Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 15 de mayo de 2017

Diciembre de 2783, de Omar Martínez González

Toda la tripulación hizo el mayor esfuerzo por llegar a la Tierra antes de la Navidad, de no lograrlo sería el año número cuarenta y cuatro que «celebrarían» separados de sus familiares. El capitán incluso permitió la violación de algunos patrones establecidos dentro del reglamento para el desplazamiento cósmico que incluso podrían poner en peligro la capacidad física de todos; pero la integridad espiritual de los tripulantes bajo su mando no soportaba más.

La mayoría estaba consciente de que ya no estarían todas las personas de las que se habían despedido cuando partieron en la investigación espacial. Pero de cualquier manera iba a ser maravilloso poder abrazar a familiares y amigos después de tantos años. A pesar de que las noticias no eran muy gratificantes y mucho menos para ser informadas en el extraordinario ambiente navideño; festiva tradición que había logrado vencer el paso de varios siglos.

En total salieron seis misiones con la intención de encontrar dentro del infinito universo algún lugar con características específicas donde pudiera establecerse y salvarse la especie humana. Que prácticamente ya no podría soportar por más de cien años las tan adversas condiciones climáticas que el propio hombre había implantado en su planeta.

Todos en la nave, y en la estación central terrestre, sabían que cuatro de estos equipos investigativos habían sufrido mortales accidentes cósmicos y el quinto logró regresar totalmente diezmado y sin ningún tipo de información confiable.

Por lo tanto solo quedaban ellos fuera de casa, y según los cálculos de desplazamiento debían tocar tierra, como así lo hicieron exactamente en la segunda quincena del mes de diciembre del año dos mil setecientos ochenta y tres.

Después de rendido el informe inicial por cada miembro de la tripulación fueron autorizados para marcharse a sus casas. Excepto los integrantes del estado mayor de mando de la nave, así como los científicos más importantes de la exploración, que debían permanecer en la base central.

La alegría de Orlando y su compañera Merly, piloto y copiloto principales de la nave, sobrepasaba el aura de cada uno, haciéndose prácticamente tangible. Y así, irradiando felicidad, decidieron abandonar el transporte que los llevaba a casa dos o tres kilómetros antes de la entrada al lugar que los vio crecer y los unió en la vida desde muy niños, la intención era recorrer ese último tramo caminando y disfrutando de su lugar de origen.

Los dos habían nacido en un barrio periférico de aquella hermosa ciudad costera.

Pero en realidad, a medida que se acercaban a la casa de ella, ubicada frente a un pequeño parque de coníferas el hálito de alegría se reducía. En el parque solo se mantenían medio erguidos seis o siete pinos como máximo. Y la casa de Merly para nada se parecía a la imagen que ella mantenía grabada en su cerebro.

De todas formas ambos se acercaron y cruzaron la verja para acceder al jardín donde varios niños correteaban.

Los infantes detuvieron su carrera para observar a los dos extraños que sin detenerse llegaron al portal, adornado ya con algunos aguinaldos. Merly y Orlando se miraron buscando un apoyo mutuo antes de golpear la puerta; acción que no fue necesaria ya que un hombre se había percatado de la presencia de ambos:

—¿Buscan a alguien? ¿Puedo ayudarlos?

—Busco a mi familia —dijo Merly indecisa y mirando a todas partes—; yo vivía en esta casa.

—Me disculpa pero eso es imposible, yo nací aquí y con toda seguridad le puedo decir que mis padres también.

Ya los cinco niños habían hecho un medio círculo frente al portal.

—Incluso todos ellos —concluyó el hombre señalando a los muchachos—. Perdone la pregunta pero cuál es su nombre.

—Me llamo Merly —contestó tímidamente la astronauta.

—¡¿Merly!? —se escuchó una exclamación desde el interior al mismo tiempo que se reflejó una tremenda expresión de asombro en el rostro del hombre que estaba en la puerta.

Los dos pilotos cósmicos se asombraron tremendamente pero no tuvieron tiempo de reacción porque el hombre que los detenía fue empujado violentamente por una señora que se detuvo justamente frente a Merly, solo unos segundos hasta que se lanzó sobre ella envuelta en lágrimas.

