Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 19 de enero de 2018

El incesto y otros relatos, de José María López Conesa (Reseña nº 827)

José María López Conesa
El incesto y otros relatos
Tirano Banderas, 2017

Han pasado cuatro años desde que añadí el último libro de José María López Conesa a mi estantería, y que ahora se encuentra a buen recaudo en la Biblioteca Municipal de Benalup-Casas Viejas, al cuidado de un bibliotecario amante de los libros como es Alejandro Pérez Guillén. Y la espera, ahora que he cerrado el libro de cuentos que nos ocupa, ha merecido la pena.

José María tiene un fino tacto para el humor, y su forma de escribir es muy cercana al lector. No puede evitar, como es lógico, su formación cultural, basada en el latín, pero eso hace que adorne con más belleza su prosa, que alcanzará en algunos momentos casi el calificativo de poética.

Cuentos cercanos, como digo, pero esa cercanía es, en muchos casos, a cada uno de nosotros, porque son vivencias del autor, propias o escuchadas, y que ahora, en el momento dulce de su creación literaria, nos las trae a la actualidad, para tocarnos la fibra sensible, como en La abuelidad, un relato que os será difícil leer sin que los ojos se os llenen de alegría.

Tal vez al lector menos atrevido pueda sorprenderle el título, pero López Conesa lo ha buscado sólo para atraernos, como anzuelo, de estos treinta y ocho cuentos y, al leerlo, es el primer relato del libro, ya comprendemos las intenciones del autor: llegarnos a lo más profundo, a recordar aquellos cuentos de nuestros abuelos, los que nos contaron nuestros padres, los que muchos padres seguirán narrando a sus hijos.

"Nunca se olvidarán los cuentos de los abuelos", es la dedicatoria del libro. En efecto, y José María López Conesa, abuelo él, nos lo demuestra con la palabra escrita.


