Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

miércoles, 28 de enero de 2026

La sección de reseñas: más de mil lectores semanales (primera entrega)




 

Debemos agradecer a nuestros lectores que se mantienen fieles a los libros que semanalmente les recomendamos, por nuestro crítico de guardia o de otros que a lo largo de los años (desde 2007) han ido colaborando en la sección, bien cuando se publicaba en Vegamediapress, del recordado Jesús Pons, o bien en el blog LCN, en Ágora papeles de arte gramático o aquí, donde ya se quedó definitivamente.

Seguiremos mostrando estadísticas. 

 

 

martes, 27 de enero de 2026

La cuenta pendiente, de M.D. Álvarez (4 de 4)

 


El aire se había enfriado con la última luz del sol, y Angie sintió una punzada de emoción al oír la honestidad sin adornos en su voz.

—Siempre he querido oírlo —dijo ella, y por primera vez, la intensidad de su mirada no se disolvió en una broma o una distracción. Se mantuvo fija en sus ojos.

Marcus sintió que el nudo en su garganta se deshacía. El anillo en su dedo dejó de ser un juguete y se convirtió en un ancla.

—No hay palabras adecuadas —admitió él, su voz apenas un susurro que no perturbó la quietud del estanque—. Solo esta.

Acortó el prudente puente de espacio entre ellos, moviéndose con una deliberación que le resultó extraña. No fue un movimiento rápido, ni desesperado, sino firme y simple. Deslizó su mano por el ligero jersey que ella llevaba, tocando por primera vez su mejilla. Su pulgar rozó suavemente el borde de su boca, silenciando cualquier posible respuesta.

Angie no se apartó. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia su mano, aceptando el contacto.

—No huyas ahora, Marcus —susurró ella, su aliento cálido contra su piel.

—Nunca más —prometió él.

Y entonces la besó. No fue el beso cargado de coqueteo y tensión de la noche del bar. Era un principio. Era el sabor a promesa y a asfalto mojado. Era el final inesperado que a Angie le gustaba encontrar en las historias, el que no se veía venir pero que lo cambiaba todo.

Cuando se separaron, el sol se había ido, dejando el cielo de un color azul profundo y melancólico. Ella le sonrió, y esta vez, su sonrisa no era un arma, sino una invitación.

—Bienvenido de nuevo, Marcus —dijo ella.

Él le devolvió la sonrisa. Ya no era evasiva. Era libre.

—Gracias por la espera, Angie. ¿Vamos a buscar ese pastel de manzana agrio? Yo invito.

M. D. Álvarez 

viernes, 23 de enero de 2026

El caso de la viuda polaca, de Juan Pedro Aparicio (Reseña nº 1136)

 


Juan Pedro Aparicio
El caso de la viuda polaca
M.A.R. Editor, 2025

Hacía tiempo que no leía una novela tan agradable como esta, que me dejase tan buen sabor de boca, por lo fácil de leer y por lo sencillo que es para un buen escritor trazar la trama casi sin complicaciones, pero que te impida dejar de leerla hasta que llegues al final y, entonces, exclames: ¡lo sabía! ¡Sabía que era ...!

Eso me ha pasado con el caso que lleva esta especie de trasunto de Philip Marlowe, el inolvidable detective de Raymond Chandler, en Madrid, al que por cierto hace pocos meses leí sus casos completos. Pero también me ha recordado, en ciertos momentos, a Harper, el detective creado por Ross MacDonald. Sobre todo en su relación con un siniestro personaje llamado Hermano Jones.

El protagonista es Gonzalo Malo Maldivo. No os extrañéis, que el autor nos ha regalado una serie de nombres que deben quedar en los anales de la novela negra: Gigi el oleroso, Bienzobas, Jota Mosácula, Chapapietra... y ellas, las protagonistas femeninas, revoloteando alrededor del Hermano Jones, como se dice que hacen las mocas en la miel.

Todo comienza con la muerte de un ciudadano cualquiera y un accidente de tráfico con fatales resultados, y la presencia de un acosador, aunque aquí lo llaman merodeador, a una mujer recién enviudada.

Malo, subcomisario caído en desgracia en su comisaría de Lot, y por ello trasladado a Madrid, es el encargado de tratar el tema del merodeador... pero todo se va complicando hasta llevarnos al final de la trama donde nada resulta ser lo que parece.

Tenéis que leerla. Novela negra de categoría.

Francisco Javier Illán Vivas

martes, 20 de enero de 2026

La cuenta pendiente, de M.D. Álvarez (3 de 4)


 

Marcus llego antes y se sentó en un banco frente al estanque con la puesta de sol frente a el Angie llegó cinco minutos tarde, a propósito, para darse un último momento de serenidad. Llevaba un jersey ligero sobre los hombros, no por el frío, sino por la costumbre de tener algo en qué entrelazar los dedos.

Lo vio antes de que él la viera a ella.
Observando los círculos concéntricos que formaban los patos al remar. Estaba quieto, expectante. Una ligera diferencia que a Angie le pareció un mundo.

—¿Ya has pagando as vistas? —dijo ella al acercarse, su voz suave en la quietud del parque.

Él se giró, y la sonrisa que le dedicó fue lenta, pero no evasiva. Era franca.
—Solo estoy asegurándome de que la ubicación valga la pena. Por si acaso tengo que añadirlo a la cuenta de esta noche.

