Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

miércoles, 30 de enero de 2013

La condición humana y sus condiciones (Le radeau de la Méduse)


La historia del barco francés "Medusa" fue uno de los sucesos más deleznables de la historia de Francia. El lienzo, que se encuentra en el Museo Nacional del Louvre, se basa en un suceso real, el hundimiento de dicho barco francés a causa de la negligencia de su capitán, y la inmoralidad de los gobernantes conservadores de la época. 
 
La obra fue pintada como una metáfora que denunciaba la situación política y social francesa, pero también fue intención de su autor plasmar la irreductible resistencia de la esperanza y de la dignidad humana, incluso en los casos de injusticia tan extrema como en el suceso que aconteció. Era una época en que toda Francia yacía derrotada por el hundimiento de la ambición del imperio napoleónico, y estaba en manos de coronas, aristocracias y voluntades corruptas. El periodo de la Restauración había comenzado su singladura y las potencias europeas emprendían una nueva ola de colonialismo por todo el planeta, intentando construir imperios que una y otra vez chocarían entre ellos, hasta llegar al horror de la Segunda Guerra Mundial.

El dos de julio de 1816, la fragata Medusa, perteneciente al ejército francés, naufragó frente a la costa oriental africana de camino hacia la colonia francesa de St. Louis.

El capitán, un absoluto desconocedor de las artes del mar, había sido puesto al frente de la expedición gracias a un favor político de su amigo personal, el ministro de la marina Du Bouchage. La expedición estaba compuesta por la fragata Medusa, antigua fragata de guerra a la que se le habían quitado los cañones para adaptarla a la función del transporte, la corbeta Écho, el bergantín Argus y una bricbarca de transporte llamada Loire. La expedición partió el 17 de junio de la isla de Aix rumbo a Senegal. En ella el Ministro enviaba en la fragata todo un pueblo dispuesto para reconstruir la civilización en la colonia de la capital senegalesa de San Luis junto a un contingente de soldados de bajo rango.

El gobernador y un grupo de favoritos iba en la fragata, entre ellos un nefasto personaje llamado comandante Richefort, nombrado capitán de San Luis, y verdadero responsable de que la nave embarrancara, aunque es realmente el capitán Chaumereys quien tenía a su cargo la vida de esas 400 personas. En su primera escala en Tenerife, la flotilla se dispersa, en parte debido a los vientos y en parte por la impericia de sus navegantes. Casi veinte días después de haber zarpado desde la costa francesa y estando a la altura de Mauritania, toman un desvío de la ruta oficial. Debido a esa impericia y la ineptitud de los dirigentes, el barco encalla en un banco de arena, a 50 millas de Mauritania. Tres días después, viendo imposible su rescate y con una gran vía de agua, tienen que abandonarlo.

