Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 11 de marzo de 2014

Nieve



Tinieblas y perversión escondidas en recónditos rincones de lo inimaginable. Sombras de vestigios de presencias olvidadas y desnombradas, para que desaparezcan de la faz de la tierra y se lleven consigo sus pesadillas, que en ocasiones se esconden bajo el blanco inmenso de la inocencia.

*

Frío… mucho frío. Iván no comprendía cómo se perdió, después de haber recorrido la misma ruta más de un centenar de veces. El uniforme le protegía de las ráfagas de viento que congelaba hasta su aliento. ¿Dónde demonios estoy? –Pensaba-. Las pisadas en la nieve pronto se perdían bajo el manto blanco de los copos que lo cubrían todo. Su fusil, perfectamente camuflado y protegido para seguir siendo funcional en este tipo de clima, le pesaba mucho más de lo habitual. No lo comprendo, parece que me faltan fuerzas. –Musitaba-.

La crudeza de la Antártida se apoderaba de todo ser vivo que se encontraba fuera de su hábitat natural. El casco le apretaba, aunque fuera hecho de material ligero; la chaqueta le agobiaba, incluso siendo fabricada a medida; la mochila le estrujaba el torso, y eso que sólo llevaba consigo lo imprescindible. Iván se detuvo, sacó su GPS y calculó su posición actual. Se quitó las gafas de protección y se frotó los ojos. Tenía la impresión que se le habían helado las pestañas, y así era, pero no le dolía, porque toda su cara estaba adormecida a causa del clima extremo. ¿Cómo he llegado hasta aquí? El campamento se encuentra a doce kilómetros más hacia el sur. –Se dijo a sí mismo-. Nunca me había alejado tanto del campamento base.

Tocó la nieve con los guantes y la empujó con fuerza. Sintió el crujir de su textura al comprimirse. Decidió sentarse para descansar y tomar un bocado. Creía necesitarlo; sus tripas parecían quejarse y su paladar estaba seco, ya no recordaba cuándo había sido la última vez que bebió un poco de agua. Una especie de olor a limpio recorrió su nariz y se introdujo en su interior. No era capaz de explicarlo. Los ojos se le abrieron de par en par, la boca, a pesar de haberse agrietado, parecía reblandecerse como algodón que se moja; los músculos que estaban demasiado tensos, se le relajaron como por arte de magia, y sus pulmones se encogieron y se expandieron como nunca antes lo habían hecho. Esto es muy extraño. –Pensó-. Se acercó la cantimplora a los labios y, después de tomar dos tragos, ya no quedaba más agua. ¿Cuándo demonios me he bebido el resto de agua? –Se preguntó-. Buscó sus raciones de campaña pero no encontraba nada. ¿Y mi comida? –Dijo enfadado-.

No quería abandonar. Bajo ningún concepto iba a morirse en ese inhóspito lugar sin luchar. Recordó cuando su madre le metió en la mochila un bañador para los momentos de ocio. Allí a donde voy no me hará falta. –Le dijo en su momento-. Pues yo he leído que ese lugar tiene mucha agua. –Afirmó ella-. Sí mamá, pero está congelada. –Contestó él-.

En ese momento se le doblaron las rodillas y se mareó. El blanco profundo giraba a su alrededor y sus ojos se cerraban sin que él pudiera evitarlo. Cuando se desplomó, intentó apoyarse para hacer fuerza y levantarse, pero resultó inútil. No disponía de fuerzas. Se dio la vuelta como pudo y se quedó mirando fijamente el sol que estaba oscurecido por el frío ártico. No eran las nubes, ni la ventisca, ni la nieve; era el helor que se movía en espiral y danzaba por un escenario de alfombra blanca que no se asemejaba a nada que nadie jamás había visto. Sus pupilas se adaptaron a su entorno y el azul profundo se tintó del color crema que rodeaba sus ojos. Los latidos de su corazón disminuían con cada respiración, su cuerpo se amoldaba al blando colchón de nieve, y su mente la recorrían los recuerdos de los momentos más felices de su vida.

