Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 31 de diciembre de 2018

La perversión fractal, de Magnus Dagon (Reseña nº 859)

Magnus Dagon
La perversión fractal
Saco de huesos, septiembre 2018

Hay libros con los que parece te sientes identificado desde que comienzas a adentrarte en su páginas, a descender por los recovecos de sus palabras impresas, y eso es lo que me ha ocurrido con el libro que nos ocupa, que tantos y tan buenos recuerdos me ha traído de mis interminables lecturas lovecraftianas.

El primer relato del libro, o la novela corta del mismo, como queráis, me ha devuelto al maravilloso mundo del horror cósmico, en especial el desenlace pues, aunque Magnus (Miguel Ángel López Muñoz) lo ha intentado, el exceso de narración ha bajado un poco el gran nivel de su historia, que podría estar incluida en el universo de los mitos de Cthulhu sin desentonar.

Pero además, el autor también va creando, con cada nueva entrega, su propio universo de terror existencial, que así quiere que se le conozca, y que a este lector impenitente cada nueva entrega le adentra más en él, temiendo, que llegado el momento, como les ocurre a los personajes de la novela corta que da título al volumen, sea incapaz de retroceder sobre mis pasos para escapar el horror creado.

Ha sido un enorme placer cerrar el año 2018 con este breve pero intensísimo libro.

Francisco Javier Illán Vivas

domingo, 23 de diciembre de 2018

Finalistas del VI Premio Alexandre Dumas de novela histórica

M.A.R. Editor ha recibido para participar en el VI Premio Alexandre Dumas un total de 125 novelas históricas, procedentes de 16 países.


Las obras seleccionadas como finalistas por el comité de lectura, de entre las que saldrá el título ganador, son:

• Tierra de hidalgos.
• Baraka.
• 1314, la venganza del templario.

Los 15 países de origen de las 125 obras recibidas al premio son:
75 novelas de España 
12 de Argentina 
9 de México 
8 de Cuba
5 de Colombia
3 de Uruguay
2 de Estados Unidos, Venezuela, Chile
1 de Puerto Rico, Nicaragua, Rusia, Guatemala, Perú, Inglaterra 

La obra ganadora será publicada en la Colección de Narrativa de M.A.R. Editor

domingo, 16 de diciembre de 2018

El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas (Reseña nº 858)

José María Arguedas
El zorro de arriba y el zorro de abajo
Drácena, 2018

"Ayer escribí cuatro páginas. Lo hago por terapéutica, pero sin dejar de pensar en que podrían ser leídas. ¡Qué débil es la palabra cuando el ánimo anda mal!", estas líneas, escritas un 11 de mayo, pueden descubrirnos cómo es el texto que nos ocupa, sorprendente: un diario, una novela que va escribiendo, un análisis de los autores que le interesaban (García Márquez, Cortázar, Rufo...) y su viaje hacia el suicidio.

Nos parecerá que en momentos nos perdemos en esta agonía interminable, pero que, cuando cerremos el libro, terminada de leer la última página, habremos descubierto a una de las grandes plumas de la literatura en habla hispana. Y eso que sus palabras, aquellas palabras que él se iba inventando, var apareciendo a lo largo del texto, sin defraudar, sino sorprender por su sonoridad, al lector.

"Yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua". Es una muestra de lo que digo, en sus propias palabras, sacadas de su discurso al recibir el preio Inca Garcilaso de la Vega, en octubre de 1968.

Testamento por tanto, testamento agónico, definido en la contraportada, este texto de triple cabeza que nos sorprende línea a línea, pues intercalado entre ellas, también, el relato histórico de la irrupción de la industria pesquera en el pueblo de Chimbote, una agrícola aldea que hoy es una de las diez ciudades más pobladas de El Perú.

