Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Versos envenenados en Moratalla

Presentado por Clemen Corbalán, el próximo viernes, 14 de diciembre, se presentará en el Salón de actos del Ayuntamiento de Moratalla, la novela Versos envenenados, del autor molinense Francisco Javier Illán Vivas.

Los beneficios de la venta de este libro irán destinados a Cáritas.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Los tripulantes del Líricus, de José Siles González (Reseña nº 857)

José Siles González
Los tripulantes del Líricus
Devenir, 2014

La poesía siempre te espera, transcurran los años que se sucedan, estará esperando que los inexplicables caminos de la lectura te lleven a ella, en un olvidado recodo, para encontrarte con pequeñas sorpresas como la que hoy os comento, del autor cartagenero José Siles González.

Un libro que huele a mar, prologado por otro amigo de la ciudad portuaria, Antonio Marín Albalate, quien nos abre las puertas a los grandes viajes que intrépidos marinos emprendieron en el anchuroso mar y en sus cóncavas naves.

Y, aunque todo apunta hacia que el final del viaje del Líricus fue un lento hundimiento durante "...veinte años,/ cuatro meses y doce días,/ con siete larguísimas horas y media,/ las peores y más graves...", el periplo y la derrota le llevaron a surcar mares desconocidos, a arribar a puertos donde la tradición, convertida en leyenda, nos trae escenas ya de sobra conocidas y cantadas en versos que nos transportan al lugar donde el poeta quiere situarnos, oliendo a salitre, a humo y a sudor, a cuerpos femeninos y a soledad.

Y sus tripulantes, ¡qué evocadora presentación en su curriculum!, pues todos los que finalmente lograron enrolarse en el Líricus:

mostraron ardientemente
su adhesión incondicional al
Jack Daniels
y su apasionado amor,
casi hasta el estremecimiento,
por la divagación sobre asuntos
imprevisibles e inútiles:
el arte sin ortopedia y desnudo
de canon
y, por supuesto,
la fornicación salvaje,
espasmódica,
a pelo.
Fornida y agreste tripulación
... sin duda.

Un hermoso viaje.

Francisco Javier Illán Vivas

jueves, 6 de diciembre de 2018

Selección poética de Juan García Sánchez


SÓLO A TI

Millones de ojos me miran
y yo te vi solo a ti,
con tu sonrisa furtiva
que me hizo sonreír,
lentamente te adentraste,
fui mojando tu existir,
y mi ser acariciaste
al querer nadar en mi,
observando tu paisaje
te dirigiste a salir,
mojada de restos de un viaje
por las aguas del vivir,
prendada quedó mi alma
de tu cuerpo en su esplendor,
y te siguió mi mirada
cuando secabas mi amor,
el que quedó entre tu espalda
poco a poco el sol secó,
te quedaste ahí callada
divisando mi interior,
como una luz enfocada
a lo que nunca sentí,
soy el mar que te contempla,
ese que te ama solo a ti...

LA MEDIA LUZ

Como un árbol que ve
tantas vidas pasar a su lado,
en las noches se aferra a su piel
ese frío que se ha vuelto helado,
es esa voz de mujer,
hace que se detengan mis pasos,
me hace volver a creer
dejando atrás el pasado...
La media luz de tu mirar
me ha devuelto la sonrisa,
mis pies quieren caminar
por la senda de tu vida,
la media luz de tu besar,
me hace sentir que eres mía,
es tu viento en mi pensar
que me envuelve con su brisa...
Hoy he vuelto a renacer
con la media luz de tu tiempo,
tu me haces florecer
con primavera en mis sueños,
eres como respirar
bajo el mar de los lamentos,
esa nota que al sonar
hace más bonito al resto...

SOMOS

El atardecer de tus ojos
llega pronto mientras mi voz
habla de todo eso que somos,
somos dos en un corazón...
No necesitamos al mundo
para vivir nuestra vida,
necesitamos una vida
que sea nuestro mundo...
Somos como una huella que infinita
a la que no llegan las olas del mar,
somos unos tatuajes sin tinta
en la piel de la eternidad...
Dejaremos que la luz nos envuelva
de ese amor que acaba de despertar,
somos como aferrarse a que llueva
en la sequía de la soledad,
Y que la sed de querernos no acabe,
que las miradas no se dejen de besar,
somos en la retina el paisaje
más bello por el que poder caminar,
No necesitamos una voz que nos guíe,
ni un lienzo para poder pintar,
necesitamos ser lo que somos,
somos tu y yo, nada más...

martes, 4 de diciembre de 2018

Gaspar, el rey milagroso, de Norma García Coirolo


A primeras horas de la mañana, los integrantes de la familia Suárez Reyes aún dormían, mientras la silenciosa sala de los sirvientes comenzaba a vivir el trajín cotidiano. Las voces daban órdenes, los fuegos estaban encendidos y los criados se afanaban en diferentes tareas. La casa de estilo señorial, con verja de hierro, un cuidado jardín a ambos lados del camino de entrada, se destacaba de entre las demás de la avenida. Los macizos de flores y los árboles le daban un aspecto cálido y acogedor. El hueco de la escalera, que llevaba al piso superior, por dónde se deslizan los criados en silencio, ahora se veía agitado por el ir y venir de los mismos, cargando las bandejas del desayuno para la familia.