Los oficiales son alojados en 6 botes salvavidas, con una capacidad de 42 plazas cada uno. 252 personas suben a bordo, dejando atrás a 147, en concreto 146 hombres y una mujer. 17 marineros se quedaron a bordo de “Medusa” y se ahogan con ella. Por supuesto, el capitán está a salvo. El problema es que estas 147 personas tienen que salir con premura de un barco a punto de hundirse, por lo que se construye una balsa de madera de 20 metros de largo y 7 metros de ancho, donde subirán los últimos 147 desdichados a los que no se les ha querido alojar en alguno de los seis botes salvavidas, pero con la idea de que los botes salvavidas la arrastraran hasta la orilla. Ya en el embarque, la balsa se hundió considerablemente, lo que hizo cundir el desorden y el caos, lo que, a su vez, provocó la pérdida de la mayoría de las provisiones y el descontrol de toda la flotilla. Uno de los botes, donde va el capitán, empieza a tirar de esta improvisada nave. Pero pesa demasiado y no se sabe si por egoísmo o por pura desgracia, las cuerdas atadas desde los botes se van soltando una tras otra, abandonando la a su suerte en medio del mar, cuando quedaban aún 60 kilómetros para alcanzar la costa. Desde ese momento dependerían absolutamente de su suerte. Los náufragos navegaron a la deriva durante trece días, tiempo en el que sufrieron auténticas calamidades, tormentas, oleaje, peleas, pero sobre todo el hambre y la sed. Situaciones de locura y muerte, dado que las únicas provisiones que quedaban en la balsa eran un paquete de galletas, dos bidones de agua y dos barriles de vino.
La única solución fue también la más terrible, los cadáveres que cada día se iban sumando, se aprovecharon para alimentar a los que quedaban. Las 130 personas que se agolparon en la balsa en un principio, se redujeron a 60 al segundo día, y a tan solo 27 cinco días después. Al final, y gracias al canibalismo, sobrevivieron 15 personas, que se vieron reducidas a 10 tras el rescate por el capitán del Argus.
El capitán había dejado a su suerte a decenas de franceses. Alguien, desde la costa francesa, se hace eco de la noticia y esta llega hasta París. En la capital nadie hace el mínimo esfuerzo por recoger a 147 compatriotas, incluso un barco que se cruza con ellos durante su odisea, desoye los gritos de socorro. Trece días después, el 17 de julio de aquel 1816, un barco encuentra la balsa. A bordo 15 personas. El capitán del Argus que rescata la paupérrima embarcación, les pregunta acerca de su desdicha. Y la contestación es aplastante: han muerto 132 personas, las que quedan se han tenido que comer a sus compañeros de viaje, la mayoría tienen una deshidratación preocupante, otros han enloquecido, de las 15 personas encontradas con vida, 5 mueren tras el rescate. El mundo se entera de la noticia y de la espeluznante vivencia de estos 15 supervivientes.
La noticia caló entre los artistas e intelectuales del momento, y fue la razón por la que el pintor Théodore Géricault (dicen que en un impulso romántico) se afeitara la cabeza, para obligarse a llevar a cabo su idea, evitando que nadie lo viera y encerrándose en su taller hasta terminar el cuadro que fuera relato y denuncia de lo que había ocurrido.

No cabe duda que el artista realiza una soberbia preparación de la obra. No contento con leer la narración de Savigny y Corréard (supervivientes de la tragedia y autores de la publicación Narrative of a voyage to Senegal), los visitó e interrogó extensamente. Buscó al carpintero que había sobrevivido al naufragio- Lavillete- y le convenció para que le realizara una maqueta a escala de la balsa, que instaló en su estudio. 
 
Visitó hospitales psiquiátricos, para ver los rostros de la desesperación; morgues, para averiguar el tono exacto de la piel de los muertos, el aspecto de los cuerpos mutilados, realizó numerosos bocetos y estudios previos sobre cadáveres y restos humanos sacados de cementerios y ejecuciones públicas. A partir de ese momento estuvo encerrado en su estudio ocho meses, durante los que contó con la colaboración de sus amigos artistas, dándose la anécdota de que un jovencísimo Delacroix posó para él, apareciendo en el cuadro, bajo el anciano de capa roja, como la figura muerta del primer plano, tumbada y con el brazo izquierdo extendido. Favor que le devolvió su amigo Dalacroix convirtiendo a Géricault en un personaje de los muertos del infierno que cruza en la barca de Dante. 
 
Dos años después, en 1819, Théodore Géricault presenta un cuadro de fabuloso formato, un lienzo cercano a los 35 metros cuadrados. Una enorme pintura al óleo de 491x716 cm tamizado por una luz opresiva y que representa una escena dantesca. Lo peor de todo es que el lienzo se inspira en un suceso real la obra se titula Los náufragos de la Medusa y plasma el sufrimiento vivido por los pasajeros abandonados del barco francés. Es la balsa de la Medusa la que flota a duras penas en el lienzo. Y los 15 que sobrevivieron a un infierno demente abandonados por todos, los que escenifican tan cruento asunto.