Francisco Javier Illán Vivas

lunes, 15 de enero de 2018

La rueda del tiempo, de Maica Bermejo Miranda



I

Andrés está furioso. Desde niño tiene esta estúpida sensación de pérdida de tiempo. Se siente atrapado una vez más en la situación que le toca vivir. Cuando decidió casarse con la mujer de su vida y formar una familia, nunca pensó que podría sentirse como un ahorcado con el dogal al cuello. Dogal que aprieta el lazo cada día estrechándose en torno a su garganta hasta producirle la situación de asfixia que le impide respirar, unido al peso que siente sobre sus hombros. Responsabilidad lo llaman. Él tan sólo sabe que cada mañana le cuesta despegarse de las sábanas y poner los pies en el suelo para comenzar un nuevo día. Sus fuerzas están al límite. Nadie le avisó de que ser padre es un esfuerzo sin desconexión ni escape posible, que el llanto continuo destroza los nervios, que duelen la espalda, los hombros, las manos. De cambiar pañales, de levantar en vilo kilos de carne rosada que se incrementan, casi por días, agitándose en el aire.
No. Nadie les advirtió. Ni a él ni a María. Es una lucha titánica que merma sus fuerzas. No tienen tiempo para nada excepto para ocuparse de sus pequeños. Este año ni siquiera podrán montar su belén, ése que desde que tienen uso de razón han puesto cada uno en casa de sus padres. Una tradición que han mantenido durante diez años de convivencia alborotada y cercana.
Juntos paseaban por los puestos de la Plaza Mayor en un ritual lleno de magia y complicidad. Cada uno de ellos buscaba la figurita especial que enriqueciera su Nacimiento, reflejo de sus dos visiones del mundo y sus raíces.  A María le gustaba hacerlo meticulosamente, seleccionando con cuidado, observa los remates, la expresión del rostro y la ropa de la posible nueva adquisición. Un  pastor tendido en la hierba, un labriego arando el campo o una hilandera tejiendo con mano diestra y expresión ensimismada. Andrés, en cambio, una vez localizada la caseta que conservaba el modelo de su belén, pasaba la mirada en vuelo rasante sobre el puesto y atrapaba con gesto rápido la figurita escogida. Es una suerte que a pesar de los años no hayan desaparecido del mercado.
Cogidos de la mano revivían su niñez, cuando en las vacaciones escolares acudían con sus hermanos, deslumbrados por el bullicio y el olor de los abetos hacinados en derredor de la plaza, que enmarcaban en verde los puestos luminosos y coloridos. Con la misma ilusión de antaño han repetido durante décadas el ritual que les lleva al mundo mágico de la Navidad.
Este año María tiene una misión complicada, ha de encontrar un Rey Gaspar. El suyo, el de toda la vida, ha quedado hecho añicos al estrellarse contra el suelo. Ha venido sola, aprovechando el rato que Andrés dormita en el sillón. No puede llegar la Noche Mágica sin Gaspar en casa. No sabe si va a tener tiempo para poner el belén, o no, lo que María sabe a ciencia cierta, es que su rey va a estar con ella esa noche. Le necesita. Después de innumerables vueltas y empujones dados y recibidos, ha conseguido acercarse al tenderete que expone sus figuras.
¿Qué quiere? -le pregunta un vendedor con gesto adusto.
Un rey Mago.
Cómo que un rey mago. Querrá decir los tres ¿no?
No señor. Verá, se me ha roto uno de ellos, los otros dos están bien. Sólo necesito a Gaspar.
Pues lo siento. Aquí se venden los tres en un lote.
¿No podría hacer una excepción aunque me lo cobre  más caro?
Claro ¡qué lista! Y yo que hago con los otros dos. ¿Me los cómo? -Y mascullando entre dientes se alejó al otro extremo del puesto.
María quedó desolada. Sabía de antemano que los reyes van en paquetes de tres, aun así tenía la esperanza de que hubieran hecho una excepción o que tuvieran alguno descabalado, nunca se sabe…
Gaspar, no puedes faltar en mi nacimiento. ¡Por favor! que alguien me venda una figurita tuya. Te necesito en casa esta Navidad. —María, pensativa se escabulló por la parte trasera de los puestos para andar más deprisa cuando algo llamó su atención. Entre las cajas rotas apiladas en el suelo destacaba una figura, una capa verde cubría la espalda del hombre moreno. Se acercó intrigada,  lo miró de cerca y vio asombrada que se trataba del Rey Gaspar, y para más inri «su rey Gaspar». Estaba a punto de dar un salto de alegría cuando reparó en que no tenía corona. Efectivamente la talla estaba perfecta, excepto, que no tenía corona. —Bueno –se dijo María- por eso te han desechado. A mí, sinceramente me da igual, tengas corona o no te vienes conmigo. Lo cogió con cuidado lo envolvió en la gamuza de limpiar las gafas y lo guardó en la funda
  Aquí estás calentito y protegido. Ahora ¡a casita!