Era sábado, víspera de navidad, todos se habían pegado a las sábanas. Solían desayunar en la salita contigua al comedor principal, pero aquel día iban a permanecer despiertos hasta la medianoche, por lo que extendieron el descanso. La brisa del verano mecía las cortinas de las ventanas del dormitorio del matrimonio. Ernesto Suárez Reyes era un hombre alto y delgado, de espesa barba y bigote. Atractivo, pero seducía con su inteligencia, de sonrisa franca y extrema bondad. Apenas abrió los ojos escuchó la voz de la criada, anunciando que dejaba la bandeja en la mesita junto a la puerta. Se movió lento para no despertar a Mayra, su esposa, que aún dormía. En dos pasos estuvo junto a la puerta, la abrió y escuchó el silencio que reinaba en los cuartos de los niños. Tomó la bandeja y regresó al dormitorio. Mayra se revolvió en el lecho y murmuró con el rostro aún dentro de la almohada:

¿Qué hora es?¿Ya estás levantado?

Ah «princesa» –así la llamaba Ernesto con cariño–creo que nos han dejado dormir más de la cuenta, sospecho que deben de ser cerca de las diez de la mañana.

Mayra se incorporó y dijo:

Desayunemos, es hora de prepararnos para un gran día.

La navidad era una época de alegría para la familia, despertaban en la compañía de los niños y disfrutaban compartiendo los preparativos todos juntos.

Mayra era una bonita mujer, de estatura mediana, rosto oval, donde se destacaban sus ojos verdes y su boca pequeña. Estaba vestida con un camisón de seda salmón; se desperezó y se sentó en la Berger junto a la mesa, dónde podía ver el jardín por el ventanal que daba a la terraza del dormitorio. El verano, recién comenzado, ofrecía los brillantes colores y aromas de los macizos en flor que adornaban los caminos. Ernesto acercó la bandeja y sirvió el desayuno para los dos, mientras disfrutaban de la brisa matinal. La quietud fue interrumpida súbitamente por el ingreso de los niños, en ropa de dormir, con sus rubios cabellos alborotados, en forma brusca y atropellada.

¡Mamá, papá, es Nochebuena! –gritaban a coro.

Está bien niños, calma, ya les oímos. –dijo Mayra.

David el mayor tenía diez años, le seguía Aurora con nueve y la pequeña Catalina tenía siete. Estaban entusiasmados con adornar el árbol ubicado en la sala principal. Entre risas y reclamos empujaron a Ernesto y Mayra hacia el pasillo, obligándolos a bajar para ver el enorme abeto que se erguía en la sala, impregnando todo el ambiente de un fuerte olor a resina. Las cajas de los adornos estaban junto al pie del árbol. Los dos mayores comenzaron a colocarlos en las ramas del pino, mientras enseñaban cómo hacerlo a la pequeña Catalina. Cada caja que abrían tenía nuevas sorpresas, globos de vidrio, campanas, manzanas y todo tipo de figuras navideñas. Mayra abandonó la sala, dejando atrás la algarabía de los pequeños y subió a ducharse y cambiarse, preparándose para todas las tareas que debía realizar en el correr del día. Ernesto que se había cambiado antes que ella, estaba dispuesto para lo que hiciera falta. Mayra descendió por la escalera de servicio, directa al salón de los criados que conducía a la cocina. Allí ultimó todos los detalles para el almuerzo y la cena navideña, con la señora Gloria, la cocinera.

Gloria, para el almuerzo, con algo de carne y ensalada será suficiente, y fruta para el postre –dijo Mayra–; en cuanto a la cena, tendremos el pavo al horno que preparamos, las verduras para acompañar y las diferentes ensaladas; de postre, los turrones, el flan y la torta de navidad.

Sí señora, ya está casi todo preparado como usted lo indicó –dijo la cocinera– de las bebidas se encargó el señor y ya las colocamos en el refrigerador.

