Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 8 de enero de 2018

La reina de corazones, de María Teresa V. Fandiño



Aquel era mi primer año en la universidad. «Los grises», que así llamábamos a los policías de entonces, paseaban por la zona universitaria controlando. Cada día se comentaba que había muerto «Paco», finalmente el presidente del Gobierno anunció, el 20 de noviembre, la muerte de Franco. Me sentí responsable de nuestro futuro desde ese día, mi abuela me indicó, muy sutilmente, que el país estaba en manos de los jóvenes. Los grises desaparecieron y aprendimos canciones de libertad.

—Dios quiera que lleguemos en paz a Navidad, eso ya sería un milagro —repetía mi abuela constantemente—, seguro que habrá un golpe de Estado.

Cuando llegaba Navidad, la abuela nos sentaba a todos a la mesa. Aquella vez no sería diferente de las navidades anteriores. El abuelo Ramón, un hombre que recuerdo muy alto y delgado, era muy tranquilo y estaba totalmente centrado en las fiestas. Cada año compraba lotería con la esperanza de que le tocara, y durante la mañana del día 22 de Diciembre escuchaba a los niños de San Ildefonso cantar los números del bombo, cada año la misma ilusión. Sus nietos le hacíamos compañía durante todas las fiestas, esto le llenaba de satisfacción.

Mi tía Federica, Frica para los de casa, residía en Italia desde hacía algunos meses. Cuando escribía contaba cosas maravillosas de Roma…«Shshshsh silencio, las 12 de la mañana, suenan campanas, las de las tres mil Iglesias de la ciudad que tocan al unísono, el viento regala a los oídos música de ángeles, ¡impresiona! Momentos mágicos inigualables donde la paz se une con la música»

Obviamente regresaría a casa para cenar con nosotros en Nochebuena y no se perdería el día de reyes por nada del mundo. Le encantaba ver la carita de los niños cuando abrían los regalos. Había recibido una carta extraña y con mucha calma la abrió.

«Mi querida Federica:

Su cuerpo aparentemente vivo, todavía conserva la gracia de una niña inocente, mas yace en una pequeña caja. Miro su rostro y puedo ver todavía a mi bebé. A mi alrededor, multitudes lloran…No me consuela, pobre niña mía, víctima de una pasión sin límites…» Pasó la noche, con la mirada perdida, mirando a la ventana.

La casa de mis abuelos había estado en obras y permanecía extrañamente silenciosa. Las «sugerencias» de mi abuela eran muy claras, la casa debería de estar preparada para recibir, todos se reunirían allí para pasar las fiestas. Entré introduciendo la llave muy despacio. En el vestíbulo había tres puertas, la de la entrada, la de la cocina y la del salón, donde mi abuela realizaba las comidas familiares. También un reloj de pared, testigo mudo de todas las historias de la casa, unas cuantas batallas a veces recordadas y casi siempre olvidadas. Había un espejo grande de frente y del enorme vestíbulo partían unas escaleras de caracol hacía los dormitorios.

Estaba oscuro, poco a poco comencé a levantar las persianas de una en una. Podía ver, de nuevo, aquel hermoso paisaje. La casa está en un alto, hacia abajo pueden verse los chopos y al fondo el río, sube un aire fresquito que en verano se agradece, y que en invierno hiela. De frente, a lo lejos, se aprecian las montañas, casi siempre nevadas. Con la primera apertura, el sol me cegó, en invierno se agradecía. Comencé a retirar las sábanas que cubrían los muebles. Destapé el piano de pared del abuelo, sobre él posaban los marcos de fotos de toda la familia, que levanté uno a uno, esos que cuando llegaba mi prima Sandra, decía «abuelo tienes a todos los muertos en el piano». Mi abuelo torcía los labios con una mueca y mi prima se reía.

Sobre la pared, coloqué una especie de póster donde se veía llegar a los reyes magos, el de todos los años. Tenía un fondo de anochecer, dibujado en él podían apreciarse la estrella que les guía, la luna y unas nubes. Cada año mi abuela lo iba moviendo, doblando de un lado, estirando del otro, y así, a los niños, les parecía que los reyes estaban llegando. El belén estaría colocado bajo él, sobre un tablero.

Observé las fotos que se situaban sobre el piano, vi una que me llamó poderosamente la atención…Su recuerdo no se había quedado en las «fosas marianas», sin embargo hacía años que había fallecido; salí al vestíbulo, miré hacia arriba, observé el hueco de la escalera de caracol, su altura impresionaba. Acerté a ver la buhardilla donde jugábamos de niños con las cosas viejas, lo que mi madre llamaba el trastero, y entonces recordé, teníamos unos diez años, jugábamos a deslizarnos por las barandillas, él se precipitó y falleció en su caída; sentí un frío intenso al recordarlo de nuevo. Apreté la foto contra mi pecho con mucha fuerza, y comencé a llorar como una Magdalena, el llanto me daba vuelta, sentía el dolor en mi alma. Sin darme cuenta, me caí dormida, profundamente, junto a una manta vieja en el sofá. Me desperté cuando sonó el timbre. Eran mis primas. Todos iban llegando paulatinamente.

