos, mi espíritu vivía en cada persona que tocaba la magia de las bayas.

La historia del elixir immortalitatis es un recordatorio de que la vida es un regalo precioso y finito. Debemos aprovechar cada momento al máximo y apreciar a las personas que nos rodean, pues no estarán con nosotros para siempre. La verdadera inmortalidad no reside en la vida eterna, sino en el amor, la amistad y los recuerdos que dejamos en los demás.

M. D. Álvarez

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