Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 4 de febrero de 2019

La tormenta, de Maica Bermejo Miranda


Nada hizo presagiar a Carmela que  esa mañana apacible, pudiera convertirse en el prólogo de una de las mayores aventuras de su vida.
            Como todos los días desde que llegó al apartamento que había alquilado en la Playa de las Gaviotas, abrió las puertas que daban a la terraza de par en par. Un sol retozón comenzaba a lamer las paredes despertando reflejos en los azulejos colgados sobre los tabiques de ladrillos que representaban escenas marinas. Su preferido era el que mostraba un barco de vela meciéndose sobre las tranquilas aguas, volvió la vista hacia la playa cercana recorriendo sus casi doce kilómetros de arena dorada y cogiendo el libro que reposaba sobre la estantería de mimbre se dejó caer en el silloncito que ocupaba un lugar preferente.
        Allí pasaba muchas horas, todas las que podía. En vacaciones disfrutaba de su gran pasión sin que se le cerraran los ojos como le ocurría cuando estaba trabajando que tenía que releer varias veces párrafos enteros vencida por el cansancio. Su amor a la lectura y un entusiasmo pertinaz le hacían mantener en la mesita de noche un libro con la decidida intención de leer cada noche antes de dormir.
        Misión que llevaba a cabo durante escasos minutos, en múltiples ocasiones antes de doblar la primera página Morfeo la acunaba en sus brazos y el libro caía lánguidamente sobre el embozo. Carlos era el que se ocupaba de retirarle las gafas, restituir el libro a su punto de origen, acomodar la cabeza sobre la almohada y depositar un beso liviano sobre la frente para no despertarla mientras apagaba con mucho cuidado la luz.
            Ahora todo era distinto, el descanso estival le permitía desayunar tranquila contemplando las aguas turquesas y a los primeros paseantes o deportistas que iniciaban el rito de cada mañana dando largos paseos a buen ritmo con los brazos a compás, o los que batían la arena con sus pies en una carrera en solitario. Ensimismados los unos y los otros en su mundo particular.
            Después de paladear junto a Carlos el desayuno especial que ambos preparaban entre risas y caricias cómplices: Unas cuantas piezas de fruta de temporada peladas y troceadas formando una multicolor amalgama de sabores y texturas, el café tinto y azucarado preparado en la cafetera de toda la vida que despertaba no sólo sus neuronas sino que abría el paladar a la suculenta  tortilla mestiza. Después de batir los huevos y echarlos sobre la sartén caliente iban añadiendo según se les antojaba los diferentes aderezos: una loncha de queso, rodajas de chorizo picante, tomate crudo, jamón serrano, bacon, cebolla o cualquier otra vianda que se les antojara y que tuvieran a mano. La guinda era una buena rebanada de aguacate coronando su especialidad.
        Relamiéndose de satisfacción se preparaba una última taza de café que iba apurando mientras se deleitaba con los mil mundos que se abrían ante sus ojos a través de las diferentes historias que bebía de los libros, reservados para degustarlos en los días veraniegos, en su sillón preferido, absorbiendo por cada poro de la piel el aire salitre del Mar Menor. Su refugio.
            Esa mañana como tantas otras dejaba volar su imaginación con los personajes que le contaban historias de viajes, amores, aventuras, risas y lágrimas ensimismada en sus páginas. Un vientecillo inoportuno comenzó a revolverle el pelo, a arrastrar las pavesas que encontraba sobre el piso formando pequeños remolinos y a silbar entre los árboles del pequeño jardín que daba acceso a la playa.
            Carmela levantó los ojos del libro con gesto de fastidio y vio en la lejanía, sobre el azul intenso dibujada una raya, a partir de la cual, el tono gris oscuro se apoderaba del cielo hasta donde la vista alcanzaba. Por debajo de ella, la oscuridad, el viento y la lluvia avanzaban sobre un mar que se encrespaba por la velocidad del viento.
            Su pensamiento voló al lado de sus hijos, esa mañana habían decidido llevarse la barca neumática para probarla en el mar. Cuando les preguntaron si les parecía bien, tanto Carlos como ella estuvieron de acuerdo. El día era radiante y el mar festejaba su calma con pequeñas olitas que apenas rolaban sobre la playa.
            De un salto salió de la terraza y llamó a gritos a su marido.
            -¡Carlos! ¡Carlos! ¿Dónde estás? ¡Por Dios, mira lo que está pasando!
            -¿Qué quieres Carmela? Justo ahora estaba en lo más interesante del programa.
            -¡Ven! Corre.
            -Pero ¿qué pasa? ¿Por qué tanta prisa?
            -Asómate y mira.
        Carlos miró hacia donde le indicaba y el asombro se unió a la alarma cuando a pocos metros de las potencias desatadas de la naturaleza descubrió a Pablo y Javier dentro de la balsa neumática tratando de alejarse de las olas, ni los pequeños remos, hechos para el juego y la distracción, ni sus jóvenes energías eran suficientes para contrarrestar la resistencia del agua. Carlos y Carmela se miraron aterrados y casi sin mediar palabra guiados por un impulso común echaron a correr, afortunadamente la lancha de motor que iban a utilizar esa mañana descansaba sobre la todavía tranquila zona de playa alejada unos metros de la tormenta.
        En la orilla, unas cuantas personas que no se habían unido a la desbandada general miraban las peripecias de los chicos. Al ver cómo Carlos trataba de fletar la motora se unieron a sus esfuerzos, Carmela, sentada en la proa sostenía el timón con firmeza para que la pequeña nave enfilara mar adentro.
