Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 29 de julio de 2014

Robocop, o el ultramoderno Prometeo

Existen multitud de películas que tratan, bajo una perspectiva de ciencia ficción, el horizonte de crueldad social al que nos dirigimos. Muchas se basan en novelas. Desde clásicos canónicos, como las famosas Cuando el destino nos alcance, La fuga de Logan o Blade Runner a los referentes más cercanos como Starship Troopers, Matrix o Gattaca. La distopía siempre ha resultado un recurso eficaz para obligarnos a replantear muchas de nuestras costumbres vitales y sociales. No obstante, entre todo el abanico para elegir, suelo quedarme con una proyección en particular, por su eficiencia al exponer los problemas sociales. Se trata de Robocop.

En un primer momento, el director desechó el guión por su título, excesivamente juvenil y kitsch. No obstante, su mujer lo recuperó de la papelera y, tras una lectura casual, quedó impresionada y terminó convenciendo al marido de que se trataba de una historia mucho más compleja y meritoria. Llevaba razón: terminó convertida en una de las producciones más valoradas del año (pese al bajo presupuesto) y su personaje protagonista se elevó a la categoría de icono popular.

La capacidad de ciertas proyecciones para soportar el envejecimiento se basa, sobre todo, en la vigencia de los problemas que plantean. Esto pasa con Robocop. Nos muestra una realidad más cercana que nunca a la contemporánea (ayudada también por el revival de los años ochenta que experimentamos) tanto en las ideas como en las situaciones económicas. Estamos sólo a un paso (¿quizás ya lo hemos dado?) de entregarnos a un sistema en el que la privatización de cualquier recurso dejará de un lado el interés general a favor de una clase política dominante que impone una estructura de castas, desigual e  inmovilista, muy cercana al concepto medieval. Los más desfavorecidos se encuentran a expensas de un sistema violento, donde la crueldad resulta común y deben pagar con su libertad una protección frente a bandas armadas que, a su vez, están a sueldo de las clases más altas. La trampa perfecta, sobre todo porque se presenta bajo el disfraz de una democracia nítida. La película realiza una crítica feroz al capitalismo (actualmente llamado neoliberalismo, para obligarnos a pensar que tiene que ver con la libertad de elección) en su esencia más pura y controladora. Muestra un mundo alienado, sin derechos laborales; lo más importante es el dinero, que otorga el poder. Una concepción del universo donde todo es simple mercancía, desde la ciudad a la droga, pasando por la vida humana.

La ultraviolencia supone una de las claves tanto del retrato prospectivo como del propio lenguaje de la cinta. A pesar de que vivimos una época visualmente explícita, en la que todo se puede mostrar y está permitido, la representación tanto en el plano físico (el ensañamiento de la tortura de Murphy) como del emocional y verbal (la pérdida de la humanidad, el desdén por los necesitados, etc.) siguen impactando. En Robocop, todo conflicto se soluciona por la vía explícita, directa y represiva. Una llamada de atención, sin duda, al modo de vida que llevamos: ¿nos ha dominado tanto nuestra parte animal que sólo entenderemos un mundo y un lenguaje basado en la dominación por la agresividad y la vehemencia? ¿Existe una solución pacífica a los problemas? ¿Es, precisamente, la brusquedad y el egoísmo lo que nos hace seres humanos?