II

Adoran a sus hijos viven por y para ellos. Veinticuatro horas sobre veinticuatro horas sobre veinticuatro horas, así desde que los gemelos nacieron. No hay tiempo para mirarse a los ojos. Alguna vez un beso espontáneo se les escapa entre tarea y tarea. Dónde se han ido los años en los cuales vivían el uno para el otro con el único objetivo de ser felices. Ahora emplean su complicidad en decidir comidas, vacunas, medicinas, guarderías, colegios, visitas al pediatra…
¿Cuándo crecerán? –se pregunta mirando el reflejo de los peques en la ventana. Sin darse cuenta ha vuelto a expresar en voz alta sus pensamientos. —¿Decías? —Nada María, pensaba en voz alta. Tengo unas ganas tremendas de que los niños crezcan y poder salir con ellos sin llevar cochecitos, pañales y todo el aparataje que acarreamos cuando vamos a algún sitio. 
Sí cariño, yo también estoy loca porque llegue ese día.
Así es. Andrés, descontento con el presente, añora en cada etapa de su vida que el tiempo corra y le lleve a un futuro que a él, se le ofrece tentador e irresistible. En su niñez, cuando los compañeros de su edad jugaban, él se dedicaba a observar cómo los chavales adolescentes comenzaban sus primeros cortejos envueltos en risas, rubores y  coqueteos más o menos velados. «¡Ay! -Decía para sí-¿Llegará el día que yo esté entre los afortunados?»
Y como todo en esta vida llega, ese día llegó. Andrés, fiel a su condición, desde el corrillo de pretendidos pretendientes, lleno de espinillas, inseguridades y fogosidad contenida, miraba abstraído las parejas de novios o amantes pasear su amor por parques y jardines en el comienzo de la primavera. No tenía ojos sino para ellos. -¡Eso es lo que quiero! Ir con mi chica de la mano, escucharla reír, sentir que somos el uno para el otro, compartir nuestras aficiones, viajar a su lado y construir nuestro futuro sabiéndonos amados. Cuándo me haré mayor...
Y como el tiempo no se detiene para nadie, tampoco esta vez dejó sin complacer a Andrés. Ya le tenemos cogido de la mano, de paseo por parques y jardines,  embelesado, mirando la sonrisa de María que refleja todo el azul del cielo en sus ojos. No puede quejarse de su suerte, María reúne las cualidades que él anhelaba, la ama y ella le corresponde en cuerpo y alma… Ahora sí debe ser dichoso ¿verdad? ¡Pues no! Está muy lejos de serlo, lo que tiene no le llena. Andrés ansía vivir con ella y pasa los días haciendo cábalas para lograrlo. A Andrés no le basta con sentir el calor de la mano de María en la suya al pasear en la tarde, ni los besos robados, ni los momentos compartidos en casa de sus padres en ausencia de éstos. Él quiere más. Al caminar atisba las ventanas y balcones que ofrecen una mirada a su interior. ¡Eso es lo que él quiere! Necesita vivir con María. Quiere un hogar junto a ella. Le aburre su situación actual. Tanto paseo y cine y merienda… De nuevo ambiciona lo que no tiene. De nuevo escapa hacia ese futuro prometedor.
A ver si pasan unos cuantos años deprisa para poder estar junto a ella y que su sonrisa sea lo primero que vean mis ojos. -¡Y los años pasan! ¡Claro que pasan! Andrés ha transitado de una etapa a otra de la vida con el punto de mira dirigido hacia lo que no posee, anhelando lo que no tiene.
Los niños crecieron, antes de darse cuenta estaban en el colegio y entonces todo era trabajar para conseguir dinero, pagar uniformes, libros, escuelas, actividades extraescolares. El tiempo que les dejaba libre su trabajo era para llevarles y traerles, ayudarles en los estudios, acudir y organizar fiestas infantiles, escucharles y atenderles en todas sus demandas. María y Andrés se repartían en las distintas actividades que tenían sus hijos, no por ser mellizos les gustaban las mismas cosas. A Ramón le entusiasmaba la música y a Ricardo el deporte. Cada tarde se desdoblaban para acudir a los centros distintos y distantes donde los niños cumplían sus expectativas. Menos mal que las fiestas de cumpleaños eran compartidas y los compañeros de clase también. Ahí ahorraban esfuerzo y dinero. —¿Pasará esta etapa María? Apenas tenemos horas para nosotros. Todo el esfuerzo es para ellos. Sueño con el momento que sean los suficientemente mayores e independientes para que puedan estar solos en casa y nosotros entrar y salir a nuestro antojo— Decía mirando arrobado a los vecinos con hijos adolescentes jugar una partida de mus sentados debajo del emparrado.
De nuevo la rueda del tiempo giró implacable, no para darle gusto a Andrés, sino porque el tiempo prosigue su marcha indiferente a los deseos y aconteceres de los humanos. Ramón y Ricardo fueron adolescentes y disfrutaron de la inconsciencia de esa etapa de la vida, bromas y risas, estudios y despreocupación llenaron sus horas. Más tarde accedieron a la universidad y después de terminar sus carreras comenzaron a trabajar. Cada uno de ellos conoció a su pareja ideal, se hicieron independientes, tuvieron hijos, marcharon a otros países y vivieron sus propias vidas. ¡Al fin!

