Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 27 de febrero de 2017

El cuento de Ramón y sus retales



Sentado en su silla de anea,  que apoyaba en los adobes calientes del horno, por donde manaba el aroma dulzón, blando, suave y sedoso de los dulces navideños cociéndose con la leña de olivo seca, Ramón —El Nene el Pañero, que así se apodaba— sintió como se desplomaba lentamente. Sus brazos, como marionetas dependiendo de un sutil hilo, se desmoronaron; su cuerpo se desvaneció moviendo las patas de la silla hacia ambos lados, para después caer la silla al lado del cuerpo sin vida de Ramón, el cual, en sus últimos momentos llegaban a sus oídos como cantos celestiales, las panderetas y zambombas, cantando villancicos por las sendas de la huerta.
 ─No son fechas muy apropias para morirse  —se dijo cuando estaba llamando a las puertas del Cielo.

Ramón tenía cincuenta años, había vivido en un mundo sencillo: sin preocupaciones, sin riquezas, sin familia, pero..., tampoco echó nunca nada en falta. El trabajo y su burro abisinio le bastaron para sentirse feliz. Su padre le enseñó el oficio de pañero y este le bastó para no aprender ningún otro. Nómada por vocación, recorría Murcia y provincia desde su infancia. En verano, dos piezas de percal encima del pobre abisinio eran más que suficientes para venderlas en los pueblos y caseríos más inhóspitos y lejanos de la provincia. En invierno, otras dos piezas de paño negro hacían toda su mercancía. Cuando se le acababan o, en fiestas muy señaladas como Navidades, retornaba a su barraca — una barraca herencia de sus abuelos y reliquia para el bonachón Ramón. Él, se henchía con dignidad y modestia  del patrimonio transmitido. Unas veces  encalando el horno, otras cubriendo de sisca nueva el sombrerillo de su barraca. En su habita guardaba sus solemnes enseres: las piezas de género, alguna olla, plato, cuchara y el burro abisinio trasportador de su subsistencia. El horno moruno creado con atobas –adobes— era su jactancia, su calidez de invierno, de él y de todo el vecindario amasando y horneando el pan que guardaba en el arca y  duraba meses y meses. Los vecinos tenían el horno por suyo diciendo que era el mejor que había por aquellos contornos. Tan orgulloso estaba Ramón de su obra, que  a todos hacía partícipes de cómo él solo hacía la masa del barro y la paja para revocar aquellos fragmentos que guardaban tanto calor. Así que no era raro verle, siempre que estaba en su barraca, apoyado a la pared de aquel cóncavo castillo en donde había puesto toda su sapiencia.