La deshumanización, precisamente, es una de las claves morales de la historia. El uso del cadáver de un buen hombre, legal y moral, que se ve transformado en un cyborg (a modo de reelaboración contemporánea del monstruo de Frankenstein) para sustituir a la policía, desde el ámbito privado, y al que le han impuesto unas directrices (versión pervertida de las leyes de la robótica postuladas por Asimov), una de las cuales se mantiene en secreto y le impide rebelarse contra sus creadores. Los gobernantes (ejecutivos privados, empresarios) quieren una sociedad dócil, aborregada, que no piense. Una sociedad de humanos mecánicos que trabajen por nada, incapaces de la revuelta y el cambio, dirigidos mediante el control brutal ejercido, bien por la anestesia programada, bien por la respuesta contundente de sus grupos armados (sean maleantes o defensores de la ley, la línea entre ambos resulta muy delgada). A medida que recupera su humanidad perdida, el producto Robocop se transforma él mismo en un elemento subversivo que no encaja en el propio sistema, en una amenaza perseguida por la propia ley. Una de las mayores interrogantes que deja la historia es que, aunque se cierra con la recuperación completa de la identidad y la personalidad del sometido (sic. —¿Cuál es su nombre, hijo? —Murphy.), queda vivo el presidente de la OCP, el tirano despreocupado a quién sus seguidores deseaban reemplazar. El cambio nunca es completo. Parece que, a pesar de todo, no hay salida desde dentro del sistema. Una lección moral que recuerda, salvando distancias, al hombre que disparó a Liberty Valance.

Esta película presenta, no obstante, un elemento diferenciador frente a las de otros directores y temas comunes: su foco en el humor negrísimo como impulsor de una crítica en esa cuerda floja entre la sátira intensa y el esperpento, y que se mantenido en muchas de las otras obras dirigidas por Verhoeven. Todo se recubre con una pátina que ayuda a tomar una sana distancia con la realidad que nos rodea y nos invita a replanteárnosla. La justicia poética se presenta vestida de mofa chusca y realismo sucio: el violador que pierde los testículos por un disparo, las ingenuas enseñanzas morales a unos niños tras un despliegue de agresividad explícita, que el elemento de interfaz sea una púa extensible (la comunicación transformada en violencia y arma), que el héroe deba alimentarse con comida para bebé (símbolo de aquello en que desean convertirnos), etc. Este rasgo resulta particularmente hilarante en los anuncios televisivos, llenos de anestesia demagógica. Una demostración de los medios de control de masas como arma del poder establecido, rozando con la propaganda nazi.  


No se puede pasar por alto tampoco la épica banda sonora, a cargo del clásico Basil Polidoeris. Una perfecta compañía a una estupenda película más necesaria que nunca y que no deja indiferente a nadie. Ahora mismo se prepara una secuela que, al parecer, poco tendrá que ver con la reivindicación de la original. Una perfecta metáfora de cómo el sistema trata de integrar y pervertir las amenazas contra el falso status quo para que nadie se cuestione su validez y puedan seguir ejerciendo el control.

Como detalle visionario: la acción de la película se desarrolla en un Detroit en manos de empresas privadas y al borde de la ruina por culpa de la corrupción de los altos cargos. Hace pocos días, la ciudad real ha declarado suspensión de pagos por la total bancarrota, a causa de la mala gestión de sus gobernantes. Entre las soluciones planteadas, está el venderla a empresas de gestión privada, como sucede en la ficción con la OCP.

Quizá no estamos tan lejos de la ficción que, hace unos años, sólo parecía material rescatado de una papelera. 

Fernando López Guisado

lunes, 28 de julio de 2014

Selección poética de Maricel Mayor Marsán



El adiós a la verdad


Ya no hay basureros sino rellenos sanitarios,
no hay corrupción sino equívocos legales,
no hay pobres sino personas de bajos recursos,
no hay obreros sino trabajadores no calificados,
no hay presuntuosos sino clase media,
no existen empleadas domésticas sino asesoras del hogar.

Todos sofismas ridículos, cínicos, casi obscenos,
verdades a medias o mentiras parciales,
soplo a destajo, ajo en la herida.

 (En el tiempo de los adioses – Cartagena, Murcia: Editorial Áglaya, 2003)

 


Extraños designios


Me ha tocado la extraña suerte
de habitar en un planeta
donde la intriga, el hambre y el odio
se acumulan sin cesar.

