Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 8 de junio de 2020

El caballero, de Maica Bermejo Miranda


El recuerdo de su abuelo la ha acompañado toda su vida. En estos tiempos difíciles cuando remontar el día a día es una carga pesada sobre los hombros, se hace más rotundo. Cada despertar el impulso vital anida en el corazón de Dolores y la empuja a salir, enfrentando el mundo y sus circunstancias.
            Hace un tiempo que la sonrisa perenne que aleteaba en sus labios se ha cambiado por el gesto fruncido que anuncia determinación y entereza. No en vano desciende de una estirpe de hombres y mujeres acostumbrados a la lucha. En los momentos más acuciantes supieron sobreponerse y llevar a cabo sus propósitos defendiendo lo que consideraban suyo, con una fortaleza difícil de superar.
            Su impronta ha dejado una huella indeleble nutrida en las muchas tardes invernales paseando con él por la Avenida Alfonso X, disfrutando del gorjeo de los pájaros y la luz brillante de su Murcia natal. Qué feliz cuando recorrían juntos las calles descubriendo los sucesos acontecidos en cada rincón, la gran capa revolando en el aire. Una prenda que lucía como pocos, gallardo y altanero. Su figura se hacía imponente, semejante a los caballeros medievales que admiraba en sus libros de Historia.
            Nunca volvió a sentirse tan protegida como cuando cubierta por el manto lo veía ondear sacudido por las zancadas raudas, la sonrisa escondida tras el mostacho y la picardía asomando entre las pestañas.
            En las mañanas floridas se sentaban bajo los fresnos reflejados en el arroyo que multiplicaba sus canales para regar la huerta de la casa familiar. Casa que hacía las delicias de los pequeños en las noches estrelladas de verano escuchando absortos las historias de su abuelo. Crónicas del Rey Sabio que llegó a esas tierras para protegerlas y honrarlas y de cómo le enamoraron sus gentes, su carácter y los amaneceres blancos, en que los auroros desgranaban cantos extendidos en sus voces por vegas y riberas.
            Francisco era un hombre recio, de torso fuerte, ojos penetrantes y mirar sereno. De costumbres devotas, cada alborada emprendía su ruta hacia la Iglesia de San Andrés, asomaba levemente la cabeza descubierta del sombrero y saludaba a la Virgen de la Arrixaca, su máxima valedora, confidente en los buenos y malos momentos.            
            Con su protección superó los escollos que la existencia le puso en el camino. De ahí que sin falta pasara por la Capilla Real a visitar a María, que respondía a su saludo, o al menos a él se lo parecía, con una sonrisa de ángel.
            Después comenzaba sus asuntos, ligero, con la satisfacción del deber cumplido. Desde allí encaminaba sus pasos hacia el Real Casino donde desgranaba las horas leyendo El Liberal y La Verdad, departiendo con algún buen amigo sobre lo divino y lo humano y estudiando en la gran biblioteca. En más de una ocasión discutió en el Círculo por defender que Santa María de la Arrixaca seguía siendo la Patrona honorífica de la Comarca.
             - Nadie ha revocado el nombramiento que hiciera Alfonso X nombrándola Patrona del Reino de Murcia- Aseguraba muy convencido.
            No se sabía muy bien si la Virgen estaba en Murcia antes que el Príncipe Alfonso llegara a la ciudad, o la trajo él consigo. Lo cierto es que fue la inspiración de alguna de sus famosas Cantigas, en especial una que a Francisco le gustaba recitar con su voz bien timbrada al corro de nietos sentados a sus pies. Sentimiento y pasión vibrando en cada verso. Ellos escuchaban atentos, tratando de entender aquel idioma lejano en el tiempo.
            Así le evoca Dolores, enfrascado en sus textos hasta que los nenes corrían a interrumpirle y le pedían otra aventura de su tierra. Esa tierra que aprendieron a amar a través de sus palabras. Francisco, dejaba el libro, abría sus brazos en un gesto cercano y los animaba a aproximarse. Cuando los tenía a su alrededor miraba a la lejanía perdida la vista en los recovecos del pensamiento hasta encontrar el hilo conductor. Entonces comenzaba la leyenda, poesía, o canto que inspiraban sus narraciones. A Dolores le fascinaba más que a ninguno de sus primos, que a ratos se ponían a correr inquietos desfogando sus ardores infantiles. Ella, sin embargo, permanecía desde el minuto uno absorta, hipnotizada. Sin perderse una sílaba, un gesto, ni un ademán del galante hidalgo.
            Éste es su abuelo. Un auténtico hombre de bien que la enseñó a desenvolverse en el mundo. De su ejemplo saca las fuerzas si no las tiene sobradas. De sus cuentos y memorias arranca su amor a la Literatura. De ahí su profesión. La que ostenta con orgullo y por la cual actualmente tiene que luchar. No puede dejarse adocenar por las corrientes que destruyen los valores que él la inculcó.
            - ¿Recuerdas, Lolilla? ¡Nunca hay que tirar la toalla!