La balsa de la medusa es un cuadro épico, tanto por los acontecimientos que narra, como por lo que supone la obra en ese momento social. El instante elegido por el artista para reproducir la imagen del naufragio, es uno de los de máxima tensión de todo lo ocurrido. Al principio el artista se plantea diversos enfoques para plasmar el acontecimiento. En una primera idea, busca representarles como héroes para poner de manifiesto la miseria moral de los gobernantes. También pensó en pintar la escena de la lucha entre los amotinados alienados que querían destruir la balsa, pero pensó que era mostrar a los náufragos como culpables. Trató de hacer una metáfora política, pero pensó que convertirlo en un manifiesto ideológico impediría comprender realmente la historia real de lo ocurrido. Otra opción sobre la que realizó borradores, fueron los actos de canibalismo, pero los descartó porque entendía que no mostraban el sufrimiento por aquella injusticia, ni la solidaridad y el heroísmo de la condición humana. Finalmente decide representar el momento justo cuando se produce un primer avistamiento del barco que habría de rescatarlos -el Argus- la nave que toma el nombre del antiguo Argos que, capitaneado por Jasón, encontró el Vellocino de oro. Decidiendo con ello que, en vez de exhibir un cuadro de dolor, prefirió mostrar el anhelo que residía en el fondo de cada uno de los supervivientes, en sus actos de lucha por la vida y de mantenimiento de la dignidad humana mas allá de las extremas condiciones.

Aun así la escena representada es tremenda, dado que aúna el dramatismo de los días vividos, el ambiente de miseria que reina en la balsa y el cruel instante en que el júbilo inicial del avistamiento del barco, se convierte en desolación al perderlo de vista. Esa fue su opción, pero hubo otros pintores que optaron por mostrar los otros aspectos que Géricault descartó. Cuando éste expone su cuadro en Londres, el éxito no fue suyo sino de un espectáculo en un teatro en el que, a través de grandes cuadros se mostraban al público los episodios del naufragio en sus facetas más escabrosas.

Jean-Louis André Théodore Géricault nació en la francesa ciudad de Ruan en septiembre de 1791. Fue la figura principal del romanticismo francés y durante su corta vida se dedicó en cuerpo y alma al arte de la pintura, ayudando así a definir el movimiento romántico pictórico francés. En 1811 entra a estudiar en Escuela de Bellas Artes de París, pronto se dio cuenta de que su pasión por lo excesivo, y la pincelada empastada, lo que revelaba un marcado temperamento. Su primer éxito vendrá al año siguiente en el salón de París con la obra Oficial de cazadores a la carga. Este estilo inicial académico irá desapareciendo, tornándose así en un estilo claramente romántico. La proyección de Géricault se limitó solamente a doce escasos años, pero fue tiempo suficiente para dejar una cantidad considerable de obras.

Era un amante reconocido de la naturaleza y un apasionado por los caballos, lo que le determinó a realizar cantidad de esbozos y cuadros de estos fantásticos animales, con una realidad y dinamismo que no han sido superados por prácticamente ningún otro pintor galo.

Una de sus primeras obras fue Retrato de un oficial de los cazadores dirigiendo una carga, la cual expuso en el salón internacional de 1812 que le dio a conocer. Sus obras con carácter apasionado y vehemente supusieron una ruptura con el Neoclasicismo e introdujeron el primer Romanticismo. En 1814 su obra Coracero herido es horriblemente acogida por el público, lo que le sumirá en una profunda tristeza. Consigue salir, pero volverá a recaer tras el próximo fracaso en el Gran Premio de Pintura de Roma. Para recuperar su integridad moral y artística (lo hizo así porque dejó embarazada a una tía suya y le dio miedo las consecuencias que pudiera tener este amor prohibido), en 1816 viaja a Roma en la mas estricta soledad. Aquí queda atónito ante la pintura del renacimiento italiano, es especial con la obra del siempre único Miguel Ángel. Y tras un minucioso estudio de la historia del arte italiana también se prenda de la pintura de Rubens y Caravaggio. Géricault rechaza la escuela pictórica de Jaques-Louis David, ya que ésta significa un Neoclasicismo académico. Él prefiere ensalzar épicamente asuntos de la vida cotidiana. Estilísticamente se vio influido por los estudios de la antigüedad desarrollados en el siglo XIX y por los maestros de los siglos XVII y XVIII. Entre 1818 y 1819 pinta Carro de soldados heridos y también pinta una de sus obras insignia, la Balsa de la Medusa. En 1820 Géricault va a Londres. Allí entra en contacto con Cobstable, cuya pintura causa un gran impacto al artista al igual que la pintura de caballos de Stubbs. 
 