—¡Mi niña, mi niña, mi niña, mi niña… —repetía besándola sin parar y dejando estupefactos a todos.

Merly no tuvo otra que abrazarla también, y al instante se percató que entre sus brazos apretaba a la hermana mayor que se hizo cargo de la crianza de todos después del accidente de los padres. Entonces la separó unos centímetros para mirarla.

—¿¡Mami!? —así la llamaron desde el trágico momento.

—Sí Mer soy yo, pensé que no te vería nunca más —apenas eso alcanzó a decir antes de romper a llorar nuevamente—, ¡cuánto seguí las noticias y siempre decían lo mismo: que no regresaban!

Con dificultad Orlando y el hombre que había abierto la puerta lograron separarlas; hasta que al fin todos entraron a la casa. Pero nadie se atrevía a decir una palabra, ni siquiera los niños, que también se encontraban dentro.

—¡Mer, mi niña querida, estás igualita! —decía la «mamá» mientras acariciaba el rostro de su hermana menor—. ¿Cuántos años pasaron?

—Algunos mami, pero no pensé encontrarte tan anciana…

—Entonces ella es mi tía —la interrumpió el hombre de la puerta.

—No puede ser —dijo Merly ya sin aliento para el asombro— ¿Tú eres Ruldis?

Él caminó hacia ella para besarla, pero Merly giró el rostro hacia su madre:

—¡Cuando partí estaba todavía en el vientre de mi hermana!

Esa frase detuvo a Ruldis indeciso.

—Sí, y ya es un hombre como puedes ver.

Orlando y Merly se miraron; era algo que ya sabían, para lo que se intentaba encontrar una solución desde hacía bastante tiempo y no aparecía: «la paradoja de los gemelos», aclarada científicamente por Albert Einstein con la teoría de la relatividad general, después de varios años de estudio.

Todos en la nave le temían a esto que Merly estaba comenzando a vivir, o a sufrir quizás. Ella, en su interior no se atrevía a preguntar por sus otros hermanos, pero tuvo que hacerlo.

Ruldis se encargó de sacar a los niños para él responder, porque estaba seguro de que su tía no sería capaz de hablar. Entonces hizo un rápido bosquejo informativo de la familia, con noticias buenas y malas.

Después de la concisa respuesta los cuatro se sentaron y mantuvieron silencio por un rato…  El trágico ambiente fue quebrado por  la alegría de Milena, la hermana menor y madre de Ruldis, que entró impulsivamente en la sala.

—¿Dónde está mi hermana regañona? —con esa interrogante entró a la casa y se sumó de inmediato a la sorpresa de todos al ver la belleza que todavía se imponía en su hermana mayor.

—¿Merly?

—Sí, soy yo.

—Pero… —el desencanto se personificó en la mujer y Orlando fue quien intentó ayudarla.

—Es un fenómeno físico que… —prefirió hacer silencio pues no estaba seguro de cómo sería interpretada su intromisión.

—¿No estábamos preparando las fiestas de Navidad? —dijo Ruldis—. Pues continuemos, ahora tenemos dos invitados más; ¿por qué ustedes se quedan verdad?

—Por supuesto, por supuesto —respondieron los dos al mismo tiempo—. Solo necesitamos dormir un poco —concluyó Orlando.

Él, después de lo visto,  no se atrevía ir hasta su casa.

El propio Ruldis le preparó una habitación a cada uno para el descanso y con el compromiso de avisarles en tres o cuatro horas.

La preparación de la casa y el jardín continuó, aunque todos internamente y con mucho temor a expresarlo, no cesaban de pensar en los «nuevos familiares» que se habían incorporado.

Invitados, o auto invitados o…; nadie sabía cómo llamarlos.  Siempre eran necesarios en esta celebración pero en realidad estos tenían unas características bien peculiares

—En realidad es un reencuentro familiar —aseguraba Milena—, también válido para estas fiestas—; pero no puedo todavía creer que la que duerme allá adentro es mi hermana —este fue un comentario un tanto más discreto hecho muy bajo con la mayor de todas.

El árbol de Navidad ya estaba listo a la entrada de la casa, todos los años debía estarlo para cuando llegaran los abuelos, era una costumbre de familia que se cumplió siempre generación tras generación.