III

Una vez liberado de obligaciones laborales y familiares Andrés tendría todo el tiempo para él. O eso creía. Sentado en un sillón mira su imagen reflejada en el espejo, pelo escaso y canoso, mirada cansada y un cuerpo lastrado y enfermo. —¡Cómo han pasado los años! Quién me iba a decir a mí cuando quería que el tiempo corriera que lo hace tan deprisa… ¡Qué torpe fui! Pensar en lo que no tenía me impidió disfrutar de lo que vivía en cada momento. Ahora es tarde…demasiado tarde— Andrés se tapa la cara con las manos y deja caer la cabeza abatido. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Toda una vida! La que se le escapa ahora por segundos.
María abre la puerta con cuidado y entra de puntillas para no hacer ruido. No quiere despertar a Andrés, durante las horas que permanece dormido al menos no sufre. Desde el dictamen médico que confirmó la terrible enfermedad y el fin próximo, ninguno ha descansado como antes. Saca a Gaspar de la funda de gafas y lo coloca en la mesa junto a las otras figuras que tiene preparadas para montar el Belén.
Éste es tu sitio. Aquí es donde tienes que estar.
Con pasos lentos se dirige al dormitorio y vuelve a leer la carta guardada en el cajón.
Queridos Reyes Magos:
Este año sé que mi deseo es muy difícil de cumplir. Nunca me habéis fallado, por eso me atrevo a pedir lo que parece un imposible.
Gaspar tú más que nadie sabes de los conflictos humanos. Tu presente fue Mirra, para el hombre. Tu nombre provine de “kansbar” que significa “administrador del tesoro”. A ti mi rey favorito quiero pedirte el regalo. El mayor caudal que tiene el ser humano es el tiempo. Andrés inconsciente y descontento ha malgastado su fortuna y ahora se le agota. Por favor, haz que viva más. Merece otra oportunidad.
Os dejo como siempre agua para los camellos y unas copitas de anís para que os caliente el estómago, la noche está fría. Muchos besos.
María.

Cierra el sobre y lo deposita a los pies del rey sin corona. –Gaspar aquí está mi carta. Confío en ti. -Más tranquila va en busca de Andrés. —¿Qué andas haciendo? —Nada, echaba mi carta a los Reyes. —Nunca dejarás de ser una niña. Es lo que más me gusta de ti. Y apoyados el uno en el otro, avanzando despacito, se fueron a dormir.
IV
 La mañana irrumpe con sus rayos de luz despertando a los pequeños. Ramón, el primero en despertar salta a la cama de su hermano y comienza a zarandearlo.            
Vamos Ricardo arriba. ¡Que han venido los Reyes Magos! Dando un brinco corren alborozados al dormitorio de sus padres. 
   ¡Papá, mamá, venid, han llegado los Reyes!
Andrés y María se miran incrédulos, acarician sus caras tersas, palpan su cuerpo joven, observan a sus hijos y se echan a reír abrazados a sus pequeños. Sin dejar de contemplarse entran en la habitación donde esperan los regalos depositados sobre los zapatos.
Los vuestros están vacíos. ¡A vosotros no os han traído nada!
María se agacha a la altura de sus hijos. –Mirad el belén. ¿No notáis nada distinto?
¡Anda! –Dijo Ricardo- El rey Gaspar no tiene corona.
Ese ha sido nuestro regalo ¿verdad Andrés? La corona que no se ve. Semejante al tiempo que pasa desapercibido y se escabulle entre los dedos si no lo valoramos.
Los niños sin entender lo que dice su madre dedican su atención a buscar lo que hay en sus zapatos.
 Andrés no da crédito a lo que sucede. —María, dime ¿ha sido todo un mal sueño? —Nunca lo sabremos con seguridad Andrés. —Una cosa sí es cierta. De ahora en adelante no pienso desperdiciar ni un minuto pensando en lo que no tengo. Los Reyes me han hecho el mejor de los regalos. Voy a vivir cada día como si fuera el último.
Enfrascados los cuatro en abrir paquetes, no descubren, de momento, la pequeña corona que ha aparecido sobre la figurita del belén y el gesto pícaro en la cara de Gaspar.