A partir de ese momento, lo trágico y el sufrimiento pasan a formar parte de su temática, lo que le eleva a los altares del romanticismo. Tal será su pasión por el sufrimiento, muerte y locura que llegará a inspirarse como modelos de sus obras a pacientes de manicomios, un ejemplo de ello son los fantásticos lienzos titulados El Cleptómano y la mujer loca, ambos pintados entre los años 1822 y 1823. Pero Géricault no sólo se conformó con ser un paradigma del romanticismo, si no que, gracias a su lienzo "Derby en Epson", pintado en sus últimos años de vida, creó un precedente hacia el impresionismo. El cáncer se llevó a este maestro de la pintura un 26 de enero del año 1824, mientras residía en París, pero aunque la producción de Géricault se limitó solamente a doce escasos años, dio lugar a una gran colección artística.

Estéticamente la balsa de la Medusa es una muestra de formación clásica y emoción romántica. Analizando la obra, podemos decir que el soporte del cuadro es un lienzo. Este tipo de soporte es muy común, sobre todo a partir del gótico, y generalmente, como sucede en este caso, el material utilizado sobre él son pigmentos disueltos en alguna materia grasa. Esta técnica es el óleo. Géricault utiliza una pincelada espesa, lo que da una sensación de cuerpo y materia al cuadro. Estilísticamente tiene un predominio del color sobre el dibujo, característica principal del romanticismo que utiliza colores oscuros que profundizan la dramatización de la escena, además de utilizar el juego de tonos para crear claroscuros.
Presenta la obra un fuerte contraste entre una parte de la balsa con algunos náufragos muy oscura, en la que apenas se pueden distinguir las diferentes figuras, y otra parte más clara en la que se evidencia la tridimensionalidad de la pieza. Además, representa el espacio y la profundidad utilizando una línea de horizonte que son las olas y creando diferentes planos dentro de la misma balsa, dando sensación de movimiento con los pliegues en las telas para dar la impresión de que hay mucho viento, sobre todo por la vela de la balsa. El pintor también representa un mar tempestuoso, muy agitado, con unas olas muy grandes, para dar más movimiento a la escena.

Aunque todos se concentran en el centro del cuadro, la composición es abierta, porque algunas figuras se salen de la balsa, como por ejemplo los hombres muertos que tienen una parte del cuerpo en el agua y la otra en la balsa, así como por los hombres que están moviendo el pañuelo, etc. El artista utiliza una composición piramidal, hace dos pirámides: una debajo de la vela y la otra con el vértice en el hombre de color negro que agita un pañuelo de color rojo. Técnicamente el cuadro es una muestra de formación clásica y emoción romántica. La estructura compositiva triangulada con una clara disposición piramidal ascendente y en amplios escorzos, crea una disposición ordenada y en equilibrio, todo ello muy académico y al gusto de la época. Lo mismo que el trabajo de anatomía, cuerpos hercúleos y esculturales, que contrastan con la penuria que pasaron los náufragos, pero dota al lienzo de una energía que contagia para su observación.

En cualquier caso esta disposición en diagonal, es una de las más dramáticas de la historia de la pintura. Los ojos del espectador recorren sin pausa un camino de ida y vuelta que oscila entre la muerte representada en el primer plano, a la vida y la esperanza que se concentran al fondo de la escena. Todo lo pintado es puro romanticismo, porque la composición triangulada se compensa con la disposición de los cuerpos en rítmicos impulsos de los ángulos del centro y del primer plano al fondo, con escorzos violentos y posturas imposibles, que añaden una cierta afectación teatral y muy dramática a un hecho ya de por si trágico.

Los colores son igualmente ardientes, y la luz contrastada, casi fantasmagórica en algunas partes del cuadro, confiere a éste esa expresión patética tan propia, al uso en los cuadros románticos.

