Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 27 de marzo de 2017

Secreto compartido, relato de Nora Ibarra



El malestar en la boca del estómago apareció ni bien el ómnibus tomó el camino de la costa. Me engaño pensando que me hizo mal el alfajor de chocolate que comí en la terminal. La verdad es que la proximidad de la llegada al pueblo me trae un sabor amargo. Mastico el antiácido mentolado mientras miro el mar por la ventanilla,  parece una gran alfombra azul con respingos plateados, producto del reflejo del sol.
El micro avanza por la carretera con un traqueteo cotidiano conocido. Pasa la confitería bailable que tiene el avión pepper en la entrada. Al tomar la curva  se ve la arcada con las letras grandes que da la bienvenida a los viajeros. Minutos después entramos en el pueblo. Todos los pueblos tienen su encanto, para mí éste no, me resulta sin poesía y hasta poco armonioso.  Las casas combinan con el paisaje agreste creando una arquitectura improvisada sin árboles ni jardines. Algunos transeúntes y sus perros caminan por las calles camuflados de turistas.
Los habitantes de  Santa Martina son como personajes de la mitología griega. Náufragos rendidos al encanto del lugar. Seres a los que los dioses les dieron el don de no tener pasado, apenas un futuro promisorio que nunca llega. Un sueño que se diluye cada invierno en una copa de ginebra.
Mi familia vive aquí. Desde hace más de veinte años forma parte de la comunidad de náufragos. Yo en cambio elegí el anonimato de la gran ciudad, la identidad resguardada en el gesto displicente,  la falta de  temor al qué dirán.  Todos los años, en el mes de diciembre llego con la excusa de descansar y olvidarme del ruido.
Sé lo que vendrá,  levantarme con el sol, tomar mate bajo la higuera. Caminar descalza por la gramilla. Excluyo del itinerario ir a la playa. Lejos  quedó la costumbre de dormir bajo el sol, abrazada a la arena,  o nadar en el mar excesivamente frío. Mi interés está en aislarme de todo y de todos. No tener que saludar ni desear felices fiestas a nadie, solo un encuentro familiar  que se repite cada año en un ritual marcado por la inercia.
Desciendo del autobús y  el viento, marca registrada del lugar, enmaraña mi cabello. Observo que algunos curiosos me miran mientras subo al taxi que me conducirá hasta la casa. El coche arranca y  sale de la avenida principal. El paisaje se modifica tornándose  verde.  La brisa trae el perfume del bosque de eucaliptos. Los  sonidos son  diferentes a los que mis oídos citadinos acostumbran escuchar.
Al llegar el chofer me ayuda con el equipaje al mismo tiempo que me recomienda saludos  para mi mamá. Camino hacia el fondo de la casa  y entro por la puerta trasera. Dentro hay un silencio peculiar, rodea el lugar, una sombra débil entre la luz  y la oscuridad. Alcanzo a distinguir  la silueta de mi abuela en la sala, sentada en el sillón de mimbre.  Me cuesta reconocerla. Me pregunto si esta anciana es aquella mujer locuaz, famosa entre sus familiares y amigos por sus extravagancias que desplegaba magia en la cocina. Todos acudíamos a ella en busca de soluciones o canciones, o simplemente para deleitarnos viéndola armar sombreros. Yo la espiaba todo el tiempo y la atosigaba con mis preguntas sobre amor y sexo: ¿Cuando se había enamorado por primera vez? ¿Quién fue el primer hombre en su vida? ¿Cuántas veces había besado a alguien antes de casarse? Ella se sonrojaba y escabullía la respuesta con un «ve a la cocina y pone la pava con agua a calentar que yo voy en seguida a preparar el mate». Esta contestación agudizó mi imaginación infantil  y me llevó a pensar que los abuelos eran seres asexuados que engendraban bebés... ¡vaya a saber cómo!
Un día, no recuerdo como ni cuando, entabló amistad con el silencio. La invadió la tristeza. Se enfermó de ausencias, de falta de bullicio infantil y vecinos emigrados. Parecía que ya nada ni nadie la divertía. Su pasatiempo favorito pasó a ser mirar los girasoles del campo contiguo a través del ventanal.
 Me acerco a ella lentamente, casi no nota mi presencia. Quedamente le pregunto:
─ Hola  ¿Dónde están los demás?
Sin dejar de mirar el paisaje dice
─ Algunos trabajando…otros haciendo compras…
Vuelve al silencio. Tengo la impresión que dialoga con los girasoles. Por momentos conversa con ellos, otros pasa lista a los recuerdos. Con el ánimo de entablar conversación  le digo:
─ Los girasoles tienen la apariencia de criaturas despreocupadas que bailan al compás del viento.
─ Deberías escribir un cuento− responde.
─ ¿Sobre los girasoles?
Se encoge de hombros
─ Sobre los girasoles…sí…puede ser…sobre lo que quieras, imaginación no te falta
Nuevamente vuelve la vista hacia el ventanal.
Aprovecho para ir a la cocina a preparar el mate.  Cuando vuelvo  a la sala con la bandeja,  le pido que me los cebe mientras comienzo a encender la salamandra para eliminar el tufo a humedad que el invierno dejó en las paredes de la casa. Coloco un leño pequeño de quebracho, palillos, piñas y ramitas secas de pino. La estufa comienza a rugir. Levanto la tapa que está en la parte superior. Las llamas chisporrotean alocadas. Embelesada ante el espectáculo, extiendo los brazos y digo con ironía:
─ Que el espíritu navideño se apodere de nosotros
Ella está detrás de mí mirando el fuego.