Tengo la sensación de milenios
acompañados de voces
que se encierran y me vedan
la luz de un incierto laberinto.

Vengo de un país sin futuro,
encerrado en obligado camino,
de familias desconocidas,
divididas y relegadas a su espanto.

Conozco personas mezquinas
que devoran múltiples horas
de su minúscula y transitoria existencia
en elucubrar daños a otros.

He leído ancestrales volúmenes
que compilan y condensan
el desarrollo de este universo torcido
y me pregunto si es honorable y honesto
el llamar a todo esto,
la historia de una civilización.

(Errores y Horrores – Miami, Florida: Ediciones Baquiana, 2000)

 
 
 Sucesión malograda

Ayer vi en el claroscuro de las sombras
como se sorteaba un destino.
Programación y vehículo para el futuro
de hombres que no tenían nombres,
de números que tenían señales de hombres
y de un montón de pliegos certificados
que atestiguaban una generación completa
de voces en el vacío.  

(Rostro cercano – Gaithersburg, Maryland: Ediciones Hispamérica, 1986)




Irresolución

Tengo en mi poder las noches más largas.
Saber devorar desvelos y construir hogueras
donde antes forjaba anhelos
y del futuro una meta
se han convertido en facetas
del aburrido quehacer.

Se consume un silencio entre horas
que se suceden monótonas y perversas.
Los designios de la creatividad
se han vuelto ajenos
ante el apuro de cosas
en que me exigen vivir.

Me confrontan mil ideas
de cierta importancia e imposible solución.
¿Qué se puede hacer para existir
entre una maleza de criterios
donde al dinero lo hacen bandera
y a mi afán un pequeño acontecer?

(Rostro cercano – Gaithersburg, Maryland: Ediciones Hispamérica, 1986)



Maricel Mayor Marsán (Santiago de Cuba, 1952). Poeta, narradora, dramaturga, crítica literaria, editora, traductora y profesora. Reside en Estados Unidos desde 1972. Licenciada en Historia, Ciencias Políticas y Educación, redactora jefe de la prestigiosa revista literaria Baquiana. Su extensa obra publicada podéis consultarla en su página oficial:

domingo, 27 de julio de 2014

Poemas de amor, de José Cantabella (Reseña nº 680)

José Cantabella
Poemas de amor
Azarbe, 2014

Breve poemario el que presenta José Cantabella y en el que sabemos ha estado trabajando en silencio, como casi todas las cosas que a él le rodean, hasta que encontró el momento de ponerlo en manos de sus lectores.

Diecinueve poemas alrededor del amor, del espiritual, pero también del carnal:

Siento
toda tu pasión
deslizándose
por mis doloridas venas.

Te amo.

Gracias a la amistad que me une con el autor, sabía que estaba trabajando en un poemario, aunque creo que inicialmente él se habría dado más tiempo para presentarnos una obra con más poemas y, que fueron los inesperado acontecimientos que ocurrieron durante unas fechas en el mundo de la poesía murciana lo que aceleró la salida de Poemas de amor, que no desmerece, ya conocéis la sentencia del saber eterno: lo bueno y breve, dos veces bueno.

Me he pasado toda la tarde buscando una palabra para ti. La he encontrado, es gacela, y ahora que la tengo la voy a envolver en papel de regalo para enviártela antes de que llegue la noche y pueda herirla con su frío.

El poema se desliza ante nuestros ojos como si los tocase levemente con las llemas de los dedos, mientras acaricia, con las palabras, nuestros sentimientos. No quiere que el lector quede indiferente, quiere que sienta con él:

Baja tu sexo despacio hacia mi anhelo. Hoy más que nunca, te requiero... Acude tú, ardiente, a la llamada del pájaro solitario en la rama de sombra de esta noche de amor.

Lugares comunes, alguno ya los conocemos de su obra poética, otros de su obra narrativa, nos acercan un poco más a la creación de este autor que no nos deja, os lo aseguro, indiferentes.