Géricault rompió con todas las reglas temáticas del neoclasicismo en este cuadro, pero respetó las de la composición. Podemos observar la pirámide que forman las personas en la balsa (cuyas figuras evocan la forma de representarlas de Miguel Ángel) que está coronada por un hombre de color negro (que ondea una pieza de tela para llamar la atención de los barcos). Mediante esta composición se pretende dar solidez al cuadro, lo que contrasta con el caos del oleaje. La importancia del lugar que otorga al personaje negro puede estar en concordancia con la lucha por abolir la esclavitud que se acababa de iniciar. Por otro lado, el hombre que agita el trapo blanco muestra la esperanza por la salvación. A la izquierda del lienzo, un hombre de avanzada edad se cubre por un manto rojo dando la espalda al barco creando un punto de impacto visual hacia el cual se va la mirada rápidamente. Esta figura es antagónica a la anterior, ya que es símbolo de la desesperanza que impregna toda la escena plagada de cadáveres. Sin embargo, gracias a las diagonales en ascendente creadas en el cuadro a través de los brazos de los hombres, llegamos a la figura del hombre negro y la esperanza exaltada por la agitación del paño, haciéndonos recobrar las fuerzas por vivir, curioso y original recurso de Géricault. El barco que salvará a los náufragos no se averigua en el lienzo, pero sí los obstáculos, ya que unas grandes olas abaten la barca al tiempo que el viento sopla en contra, dejando a la suerte y el azar la salvación de los moribundos supervivientes. Es precioso como plasma el viento en los personajes. Mientras el anciano con el llamativo manto rojo ha curvado su cuerpo a favor del viento, como sinónimo de rendición a la muerte, los jóvenes de la pirámide contonean su cuerpo en contra, intentando salvarse del trágico destino. Podemos observar que la colocación de los personajes no es arbitraria, sino que en la parte inferior ha colocado a cadáveres y al anciano, y encima a los que buscan la salvación, contraponiendo en ese poco espacio los dos grandes temas de la muerte y la vida respectivamente. 
 
La intención de Géricault al pintar este cuadro es proclamar su rechazo a la pintura histórica, retratando por primera vez un hecho de actualidad. También elige el tema del naufragio para expresar la angustia del destino. Terminada la obra en julio de 1819 se colgó en el Salón de aquel año el 31 de agosto bajo el titulo “escena de Naufragio” y presidiendo dicho salón el propio Luis XVIII.

La obra marca un antes y un después en la evolución de la pintura, porque logra alcanzar una intensidad formal y emocional nuevas, marcando las bases del movimiento romántico.

Desde luego, cuando uno se encuentra frente a este lienzo, lo primero que salta a la vista es su enormidad; mide unos cinco por siete metros de largo. Gericault lo pintó un siglo antes de que se popularizara el cine, pero no cabe duda de que su intención era la de conseguir algo parecido a lo que consigue el cine (y por cierto, no la televisión); que el espectador se sienta atrapado por el cuadro, que se meta en él. Y desde luego, en este cuadro hay algo de cinematográfico: como si fuera una película, nos cuenta una historia de un modo absorbente.
Personalmente creo que Gericault logró un indudable acierto con la composición de este cuadro, situando el punto de vista del espectador (nosotros) desde detrás de la balsa. La disposición de las figuras en una diagonal es tal que nuestra mirada se ve llamada hacia la parte derecha del cuadro, en donde los jóvenes agitan unos trapos para llamar la atención de alguien. ¿De quién?, ¿de nosotros? La tensión dramática, desde luego, es brutal. ¿Pero por qué este cuadro se ha convertido en una imagen icónica de tal fuerza?
Una razón evidente estriba en su sencillez. El cuadro consta de tres elementos. En primer lugar el océano, la vela (hipotética), la balsa y sus ocupantes. El segundo motivo por el que nos atrapa es porque es una historia de naufragio y las historias de naufragios son historias de esperanza, pues vemos en ellas que, del modo más inverosímil, las personas finalmente salvan la vida. Pero se trata de una esperanza ciega y que no consuela, pues quien vive y quien muere se decide estrictamente por azar. La tercera razón por la que nos impactan las historias de náufragos es porque tenemos miedo a sentirnos abandonados. En las historias de náufragos el protagonista es repudiado o se pierde o es olvidado. En cualquier caso el náufrago puede preguntarse si hay alguien buscándolo, si le echan de menos y, en definitiva, si es alguien para sus semejantes. El miedo al abandono es casi tan fuerte como el miedo a la muerte, pues, en definitiva, el abandono es algo así como estar muerto para los demás.
Estos tres elementos son los que se hallan presentes en las historias de náufragos, y en este cuadro en particular. Representan en buena medida la condición humana, y desde luego no hace falta que hayamos nunca naufragado para entenderlo. Cualquiera que haya sentido la presencia de la muerte, la soberanía del azar, o el horror de sentirse abandonado está capacitado para comprenderlo. Y esta última reflexión es lo que me da pie para mencionar a Oscar Wilde, que consideraba la exclusión social como el mayor misterio de la humanidad. Quizás esta historia serviría en buen modo para analizar los naufragios de nuestra sociedad.