Francisco Javier Illán Vivas

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Versos envenenados en Moratalla

Presentado por Clemen Corbalán, el próximo viernes, 14 de diciembre, se presentará en el Salón de actos del Ayuntamiento de Moratalla, la novela Versos envenenados, del autor molinense Francisco Javier Illán Vivas.

Los beneficios de la venta de este libro irán destinados a Cáritas.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Los tripulantes del Líricus, de José Siles González (Reseña nº 857)

José Siles González
Los tripulantes del Líricus
Devenir, 2014

La poesía siempre te espera, transcurran los años que se sucedan, estará esperando que los inexplicables caminos de la lectura te lleven a ella, en un olvidado recodo, para encontrarte con pequeñas sorpresas como la que hoy os comento, del autor cartagenero José Siles González.

Un libro que huele a mar, prologado por otro amigo de la ciudad portuaria, Antonio Marín Albalate, quien nos abre las puertas a los grandes viajes que intrépidos marinos emprendieron en el anchuroso mar y en sus cóncavas naves.

Y, aunque todo apunta hacia que el final del viaje del Líricus fue un lento hundimiento durante "...veinte años,/ cuatro meses y doce días,/ con siete larguísimas horas y media,/ las peores y más graves...", el periplo y la derrota le llevaron a surcar mares desconocidos, a arribar a puertos donde la tradición, convertida en leyenda, nos trae escenas ya de sobra conocidas y cantadas en versos que nos transportan al lugar donde el poeta quiere situarnos, oliendo a salitre, a humo y a sudor, a cuerpos femeninos y a soledad.

Y sus tripulantes, ¡qué evocadora presentación en su curriculum!, pues todos los que finalmente lograron enrolarse en el Líricus:

mostraron ardientemente
su adhesión incondicional al
Jack Daniels
y su apasionado amor,
casi hasta el estremecimiento,
por la divagación sobre asuntos
imprevisibles e inútiles:
el arte sin ortopedia y desnudo
de canon
y, por supuesto,
la fornicación salvaje,
espasmódica,
a pelo.
Fornida y agreste tripulación
... sin duda.

Un hermoso viaje.

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 6 de diciembre de 2018

Selección poética de Juan García Sánchez


SÓLO A TI

Millones de ojos me miran
y yo te vi solo a ti,
con tu sonrisa furtiva
que me hizo sonreír,
lentamente te adentraste,
fui mojando tu existir,
y mi ser acariciaste
al querer nadar en mi,
observando tu paisaje
te dirigiste a salir,
mojada de restos de un viaje
por las aguas del vivir,
prendada quedó mi alma
de tu cuerpo en su esplendor,
y te siguió mi mirada
cuando secabas mi amor,
el que quedó entre tu espalda
poco a poco el sol secó,
te quedaste ahí callada
divisando mi interior,
como una luz enfocada
a lo que nunca sentí,
soy el mar que te contempla,
ese que te ama solo a ti...

LA MEDIA LUZ

Como un árbol que ve
tantas vidas pasar a su lado,
en las noches se aferra a su piel
ese frío que se ha vuelto helado,
es esa voz de mujer,
hace que se detengan mis pasos,
me hace volver a creer
dejando atrás el pasado...
La media luz de tu mirar
me ha devuelto la sonrisa,
mis pies quieren caminar
por la senda de tu vida,
la media luz de tu besar,
me hace sentir que eres mía,
es tu viento en mi pensar
que me envuelve con su brisa...
Hoy he vuelto a renacer
con la media luz de tu tiempo,
tu me haces florecer
con primavera en mis sueños,
eres como respirar
bajo el mar de los lamentos,
esa nota que al sonar
hace más bonito al resto...