Gracias, Gloria. Entonces el señor y yo iremos a buscar los regalos, mientras los niños adornan el árbol. Dígale a Ana, la mucama, que los vigile mientras tanto.

Así lo haré, enviaré a Ana a repasar los muebles y libros de la sala, mientras ellos estén allí. –Mayra se retiró y la cocina retomó su ritmo acostumbrado para esas fechas. Ernesto tenía preparado el coche y cuando Mayra apareció, ambos partieron para las tiendas del centro de la ciudad.

A pocos metros de la casa, en una pequeña construcción de madera, vivía una familia muy modesta, con tres hijos pequeños y uno en camino, según se apreciaba por el abultado vientre de la mujer. El hombre se dedicaba a reparaciones de albañilería y en ocasiones había concurrido a la «casa grande», como la llamaban, para trabajos de pintura o revoques en la zona del jardín, la cocina, el garaje y las habitaciones del servicio. La ropa en desuso de los Suárez, estaba destinada a esta familia, durante los cambios de estación. Sus menguados recursos no les permitían tener días especiales, por lo que ese era un día como los demás, dónde en su mesa no habría platos especiales, ni llegarían regalos para los pequeños a la medianoche. El calor acentuaba el olor acre de los pañales colgados en la cuerda,  mezclados con el aroma del cocido que preparaba la mujer. En el camino de regreso, Ernesto y Mayra contemplaron por la ventanilla del coche, la casa de madera y la cuerda de colgar la ropa, dónde pendían las viejas camisas y los gastados pañales y se miraron en silencio.

Al llegar a la casa los chicos habían cubierto el árbol de adornos, hasta la altura de David. Ernesto colocó la escalera y continuó el trabajo iniciado, hasta colocar el Ángel y la estrella en la cúspide del árbol. David, Aurora y Catalina, retiraron los envoltorios que guardaban el Belén y comenzaron a ubicar las figuras debajo del árbol. Las viejas piezas parecían cobrar vida, una vez que tomaban el rol asignado, entre las palmeras, los puentes y las casitas que acompañaban la escena. Catalina estaba afanada con los Reyes Magos, eran sus figuras predilectas, creaba su propia cabalgata. Estaba Melchor y Baltasar, pero… ¿dónde estaba Gaspar? Quizás entre los papeles sobre los que estaba sentada, revisó uno por uno y no aparecía su amado rey Gaspar.

¿Dónde está Gaspar?¿Lo han visto?¿Retiraron todas las piezas de la caja? –dijo Catalina muy agitada, con su pequeña nariz apuntando al cielo y mirada asombrada. Las preguntas disparadas casi sin respiración, obtuvieron una sola respuesta. Nadie había visto la figura de Gaspar, todas las cajas estaban vacías. Ernesto prometió que la buscaría en el desván. El Belén quedó con solo dos reyes para adorar al niño.

Después del almuerzo, entre juegos y risas y una siesta obligada, transcurrió el resto del día para los niños. Mayra se internó en la cocina y Ernesto se sentó en el escritorio a tomar café y leer las noticias de los diarios. Al atardecer, que en el verano llega cerca de las veintiuna horas, estaban todos vestidos y aguardando la hora de la cena de navidad. Daniel, Aurora y Catalina preguntaron al unísono:

¿Papá, encontraste a Gaspar?

Ernesto olvidó subir al desván, entonces dijo:

Lo olvidé, pero voy ahora mismo, lo encontraré, así el Belén estará completo. –y se dirigió a la escalera.

Caían las primeras sombras sobre las calles, cuando en la casa de madera alguien golpeó a la puerta. La mujer con uno de los niños a horcajadas sobre su cadera abrió la puerta, quedando muda de asombro. Frente a ella el Rey Gaspar, con su brillante barba roja, turbante, ropas y capa de seda, le sonreía con dos bolsas enormes en las manos. Detrás de él la oscuridad, solo iluminada por los faroles de la calle. Ella no pudo pronunciar palabra, entonces Gaspar habló:

Hola, estoy cansado y un poco adelantado, creo que me perdí en el camino. Aún faltan unos días para encontrarme con Melchor y Baltasar, pero me pesan mucho estas bolsas y he pensado dejarlas con una familia que las necesitara. Aquí hay una buena comida, pollo, verduras asadas, pan de navidad y también bebidas. En estas otras bolsas hay ropas y juguetes que serán la alegría de los pequeños. ¡Feliz Navidad!

A espaldas de la mujer, el marido con los dos niños escuchaba en silencio, pensando que los milagros ocurren en navidad. La mujer comenzó a llorar sin pronunciar palabra, mientras Gaspar desaparecía en la oscuridad como solo un Rey Mago puede hacerlo.