Angie se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ellos que parecía más un puente que un abismo.

El silencio que siguió fue cómodo, lleno del murmullo lejano de la ciudad y el graznido ocasional de un pájaro. No era el silencio cargado del bar, sino uno nuevo, que invitaba a llenarlo.

—¿Por qué siempre huyes, Marcus? —preguntó Angie al fin, sin mirarlo, como si la pregunta fuera para los patos—. No es una acusación. Es… curiosidad.

Marcus tomó aire, un sonido largo y profundo.
—Por miedo a defraudarte . Es más fácil ser el tipo que no cumple, el que se escaquea, que el tipo que lo intenta de verdad y falla. Si nunca te comprometes del todo, el golpe nunca duele del todo. —Hizo una pausa—. Pero duele de otras maneras. Como verte a ti mirándome hoy con esa furia… y luego con esa decepción. Esa duele más.

Angie asintió lentamente.
—Sí,duele. Porque creo en ti, aunque a veces parezca lo contrario. Creo en el Marcus que no se esconde detrás de un billete de cien dólares o de una broma.

—Ese Marcus tiene una gran carga sobre sus hombros pero esta noche voy a tratar de aligerar la carga, dijo jugueteando con un anillo sencillo en su dedo.

Finalmente, ella se volvió para mirarlo. En la luz crepuscular, sus rasgos parecían más suaves, las aristas de la defensa, limadas.
—¿Y qué hace ese Marcus,cuando no está huyendo?

—Escucha. Habla de cosas que importan. Se pregunta qué le gusta a Angie, aparte de que le paguen las cuentas a tiempo. Te observa y te protege para que llegues sana y salva a casa.

Ella rio, un sonido claro que se mezcló con el agua.
—A Angie le gustan los finales inesperados en los libros.El olor a lluvia sobre el asfalto caliente. Y los pasteles de manzana que son más ácidos que dulces.

—Anotado —dijo él, como si estuviera archivando cada dato en un lugar preciado—. A Marcus… le gusta el silencio que no es vacío, sino tranquilo. Como este. Le gusta la manera en que la gente cuenta historias con las manos cuando habla. Y siempre ha querido decirte que te quiere y nunca ha encontrado las palabras adecuadas.

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 13 de enero de 2026

La cuenta pendiente, de M.D. Álvarez (2 de 4)

 


Angie recogió el billete de cien dólares, con la boca ligeramente abierta. No por el dinero en sí, sino por la sinceridad palpable en el gesto de Marcus y el tono sombrío con el que se había despedido.

—Marcus, espera —dijo ella, con una nota de arrepentimiento que sustituyó a la furia.

Él ya estaba de espaldas, caminando hacia la puerta con la cabeza gacha, como si cargara un peso invisible sobre sus hombros. Los clientes del bar habían vuelto a sus conversaciones, pero el eco del enfrentamiento seguía flotando en el aire.

Angie se giró hacia la caja, devolviendo el cambio de los otros clientes, pero sus ojos estaban fijos en la espalda ancha de Marcus, que estaba a punto de cruzar el umbral.
"50 dólares de cuenta... 50 dólares de propina... No es la cuenta lo que le duele," pensó.

Se mordió el labio, contando veinte dólares y dejándolos cuidadosamente bajo la caja. Tomó el billete de cincuenta, el cambio que le correspondía, y corrió tras él, sin importarle los cuchicheos que generaba su repentino movimiento.

—¡Marcus! —gritó, llegando justo cuando él ponía una mano sobre el pomo de la puerta.
Él se detuvo, pero no se giró. Su postura era de derrota total.

—¿Qué pasa, Angie? ¿Aún me queda algo más por pagar? —Su voz sonó quebrada, desprovista de su habitual tono de broma o evasión.

Ella se acercó y lo tomó del brazo, obligándolo suavemente a darse la vuelta. En sus ojos, ya no había rastro de la ira de hacía un minuto, solo una preocupación sincera.

—No, tonto —dijo, ofreciéndole el billete de cincuenta dólares—. Toma, este es tu cambio.

Marcus miró el billete y luego a ella.
—Quédatelo —murmuró—. Lo necesitas más que yo, o al menos, te lo mereces por aguantarme.

—Marcus, no es sobre el dinero —explicó ella, deslizando el billete en el bolsillo de su chaqueta—. Es sobre la confianza. Sabes que la cuenta no es un problema. Es que siempre huyes, Marcus. Siempre te escaqueas de todo lo que es difícil, incluyéndome.

Él suspiró, cerrando los ojos por un instante.
—Lo sé, Angie. Siento haber actuado como un... como un cobarde. Tienes razón, siempre me escaqueo. Pero esta noche... te prometo que no me escaquearé.

Abrió los ojos y la miró directamente.
—Esa invitación... ¿sigue en pie? Te veré esta noche, fuera de aquí. ¿O la he arruinado de nuevo?

Angie sonrió, suavemente.
—Tendrás que esforzarte un poco más para arruinar eso, Marcus. Te espero a las ocho, en el parque, ¿te parece?

—A las ocho, en el parque. Lo pagaré yo —dijo él, con una sonrisa pequeña y genuina.

—Más te vale —respondió ella, dándole un apretón en el brazo antes de soltarlo y volver al bar, dejando que Marcus se marchara, esta vez, con un paso más ligero.

Continuará...

M. D. Álvarez