viernes, 12 de enero de 2018

Mostar, de Alfonso Rebollo García (Reseña nº 826)

Alfonso Rebollo García
Mostar
Tirano Banderas, 2017

Mostar, la novela de Alfonso Rebollo, quiere traernos a la actualidad el drama vivido en los Balcanes, en la antigua Yugoslavia, el odio latente durante generaciones y que fue regado y resembrado por su clase política a la muerte de Tito.

Nos hará recorrer un trayecto en el tiempo desde 1993 a 2015 o desde 2015 a 1993; o en un viaje geográfico desde Mostar a Marbella, o de Sarajevo a Almería, para encontrar los motivos que llevaron a la joven Mirsada a ser internada en el Hospital Psiquiátrico de la capital de Bosnia y Herzegovina, y el pánico que le produce hablar de su vida, de los acontecimientos sufridos en los trágicos años de guerra... y a su relación con un teniente español: el teniente Julián Reyes.

Misterios que una joven, Alessia Kesinovic, quiere descubrir cuando conoce a Mirsada en el mismo centro de salud mental de Sarajevo.

¿Dónde está el teniente Reyes, hoy capitán, cuyas últimas noticias le sitúan en Afganistán? ¿Qué ocurrió en el lejano pasado entre Mirsada y él?

Eso es lo que el autor invita a cada lector a descubrir leyendo la nueva novela, más profunda, aunque suponemos que menos personal, del molinense Alfonso Rebollo, afincado en Torrevieja.

Si un pero podemos ponerle a la obra es que la editorial no cuide la edición y maquetación como se merece, y sigan saltando a los ojos del lector pequeños errores y/o palabras cortadas.

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 11 de enero de 2018

Selección poética de Rolando Revagliatti

Islas tomadas


Uno no está solo
en el archipiélago de la
ridiculez

Nunca
          uno
es el primero de sus
náufragos
(o nativos).


*
He dicho


La Eternidad posee corredores:
es un hecho

Pero de ahí a que esté constituida
por corredores
hay un largo trecho
(corredores).


*
“Tenemos que abrirnos”


                      “Tenemos que abrirnos, no hay otro remedio,
                       es un caso serio tu modo de amar.
                       Tenemos que abrirnos, amistosamente,
                       no es vida decente broncar y broncar.”
                                                                   Agustín Irusta

El otro remedio
                        (que hay)
se halla
            a tiempo completo
siendo ingerido
por nuestros
                    delegados
(facciosos, desde sus respectivas centrales
inteligentes, inmensurables
cerrando, sellando).



*
Oír, etc.


Oír sin oídos
oler sin olfato
gustar sin papilas
tocar sin tacto

Ver sin ojos
ver ojos
no ver

No ver
ojos.


*
Darle color


Ya no hay
cómo darle
color a esas mejillas:

comenzó
a despedirse.


*
Cuando aplaudo


Cuando aplaudo
—aun a rabiar—
en un sueño

mis manos
no se tocan

o se tocan
sin efectos
sonoros.


*
Sapos que me comí


Sapos me comí
argentinos

Me comí sapos argentinos

Efectos me constriñen
fauces y costillas

El odio concomitante
es una excrecencia
un impuesto.



*
Estaciones


Estuve desistiendo
mucho el verano pasado
y en la pasada primavera
resistí

En el invierno que pasó
expulsé unas turbulencias
innominadas y concebidas
en el último otoño

¿Cómo petrificar
al otoño actual?


*
Fiel, la foto


Me acomodo
sin entusiasmo
un aire
caviloso

Fiel
la foto
sin entusiasmo
acomoda
cavilosa

ese aire.