            Escucha decir a su abuelo en los momentos de duda.
            - Querer es poder y no siempre llueve a gusto de todos. ¡No desfallezcas, sigue adelante por muy difícil que te parezca! Esto también será pasado. Nada hay permanente y lo que hoy te parecen altas montañas, desaparecerán sin dejar vestigio una vez superadas las dificultades.
            - Es fácil decirlo abuelo, yo te escucho, pero tú no sabes cómo ha cambiado la sociedad. Nada tiene que ver con la que tú y yo compartimos. Los tratos se hacían con un apretón de manos y los términos honor, amistad, compromiso, esfuerzo y lealtad, tenían un significado. Ahora impera el mercadeo, el oportunismo, la ingratitud, la ambición, el despotismo y la sinrazón. 
            Es muy complicado mantenerse al margen sin que los propios compañeros te señalen con el dedo. Sin que te aparten de los claustros. Sin que pongan en duda el trabajo docente que he desarrollado durante años. Fiel a mis principios y a mis sentimientos. Eso hoy en día no se lleva, abuelo. Y no sé qué puedo hacer.
            - Ven, siéntate aquí, como si fueras mi niña. Te voy a contar algo que quizá no recuerdes.  Acababa de terminar mis estudios y me propusieron optar a una de las plazas de médico titular que salieron por aquellos días. Por mi buen expediente académico y mi facilidad para el estudio, permíteme la inmodestia, tenía muchas posibilidades de hacerme con una de ellas. No lo dudé. Presenté los papeles necesarios, hice acopio de apuntes, manuales, registré la biblioteca cosechando cuantos volúmenes me pudieran ayudar a conseguir mi propósito y me dispuse a librar la batalla. Los años de aprendizaje y práctica me sirvieron para desarrollar mi vocación: Ayudar a los enfermos.
             Fueron meses intensos, no me levantaba de la mesa salvo para cubrir mis necesidades. Dormía lo justo y una vez despejado, volvía a enfrascarme en los temarios. Incansable. Los días de exámenes, los más excitantes. Cada prueba ganada me hacía coger impulso para la siguiente. En ese estado de agitación llegó la última y definitiva. Ahí nos jugábamos el todo por el todo, los últimos cinco candidatos. Fue agotador, y los cinco echamos el resto. Una vez terminado sólo nos quedaba esperar.
            Los resultados, nos dijeron, se publicarían en breve. Y en breve, según lo dicho, pude verificar si me encontraba en la lista de los afortunados. Todavía veo las letras bailando delante de mis ojos en la rápida búsqueda de mi nombre. Y ¡sí! ¡Allí estaba! ¡Lo había conseguido!
            El fiasco fue al comunicarme el destino. Mi puesto era en uno de los barrios marginales más conflictivos de la ciudad. Resumiendo, el que nadie quería. Imagina mi desilusión y mi susto, unido a la rabia, al saber que yo había sido el número uno. ¿El problema? A Fulanito de tal, hijo de Menganito de cual, le amparaban no sólo las relaciones del padre, sino que además pertenecía a la cuerda de los ganadores. Nuestra familia por aquel entonces no cosechaba muchas simpatías. Cosas de la política.  Desafectos nos llamaban. Y así sin comerlo ni beberlo se mezclaron churras con merinas y yo me vi represaliado por no sé qué extrañas circunstancias. Aún hoy, me sigue pareciendo una arbitrariedad. La misma que sigue campando libremente según me hablas. Y tú dirás: ¡Vaya cosas me cuenta mi abuelo para darme ánimos!
            Pues sí, Lolilla. Todo tiene su cara y su cruz. Lo que yo pensé que sería una maldición se convirtió en mi mejor enseñanza. Los pacientes me acogieron como jamás imaginé. Tras los años de espera, tener por fin consulta y médico en su arrabal, hizo que se desvivieran conmigo colaborando en todo aquello que facilitaba mi tarea. Tampoco en mi larga trayectoria he tenido la oportunidad de realizar una labor más humana y generosa. Volví convertido en un buen médico y una mejor persona. De esa fuente he bebido para los restos. Por eso, hija, no desesperes. La vida nos ofrece muchas veces lo que necesitamos. Aprovecha cada oportunidad que se te brinde y no hagas demasiado caso de lo que parecen obstáculos. Infinidad de veces son catapultas que te lanzan a la victoria.
            Después de esta confidencia extendió sus manos arropando las mías, cálidas y amorosas. Como en tantas ocasiones su fuerza me llegó en una onda de energía. Todo volvería a la normalidad.
            - Seguro que tienes razón, abuelo. Es mucho más lo bueno. Lo malo asoma a la superficie, como el aceite. Debajo existe un océano de generaciones que han forjado esta Región pródiga y luminosa.
            - ¿Quieres que salgamos a pasear?
            Asentí con la cabeza. Acercándome a la percha le tendí su prenda favorita. Cuando salimos al fresco de la noche su imagen llenó las calles.  Allí estaba de nuevo, enfundado en su capa, gentil y arrogante. Mi caballero.

Maica Bermejo Miranda.

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