Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 12 de febrero de 2018

Corazón de diamante, de Gema Bocardo



Nunca se lo había confesado a nadie: se sentía muy solo. Sobre todo en diciembre, cuando comenzaban a llegar las sacas con las cartas de los niños. A mediados de mes, ya se apiñaban por todos los rincones de la casa rebosando ilusiones, sueños y deseos dirigidos a Baltasar o a Melchor, o a «Los Reyes Magos»… pero no a Gaspar. No, a él no. Cuando por las tardes se reunían en el salón para repartirlas, el alma, despechada, sangraba. Baltasar, Baltasar, Melchor, Baltasar, Melchor, Baltasar, Baltasar, Gaspar… siempre era igual. Dos montones crecían a pasos agigantados. Torres imponentes que parecían burlarse de las suyas, exiguas, pequeñas y ridículas.
Al principio, cuando aún era un Rey joven e inexperto, asistía expectante al reparto de las cartas con la misma ilusión de los niños que las escribían. Sobres blancos, amarillos, azules, adornados con dibujos de flores, animales o soles. Miraba maravillado los nombres escritos con esa letra infantil gordita y grandota esperando descubrir el suyo; pero apenas aparecía y el anhelo dio paso a la desgana. Con el paso de los años anidó la desilusión en su pecho y ya no esperaba; por eso al leerlo lo sentía como un pequeño milagro, un regalo. No le consolaban las cartas dirigidas «A los Reyes Magos». En su fuero interno pensaba que, en realidad, aquellas palabras traducían «A mis dos Reyes Magos favoritos». Y esa certeza se le clavaba en el pecho como una daga.

Melchor y Baltasar no sospechaban nada aunque, a veces, les parecía descubrir en su rostro una mueca amarga que pretendía ser sonrisa; o una lágrima furtiva en los ojos humedecidos por la tristeza y no por la alegría. Se convencía de que no le importaba, pero no podía evitar sentir una tristeza insondable, una honda pesadumbre, un dolor que le carcomía el alma. ¿Por qué los niños no le preferían a él? ¿Qué tenía de malo? Siempre les había adorado. Eran la prueba viviente de que Dios seguía creyendo en los hombres. Eran las perlas de una ostra, el milagro de los milagros. En aquellos largos viajes que realizaban antaño cuando no eran Reyes sino humildes magos, le gustaba parar a acariciar a los niños que crecían en la miseria de las aldeas como flores en el estiércol, fuegos fatuos en los pantanos, peces de piel plateada del fango. Acariciaba a los que no eran fruto del amor sino del odio, la ignorancia o la lujuria. Hijos de Dios que no de los hombres, que no amaban el milagro. Les bendecía con el incienso que otros reservaban para los príncipes porque él, Kansbar, sabía ver la grandeza bajo los harapos y las nubes de moscas; el alma pura que refulgía a través del pecho. Los ojos infantiles se iluminaban al descubrir la ternura de una suave caricia en el rostro, el gesto de padre que revolvía el pelo, la ternura de la palmada en la espalda; ellos que sólo eran carne maleada a palos, un error de la vida, una boca que sobra.

Por eso no entendía el actual desprecio. ¿Por qué no querían que les revolviera el pelo?¿Por qué sus caricias se le marchitaban entre los dedos? Le entristecían las tardes de Navidad en las que se sentaban en los tronos de los centros comerciales, infiltrados como actores pagados por los comerciantes, para recibir las cartas de las manos de los niños. Ellos hacían cola ilusionados, moviéndose de lado a lado como olas que ansían llegar a la orilla, un enjambre apenas controlado por los padres. Cuando llegaban a él, los más educados disimulaban un mohín de desilusión, se sentaban en su rodilla y le contaban sus sueños para el nuevo año. Los que no entendían de convencionalismos, se quejaban sin pudor: «Yo quiero a Baltasar, mamá» «¿Por qué no esperamos a Melchor?» Los padres le pedían disculpas con los ojos mientras explicaban a su hijo que todos los Reyes eran iguales, que Gaspar era un buen mago y que, como tal, le traería todo lo que merecía. Si ellos supieran que no era un actor.. que era un Rey Mago real y... ¡SÍ!¡En justicia! No un Rey igual a los otros dos sino... ¡mejor!