Sin saber por qué, sintió como una chispa se encendía en su interior. La extraña corriente que nació en su cerebro, recorrió su espina dorsal hasta acabar en su cintura donde se esparció por el resto de su cuerpo, obligándole a negarse abrazar a la muerte. ¡Nooooo! –Gritó-. Hincó los brazos y estiró su espalda, giró el cuello y adelantó su rodilla derecha, luego la izquierda, utilizó el fusil como apoyo y consiguió erguir su torso, miró al cielo. He de volver. –Dijo a modo de plegaria-.

Esta vez caminó igual que antes, como si hubiera llegado a este infierno de hielo ese mismo día. La instrucción recibida le servía de guía ya que su subconsciente indicaba las pautas a seguir y sus piernas obedecían sin que él tuviera nada que ver en todo eso. A veces se veía a sí mismo delante de él, fuera de su cuerpo, animándole a seguir a pesar del dolor y el cansancio. El tiempo no transcurría con normalidad; unas veces iba demasiado rápido y otras parecía detenerse por completo. Hasta que por fin vislumbró la bandera rusa en lo alto de una de las torres de radiotransmisión.

*

Cuando cerró la puerta y se apoyó en la pared, el sentimiento de victoria estimuló sus neuronas y sonrió, aunque no se veía con claridad porque los músculos de la cara apenas se movían. Sobre la mesa de al lado, una taza con un líquido de color oscuro llamó su atención. No se lo pensó dos veces y empezó a bebérselo. Hhhmmmm… Café. –Expresó con gusto-. Colgó el fusil, se quitó las gafas protectoras con cuidado, se destapó la cabeza y dejó los guantes encima de la mesa. Con un movimiento suave y dudoso, se tocó la cara y notó su adormilada piel, entendió que pronto le dolería como una quemadura, pero decidió no pensar en ello de momento. Estaba vivo. Se sacudió la poca nieve que se la había colado en el pelo negro y siguió con el café.

- Nicolai, Boris, Alexei. –Dijo en voz alta-.

Miró sus manos y vio como parecía estar desnutrido. Empezó a palparse por todo el cuerpo y se dio cuenta de que estaba en los huesos. De repente observó su alrededor y advirtió el estado vejatorio que se encontraba todo. Dando traspiés, se dirigió a la sala de radio y encendió el interruptor. Nada. Lo movió repetidas veces, arriba abajo, pero no parecía funcionar. ¿Qué está pasando aquí? –Pensó-.

- Nicolai, Boris, Alexei. –Gritó de nuevo-.

Susurros y silbidos.

Asustado, se dio la vuelta y se dirigió de nuevo donde había dejado su fusil. Lo cargó y siguió con la mirada los extraños ruidos. Primero hacia la derecha, el silbido parecía salir desde lo más profundo de la base, recorriendo las habitaciones de los soldados hasta que lo que restaba tartamudeaba en sus orejas como un suspiro atronador. Luego hacia la izquierda, donde extraños gritos se entremezclaban con el soplar del viento y se perdían por los tejados hasta enterrarse en la nieve. Y finalmente bajo sus piernas, que era donde un crujir de roca provocaba el espástico movimiento de sus muslos.

La negrura se expandía como tinta negra que lo tapa todo a su paso. Las paredes y el suelo parecían uno, las sillas desaparecían al disimularse su contorno, los bancos de trabajo y el instrumental era cubierto en cuestión de segundos. Iván permaneció paralizado. La tinta negra le rodeó y permaneció ondulando a su alrededor, como si le estuviera reservando para el final. El joven miró sus manos y vio como sus venas se cruzaban con sus huesos bajo la fina capa de piel que se lo mantenía todo unido. La impotencia atravesó su espíritu. Lanzó su fusil a la marea negra y enseguida desapareció, se puso de rodillas, rezó, y una diminuta gota se le escapó del lagrimal, consiguiendo acariciar su deteriorada y casi quemada mejilla… sintiéndose vivo de nuevo.