En la casa grande los niños aguardaban que el padre apareciera con Gaspar, para ubicarlo en el Belén. Ernesto descendió por la escalera de madera que bajaba hasta la sala, en dos zancadas, para desencanto de los hijos. No traía consigo la figura de Gaspar.

No la pude encontrar, ya aparecerá o compraremos otra después del feriado de navidad .– dijo Ernesto.

–Bueno, ahora vayamos a la mesa, que ya es tarde. –dijo Mayra.

Entre murmullos, todos se sentaron y disfrutaron de los diferentes platos que habían preparado la señora Gloria y Mayra, hasta llegar a los crujientes postres. Así llegaron a la medianoche y disfrutaron de los fuegos artificiales que brillaban por todo el cielo de la ciudad, antes de subir a los somnolientos niños a sus habitaciones. Mayra y Ernesto bajaron al garaje por los regalos, los colocaron bajo el árbol. Con los primeros rayos del sol los niños despertaron con gran algarabía, y bajaron a por sus preciados tesoros. Ernesto y Mayra los siguieron en silencio para poder ver sus caras de felicidad. Mientras retiraban los papeles y envoltorios de los regalos, Catalina exclamó:

¡Papá!¡Encontraste a Gaspar!¡Lo pusiste en el Belén!

Asombrado, Ernesto dijo:

No, pequeña, no lo encontré, no volví a buscarlo.

¡Pero papá! Gaspar está en su sitio en el Belén. ¿Quién lo trajo?

La verdad, no lo sé. –dijo Ernesto mientras acariciaba su rojiza barba, cruzando una mirada cómplice con Mayra, ante la alegría de los pequeños.

Sin duda los milagros ocurren en Navidad.

viernes, 30 de noviembre de 2018

I Concurso de cuentos de Navidad, de la Asociación cultural de Amigos Modernistas de Cartagena

La Asociación Cultural de Amigos Modernistas de Cartagena convoca el I Concurso de Cuentos de Navidad.

BASES

1.TEMA: El tema será navideño, de estilo libre y deberá de aparecer en el cuento un edificio modernista de la ciudad de Cartagena. La extensión del cuento será, como mínimo, uno y como como máximo cinco folios, escritos por una sola cara, con márgenes laterales 3 (izda) y 2 (dcha). Letra Times New Roman 12 o equivalente, con interlineado de 1,5 líneas. El cuento irá encabezado por el título y deberá llevar el nombre del autor.

2. PRESENTACIÓN DE CUENTOS: Los cuentos se enviarán en word o PDF por email al correo electrónico concursocuentomodernista@hotmail.com. Figurará nombre y apellidos, y teléfono de contacto.

3. PLAZO DE PRESENTACIÓN: El plazo de presentación de los cuentos comprenderá desde el día 29 de noviembre hasta el 18 de diciembre de 2018.

4. EL TRIBUNAL: El tribunal estará formado por miembros de la Asociación Cultural Amigos Modernistas de Cartagena.

5. PREMIOS: Habrá un único premio, que no podrá quedar desierto:

• Dos libros de las escritoras Lola Gutierrez y Julia Moreno, un sombrero modernista y una consumición para dos personas en Míster Witt.


7.FALLO DEL JURADO

Se conocerá el ganador y se hará una lectura del cuento seleccionado el jueves 20 de Diciembre a las 19:30 en Míster Witt, en un acto donde se hará entrega del premio por Amigos Modernistas de Cartagena.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Gaspara, de Rosa Campos Gómez