Sabía que era vanidad, pero no podía evitar sentirse superior. La Historia no le había hecho justicia. Fue él quien descubrió una noche aquella estrella distinta al resto. Observaba la Vía Láctea extendida en el cielo como un río de cremosa leche cuando, de repente, la estrella apareció ante él. En un principio pensó que no se había percatado de su presencia, absorto como se encontraba en la contemplación del brillante camino celeste, hasta que la estrella se desplazó con un movimiento raudo a la izquierda y luego, de nuevo, al centro, quedando suspendida ante la mirada atónita. Un fugaz destello le atravesó el pecho y los ojos y el alma entendieron. Le costó mucho trabajo convencerles de que aquella estrella que ahora permanecía inmóvil era un guía que les llevaría hasta la misma cuna del Rey de los judíos. Era un largo viaje plagado de peligros y Melchor, cauto y precavido, se oponía con firmeza. Baltasar se debatía entre el respeto al anciano y las ansias de vivir una aventura, pero le pudo la prudencia y votó en contra. Decidido, Gaspar preparó el viaje jurándose a sí mismo que sortearía sin ayuda todos los obstáculos que encontrara en el camino. Cuando el camello se irguió imponente, la estrella brilló como un sol que deviene supernova y la noche se hizo día. Un rayo se desplegó ante la modesta comitiva y los escépticos creyeron.

Nada perturbó aquel largo viaje. Protegidos por el aura de una luz divina, casi parecían flotar etéreos sobre las sendas. Las arenas movedizas tornaban suelo firme, las nubes cubrían el sol de mediodía, el viento soplaba suave a su espalda. Ni hombre ni bestia osó interponerse. Los bandidos guardaban sus armas, los aldeanos se inclinaban a su paso, hasta las alimañas bajaban el hocico y mostraban nobleza. Todas menos el Rey Herodes «Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore». Los labios sonreían, pero los ojos rezumaban maldad. Baltasar y Melchor no parecieron darse cuenta pero a él se le asemejó la serpiente del Paraíso que culebreaba insidiosa tentando con el fruto prohibido. En realidad no tenían ninguna necesidad de preguntar a Herodes dónde había nacido el niño. La estrella les guio desde Oriente y en Jerusalén siguió mostrándoles el camino; pero Melchor consideró que debían presentar sus respetos al Rey de aquel país. Y así lo hicieron. «En Belén está les dijo, tras consultar a sus principales sacerdotes y escribas del pueblo porque el profeta aseguró que de Belén de Judea saldría un guiador que apacentaría al pueblo de Israel».

Y a Belén encaminaron sus pasos. La luna se alzaba en el horizonte cuando llegaron; a pesar de que estaba llena, palidecía al lado de la estrella que iluminaba el establo. Humilde cuna para el que sería el Rey de Reyes. Ante él se postraron y le ofrecieron sus presentes. Oro para un Rey, incienso para un dios y mirra para un hombre. Y al hijo de un hombre fue al que tomó entre sus brazos ante la mirada recriminatoria de Melchor; pero... ¿cómo no acariciar al niño que moriría para salvar a todos? Era liviano como un colibrí y su piel suave como la seda olía a tierra. Cuando la manita se aferró a su dedo, sintió que el cachorro que sería León de Judá le robaba el corazón y anidaba en él. Por eso su corazón sintió la inocencia del niño que descubre el mundo paso a paso, la dura y larga metamorfosis de un adolescente que se convierte en el hombre que redimiría a todos los hombres, la valentía del día que dio el primer paso como maestro. Y sintió con él la alegría al encontrar discípulos, el profundo amor por los leprosos, los ladrones y las prostitutas, el milagro exultante de los muertos que se alzan y ciegos que ven. Y el dolor al saberse traicionado y negado, los aullidos de la jauría que salvaban al asesino, el Vía Crucis interminable y la muerte agónica vívida como si fuese su frente la lacerada por la corona de espinos, su costado la herida abierta por la lanza del soldado, los tendones de sus muñecas los que se desgarraban por los clavos. Y sintió el miedo, la muerte que enfriaba sus huesos, la oscuridad, la calma y la luz al final del túnel al amanecer del tercer día.