El desastre de la medusa tuvo su origen en la incompetencia del Capitán y la inmoralidad de un gobernador (según el relato de un superviviente ya se manifestó cuando en una violenta maniobra a la altura del cabo de Finisterre, un niño cayó al mar y no supieron o no quisieron hacer las maniobras necesarias para rescatarlo). Los poderosos de la medusa mostraban una arrogancia tal que no atendieron a más razones que las propias y a hacer una demostración de su dominio. Embarrancaron en el banco de arena Arquin en un día tranquilo de navegación, con un tiempo magnífico, ensimismados en su orgullo, solo por no atender las voces de los técnicos. Los mandos no solo hicieron oídos sordos a los reproches, sino que intentaron culpar a todos menos a ellos, ordenando en primer lugar el salvamento del Gobernador y sus favoritos, que, según cuenta el cirujano y superviviente Savigny, fue depositado en el bote salvavidas sentado en su sillón rojo de terciopelo y con salvas de honores.

Hay muchísimas otras historias de naufragio famosas en la historia del arte y la literatura, pues, como se ha dicho, es un tema extraordinariamente sugerente. La novela clásica sobre naufragio es Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, que se basó en un caso real. Mas recientemente esta la película Náufrago, con Tom Hanks, o la serie Perdidos.
Mucho más terribles son las historias de naufragios basadas en hechos reales. El hundimiento del Titanic es el episodio más conocido, tal vez porque se interpreta como un castigo a la soberbia del espíritu humano que se cree capaz, erróneamente, de dominar la naturaleza con su técnica. Pero para mí, personalmente, los episodios más cercanos al cuadro de Gericault son esas noticias que vemos todos los días acerca de pateras que son rescatadas en nuestras costas con algunos supervivientes. Sin ir más lejos, cuando escribo estas líneas, el suceso acaecido en la isla italiana de Lampedusa, donde 50 inmigrantes, de los 100 que viajaban en patera, han desaparecido bajo las aguas del mar, ante la tardanza del rescate.
Uno de los últimos regalos del ex ministro de interior italiano, Roberto Maroti, fue declarar el puerto de Lampedusa como “no seguro” para el desembarco de inmigrantes, y decretar la “alerta inmigración”. El hoy líder de la xenófoba Liga del Norte pretendía dar una imagen de duro a sus votantes, después de haber sido incapaz de gestionar humana y eficientemente la llegada a la pequeña isla de más de 50.000 personas que huían de las revueltas en el Norte de África.
Es increíble que doscientos años después se sigan viviendo todos los días episodios como el de la Balsa de la Medusa de gente que lucha por su vida ante la indiferencia general. En África, en Asia y en el mundo en general, los abandonados y los ignorados se cuentan por millones. Esta insensibilidad ante el abandono es de lo que sigue denunciando a gritos este cuadro aún en la actualidad.
Todos los acontecimientos relatados en el suceso de la Medusa revelan una estructura social determinada. ¿Lo pienso yo sola o viendo tantas similitudes está naufragando también nuestra sociedad?

Podéis leer este artículo en su lugar de publicación original, pinchando AQUÍ.

Amparo Alegría Pellicer (Murcia, 1952) Enfermera. Licenciada en Bellas Artes. Máster en producción y gestión artística, especialidad en gestión y tecnología. En la actualidad, tras haber patentado a su nombre la propiedad intelectual de un nuevo material como componente escultórico, cursa los estudios de doctorado en Bellas Artes.