Llueve y hace un frío húmedo por la ciudad que Julio recorre camino de casa de su antigua vecina. Va como si descorriera el tiempo que hay desde sus diecisiete hasta sus siete años. Se siente preocupado por lo que puedan pensar quienes lo  vean con ese chubasquero verde caqui de su padre –el suyo lo perdió en la última acampada que hizo–, que es un hombre de muchos más kilos sobre los huesos que los que cubren  a los suyos.  Como calibra que le sienta como un trueno y que puede darse un par de vueltas con él, no quiere cruzarse con ningún amigo ni, mucho menos, con ninguna amiga. No ha tenido más remedio que ponérselo cuando su madre ha insistido en que cogiera su paraguas, a lo que se ha negado diciéndole que «va lleno de floripondios», cogiendo el de su padre, pero ella le ha dicho que no, «que ya llevas tres perdidos en lo que va de año, y él no quiere  que le dilapides ese también», a lo que ha repuesto que «tampoco son tantos, porque estamos en diciembre. Ni a uno por trimestre llego», diciéndolo justo en el momento en que su padre ha salido al encuentro con el chubasquero en la mano, dirigiéndole una mirada incisiva, por lo que, algo  intimidado, lo ha cogido de un tirón y ha partido escaleras abajo.
Aún no han dado las nueve de la mañana pero ya se ve que el ambiente callejero es distinto al de otros días. Es veintidós de diciembre y por donde va pasando se encuentra bares y cafeterías con gente pendiente del televisor, aglutinados por la lotería que pronto empezará a sortearse. Aunque llueve sin demasía hace un helor penetrante que solo él parece sentir, porque no ve rostros ateridos en quienes circulan por las avenidas, calles o callejuelas que va atravesando, más bien los intuye animosos, y aunque algunos digan: «Nos tocará salud, como todos los años», él percibe cierto matiz de incertidumbre placentera que les permite postergar sus vaticinios, por lo que, a pesar de estar en contra de casi todo lo que dice su progenitor, piensa: «Mi padre tiene razón, son unos pardillos»; y lo recuerda esa misma mañana mirando escéptico al décimo y a las tres papeletas que ha comprado, quejándose de lo pardillo que es por picar un año más. Más adelante, parado ante un semáforo en rojo reflexiona, concluyendo que «en el fondo compra lotería porque necesita creer en ella. La verdad es que esa furgoneta que necesita para la empresa lo lleva de cabeza».
Cuando entra por la calle donde está el bloque de pisos donde vive Gaspara y donde él vivió desde que nació hasta sus siete años, siente un bocado de nostalgia, pero se lo sacude pronto diciéndose: «En vez de aquí, podría estar sobando manta ahora mismo. Solo a unos padres como los míos se les ocurre mandar a su hijo a ayudar a una mujer vieja y manca un domingo. Esa es la prueba de cómo pasan de mí. Ni con mi hermana ni con mi hermano se hubieran atrevido».  Trata de ahuyentar de su mente que ha faltado bastante a clase y ha suspendido cinco asignaturas. «Estoy cerca y malditas las ganas que tengo de llegar; ya no soy un crío, ni me parezco en nada al que era. Y aunque ellos digan que este es el resultado de hacer pellas no creo que me lo merezca. Es mi último año de bachiller y jodidas las ganas que tengo de terminarlo ni de seguir; para qué, si luego no me va a servir de nada, no hay ni un puto trabajo que te espere, ni siquiera como albañil en la empresa de mi padre voy a tener sitio… Y, para colmo, soy un asco como estudiante, no como mi hermana mayor que es una lumbreras, ni como mi hermano, el mengajo, que cualquier día lo llevan a un centro para superdotados. A ellos sí que los miran bien, sé que si cualquiera de los dos perdiera todos los paraguas del mundo no les tendrían las monsergas que me disparan en todo el careto. En cambio a mí solo saben decirme las cosas que pierdo. Por eso pierdo clases…, por lo menos así se dan cuenta de que hago algo. Aunque si mi padre se emperra en ponerme como castigo el sacarme de la cama en los días de asuntos propios tendré que pensar en dejar de hacerle caso, porque total para lo que me sirve todo esto… Aunque  reconozco que no soy como el Nicolo, que ha dicho que se lo deja todo, mandando los estudios a tomar por saco y sin hacer caso a nadie de su familia. Dice que quiere vivir a su bola y pasar de todo el mundo». Julio sigue andando y renegando en silencio hasta que la nostalgia le da otra sacudida que no puede esquivar al mirar, con ternura, los escaparates de las tiendas de la que fue su calle, más antiguos que los que hay en el barrio donde vive ahora; ojeando en ellos la vigencia de aquel toque a novedad anual navideña que ya mostraban en su infancia, sobre todo el de la librería y el de la confitería, ante los que cada año se paraba con los ojos ávidos y el paladar jugoso, y Gaspara se le planta en su memoria, junto a los