*

miércoles, 10 de enero de 2018

Francisco Javier Illán Vivas, finalista del premio Wilkie Collins de novela negra en su VII edición

El molinense, afincado en San Pedro del Pinatar, Francisco Javier Illán Vivas, finalista del VII Premio Wilkie Collins de Novela Negra con su novela Versos envenenados.


La absurda existencia de Dalila Conde de la autora ilicitana Olga Mínguez, ganadora del VII Premio Wilkie Collins de Novela Negra


La absurda existencia de Dalila Conde es una historia de desaparición de mujeres, malos tratos, abusos sexuales y asesinatos de chicas jóvenes, con un fondo de sectas destructivas, ha resultado ganadora del VII Premio Wilkie Collins de Novela Negra.



El escritor francés afincado en Tenerife, Pascal Buniet ha logrado el accésit con la obra Sombras en la meta; una historia de una desaparición o crimen cometido en la popular carrera de montaña tinerfeña conocida como Tenerife Bluetrail. Ha sido finalista del premio el autor murciano Francisco Javier Illán Vivas con Versos envenenados, una novela negra y criminal en la que se ven envueltos los poetas Luis Alberto de Cuenca y Pablo Neruda.



La obra de Olga Mínguez sucede en el palmarés del premio a la exitosa novela Ya no quedan junglas adonde regresar, de Carlos Augusto Casas, que ya ha alcanzado las 5 ediciones y que se ha convertido en la gran sorpresa de la novela negra en 2017.
Olga Mínguez recibirá el Premio Wilkie Collins en marzo, en Tenerife Noir, de manos del escritor Javier Hernández Velázquez. La obra será publicada en la Colección de Narrativa de M.A.R. Editor (www.mareditor.com


La absurda existencia de Dalila Conde:
Sinopsis: El lunes 18 de enero, aparece el cadáver de una mujer en el madrileño parque de El Capricho. No hace falta investigar su identidad, ya que tiene el DNI en el bolsillo de un babi gris parecido al de las presas; es Dalila Conde. La causa de su muerte, una estocada en la nuca. Sus labios están sellados por una cruz griega de color rojo. El caso parece enmarcarse dentro de una macabra investigación que lleva veinte años abierta: la de las niñas de la cruz. Un reguero de secuestros y asesinatos programados de chicas adolescentes, a cuyo asesino nadie ha sido capaz de acercarse. Es una historia de desaparición de mujeres, malos tratos, abusos sexuales y asesinatos de chicas jóvenes, que denuncia nuestra época, en la que las mujeres se convierten en protagonistas de los medios de comunicación por haber sido violadas o asesinadas.


OLGA MÍNGUEZ:
(Elche, 1979) Licenciada en Historia por la Universidad de Alicante. Ha publicado las obras teatrales Pasajes a Orán, Solos en la cumbre, Victoria viene a cenar, Lo que el tiempo no curó y El atardecer de cristal, varias de ellas estrenadas en teatros españoles.




Finalista: el murciano Francisco Javier Illán Vivas
(Molina de Segura, 1958). Escritor y crítico literario. Ha publicado las novelas La maldición, El Rey de las Esfinges y La oscuridad infernal, de la serie La cólera de Nébulos y los poemarios Con paso lento, Dulce amargor, Crepusculario, Témporas y A mi manera. Publicó el exitoso libro de relatos La Isla y otros relatos en Ediciones Irreverentes. Su poesía ha sido traducida al árabe. Aparece en antologías de diversas editoriales.

M.A.R. Editor ha recibido 172 obras procedentes de 18 países para participar en el VII Premio Wilkie Collins de Novela Negra. Obras presentadas por países
102 de España
20 de Argentina
13 de México 
7 de Cuba
5 de Colombia, Venezuela
4 de Uruguay, Francia
2 de Chile, EEUU 
1 de Perú, Costa Rica, Nicaragua, Bélgica, Italia, Holanda, Rusia, Singapur