Pero entonces otro problema; cómo le podría explicar Lerania a sus abuelos algo que ella misma no entendía. Debía colocarse junto a Milena y Merly. Una bella joven junto a dos mujeres ya maduras frente a ellos y decirles: «estas somos tus nietas»

Las generaciones más jóvenes se encargarían de adornar el jardín, ellos se habían comprometido en hacerlo de tal forma que en el rostro de todos se notara un hálito de asombro, y poco a poco lo fueron consiguiendo.

De la comida el encargado era Ruldis, un chef de cocina muy destacado en su centro, este en realidad delegó en una amiga que comería con ellos, dándole todas las indicaciones necesarias. Él mantenía la mente fija en su tía, la que había acabado de conocer y cuya belleza lo había atrapado. ¿Se estaría enamorando de ella?

Cuando Ruldis fue a tocar en las  puertas de las habitaciones encontró entre abierta la de Merly, y atrevidamente la empujó muy suave. La vio dormir tan serena que prefirió no interrumpir el descanso; admiró por unos minutos más la belleza de su tía y se marchó.

Merly y Orlando no despertaron hasta la mañana siguiente, ya era veinticinco de diciembre.

Todo estaba dispuesto en la casa. La fiesta estaba a punto. Ambos se asearon muy callados y se vistieron con ropas de Milena y Ruldis antes de salir al portal.

—¿Quiénes son ellos? —la abuela fue la primera en percatarse de que estaban parados en  la puerta.

—Es tu nieta mayor con su compañero —respondió secamente Lerania.

Entonces la anciana se puso de pie y caminó directo a la pareja. Se detuvo un rato mirándolos a ambos y después movió lentamente al joven para concentrarse en la muchacha, caminando muy despacio a su alrededor sin dejar de mirarla.

Todos en el jardín en ascuas, esperando la reacción de la anciana que demoró varios minutos:

—¿Por qué no me habían dicho que Merly había regresado? —preguntó a todos en tono correctivo.

Y al mismo tiempo abrazó muy fuerte a la nieta:

—A ti debía castigarte por la demora; ni siquiera un aviso para tranquilidad nuestra —le dijo a Merly llevándola de la mano para la mesa—, de todas formas es ella mi invitada especial…, y usted también, no se quede ahí parado —le dijo a Orlando.

El sobresalto que todos tenían por la reacción de la abuela había pasado. Al parecer podían comenzar a destaparse las primeras botellas y repartir los dulces para los más pequeños, entre los cuales, los de más edad casi exigían el turrón de Alicante.

Otra costumbre muy propia de la familia, aunque mayoritariamente no había invitados fuera de esta, era el intercambio de regalos y durante el tiempo que Orlando y Merly estuvieron dormidos Ruldis se encargó de comprarles un presente a cada uno e insertarlos en la lista. Y «casualmente» él intercambió con su tía.

También se las ingenió para que Orlando ayudara constantemente a su amiga en los menesteres culinarios y de esa forma llevar a a Merly de un lado al otro de la casa y el jardín, mostrándole todos los cambios que se habían hecho desde su partida. Le hablaba muy suave, tomaba sus manos, la ayudaba con apego a saltar cualquier obstáculo. Incluso la invitó a salir y caminar hasta el centro del reparto donde vivían.

Hacía tiempo que la astronauta no sentía tanta ternura y en realidad comenzó a notar una atracción hacia el sobrino que la hizo cavilar: ¿aceptaba o no la clara declaración, sin decirlo, de Ruldis? Era el hijo de su hermana, pero también era un hombre y no dejaba de ser atractivo.

—¿Vamos? —insistió Ruldis en su invitación.

—No Ruldis, prefiero estar aquí, cerca de mis hermanas y de todos —decidió Merly, segura de que era lo mejor.

Ya sentados a comer se iniciaron las preguntas que los dos astronautas trataron tanto de evitar.

La anciana a la que todos llamaban abuela fue quien comenzó: ¿cómo se veía el planeta desde allá arriba? ¿cómo lograron ellos salvarse? ¿encontraron algún lugar donde pudieran vivir?, desde la punta de la mesa que ocupaba no cesaba con las interrogantes, solo pudo contenerla el abuelo, que muy pausadamente le dijo:

—Quizás ellos no quieran hablar de eso querida.