cordiales que les hacía por Navidad a todos los chavalillos que vivían en el bloque. Ah, aquellos dulces guardados en pequeñas cajas atadas con una cinta de raso estrecha como su dedo meñique, en cuya lazada sujetaba una varilla de incienso para encender la noche del cinco de enero, indicando con el aroma, a los Reyes Magos, el lugar donde debían dejar los regalos. Para eso va él allí, porque su madre se enteró en el trabajo de que su compañera y antigua vecina –viuda y sin más familia en la localidad–, se rompió el hueso de un brazo, y se ofreció a echarle la mano que a ella se le ha estropeado. Después, y en consenso con su padre, decide mandarlo a él para que sepa lo que es trabajar y escarmiente sintiendo las propias consecuencias de sus actos, y de paso adquiera alguna habilidad.
Antes de llegar al bloque se quita el chubasquero porque no quiere que lo vean con tal trinchera; «menos mal», piensa al cruzarse en la entrada con Isabel, la hija de Antonia. Se recuerdan perfectamente aunque se hayan saludado casi como desconocidos, porque el tiempo también es distancia si las relaciones se alejan. Llama, y al abrirse la puerta un olor antiguo y grato lo recibe junto a la mujer del brazo escayolado. Se saludan afectuosamente porque, eso sí lo tiene Julio, es educado y sabe disimular bien sus descontentos.
En la cocina, y ante un cuenco enorme, empiezan a hacer los dulces. Con la mano sana, Gaspara va echando la almendra, los huevos, el azúcar y la ralladura de limón, y Julio siente que su rechazo se va transformando a la vez que va mezclándolo todo hasta llegar a formar una masa compacta y no dura que destapa un sabroso recuerdo en su paladar que define para sus adentros como «denso, con un ligero toque de frescor tierno y excitante», con la misma cadencia con que suelen hablar los catadores de vino en las películas o series que ha visto. Cuando ya lo tiene todo bien mezclado, siguiendo las instrucciones que ella le indica, coge porciones que le caben en el hueco de la mano y compone unas bolas con hoyuelo central en el que deposita su ración de cabello de ángel y  que cubre con la masa almendrada, después las para en un trozo de oblea. Cuando están las piezas
depositadas en la llanda bien enaceitada, en filas lo suficientemente espaciosas como para que no se peguen, se meten al horno, y preparan la siguiente.
Ya huele el cocer de los cordiales, mezclándose con el aroma del limón que se ha rayado y que descansa en su blanca desnudez sobre la mesa, y con el de la almendra molida y cruda que aún persiste junto al que emanan las hebras de calabaza caramelizadas, encubriendo al de los huevos crudos; hasta las obleas con su tenue aroma ponen su matiz.
Llaman a la puerta y ella sale a abrir, Julio sigue en la cocina, donde llegan con claridad las palabras: «Buenos días». «Buenos días, Antonia». «Quiero pedirte un favor». «Pasa, y dime». Empieza titubeante: «Está recién empezado el sorteo de Navidad y todavía no ha tocado ningún premio de los gordos… Tengo este décimo, te lo vendo. Como era para una asociación, costó veintitrés euros, pero dame sólo veinte… son los que me faltan para pagar la luz, y tiene que ser esta misma mañana».  «Antonia, ahora mismo te doy los veinte, pero sin el décimo, que es tuyo, y quién sabe… Ya me los devolverás cuando puedas…, a lo mejor con lo que te toque de él. Espera un momento que voy a por el monedero.» La vecina en apuros le dice: «Ni mucho menos, que ya te debemos bastante. Si no lo tomas no aceptaré ningún dinero… Mira, si te tocara más de lo que te debo la cuenta queda zanjada, y si no, sigo en deuda contigo», Gaspara accede. Cuando vuelve a la cocina pone el boleto pegado con un imán en la puerta del frigorífico y después enciende la radio con el sonido más bien bajo, para que quede casi en un rumor el soniquete de los niños cantores, permitiendo a la vez que se perciba la reiteración de las voces cuando indiquen los números que han tocado, para poder prestar atención por si la suerte rondara por la estancia. El muchacho no le expresa su escepticismo ante las expectativas que tan de golpe ve que la están ocupando, y que se desbordan cuando le dice que escriba, en una hoja que arranca de una libreta, que el décimo con el número 31213 pertenece además de a ella, a él y a Antonia, completando los tres nombres con sus apellidos. Por un instante el chico piensa que la mujer está chalada, después se deshace de esa idea y se queda con que tan solo es… diferente. De nuevo recuerda lo que opina su padre al respecto y teme que tenga razón, de hecho no conoce a nadie de cerca a quien le haya tocado nada más allá del reintegro. Pero no le comenta nada a la mujer que tan generosamente ha compartido con él un tercio de futuro económico. Se centra en los cordiales, en el olor a manjar diestramente tostado y crujiente, en el sabor a premio que ya le ha dejado el que ha probado de la primera tanda, en el sonido leve y sinuoso que sueltan al transformase de crudos en horneados, en el tono dorado… Cordiales que conforme van saliendo se van dejando en la amplia encimera para que se enfríen.