Por cierto, me ha alegrado reencontrarme con Ártico (si pinchas sobre la palabra, el propio José Cantabella te lo recitará).

Francisco Javier Illán Vivas

sábado, 26 de julio de 2014

Aprendiz por casualidad, de Vikas SWarup (Reseña nº 679)

Vikas SWarup
Aprendiz por casualidad
Suma de letras, marzo de 2014

Pese al título, no puede ser casualidad que la protagonista del libro tenga que superar justamente siete pruebas –un número cargado de simbolismo religioso- para lograr ponerse al frente de una de las empresas más ricas y prósperas de la India.
Se trata de una historia de esas que solamente ocurren en los libros o el cine, pero tiene tal fuerza y un toque de filosofía oriental que aporta tanto por estos lares que los que se animen a leerla van a disfrutarla seguro.
Así, Sapna Sinha, protagonista de Aprendiz por casualidad, de Vikas SWarup –Editorial Suma-, se verá sorprendida por un personaje a la salida de sus oraciones diarias que le ofrecerá ponerla al frente de su multimillonaria empresa. A cambio, solamente tendrá que superar siete pruebas iniciáticas que confirmen la decisión del empresario en el sentido de que ella es la persona más adecuada para sustituirle al frente de su imperio.
Aunque parezca ridículo y poco creíble, cada prueba nos va enfrentando a becerros de oro de la actualidad de manera que vamos dándonos cuenta de lo absurdo que es obsesionarse con el dinero, la fama o pasar de largo ante los grandes asuntos de actualidad que parecen no preocupar a nadie.
Desde los primeros compases hay una cita que me ha llamado mucho la atención y que viene destacada en la cubierta: <En la vida nunca consigues lo que te mereces, sino lo que negocias> Al igual que esta cita ha sido un imán a la hora de leer el libro hay una actitud constante en la joven Sapna que me ha gustado mucho. Se trata de ir contestando a quienes le piden explicaciones con sus propias palabras. Es tan audaz y acertado que procuraré tomar nota para utilizar el recurso siempre que me sea posible. Qué mejor manera para desarmar a un interlocutor a la contra que contestarle con sus propias palabras. Simplemente, genial.
Para los que gustan de la literatura de La India, recordamos que Vikas Swarup es autor del éxito oscarizado de Slumdog Millionaire.
Formalmente, es una novela clásica tanto por tamaño, como por tipo de letra, diseño o cualquier otro concepto. En la cubierta una joven hindú vestida de rosa y verde, muy sonriente, pasea por una calle muy luminosa en la que destaca un taxi amarillo. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

viernes, 25 de julio de 2014

Z, de Manuel Vilas (Reseña nº 678)



Manuel Vilas
Z
Salto de página, 2014


Cuando leemos un libro hay algunos aspectos, más allá de la técnica y el argumento, que suelen centrar la  atención  del lector y que fundamentan su criterio artístico, literario. Uno de ellos es la voz del autor, que a la postre se manifiesta en el tono, en su peculiar timbre literario. Un timbre que suele ser más o menos característico, dependiendo de la fuerza que este (el autor) posea. Si leemos a un mal escritor no sabemos si es literatura o la esquela de un periódico. Sin embargo, si leemos a Borges sabemos en todo momento que es Borges por esa autoridad que baña su textos; o cuando leemos, digamos, a Vila-Matas atisbamos esa ironía, esa risa desde el ‘más allá’ que se despliega a cada párrafo y que lo caracteriza y define.

Algo similar nos ocurre al leer a Manuel Vilas (Barbastro, 1962), quien imprime su personal tono de voz a sus textos, y en todo momento tenemos la certeza de que está ahí, de que escribe/ríe/disfruta al mismo tiempo que lo leemos;  que su ironía y su humor –negro, pero un negro posmoderno, o sea, inclasificable y socarrón- nos persiguen y nos iluminan y nos trasmuta en lectores-paseantes de un universo literario personal, que igualmente podemos encontrar en España (2008), por ejemplo.