─ La navidad es una fecha triste. Solo los chicos disfrutan de ella…
─ ¿Por qué los chicos nada más…  los adultos no?
Me mira como si mi pregunta estuviera fuera de lugar
─Bueno…sí pero es diferente…
─ Diferente ¿Cómo?
─O estás muy cansada del viaje, o estás empecinada en hacerme hablar─ dice  irritada
Sonrío y le respondo
─No vamos a discutir. Solo quiero saber qué es lo que quieres decir. ¿Acaso  solo tuviste ilusiones cuando eras chica? ¿de grande no? Como era entonces que organizabas esas fiestas con la mesa grande, el mantel blanco y el gallo asado. Todavía recuerdo cuando le cortaste la cabeza y el pobrecito salió corriendo descabezado por el patio
Las dos reímos y ella agrega
─En la infancia es distinto,  un chico está lleno de esperanza. Eso lo ayuda a amortiguar la nostalgia, la tristeza.... Puede dar vuelta con la imaginación todo lo que se le antoje, no piensa en el futuro.  Yo también fui pequeña y tuve ilusiones a pesar de mi niñez austera.
Llena de curiosidad le digo
─ ¿Hay algo que quieras contarme?...
Se muerde el labio inferior. Carraspea y dice
  Hay un recuerdo que siempre me acompañó, aún de grande, y nunca conté a nadie.
Tomé la banqueta y me senté frente a ella, como cuando era pequeña, dispuesta a escucharle
−Cuando tenía cinco años, mi mamá, mi hermano José y yo fuimos a Galicia a visitar a la abuela Andrea, mi abuela materna que había enviudado. Papá se quedó en la Argentina porque tenía que trabajar, se reuniría con nosotros después.
Pasaron dos años desde nuestra llegada. La navidad estaba próxima. El gran regalo para mí sería ver a papá de nuevo. Quince días antes de su llegada recibimos una carta de él diciendo que no vendría. Sentí que el corazón se me arrugó como una pasa de uva. Hacía meses que tenía el regalo guardado pero con la distancia…no sabía cómo iba a dárselo…
─ ¿Cuál era el regalo?
─ Una foto mía que me habían sacado en la plaza en mi último cumpleaños. Guardé cuanta moneda me daban  para comprar un portarretrato… Pensé en enviarla por correo. Cuando se lo dije a mi mamá, me respondió  que el envío era muy costoso y no teníamos dinero para ello. Durante días me devané los sesos pensando cómo podía hacer hasta que se me ocurrió una idea: a la vuelta de casa estaba la barbería de Benito, que compraba cabello de mujer. Mi cabello era rubio y largo más abajo de la cintura. Lo vendería y con el dinero pagaría el envío. Sabía que iba a llevar una penitencia pero estaba decidida.  Además mi cabellera crecería nuevamente  y por la penitencia…paciencia.
Todas las mañanas, al volver de comprar el pan, pasaba por la puerta del negocio. Benito era  un hombre bonachón y simpático. Esto me dio coraje para entrar al salón. Cuando me vio dijo:
─Hola Lía, ¿qué te trae por aquí?
─Benito, quiero vender mi cabello
─ ¿Quieres que te compre el cabello. ¿Tú madre sabe de esto? ¿Ella te autorizó? ¿Para qué quieres venderlo?
─ Mi madre no sabe nada. Ella no me autorizaría a hacerlo. Quiero mandar a mi padre el regalo de navidad.
─ ¿Puedo saber cuál es el regalo?
─ Un portarretrato con una foto mía, para que no me olvide. Madre dice que el envío es muy caro y ella no puede pagarlo.
─Tu mamá se enojará mucho conmigo y no me dirigirá la palabra nunca más y a  ti te dará una penitencia de padre y señor. Pero…podemos hacer lo siguiente: te prestaré el dinero y  me lo tendrás que devolver con una tarta de Santiago.
─ ¿Una tarta de Santiago? Nunca hice una.
─ Por eso no te preocupes, Carmen, mi esposa, te enseñará.  Por los ingredientes que se necesitan, también  no te aflijas, en casa hay. Ven mañana a la tarde con el retrato que lo llevaremos al correo.
─Así fue como le mandé la foto a mi papá. Carmen me enseñó a preparar la tarta de Santiago. Me salió tan buena que preparé una para la abuela Andrea y otra a Doña Jacinta, la profesora de piano. El tiempo que viví en Galicia me torné una experta en esas tartas tradicionales. Todos los años me las encargaban  Cierro los ojos y aún  puedo sentir el olor de las almendras y la canela.
Al  cumplir dieciséis años volvimos para Argentina. Papá venía a visitarnos todos los domingos. Después que me casé me visitaba tres veces por semana e infaltablemente todas las navidades.

 Supe entonces la verdad. El  secreto de mi abuela no fue la intención de vender su cabello, sino la aflicción que le provocó esconder la nostalgia  que sentía por su papá ausente. Cargó consigo el peso de la separación de sus progenitores que se valieron de  la distancia como excusa y, sin proponérselo,  convirtieron a su hija en cómplice de la situación.
Mientras narraba la historia, vi como  las mejillas se le  sonrosaron y la voz se le tornó aflautada.  Volvió a ser una nena e imaginé a la jovencita y a la mujer enamorada.
Esa navidad fue diferente para las dos. Me sonreía con complicidad como esbozando  un «yo sé que tú sabes». Nos unimos en un abrazo infinito más allá de los lazos de sangre. Fui para ella un bálsamo como ella lo fue en mi niñez. Brazos tiernos que me cobijaron en las pesadillas.
Regresé  al año siguiente para la misma fecha. Mi abuela ya no estaba entre nosotros. En la víspera de noche buena, soñé con ella. La vi sentada a los pies de mi cama mirándome complaciente. Desperté sobresaltada. Me encontré  sola en la penumbra del cuarto y un intenso aroma a almendras y canela flotaba en el ambiente.