«¿Por qué te llamas Gaspara?», quiere saber Julio. «Porque nací chica, de haber sido chico me llamarían Gaspar». Y así empieza a contarle su historia que arranca de los años de la niñez de su padre. «Todo empezó un cinco de enero en que salieron a ver a los Reyes Magos para darles las cartas escritas con lo que querían y hacerse una foto con ellos (mi padre era, de los tres hermanos que formaban su familia, el de en medio). Era el primer año que se hacía aquello en el pueblo y todos estaban muy expectantes, mi padre y mis tíos eran pequeños y aquello les hacía una ilusión muy grande; piensa que entonces solo tenían los regalos que recibían el seis de enero. No pasaba como ahora, que se regala con más facilidad. El caso es que cuando llegaron a la plaza donde habían ubicado sus tronos en los que se sentaron para recibir a toda la chiquillería, los tres hermanos querían posar solos y solo con Baltasar; su madre les dijo que puesto que había tres reyes mejor que cada uno se retratara con uno distinto, así con una foto saldrían despachados y sería mejor para el poder de su bolsillo, pero los tres eligieron entonces a dos: Baltasar y Melchor. Ninguno quería hacerlo con Gaspar. Mi abuela, consintiendo, porque no quería que empezaran con rabietas de las que solían montar en casa cuando todos querían la misma cosa, se puso a la cola con sus tres hijos. Contaba mi padre que mientras iban avanzando lentamente, se iba dando cuenta de que todos los niños le entregaban su carta y se hacían una foto con Melchor o con Baltasar, pero nadie se la hacía con Gaspar. Empezó a sentir una compasión muy grande hacia aquel rey mago de cabellera flameante, y pensó que todos los niños que pasaban de él no veían lo solo que lo estaban dejando, se dijo que eran tontos por no darse cuenta, y, justo cuando le faltaban tres pasos para llegar hasta ellos y entregarle la carta y retratarse con uno que no sería Gaspar, comprendió que él era igual de tonto, entonces eligió no hacer invisible al rey pelirrojo. Se fue derecho a darle la misiva y a subirse sobre sus rodillas para que el retratista del pueblo plasmase esa primera vez que iba a posar con un rey mago. Llegó a afirmar mi padre que ese año los regalos que tuvo le parecieron los mejores de toda su vida, sintiendo que realmente un rey auténtico se los había llevado. Entendía que era un rey listo, como son todos los magos, y se daría cuenta de que lo había elegido porque no quería que estuviera solo, de que esa era su manera de decirle que podía contar con su amistad. Decía que desde entonces se propuso prestar más atención a los que estaban solos porque siempre tienen algo esperando para compartir; también a interesarse por el presente que, según la tradición cristiana, Gaspar llevaba a Jesús, chiquillo que había nacido pobre. Ese presente era incienso, símbolo de espiritualidad, vamos, de esa parte divina que tenía como ser humano que era. Comprobó que si el oro era caro y la mirra difícil de conseguir, el incienso no era ni caro ni difícil de mercar, por lo que todos los años, cuando se acercaba la fiesta de los Reyes Magos compraba una varilla y la encendía en su habitación; era su forma de agradecer que Gaspar le enseñó que las personas siempre tienen algo para compartir con otros y que se les pone un brillo especial en los ojos cuando alguien lo recibe. Alguna vez lo escuché decir que cuando la encendía se acordaba de la luz que se le prendió en los ojos al mago de Oriente cuando él se subió sobre sus rodillas, que era como si esa tarde fría de aquel cinco de enero, ambos, el rey y mi padre, se hubiesen hecho visibles para el mundo. Poco a poco fue anidando en él un deseo terne: cuando tuviera un hijo le pondría Gaspar. Así que cuando se casó y esperaba su primer hijo, éste ya tenía nombre, pero, ¡ah!, nació mi hermana y no pudo ser. Cuando esperaban al segundo retoño ese sí que sería Gaspar, pero, ¡zas!, nací yo, y mi madre, que no era mujer de largas, decidió terminar el nombre con una a, cosa que mi padre interpretó como otra prueba más de la magia del encuentro de aquel cinco de enero. Así que ese, Julio, es el porqué de mi nombre. En cuanto a mí, ya sabes que no soy pelirroja, sino que pasé de un pelo tan negro como el de Baltasar a tenerlo tan blanco como el de Melchor. Sin embargo sí me centré en el color y olor de las cosas que me recuerdan al segundo rey mago y los utilizo todo lo que puedo, por eso hago cordiales y los empaqueto en cajas con cintas anaranjadas para regalar a toda la chiquillería del bloque, niños que se van renovando y a los que me gustaría transmitirles a través de estas pequeñas cajas la pasión por las cosas –y mientras lo dice va colocando en ellas con esmero los dulces, pasándole después la caja a Julio para que le ponga la cinta con la vara de incienso– Cuando veo que tú, que tuviste tus cajas, estás aquí, ayudando a una lisiada, pienso que es porque algo de ese apasionamiento se te enganchó y te bulle aún por dentro».
