Désirée Dorado
Este libro muerde (Poemas para leer bajo su propio riesgo)
Murcia, 2026
Hay
libros que buscan agradar.
Este
no.
Este libro muerde no se escribe desde la corrección, ni desde la metáfora delicada, ni desde
el pudor. Se escribe desde la herida abierta. Y eso, en poesía, siempre es un
riesgo.
Désirée
Dorado no construye un yo lírico contemplativo; construye un yo que arde, que
sangra, que insulta, que desea, que se humilla y que se levanta. Aquí el amor
no es un jardín: es un vertedero, una trinchera, un cuarto oscuro, un barrio
llamado Perdón del que cuesta salir. La autora no edulcora la
experiencia sentimental; la expone con crudeza, incluso con una violencia
verbal que incomoda. Y esa incomodidad es deliberada.
Este es un libro que orbita alrededor de
una ruptura —o varias—, pero no se limita al lamento. Hay un recorrido. Del
sometimiento emocional al «Adiós,
mojón; hola, reina».
De la dependencia a la afirmación. De la súplica a la soberanía. No es un
tránsito lineal ni limpio; es contradictorio, reiterativo, humano. Como lo son
las obsesiones.
Formalmente,
el poemario se apoya en un lenguaje directo, con fuerte impronta oral. Hay
cadencia de poesía escénica, ritmo de monólogo interior, repetición como
martillo. Conviven imágenes poderosas —«la dignidad haciendo autostop», «un
barrio en las afueras del pecho»,
«esperanza en libertad condicional»— con expresiones descarnadas que no piden permiso. Lo
escatológico aquí no es provocación gratuita: es herramienta de
desmitificación. Cuando el amor se convierte en fango, se nombra como fango.
También
hay juego y contraste. «Mi
problema favorito»
introduce un tono casi lúdico, matemático; «Sé quién es» roza lo oscuro y lo ritual; «Un lugar llamado Perdón» demuestra capacidad alegórica; «Cuarto oscuro» contiene una sobriedad que revela que la autora sabe
bajar el volumen cuando quiere. Esa alternancia evita que el libro sea una sola
nota sostenida.
¿Hay
reiteración temática? Sí. Pero esa insistencia no es defecto casual: es
síntoma. El texto refleja una mente que vuelve una y otra vez al mismo lugar,
intentando comprender lo que no terminó de entender mientras lo vivía. La
poesía aquí funciona como expediente emocional: ordenar, nombrar, cerrar.
Désirée
Dorado escribe desde una paradoja interesante: su profesión —¡qué enorme
sorpresa!— exige control; su escritura, descontrol. Y quizá por eso este libro
tiene algo de válvula de escape. No hay cálculo frío. Hay exposición. Y
exponerse, en un tiempo de máscaras, es un gesto literario valiente.
Este
no es un poemario de artificio formal ni de hermetismo intelectual. Es un libro
de impacto. De piel. De carne. De memoria. Su mayor virtud está en la voz:
reconocible, directa, sin maquillaje. Cuando acierta —y acierta con frecuencia—
lo hace porque no intenta parecer poeta: escribe como quien necesita decirlo
para no estallar.
Lector, en este poemario vas a encontrar rabia, erotismo, ironía, humor negro y una progresiva
reconstrucción del yo. Encontrarás también contradicción, miedo y recaída. Pero
sobre todo: honestidad. Y la honestidad, en literatura, no siempre es
cómoda. Pero sí necesaria.
Hay
versos que piden silencio.
Estos
piden roce.
Y
el roce, como sabemos, deja marca.
Francisco Javier Illán Vivas