SOMOS

El atardecer de tus ojos
llega pronto mientras mi voz
habla de todo eso que somos,
somos dos en un corazón...
No necesitamos al mundo
para vivir nuestra vida,
necesitamos una vida
que sea nuestro mundo...
Somos como una huella que infinita
a la que no llegan las olas del mar,
somos unos tatuajes sin tinta
en la piel de la eternidad...
Dejaremos que la luz nos envuelva
de ese amor que acaba de despertar,
somos como aferrarse a que llueva
en la sequía de la soledad,
Y que la sed de querernos no acabe,
que las miradas no se dejen de besar,
somos en la retina el paisaje
más bello por el que poder caminar,
No necesitamos una voz que nos guíe,
ni un lienzo para poder pintar,
necesitamos ser lo que somos,
somos tu y yo, nada más...

martes, 4 de diciembre de 2018

Gaspar, el rey milagroso, de Norma García Coirolo


A primeras horas de la mañana, los integrantes de la familia Suárez Reyes aún dormían, mientras la silenciosa sala de los sirvientes comenzaba a vivir el trajín cotidiano. Las voces daban órdenes, los fuegos estaban encendidos y los criados se afanaban en diferentes tareas. La casa de estilo señorial, con verja de hierro, un cuidado jardín a ambos lados del camino de entrada, se destacaba de entre las demás de la avenida. Los macizos de flores y los árboles le daban un aspecto cálido y acogedor. El hueco de la escalera, que llevaba al piso superior, por dónde se deslizan los criados en silencio, ahora se veía agitado por el ir y venir de los mismos, cargando las bandejas del desayuno para la familia.

Era sábado, víspera de navidad, todos se habían pegado a las sábanas. Solían desayunar en la salita contigua al comedor principal, pero aquel día iban a permanecer despiertos hasta la medianoche, por lo que extendieron el descanso. La brisa del verano mecía las cortinas de las ventanas del dormitorio del matrimonio. Ernesto Suárez Reyes era un hombre alto y delgado, de espesa barba y bigote. Atractivo, pero seducía con su inteligencia, de sonrisa franca y extrema bondad. Apenas abrió los ojos escuchó la voz de la criada, anunciando que dejaba la bandeja en la mesita junto a la puerta. Se movió lento para no despertar a Mayra, su esposa, que aún dormía. En dos pasos estuvo junto a la puerta, la abrió y escuchó el silencio que reinaba en los cuartos de los niños. Tomó la bandeja y regresó al dormitorio. Mayra se revolvió en el lecho y murmuró con el rostro aún dentro de la almohada:

¿Qué hora es?¿Ya estás levantado?

Ah «princesa» –así la llamaba Ernesto con cariño–creo que nos han dejado dormir más de la cuenta, sospecho que deben de ser cerca de las diez de la mañana.

Mayra se incorporó y dijo:

Desayunemos, es hora de prepararnos para un gran día.

La navidad era una época de alegría para la familia, despertaban en la compañía de los niños y disfrutaban compartiendo los preparativos todos juntos.

Mayra era una bonita mujer, de estatura mediana, rosto oval, donde se destacaban sus ojos verdes y su boca pequeña. Estaba vestida con un camisón de seda salmón; se desperezó y se sentó en la Berger junto a la mesa, dónde podía ver el jardín por el ventanal que daba a la terraza del dormitorio. El verano, recién comenzado, ofrecía los brillantes colores y aromas de los macizos en flor que adornaban los caminos. Ernesto acercó la bandeja y sirvió el desayuno para los dos, mientras disfrutaban de la brisa matinal. La quietud fue interrumpida súbitamente por el ingreso de los niños, en ropa de dormir, con sus rubios cabellos alborotados, en forma brusca y atropellada.

¡Mamá, papá, es Nochebuena! –gritaban a coro.

Está bien niños, calma, ya les oímos. –dijo Mayra.