En estos cuentos que conforman Z -algunos rozan el microrrelato por su extensión- Manuel Vilas despliega su acertado lirismo-sarcástico y se sitúa por encima de todas las cosas. Porque, si bien es cierto que el narrador es decadente, gris y triste, el escritor que se esconde tras él se asoma con vehemencia,  nos da una bofetada y nos muestra otra arista de la realidad. ¿Qué realidad? No estoy seguro, porque la buena literatura tampoco te da todas las respuestas sino que se ‘conforma’ con recrear la suya propia, desde su propia perspectiva, socavando estrecheces para abrirse paso hacia… no estoy muy seguro tampoco… hacia otro lugar desconocido.  ¿Zaragoza?

Z, la ciudad-libro que aquí comentamos, es la propuesta de una realidad paralela, distorsionada y poblada de sombras grotescas, valleinclanescas.

Pero, lejos de perdernos en los laberintos de Z, Vilas nos muestra un camino coherente. Ese camino pasa por Lou Reed y hace un alto en algún descampado de una Z (Zaragoza), destartalada, nostálgica y extraña, muy extraña, casi surrealista, bañada por un verismo tan desconcertante que nos hace dudar y frotarnos los ojos, reír y apiadarnos de su principal protagonista-habitante. Y mientras leemos estas historias, nos preguntamos: ¿estoy ante una fantasía sensata o ante la crónica de un loco? El abanico de opciones se abre y la literatura vilasiana nos desliza a ese interregno de lo absurdo, de lo recordado, de lo irreal e hiperbólico. ¿Hiperbólico?  Sí, mucho.

Casi todas las historias que se suceden en Z vienen rubricadas por una primera persona, lo que hace que el libro cobre cierta unidad y coherencia compositivas, a pesar de su disparidad de argumentos y variadas narraciones. Además suelen tener lugar en Z, la Zaragoza que ha reinventado el narrador, o quizá Vilas, esa  urbe ‘extraordinariamente perversa y rara’. En la que en un piso diminuto, malvive con su ‘cabra’  como un raro vampiro que desafía la eternidad, que lee a Parménides y que oye y venera a su dios particular: Lou Reed. En la puerta tiene su Ford Fiesta aparcado, con las ruedas manchadas con todo el polvo de los descampados de la ciudad.   

También es posible verlo departir con Kafka, un amigo de la infancia. O discutir con Sid Vicious, porque a pesar de que nos creamos eso de que  no hay futuro’ este narrador es inmortal y sobrevivirá a sí mismo y a sus propios libros.

Sobra decir que para escribir sobre la extraña y difícil vida en Z y ser un vampiro adicto a las drogas de la vida se precisa un estilo directo, heredero del realismo duro. Cargado de ironía y muchas ganas de confundir la experiencia con la literatura, y además, salir indemne.

Libro de narraciones cortas divertido, original y que deambula por los márgenes de lo políticamente incorrecto sin dejar de apostar por la fantasía hilarante y el sarcasmo, la autoparodia y lo atemporal. Está escrito con una dicción perfecta, que roza momentos de inclasificable lirismo. Es posible que algunas piezas no lleguen a captar nuestra atención y se queden en meras anécdotas, pero en general el conjunto es bastante notable.

 Yo creo que hay que leerlo, no se sentirá el lector defraudado pero sí sorprendido y con ganas de seguir leyendo al Gran Vilas.