        Después de varias tentativas en las que a punto estuvieron de volcar consiguieron pasar la línea y adentrarse en las aguas turbulentas. A toda máquina enfilaron hacia la barca neumática que como una peonza loca giraba impulsada por el temporal. El par de voluntarios que habían saltado a la lancha con ellos les resultaron de gran ayuda, con mucho esfuerzo consiguieron mantener el rumbo contra corriente, el mar embestía con andanadas feroces pero metro a metro ellos iban ganando la batalla. Cuando estuvieron a su altura les tiraron la cuerda que siempre llevaban para casos de emergencia. Desafortunadamente por el constante balanceo y el impulso del viento el cabo cayó muy lejos de las manos extendidas. En las sucesivas intentonas volvieron a fracasar ante la desesperación de todos, no perdieron por ello el empuje ni la esperanza. Carlota se aferraba al timón hecha un ovillo , con los pies aferrados al suelo y el cuerpo volcado sobre los brazos que sujetaban el volante en dirección a su objetivo sin ceder un milímetro. El pasaje de El viejo y el mar se mezclaba con la realidad infundiéndole coraje. Si Santiago había conseguido su objetivo en una simbiosis con su mortal enemigo,  ella también lo lograría. Querer es poder, y ella quería con toda su alma que sus hijos cogieran el cabo que en un nuevo intento atravesaba el corto espacio que les separaba. Y esta vez sí,  las olas que hasta ese momento les habían impedido alcanzar la maroma lanzaron el bote hacia arriba en el preciso momento en que la punta del cabo sobrevolaba sus cabezas. Dando un gran salto Pablo logró atrapar la cuerda, a su lado Javier la agarró con energía y entre los dos, no sin grandes esfuerzos, consiguieron atarla a la abrazadera.
        Lo más difícil ya estaba, hubo un suspiro de alivio general, ahora tenían que concentrar toda su voluntad en conseguir remolcarles sin que se rompiera la cuerda o volteara ninguna de las embarcaciones. Desde la orilla y en las terrazas cercanas muchas personas seguían sus avatares alentándoles con gritos de apoyo.
        No fue fácil retornar a la seguridad de la tierra ni lo hicieron en el mismo punto desde el que habían salido. Siguiendo las pautas del libro "Cosas imprescindibles antes de hacerse a la mar" dejaron de luchar por imponer su criterio en cuanto a la dirección a seguir, enfilando hacia la playa dejaron que el mar les marcara el rumbo. ¿Qué importaba que salieran unos kilómetros más arriba o más abajo? Lo importante es que habían conseguido llegar todos sanos y salvos.
        No hay palabras para describir su alegría o los sentimientos que experimentaron fundidos en un largo abrazo que no se acababa. Las Fuerzas Marítimas que habían acudido en su ayuda les envolvieron en mantas para combatir el frío y les llevaron hasta su casa una vez puestas a buen recaudo las embarcaciones.
        -Muchas gracias por su ayuda,  les estamos muy agradecidos.
        -No las merece, solamente hemos cumplido con nuestro deber. Lástima no haber llegado antes, pero no dábamos abasto para atender todas las llamadas, la gente no se conciencia de lo peligroso que puede ser el mar, incluso uno calmo y tranquilo como éste. Ustedes han podido comprobarlo. Confió que no se les olvide nunca.
        El Jefe de la Unidad después de estrecharles la mano se alejó con rapidez, un nuevo aviso reclamaba su presencia.
        Tiempo después nadie habría podido imaginar las horas trágicas que habían vivido. Carlota y su familia repuestos del gran susto retomaron las actividades normales, en el cielo volvía a lucir el sol que mandaba sus rayos luminosos sobre el azul de las aguas y la bravuconearía del viento se había tornado en una suave brisa que acariciaba el pelo.
        Sentada en la terraza miraba ensimismada el idílico paisaje que se abría a su vista, el mar plácido, la gente solazándose en las playas, los juegos de los niños, la arena dorada, la suave caricia de las olas... En la retina se entremezclaban las imágenes superpuestas de los dos mares, el apacible y el bravo, el amigable y el feroz, el amigo y el traicionero.
        Nunca olvidaría este día, el día en el que había descubierto que hay que respetar y temer las veleidades de la naturaleza y atender las indicaciones. Esa mañana cuando vio la bandera roja que anunciaba peligro pensó: ¡Que tontería, con el día que hace tan fantástico! Y no le volvió a prestar más atención. De ahí que cuando sus hijos les dijeron si les dejaban probar el bote neumático ninguno de los dos se había negado ni les había hecho ninguna advertencia. ¡Qué tremendo error! Si les hubiera pasado algo, no se lo habría perdonado nunca. Y ¡Qué gran lección habían aprendido! Ellos y todos los que habían vivido la terrible experiencia. Nunca volvería a ignorar las señales o dejaría de consultar el pronóstico meteorológico, y mucho menos a internarse en aguas desconocidas, como tantas veces lo habían hecho, alegremente, sin pensar en las consecuencias.
        Con un suspiro alargo la mano y retomo la lectura del libro, por unos instantes detuvo la vista sobre el título: "El viejo y el mar"
        -¿Sería una casualidad o la vida nos alerta? Nunca lo sabremos...
Carlota se acomodó sobre el cojín y prosiguió su lectura.


                                               Maica Bermejo Miranda  Junio 2018

1 comentario:

  1. Una vez más me asomo a este Acantilado generoso y amigo. Un auténtico placer¡Gracias!

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