—Hola, venimos sin llaves, ya supusimos que alguien habría por aquí.

Oía pero no escuchaba, estaba totalmente abstraída pensando en la foto de aquel niño ¡Hacía tantos años! Y sin embargo todavía me parecía verle caer.

Mi prima Elena, hablaba sin parar, se quejaba de haber vivido con poca intensidad, de que los tiempos estaban cambiando y se sentía defraudada.

—Siento que los años pasan, fíjate, ya es Navidad, las costumbres permanecen y se aferran a mí, la vida se hace monótona. Me apetece regresar a Italia, ¿te acuerdas de aquel chico que conocí?, era guapísimo.

—Pues no sé qué viste en él, perdona qué te lo diga, pero no tenía nada interesante.

—Calla, me estás hundiendo en lo más profundo. Me siento como el abuelo cuando le dices que tiene la casa llena de muertos. Pues sí que tenía algo interesante. Susurros al oído, murmullos… ¡Me enamoré de sus hoyuelos, de sus ojos, de sus manos!

— Ese chico era aburridísimo. Y no le digo al abuelo que tiene la casa llena de muertos, se lo digo por el piano, ahí es donde tiene todas las fotos de los fallecidos, sus padres, sus tíos…

Se oyó el sonido de la cerradura. La abuela traía unas bolsas de no sé qué cosas de Navidad, y el abuelo venía cargado de latas, pilas y bombillas. Se sentaron con nosotras. Ella se puso una taza enorme de café con leche y trozos de pan tostado, le encantaban, y mi abuelo encontró todo tipo de aparatos donde poner las pilas, con su cigarrillo sin boquilla en la boca, marca celtas, y con su dedo amarillo manchado de nicotina. La cocina era el lugar donde siempre nos encontrábamos todos, y nos poníamos a charlar, allí mi abuela tenía el poder de conseguir confesarnos, mientras nos embutía de comida.

Por fin apareció mi tía Federica, llegó de Roma un poco triste. Encontró el jardín de casa adornado, delante permanecía inmóvil aquel abeto de siempre, que llevaba allí toda la vida y que ya su abuelo adornaba por Navidad. Mis primas estallaron de alegría al verla, hacía meses que no se veían. Según llegó se puso manos a la obra, intentar reunir a todos era una tarea difícil. Envió notas, hizo llamadas telefónicas… Acudió al funeral de la hija de su amiga Amanda, y la invitó a pasar la Nochebuena con nosotros. No quería dejarla sola en unas fiestas tan entrañables.

Elena también había recibido una carta, la abrió con sumo cuidado como si fuera a explotar. Después de leerla corrió a llamar a la incrédula y sarcástica «Sandrita». Estaba tan contenta que daba saltos de alegría.

—Os cuento lo que me dice Andrés en su carta, quiere que vaya a pasar las navidades a su casa. Le invitaré a pasar las fiestas con nosotros, no tiene familia, le encantará.

En la calle se oía cantar villancicos, el ambiente contagiaba. Todos nos pusimos a preparar los detalles. El abuelo avivaba el fuego de la chimenea mientras la calefacción comenzaba a calentar la enorme casa. La abuela comenzó a leernos las cartas de sus hijos y sus historias, ella sentía que se encontraban bien y a gusto. Según iba leyendo se iba poniendo más contenta.

Mi tío Ramón, salía hacia el aeropuerto. Mi tío Roberto, había conseguido ya su permiso y ya había enviado una escueta carta «voy para casa», no decía mucho más o eso es el resumen que hizo mi abuela. Sonó de nuevo el timbre, era tía Claudia y tras ella llegaban los repartidores, la casa comenzaba a llenarse de gente, de maletas y de comida.

Los niños estaban colocando las últimas piezas en el belén, las habían hecho ellos con nuestra ayuda, eran de barro, les dábamos forma y las cocíamos en el horno. Después las pintábamos y cada año el belén era más grande. La cuna del Niño en el pesebre junto a María y José…y el pueblo. El río era de azúcar, las casitas las hacíamos de madera con láminas finas, tenían su tejado y sus ventanas adornadas, y las luces estaban por todo el pueblecito. El belén estaba muy completo, ocupaba un tablero de metro y medio de ancho, sobre el que lucía el póster con la llegada de los Reyes Magos.