La tinta negra empezó a agitarse y varias gotas del tamaño de una canica comenzaron a suspenderse en el vacío inmenso que parecía haberse apoderado de la base y de sus alrededores.

- ¡Aaaaaahhhhhhhhhhh! –Gritó Iván desesperado-.

Las gotas se le pegaron en el torso, en los brazos, en los pies, se le metieron por la boca, por las orejas y la nariz, hasta que la negrura le hizo desaparecer a él también.

*

El frío azotaba la mañana e incluso los habitantes más valientes del continente extremo apenas se atrevían a abandonar sus madrigueras, nidos u hogares. ¿Dónde demonios estoy? –Se preguntó Iván-. Le limpió la boca y cogió su fusil. Curiosamente se encontraba en el suelo, casi enterrado por la nieve, y él no recordaba haberlo dejado ahí. He salido a patrullar decenas de veces y esto no me había ocurrido nunca. –Se dijo a sí mismo-. Sacó su cantimplora para beber un poco de agua y al agitarla entendió que estaba vacía. Lo que me faltaba. –Maldijo-. De su mochila buscó el GPS y lo encendió; curiosamente parpadeó un par de veces y hasta parecía que se iba a apagar. Ajustó la luminosidad y lo mantuvo en alto para poder atrapar con más facilidad la señal del satélite. No servía de mucho, pero ya lo hacía por inercia. ¿Qué hago a doce kilómetros del campamento base? –Se preguntó-. Se orientó, guardó el aparato, se colocó el fusil en la espalda y emprendió la marcha de regreso. Los pies le pesaban mucho, lo mismo que los brazos y la cabeza; sentía un apretón en el estómago, aunque no era por culpa del hambre. Era un dolor muy diferente a eso pero con ciertas similitudes. No le dio mucha importancia, en cuanto estuviera en el campamento iría a ver a Alexei para averiguar qué es lo que le estaba pasando.

Pero al marcharse, al arrastrarse de nuevo hacia la infectada base, no se percató de la presencia de algo extraño que susurraba mientras se desintegraba en la nieve. Una bola de melaza moría burbujeando, esa cosa de tinta negra se deshacía y se perdía en el blanco profundo…

*

En el otro lado del mundo…

- Señor, el soldado Iván ha sobrevivido de nuevo.

El teniente responsable de la operación ajustó la imagen del satélite e informó a su superior.

- Ha vuelto a matar a esa cosa.

- Sí señor, pero seguimos sin saber cómo. Creo que deberíamos enviar un equipo de rescate para traerle de vuelta. Ya ha pasado una semana y no durará mucho.

- ¿Y si nos infecta a todos?

El teniente apretó la boca y miró fijamente la pantalla.

- Señor, si esa cosa encuentra la manera de expandirse, el soldado Iván puede que sea el único con la información necesaria para matarla.

Ambos fijaron la vista en el soldado Iván. Ese joven aún guardaba fuerzas para luchar por su vida. Su pasión y su espíritu habían vencido ya en más de veinte ocasiones, obligando al invasor incluso dudar en apoderarse de su cuerpo. Tanto de día como de noche, el soldado Iván había recorrido poseído doce kilómetros hacia el sur, y luego regresaba sin agua o comida para encontrarse de nuevo con una base donde nada funcionaba ni nadie iba a ayudarle.

Y ahora, de nuevo azotado por el frío, la nieve y el viento, Iván inconscientemente luchaba para la supervivencia de la humanidad, aunque él sólo quería regresar a casa…

Alexander Copperwhite. Alcalá de Henares, 1980. De padre griego y madre española, ha viajado por muchos países, hasta que en 2001 se instaló en Las Torres de Cotillas. Su pasión por la escritura despertó el día en que regresó a su tierra materna. Incansable escritor, es contertulio en El Bancal de los Artistas, de Voz FM Lorquí.