Pedro Pujante

jueves, 24 de julio de 2014

Manual de fútbol, de Juan Tallón (Reseña nº 677)

Juan Tallón
Manual de  fútbol
Edhasa, marzo 2014

Muchos de los que iniciamos estudios de periodismo, los varones sobre todo, lo hacemos fascinados por el color y la alegría del periodismo deportivo.
Nuestros lectores tendrán la ocasión de disfrutar por todo lo alto de ver cómo es el mundillo de la prensa deportiva desde dentro en el libro que hoy recomendamos Manual de fútbol: Un libro fuera de juego, de Juan Tallón –Pocket Edhasa-.
Un montón de noticias y anécdotas, algunas conocidas y otras nuevas que, como a los buenos chistes, da igual que se los hayan contado ya a uno si quien lo cuenta lo hace con la gracia y el humor gallego de Tallón ya que se disfrutan igual.
Y como ocurre con el buen periodismo y con el buen humor, tienen algo de filosofía, aunque sea barata o de andar por casa, de filosofía familiar de toda la vida, que es la que, al fin y al cabo, nos configura en nuestro día a día.
Así es el libro que hoy ofrecemos, es como meterse en casa del autor y ver con él los partidos, charlar de nuestras batallitas mientras tomamos unas cañas como se ha hecho toda la vida.
Grandes nombres del balón, Pasarela, Fillol, Vavá, Benito… tienen su anécdota, sus páginas de historieta en este imprescindible manual del fútbol. Jugadores a los que puede que haya lectores que no hayan visto jugar y a los que van a buscar en youtube para poder disfrutar de su fuerte personalidad a la hora de afrontar la defensa, la portería o el ataque, porque hay para todo.
La estructura del libro me ha gustado mucho ya que son pequeñas lecciones o crónicas en las que se plasma la peculiar versión de este deporte por parte del autor. Desde el balón a la portería, pasando por el área, el córner, la grada, el banquillo… y por supuesto, cerrando el ciclo, la propia crónica. Porque el fútbol sin el periodismo, sin esta historia de lo que ocurrió en el terreno de juego, perdería mucho de su atractivo.
No se pierdan el prólogo en el que Manuel Jabois nos presenta el libro, y no pierdan la oportunidad de leer sus crónicas, su twitter y todo lo que puedan de los dos porque ambos escritores hacen una pareja mítica del periodismo gallego que bien merecería algo de cine como el que en su día inmortalizaran Jack Lemmon y Walter Matthau en Primera plana. Que lo disfruten.

 

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

miércoles, 23 de julio de 2014

N. Opekú, de Juan Serrano

Ene-punto-opekú es escritor. Y las historias que se inventa las siente en carne propia. Más le chirrían a N. Opekú los aullidos del perro de su cuento El Escapista, que los ¡buenos días! farfulleros de su vecino el ferretero. Este escritor de perfollas y collejas, más lloró la muerte del Finura, (protagonista preferido de una de sus novelas), que los siete puntos de sutura que le acaba de dar en la cabeza un médico licenciado de Osuna, a la sazón el mimísimo galeno que mantuviera a dieta al gobernador de Barataria.

Son las ocho y cuarto de la mañana. Y ya debiera estar el señor Opekú sudando nalgas frente al agrietado hule de su mesa carcomida por el gusano de la sequedad literaria. Lleva hoy un retraso de quince minutos. La diarrea de las acelgas de la cena de la noche anterior, que su sobrina le preparó fritas con jamón, (como a él le gustan, untadas con ajo bien picante), tienen la culpa. Por eso se detiene un poco más en el retrete. Las musas son muy puntuales. Si el escritor no está en su mesa de trabajo a la hora justa, la inspiración pasa al turno siguiente, ¡que escritores en paro hay la tira!

Todo ocurre en un tictac. N. Opekú tiene que recuperar el tiempo perdido. Sube a rodeón al perigallo para consultar el Kamasutra. Este libro, edición príncipe, con bellas ilustraciones y secuencias ricamente detalladas, lo tiene el escritor guardado en la última leja de la estantería. Precisa de una de las sesenta y cinco artes, la más despampanante, para colgarla al cuerpo del gigoló protagonista del relato que está escribiendo. Un concurso de literatura erótica cuya fecha finaliza este fin de semana. El escritor quiere esmerarse en la descripción puntillosa de una copulatio que alumbre y caliente el caletre, los instintos superiores, de un jurado emérito, así como los (instintos) de más abajo, que no por ello, son de menor cuantía y monta.

