Me encaré con mis padres y hermanos: "No podíais dejarme en paz. Lo único que os pedí fue que dejarais a ese mundo tranquilo y nada, vosotros ni caso".
"Hijo
mío, siempre he estado observando tu evolución y, al ver cómo ponías tu
vida en riesgo, no pude menos que actuar. La pérdida de tu brazo
izquierdo era un dolor insoportable para mí", dijo la hermosa Siriel.
"¿Y
qué si pierdo un brazo? Si lo hago por salvar a la mujer que amo, aún
así seguiríais inmiscuándoos en mi vida privada", rugí, airado.
"No
te permito que hables así a tu madre", terció mi magno padre, que hasta
aquel momento no se había decantado por ninguno de los dos.
"Padre, déjame que le dé un escarmiento", pidió mi hermano mayor con mirada salvaje.
"No",
dijo mi padre al recordar por qué expulsó a su querido benjamín. "No te
lo permito, fuiste tú quien lo torturó cuando todavía era un precioso
bebé", refirió con lágrimas en los ojos. "Los hados ofuscaron mi mente.
Te ruego me perdones, hijo mío".
Visiblemente
contrariado, permanecí desafiante, pero no colérico. Deseaba volver con
Angie, la única persona por la que me dejaría matar si con ello lograba
su salvación.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó mi segundo hermano, visiblemente azorado.
—Un duelo a muerte sin armas —sugerí.
—Pero
tu estatura es muy pequeña en comparación con tu hermano y te falta...
—No pudo terminar la frase; mi mirada era aterradoramente salvaje. Mi
padre, a duras penas, aceptó; temía perder a su pequeño.
Nos
encaminamos al exterior de la nave, donde hice gala de mi auténtico
potencial. Mi furia se desató y creció, pero también se transformó de
una forma que ninguno de los allí presentes hubiera adivinado. La pelea
fue brutal, pero conocía los puntos vulnerables de mi hermano; lo
inmovilicé y despedacé con mis propias manos.
—Eres
el justo vencedor y tienes el derecho de decidir si quieres quedarte o
volver a aquel mundo que no te respeta ni te cuida como su guardián
—dijo Siriel, sabedora de mi elección.
—Deseo
volver al mundo donde me exiliasteis, pero he de deciros que, si
volvéis a intentar invadirlo, lo que habéis visto ahora no será nada
comparado con mi cólera —dije, mirándolos fijamente con aquellos ojos
azules que los taladraban sin compasión. Me giré y abandoné la mega nave
en una pequeña lanzadera.
Continuará...
M. D. Álvarez