En ocasiones, la tristeza daba paso a una ira sorda y a un rencor indigno. «Señor, Señor, por qué me has abandonado» gritaba su pecho. Y el grito moría en su garganta, emponzoñando la lengua y los labios que ya no sonreían. Era una mísera sombra que se difuminaba tras las dos espaldas. Rey destronado sin cetro ni reino. Un corazón de carbón.

De nuevo, diciembre. Como tantos otros, fueron de incógnito a un modesto centro comercial a recoger las cartas de los niños y a escuchar sus sueños, sus ilusiones y sus esperanzas. Y, como tantos otros, él compuso una sonrisa ante los rostros infantiles decepcionados. Estaba absorto en sus pensamientos cuando sintió el peso liviano de un niño que se sentó sobre su rodilla y el calor de las pequeñas manitas que apretaron con ternura la suya.
Mi querido Kansbar.
Su corazón saltó en el pecho al oír su verdadero nombre. ¿Cuánto hacía que nadie lo pronunciaba?¿Cuánto que no lo escuchaba en su interior susurrado por esa voz?
Kansbar, Kansbar, administrador del tesoro, ¿Por qué tanta tristeza en tu interior?
Levantó el rostro y sus ojos se encontraron con los del niño. La misma mirada del bebé que le robó el corazón, del hombre que le llamaba hermano, del Mesías que murió en la cruz. Lo inclinó, de nuevo. Supo que aquella mirada había leído los secretos que albergaba y sintió vergüenza por sus dudas, miedos y rencores. Había fallado, no era digno de la tarea encomendada.
Kansbar, ¿no me vas a preguntar qué quiero que me regales esta vez?
Mi Señor, si en mis manos estuviera os daría el oro, el incienso y la mirra; pero no soy digno siquiera de encender el incienso con mis oraciones.
No quiero ni oro, ni incienso, ni mirra, Kansbar. Quiero carbón.
¿Carbón?
Sí, carbón. También soy hombre como tú. Y la ira me inflamó en el templo, la tentación revoloteó sobre mis cabellos y tuve miedo en el huerto. Incluso dudé de nuestro Padre en la cruz. Y si hasta yo dudé, mi querido Kansbar, ¿por qué no tú?
»Kansbar, Kansbar, dame carbón. Porque el carbón no sólo es castigo, como parecéis creer. Es un recordatorio de lo que uno puede llegar a ser. El carbón alberga una llama invisible en su interior que emerge y asciende desde su superficie cuando la llama prende. Es el origen del fuego, es el sol que renace, es su retorno.
»Y es la promesa del diamante. Grafito que aguarda en las profundidades durante millones de años resistiendo el fuego de las entrañas de la tierra hasta convertirse en la piedra preciosa más apreciada, la más resistente, la más pura. No todos se convierten en diamante, la mayoría no soporta la prueba y queda como carbón. Algunos resisten y consiguen ser brillante pero, aunque son hermosos, su interior no es totalmente puro. Pero en verdad te digo, Kansbar, que los que soportan la prueba son la luz de las entrañas de la tierra, adamas o la pureza de la virtud que no se entrega, adamantem invencible. Soporta el fuego de tu interior y la presión de lo que te rodea, porque estás llamado a ser diamante. Y cuando lo comprendas, las sombras serán luz y nadie podrá derrotarte.
»He de irme, Kansbar. No, por favor, no llores musitó mientras limpiaba con ternura las lágrimas que resbalaban por el rostroporque nuestros corazones están unidos desde el principio y siempre estaré dentro de ti; y porque está escrito que como León de la tribu de Judá, la raíz de David, venceré y regresaré para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Llena de incienso la copa de oro y eleva las oraciones para que nuestro Padre nos escuche. Y sigue administrando el tesoro, reparte caricias entre los niños, ama sin esperar nada a cambio, deja que amen a quien quieran amar, no te importe no ser su Rey mago favorito, siempre serás el mío.

Y así ha sido desde entonces. Gaspar no finge una sonrisa ni oculta una lágrima de tristeza porque su alma está colmada de alegría. Cada carta con su nombre es un presente y las cartas destinadas a los otros, la prueba de que los niños todavía creen en los milagros. Gaspar resiste el fuego con la ilusión de que su corazón de carbón se convierta en brillante. Sin saber que, en las profundidades de su pecho, ya refulge puro como un diamante.