Además de escritor oscurantista y retardado, y por ende reprimido, Ene Opekú es admirador de Torquemada. Y esconde los libros prohibidos allá donde los ojos inocentes de su sobrina no puedan sentir la vergüenza de tener un tío más verde que el perejil de san Pancracio. Más se fía el escritor de lo que no ven los ojos de la ahijada que de los sobajeos que se pega su sobrina con el hijo del ferretero en el rincón del zaguán de su propia casa.

Y es que desde aquel día en que siendo N. Opekú un niño de apenas seis años, su padre le dijera, nene, al salir del colegio, me esperas en última parada el autobús, nuestro escritor desconfía de la realidad. No distingue las cosas del nombre que las dice y define. Confunde sus letras con el poste de la farola contra la que el can del Escapista se orina a pitorro abierto todas las mañanas.

Padre e hijo vivían en las afueras del pueblo. Para los niños de aquella época las vías ya eran de doble sentido, como ahora las palabras, que si dicen pan, son harina de otro costal. Así que en lugar de montarse en dirección a su casa, el pequeño lo hizo desde la acera de enfrente, justo en la dirección contraria. Y el autobús dejó al niño perdido en la otra punta del pueblo. Dos horas estuvo esperando allí al padre que nunca vino. Tiempo suficiente para llegar Opekusito a una de las dos grandes y únicas conclusiones de su vida. La primera: que la realidad, lo mismo que las verdaderas historias y los grandes acuerdos no responden a su hoja de ruta, sino que engañan más que el algodón de Mister Próper. Y a la segunda, aún no ha llegado. Ene Opekú espera hacerlo cuando muera.

No hay sorpresas para el final de este simple suceso del escritor esquizoide. Entre las prisas por no perder el turno de su inspiración, N. Opekú, al ir a consultar el clásico libro de las copulaciones escritas, se cae de tan mala manera de lo alto del perigallo, que su destornillada cabeza viene a dar en el travesaño de la escalera.

El resto de este incidente ya es de sobra conocido por el lector que se haya atrevido a husmear en esta tan surrealista como desocorrida y alocada historia: un hospital de urgencias y siete suturas en la cabeza distorsionada de un escritor quijotero.

Y para acabar, tan sólo referir parte de la conversación tenida entre el señor Opekú y el doctor licenciado de Osuna. Quería saber el galeno de Tirteafuera las circunstancias concretas de la caída. Y le preguntó al escritor:

Por casualidad, señor Opekú, ¿las acelgas de la cena de anoche tendrían algo que ver con vuestro desafortunado trastazo, cagaleras y traspiés? En tal caso, esas fritangas con jamón untadas con ajo no volverá usted a catarlas mientras yo fuere su médico de cabecera.

Y como ya sabemos que para Opekú, no había ambrosía mejor que las acelgas picantes preparadas por la sobrina, le replicó al discípulo de Hipócrates:

En realidad, doctor, no sé lo que me ha pasado. Yo creo que más que el hartazón de acelgas, fueron las dentelladas del perro del Escapista las que me mordieron el cráneo. A nadie amarga un buen plato, y más si éste fue condimentado con acelgas ahumadas con ajo.

Juan Serrano (Yecla, Murcia, 1943). Fue profesor de educación infantil y legopeda. En 1999 obtiene el primer premio con Lugarde, el robo del siglo, en el concurso de cuentos convocado por el Ayuntamiento de Murcia. Ha sido publicado en los libros colectivos París y Nueva York, de M.A.R. Editor. Autor del libro Esta sombra no es mía, Lecturas Hispánicas, 2013.