David el mayor tenía diez años, le seguía Aurora con nueve y la pequeña Catalina tenía siete. Estaban entusiasmados con adornar el árbol ubicado en la sala principal. Entre risas y reclamos empujaron a Ernesto y Mayra hacia el pasillo, obligándolos a bajar para ver el enorme abeto que se erguía en la sala, impregnando todo el ambiente de un fuerte olor a resina. Las cajas de los adornos estaban junto al pie del árbol. Los dos mayores comenzaron a colocarlos en las ramas del pino, mientras enseñaban cómo hacerlo a la pequeña Catalina. Cada caja que abrían tenía nuevas sorpresas, globos de vidrio, campanas, manzanas y todo tipo de figuras navideñas. Mayra abandonó la sala, dejando atrás la algarabía de los pequeños y subió a ducharse y cambiarse, preparándose para todas las tareas que debía realizar en el correr del día. Ernesto que se había cambiado antes que ella, estaba dispuesto para lo que hiciera falta. Mayra descendió por la escalera de servicio, directa al salón de los criados que conducía a la cocina. Allí ultimó todos los detalles para el almuerzo y la cena navideña, con la señora Gloria, la cocinera.

Gloria, para el almuerzo, con algo de carne y ensalada será suficiente, y fruta para el postre –dijo Mayra–; en cuanto a la cena, tendremos el pavo al horno que preparamos, las verduras para acompañar y las diferentes ensaladas; de postre, los turrones, el flan y la torta de navidad.

Sí señora, ya está casi todo preparado como usted lo indicó –dijo la cocinera– de las bebidas se encargó el señor y ya las colocamos en el refrigerador.

Gracias, Gloria. Entonces el señor y yo iremos a buscar los regalos, mientras los niños adornan el árbol. Dígale a Ana, la mucama, que los vigile mientras tanto.

Así lo haré, enviaré a Ana a repasar los muebles y libros de la sala, mientras ellos estén allí. –Mayra se retiró y la cocina retomó su ritmo acostumbrado para esas fechas. Ernesto tenía preparado el coche y cuando Mayra apareció, ambos partieron para las tiendas del centro de la ciudad.

A pocos metros de la casa, en una pequeña construcción de madera, vivía una familia muy modesta, con tres hijos pequeños y uno en camino, según se apreciaba por el abultado vientre de la mujer. El hombre se dedicaba a reparaciones de albañilería y en ocasiones había concurrido a la «casa grande», como la llamaban, para trabajos de pintura o revoques en la zona del jardín, la cocina, el garaje y las habitaciones del servicio. La ropa en desuso de los Suárez, estaba destinada a esta familia, durante los cambios de estación. Sus menguados recursos no les permitían tener días especiales, por lo que ese era un día como los demás, dónde en su mesa no habría platos especiales, ni llegarían regalos para los pequeños a la medianoche. El calor acentuaba el olor acre de los pañales colgados en la cuerda,  mezclados con el aroma del cocido que preparaba la mujer. En el camino de regreso, Ernesto y Mayra contemplaron por la ventanilla del coche, la casa de madera y la cuerda de colgar la ropa, dónde pendían las viejas camisas y los gastados pañales y se miraron en silencio.

Al llegar a la casa los chicos habían cubierto el árbol de adornos, hasta la altura de David. Ernesto colocó la escalera y continuó el trabajo iniciado, hasta colocar el Ángel y la estrella en la cúspide del árbol. David, Aurora y Catalina, retiraron los envoltorios que guardaban el Belén y comenzaron a ubicar las figuras debajo del árbol. Las viejas piezas parecían cobrar vida, una vez que tomaban el rol asignado, entre las palmeras, los puentes y las casitas que acompañaban la escena. Catalina estaba afanada con los Reyes Magos, eran sus figuras predilectas, creaba su propia cabalgata. Estaba Melchor y Baltasar, pero… ¿dónde estaba Gaspar? Quizás entre los papeles sobre los que estaba sentada, revisó uno por uno y no aparecía su amado rey Gaspar.