Julio está a punto de decirle que su visita no es por gusto sino por imposición, pero no lo suelta. Reconoce que podía haber hecho pellas, como en el instituto, o haber seguido los pasos del Nicolo y pasar de todo, y no lo ha hecho, «por suerte», se dice mientras escucha y ayuda, y va notando que le sienta bien imaginarse como repostero. De repente le urge terminar bien los estudios y empezar con otros, puede que los de Hostelería. Se siente feliz por la forma en que Gaspara le cuenta las cosas, como si él fuera importante para ella y fuera, además, inteligente.
Ha pasado el sorteo de Navidad y no se han dado ni cuenta. Salen a la galería a dejar las llandas para fregarlas después, con el fin de que haya más espacio en la cocina, allí escuchan voces que vienen del piso de al lado, donde vive Antonia; su marido le dice gritando: «Estás loca, ¿cómo has podido darle el décimo de lotería? Podría habernos salvado de la ruina y se lo has entregado por veinte euros miserables…» a lo que Antonia le responde: «Veinte euros que nos han servido para completar el dinero de la factura de la luz, que si no la cortaban. Y, además, ¿quién sabe si de tenerlos nosotros hubiera tocado?», y él le espeta: «Eres imbécil, no, imbécil no, estas chiflada… Me voy a terminar de ahogar mis miserias, que aquí ni siquiera eso se puede. ¡Ni una mala botella de coñac…!»  Se escucha un portazo brutal cuando el marido de Antonia sale de casa. Dejan la galería entumecidos y tristes y entran en la cocina. Prestan atención a la radio, no tarda mucho en sonar el número que tienen delante. Les ha tocado el tercer premio. Gaspara coge el papel y le dice a Julio que le va a dar su parte a Antonia, pero que la de él sigue como habían acordado. Y el chico, que no creía en que la lotería toque a gente palpable y menos en que alguien pudiera darle una parte sin comerlo ni beberlo, se sorprende de ver que tiene unos cuantos miles de euros. Por un momento se siente tentado a quedárselos, es como ser rico de un porrazo de suerte, pero después piensa –no muy convencido, pero sí con ganas de quedar bien ante la buena mujer–, que lo mejor es dárselo todo a Antonia y así lo dice. Por teléfono llama a casa de su vecina, le dice que cuente con el décimo, que ella interiormente lo había tomado con esa condición. Pero la voz, que suena llorosa a través del auricular, no lo acepta. Al poco llaman a la puerta, es Isabel, que tras saludar explica: «Dice mi madre que no le podía haber tocado la lotería a nadie mejor que a ti. Así que no debes preocuparte.» Gaspara le va contando lo del contrato firmado por ella y Julio mientras se dirigen a la cocina donde le enseña el papel con la división entre tres, pero que por las circunstancias que están pasando lo justo es que lo cobren ellos. Isabel, reconoce que es verdad, que a su padre hace tiempo que le va mal la tienda de coches de ocasión, que era una incógnita el que les hubiera o no tocado de tener ellos el número y que el reparto, que aceptaba, sí era un premio real. A la buena mujer se le ocurre ir a ver la tienda de coches porque quiere comprarse uno tan pronto como pueda, para que su vecino empiece a ver un horizonte de esperanza. Como la tienda está cerrada, Isabel les enseña unas fotos de los vehículos que tiene en el móvil –lleva unos meses buscando compradores por su cuenta, todavía sin éxito–, la mujer elige uno. A Julio le gusta una furgoneta para su padre. Se interesan por el precio y hacen cálculos, todos saldrán ganando.
Ya, más tranquilos, invitan a Isabel a probar los dulces, pero la muchacha llama antes por teléfono a su padre –sabe que está bebiendo y eso le preocupa–, cree que si le dice que tiene dos ventas puede dejar el bar y volver a casa a reconciliarse con su madre. La anfitriona pide que se le eche una foto al papel firmado, para que conste. A Julio, lo que está viviendo le parece surrealista, sensación que se desvanece cuando, tras terminar de ayudar a «la mejor reina maga» –así nombran a la sabia mujer, que se ríe ante la ocurrencia–, Isabel le propone dar un paseo. Él acepta gozoso a la vez que pide, mental y acuciosamente, que haya dejado de llover, porque no es lo mismo llevar ese chubasquero puesto que debajo del brazo. Gaspara se acerca a la ventana, mira y dice: «ha parado de llover». Muerden con ganas los cordiales, la alegría de la vida brilla en sus ojos.