Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 15 de noviembre de 2013

El verbo se hizo carne, de Rubén Castillo (Reseña nº 573 bis)

Rubén Castillo Gallego
El verbo se hizo carne
Alfaqueque Editorial, 2013

Una de las cualidades que definen a los auténticos escritores es elegir un tema y hallar el lenguaje preciso que vehicule el mismo. Y eso es lo que el murciano Rubén Castillo (Murcia, 1966) ha logrado en su último libro de relatos, El verbo se hizo carne.

En las siete piezas que componen este mosaico hay un hilo conductor: el amor carnal, la lujuria, el placer libidinoso en el que participan sus personajes. Además, para imprimir más unidad si cabe al volumen, Castillo ha optado por el mundo bíblico para ambientar las tramas y situaciones. Una simbiosis (lujuria y religión) que lejos de parecer incomunicable u hostil, en las habilidosas manos de Rubén Castillo armoniza de tal modo que las historias nos parecen creíbles. Pese a su deliberado carácter apócrifo, las recibimos como ciertas, originales y transidas de humanidad y goce. 
 
Como adelantábamos al comienzo de esta reseña, el éxito y la redondez de estas narraciones biblioéroticas, descansa en el hábil y bien tramado uso del lenguaje que emplea el autor. Un estilo y una dicción perfectos, tratando de emular una prosa clásica pero sin caer en manierismo o desmesuras barrocas. Un lenguaje limpio y despojado de artificios innecesarios que comunica la sensualidad, el erotismo, la lascivia y la obscenidad que caracterizan todos y cada uno de los cuentos de El verbo se hizo carne.

Comienza la primera historia con una versión del Génesis en la que el saber prohibido del Árbol de la Ciencia se ha trocado en conocimiento sexual. Unos amantes primigenios se enfrentan al pecado de la carne, al absoluto goce de los cuerpos que una serpiente maligna y reveladora les hará descubrir.

En La destrucción de Sodoma Nehuda, la hija mayor de Lot, contará a su hermana un oscuro secreto sobre su padre acerca de su lascivia, sirviéndose Castillo del recurso del Mise en abyme, al más puro estilo oriental de Las mil y una noches. Después, variando levemente la incestuosa historia bíblica, será el padre el que decida copular con sus jóvenes hijas a petición de su dios. Se volverá a abordar el tema del incesto en La doble lujuria de Jacob.

En otro cuento Salomón, ofuscado por el deseo ferviente e inalcanzable por su esclava Yileah, someta a una de sus esposas a un peligroso juego de identidad suplanta con consecuencias inesperadas.

Memorable es también la I Carta de Moisés a los onanitas, en la que el jerarca bíblico relata todas las perversiones (cópulas, zoofilias, pedofilias, fetichismo) a las que su pueblo se ha visto inclinado a practicar.

En todos los casos, juega Castillo a tergiversar los argumentos clásicos para darnos una versión distinta y erotizada. Las historias, a pesar de versar sobre el asunto de la carne, el sexo, la lujuria, la perversión y el deseo libidinoso y prohibido se distancian de lo irreverente o procaz. Están contadas con tanta viveza y plasticidad que el efecto visual es impactante en algunos casos. En nuestras retinas permanecerá por mucho tiempo ese Lot lascivo que es observado por su aún más impúdica hija Nehuda mientras se enzarza en una lujuriosa contienda con la exuberante y lúbrica Etanae.

Para acabar solo añadir que a la destreza del lenguaje, el profundo conocimiento de los textos canónicos y la imaginación desbordante de este autor murciano hay que añadir el algo grado de ironía con el que desliza su mirada sobre estas narraciones. Ironía que, a mi entender, convierten El verbo se hizo carne en un libro atractivo, divertido y con una profundidad literaria de mucho nivel. 

Pedro Pujante