¿Dónde está Gaspar?¿Lo han visto?¿Retiraron todas las piezas de la caja? –dijo Catalina muy agitada, con su pequeña nariz apuntando al cielo y mirada asombrada. Las preguntas disparadas casi sin respiración, obtuvieron una sola respuesta. Nadie había visto la figura de Gaspar, todas las cajas estaban vacías. Ernesto prometió que la buscaría en el desván. El Belén quedó con solo dos reyes para adorar al niño.

Después del almuerzo, entre juegos y risas y una siesta obligada, transcurrió el resto del día para los niños. Mayra se internó en la cocina y Ernesto se sentó en el escritorio a tomar café y leer las noticias de los diarios. Al atardecer, que en el verano llega cerca de las veintiuna horas, estaban todos vestidos y aguardando la hora de la cena de navidad. Daniel, Aurora y Catalina preguntaron al unísono:

¿Papá, encontraste a Gaspar?

Ernesto olvidó subir al desván, entonces dijo:

Lo olvidé, pero voy ahora mismo, lo encontraré, así el Belén estará completo. –y se dirigió a la escalera.

Caían las primeras sombras sobre las calles, cuando en la casa de madera alguien golpeó a la puerta. La mujer con uno de los niños a horcajadas sobre su cadera abrió la puerta, quedando muda de asombro. Frente a ella el Rey Gaspar, con su brillante barba roja, turbante, ropas y capa de seda, le sonreía con dos bolsas enormes en las manos. Detrás de él la oscuridad, solo iluminada por los faroles de la calle. Ella no pudo pronunciar palabra, entonces Gaspar habló:

Hola, estoy cansado y un poco adelantado, creo que me perdí en el camino. Aún faltan unos días para encontrarme con Melchor y Baltasar, pero me pesan mucho estas bolsas y he pensado dejarlas con una familia que las necesitara. Aquí hay una buena comida, pollo, verduras asadas, pan de navidad y también bebidas. En estas otras bolsas hay ropas y juguetes que serán la alegría de los pequeños. ¡Feliz Navidad!

A espaldas de la mujer, el marido con los dos niños escuchaba en silencio, pensando que los milagros ocurren en navidad. La mujer comenzó a llorar sin pronunciar palabra, mientras Gaspar desaparecía en la oscuridad como solo un Rey Mago puede hacerlo.

En la casa grande los niños aguardaban que el padre apareciera con Gaspar, para ubicarlo en el Belén. Ernesto descendió por la escalera de madera que bajaba hasta la sala, en dos zancadas, para desencanto de los hijos. No traía consigo la figura de Gaspar.

No la pude encontrar, ya aparecerá o compraremos otra después del feriado de navidad .– dijo Ernesto.

–Bueno, ahora vayamos a la mesa, que ya es tarde. –dijo Mayra.

Entre murmullos, todos se sentaron y disfrutaron de los diferentes platos que habían preparado la señora Gloria y Mayra, hasta llegar a los crujientes postres. Así llegaron a la medianoche y disfrutaron de los fuegos artificiales que brillaban por todo el cielo de la ciudad, antes de subir a los somnolientos niños a sus habitaciones. Mayra y Ernesto bajaron al garaje por los regalos, los colocaron bajo el árbol. Con los primeros rayos del sol los niños despertaron con gran algarabía, y bajaron a por sus preciados tesoros. Ernesto y Mayra los siguieron en silencio para poder ver sus caras de felicidad. Mientras retiraban los papeles y envoltorios de los regalos, Catalina exclamó:

¡Papá!¡Encontraste a Gaspar!¡Lo pusiste en el Belén!

Asombrado, Ernesto dijo:

No, pequeña, no lo encontré, no volví a buscarlo.

¡Pero papá! Gaspar está en su sitio en el Belén. ¿Quién lo trajo?

La verdad, no lo sé. –dijo Ernesto mientras acariciaba su rojiza barba, cruzando una mirada cómplice con Mayra, ante la alegría de los pequeños.

Sin duda los milagros ocurren en Navidad.