martes, 24 de febrero de 2026

Los Wharner, de M.D. Álvarez (2 de 4)


 

Se sentaron en una pequeña cafetería de techos altos y aroma a canela molida. Estela pidió un té de jazmín y Marcus un café solo, aunque sus manos aún vibraban ligeramente por la adrenalina del encuentro anterior.

​—Tu abuelo, Samuel, siempre decía que la justicia no era una elección, sino un reflejo —dijo Estela, observando a Marcus por encima de sus gafas de media luna—. Veo que en ti el reflejo es cegador.

​Marcus bajó la mirada, removiendo el azúcar.
—Él nunca hablaba mucho de sus años de juventud. Solo mencionaba un nombre, "Estela", cuando el viento soplaba del norte y se ponía melancólico. Mi abuela lo sabía, y lo aceptaba con una sonrisa triste. Decía que el primer amor es el que nos enseña a querer a los demás.

​Estela sonrió, y por un momento, las arrugas de su rostro parecieron borrarse, revelando a la joven que Samuel Warner había amado décadas atrás.

​—No nos separamos por falta de amor, Marcus. Nos separamos porque el mundo de los Warner es... complicado. Tu abuelo era como tú: un imán para los problemas ajenos. Pero él guardaba un secreto sobre esa fuerza que tienes en los puños, esa velocidad que no es del todo humana.

​Marcus se tensó. Siempre se había sentido diferente, como si habitara un cuerpo demasiado potente para la vida cotidiana.
​—¿Qué quiere decir? —preguntó en un susurro.

​Estela abrió su bolso —el mismo que los maleantes habían intentado robar— y sacó un pequeño sobre de cuero desgastado. Se lo tendió por encima de la mesa.

​—Esos hombres de la calle no querían mi dinero, muchacho. Querían esto. Tu abuelo me pidió que te lo entregara solo si demostrabas tener el valor de defender a alguien sin preguntar por qué.

​Marcus tomó el sobre. Al tocarlo, sintió un hormigueo eléctrico que le recorrió el brazo hasta el pecho.

​—Ábrelo en casa —continuó ella levantándose con una agilidad sorprendente—. Y prepárate. Defender a una anciana es solo el principio. Hay deudas del pasado que solo un Warner de sangre caliente puede cobrar.
​
Antes de que Marcus pudiera reaccionar, Estela depositó un beso en su mejilla y salió de la cafetería, perdiéndose entre la multitud de la mañana, dejando al joven con un café frío y un secreto que quemaba en sus manos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

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