Mi tío Abelardo, misterioso él, ni siquiera había telefoneado, apareció por la puerta con una maleta y dijo «hola» con una sonrisa de oreja a oreja, como si acabara de marcharse el día anterior. No me lo podía creer, al final la abuela tendría razón. Comenzamos con gran ilusión a preparar comidas, bebidas y adornos navideños, sacamos las vajillas, la cubertería… Mi abuela se había «atrincherado» en la cocina, preparó toda clase de alimentos, una comida pantagruélica típica de ella, y sus turrones caseros. Me embutí de lleno en el ambiente navideño. Además del abeto que ya adornaba en el jardín, colocaron un árbol enorme en el medio del vestíbulo, pusimos las bolas de cristal con mucho cuidado, cada bola tenía su historia, las iban trayendo de lugares diferentes. La abuela nos organizó a todos repartiendo tareas. La chimenea permanecía encendida, tarea para la cual mi abuelo se quedó encargado, y de allí no se movía. Él decía que sin chimenea no parecería Navidad.

Era ya muy tarde cuando apareció Abelardo, el abuelo se encontraba contando a los niños el cuento de todos los años, el de los reyes magos, y estos le escuchaban como si nunca lo hubieran oído. Con la boca abierta permanecían sentados sin moverse ni un milímetro. Les explicaba la llegada de los Reyes a conocer a Jesús, los regalos que le llevarían, el oro el incienso y la mirra. Añadía historias de su invención, les decía que los reyes venían de Oriente, les hablaba de la estrella que seguían para encontrar al Niño. Continuaba con Herodes, al que calificaba de muy malo. Les contaba que había asesinado a parte de su familia, y que también quería matar al niño Jesús y sus padres, no quería que hubiera un Rey de reyes con mucho poder. Los niños le miraban muy atentos. Después les contó un cuento de Azorín sobre el rey Gaspar, les habló de los polvillos grises, esos que guarda en una cajita y que va esparciendo por los balcones, entregando ilusiones, deseos y fantasía.

Cenamos hasta reventar, junto con la familia y los parientes, amigos y vecinos que se encontraban solos. Conocimos a Andrés, el novio de Elena, también a la amiga de tía Frica, que consiguió sonreír un poquito. Allí parecía que estuviera todo el mundo.

Los niños fueron interrogados sobre los regalos que querían para reyes. Ellos ya se lo habían pedido en una carta, pero la abuela con aquella dulzura que poseía y aquel olor especial, a su colonia de toda la vida, conseguía sonsacarles al mismo tiempo que les explicaba. Podían pedir todo lo que quisieran, pero con moderación. A los reyes no les costaba dinero, pero venían muy cargados y no podrían cargar con los regalos para todos los niños de la ciudad. Les contaba que Melchor y Baltasar siempre tenían mucho trabajo, y que Gaspar estaría menos ocupado, por eso, quizá, ella le pediría una cosa en especial a él, aquello que ella deseaba, nuevas ilusiones, esperanzas y la paz en España.

Pasada la media noche, los niños se acostaron. Con el café y los puros comenzó la charla sobre el país, el nuevo rey, Franco y el futuro de España, al que veían muy negro. Sus caras se difuminaban por el humo del tabaco. Comenzaron las diferentes opiniones, unos sobre un posible golpe de Estado y otros, más optimistas, estaban encantados. La conversación estuvo entretenida hasta que empezaron las discusiones, estas no duraron más de 30 segundos, tiempo suficiente para que mi abuelo pusiera orden.

La mañana de reyes aparecimos en el salón de la abuela con mucha ilusión, eran las seis de la mañana cuando bajé aquellas escaleras encaracoladas, con barandillas antiguas. Corría para ver mis regalos, ya estaban los niños en pie abriendo los suyos junto al árbol del vestíbulo. Mi abuela preparaba chocolate caliente. Mi tía Frica ya estaba desayunando mientras frotaba los ojos de sueño, mi abuelo muy despierto y sonriente ya había terminado, llevaba puesta una corbata sobre el pijama.

«Abuelo, tenías razón, en el balcón había restos de unos polvillos grises, —decía uno de los niños—. Seguro que fue Gaspar que le trajo a la abuela lo que le pidió.» la vi sonreír por el rabillo del ojo.

Desayuné churros con chocolate. Sobre la mesa, a medio abrir, una colonia, un diario y un espejito para el bolso. Los había encontrado bajo el árbol con mi nombre, me sentí muy afortunada. Abrí el diario con la intención de escribir algo en él: 1976, hoy, día de los reyes magos... Sin embargo, al abrirlo, observé que en la primera hoja alguien había escrito un precioso soneto, con un triste final. Comenzaba así: De niño, una vez soñé volar, audaz y temerario…

—¿Quién me regaló este diario? —pregunté con curiosidad— pero nadie contestó.

—Tal vez Gaspar…Siempre trae sueños e ilusiones —aseveró mi abuela, la reina de corazones—, tal vez él sabía qué era lo que tú deseabas… ¡Es mago!, y levantándose de la mesa, se dio la vuelta y repitió

— ¡Los reyes son magos!