—Podemos hacerlo —dijo Orlando—, pero pienso que no es este el momento.

—Entonces bailemos —dijo Ruldis—, ¿mi tía me hace el honor de la primera pieza?

Las piernas de Merly y Orlando se tocaron muy suaves por debajo de la mesa; incluso Lerania bajó la cabeza; ya era demasiado manifiesto el interés del hijo por su hermana y no se le ocurría cómo detenerlo…

—La primera pieza es mía por supuesto —dijo el abuelo poniéndose de pie con algún trabajo.

—¿Cómo lograrás bailar? —preguntó Ruldis intentando hacer alguna fuerza.

—Ese problema es mío y de tu tía. Baila con tu mamá; como debe ser.

—¡Y yo lo hago con Orlando! El otro «invitado» de honor de este «nacimiento» —dijo la abuela dirigiéndose con la mano ya estirada hacia el piloto—. ¡Música!

De esa manera la edad y experiencia se impuso para lograr que la fiesta continuara y concluyera de una manera agradable para todos.

Ya cuando amaneció y fue necesario retornar a los abuelos a su hogar Merly y Orlando se brindaron.

—Pero no conocen el camino —Ruldis en un último esfuerzo.

—Nosotros los guiamos —refutó la abuela—, y así estoy más tiempo con mi nieta, a la que no pensaba volver a ver ni abrazar.

El auto se fue alejando y los niños corrieron a su lado hasta que el resuello de cada uno y la velocidad del coche se los permitió.

El regreso a la casa fue un tanto embarazoso para la pareja. Orlando no había visto a nadie de su familia, aunque todavía no se decidía a hacerlo, sin embargo Merly estaba dispuesta a compartir con ellos todo el tiempo e intentar recuperar lo que fuera posible de lo perdido en la relación con su gente.

Pero inesperadamente desde la nave recibieron una comunicación directa: solo quedaban energías para dos horas en las baterías implantadas a cada uno. Y todos debían dirigirse al punto desde donde emitirían sus conclusiones para después ser destruidos.

De manera automática y sin ningún tipo de reacción Orlando giró el auto ciento ochenta grados en la estrecha carretera; ya no eran dueños de sus virtuales cuerpos, y sus mentes robóticas estaban programadas para solo obedecer en esas dos horas finales.

El punto de reunión había sido muy bien calculado para que todos en ese período contaran con el tiempo suficiente para llegar y emitir, uno a uno, toda la información recopilada sobre cómo se vivía en el planeta pasadas más de cuatro décadas desde su partida.

En la nave se vivía como en un hormiguero, todos corrían de un lado al otro, bajaban y subían escaleras, entraban y salían de elevadores y compartimentos, pero cada uno tenía muy clara la función que le tocaba: recopilar y analizar la información que enviaba sin parar su imagen  robótica durante las casi cuarenta y ocho horas «vividas» en la Tierra.

Muchos sentían correr las lágrimas al enterarse de la muerte de familiares y amigos, pero todos estaban conscientes de que sería así. Otros disfrutaban las imágenes de la familia reunida y alegre celebrando las navidades.

Ruldis no podía esperar más, su tía se demoraba  mucho y podían haberse perdido.

—Sí voy a ir mamá, porque pueden necesitar ayuda —eso lo dijo mientras giraba la llave para encender el motor del auto, que se alejó bien rápido.

El localizador térmico instalado en el carro de su mamá le permitió encontrarlo bastante rápido. Al bajar y caminar despacio por el lugar se percató que la tierra se notaba más caliente de lo normal, incluso algunas partes del césped estaba como quemado; el auto de la madre tenía las dos puertas abiertas.

El joven gritó con fuerza el nombre de su tía, pero en la nave Merly, la verdadera, no podía escucharlo.

La disposición quizás fuera muy radical, pero todos habían tenido derecho a opinar y a votar libremente: la sexta expedición había cumplido con su objetivo de informar a los científicos en la Tierra sobre las investigaciones cósmicas y de que la búsqueda de un lugar para salvar al hombre tenía que prolongarse.

Ellos lo continuarían haciendo. Pero para todos, misteriosa e inesperadamente, habían desaparecido.