Llamó repetidas veces a la puerta que tenía delante de él sin ningún resultado.   — No estarán —pensó—  sin más, se sentó en una nube que  pasaba por allí y que parecía tan cómoda como su silla de anea. Así  estuvo no sabía cuánto rato hasta que oyó unos pasos lentos, cansados y lánguidos al otro lado de la solemne puerta. Se levantó de la nube, se arregló la chaqueta de pana, con los dedos se atusó el pelo esperando que franqueasen la entrada.
 ─Buenos días. Dijo San Pedro, sin poder darle la mano por el gran paquete de llaves que llevaba.
 ─Güenos los tenga —respondió Ramón perplejo ante tanta majencia.
 ─¿Quién eres tú? No tenía noticias que subiera nadie para el Cielo.
 ─Oiga..., ¿esto es el Cielo?  Despense  pero... yo no sabía onde venia.
 ─Déjale entrar a la antesala. Dijo una voz suave y fraternal que se oía desde adentro.
 ─Señor, no lo tengo apuntado, posiblemente será un error.
 ─Po..., si es un derror u denquivoco yo me guervo pa mi güerta ¡eh!
 ─Venga, que haya paz, trataremos de darle la mejor solución posible al descuido —contestó Dios acercándose donde estaban San Pedro y Ramón.
Ramón, si ya estaba perplejo ante San Pedro y todo aquel poderío, se quedó sin racionamiento al ver la luz que emanaba de aquel Ser vestido de blanco y de modales tan suaves. Sus ojos suministraban la paz, su boca anunciaba una sonrisa tranquilizadora para el atolondrado Ramón, el cual ya no temía ni le asustaba nada.
 ─Primero tienes que presentarte —dijo Dios, dirigiéndose a Ramón.
 ─Güeno..., güeno si, despensen ostés ha sio tó tan precepitao que...,
 ─No te preocupes, lo comprendemos ¿verdad Pedro? Dijo Dios guiñándole un ojo a San Pedro.
 ─Si, si claro, —dijo este encogiéndose de hombros como no discerniendo nada de lo que allí estaba pasando.
─Me llamo Ramón —er Nene er Pañero m´apodan— soy e la güerta murciana onde nací y por lo que veo tamién m´he muerto y…, por lo que paice he venio par Cielo.
 ─Bueno de eso hablaremos después, ahora tengo que explicarte cómo y dónde vas a estar.
 ─Oste dirá, —contestó Ramón serenamente.
 ─Mira hijo, San Pedro no sabía que venias, porque tú tenías que haber subido para el purgatorio, alguna distracción debe de haber que enseguida aclararemos.
 ─Señor  desculpe,  yo siempre juy gueno, no hice daño a naide en toa mi vida. No juy..., muncho a misa, eso sí.  Sólo cuando allegaba arbun puel—lo y´arepicaban las campanas y, eso no era mu a menuo.
 ─No te preocupes no tienes faltas graves pero, algunos retales sí que tienes.
 ─¡Retales! ¿Es que Osté conoce mi oficio?
 ─Claro hombre, yo lo sé todo. Sé que cuando te pedían una vara de tela siempre sisabas algún palmo, y eso no está bien.
─ Pero..., yo no tengo la curpa de que las mujeres alleven las fardas más cortas, ni que los zagales alleven los pantalones más ajustaos, —dijo Ramón a modo de disculpa.
 ─No, tú no tienes la culpa, aunque, pensándolo bien algo habéis contribuido todos los comerciantes ¿no crees?
 ─Señor con dos piezas e tela yo no pueo  hacer milagros, —contestó  ya con los nervios un poco desconcertados.
 ─No se trata de hacer milagros, se trata de no hacer esos pequeños descuidos. Tú sabes, que de retales sale una pieza. Bueno, ahora cálmate, ya verás cómo un tiempo en el purgatorio te hace purgar y reflexionar tus faltas. Y levantando la mano, apareció un ángel con cara de cansancio, las alas caídas y casi desplumadas.
 ─¿Qué quieres, Dios? ─Le dijo el querubín sin ganas ni de verse él mismo.
 ─Quiero que acompañes a Ramón al purgatorio, y yo te diré  el tiempo que tiene que estar allí.
 Ramón miraba, pero ni se atrevía  a respirar del miedo que le estaba entrando.
 ─Pero Señor, ─dijo el Ángel─ como no lo mandéis al infierno, no sé otra cosa, en el purgatorio no cabe  un alma más.
 Los dedos de Dios, se meneaban nerviosos como manojos de mariposas revoloteando sobre una nube muy larga que llegaba hasta un recodo que hacía el Cielo, y exclamó.
 ─¡Pues nada hijo! Que te vuelves para tu huerta. Tampoco es cosa de meterte al infierno. Así que aprovecha el tiempo que estés en la tierra y cuando subas otra vez, a ver si hay algún lugar en donde puedas encajar en consecuencia con tus hechos.
 Ramón daba saltos de alegría ante aquel acontecimiento tan inesperado. Y en una exhalación volvió a sentir las panderetas y los villancicos que iban cantando por la huerta.

Sentía dolor de  cuerpo y de cabeza mientras se levantaba del suelo, los ojos los tenía húmedos, dos riachuelos de suspiros y lágrimas surcaban como nubes mareadas por sus flácidas mejillas. Cogió la silla a la que  al caer, se le había roto una pata y Ramón se metió dentro de su barraca pensando, ¿Qué le había ocurrido? ¿Confundía los sueños con la realidad…, o solamente fue  un sueño? Ya dentro de su barraca, se miró en un trozo de espejo que había  pegado en la pared y se asustó. Su cara tenía la semejanza de un sepulturero sombrío y desencajado; se  sintió tan trastornado que se tumbó en un catre pequeño al fondo de la barraca, el cual le hacía de dormitorio.
Los años pasaban rápidos para Ramón, que desde aquella Navidad  parecía  ser otra persona; hablaba mucho del Cielo, de los Ángeles y hasta de San Pedro, aunque este no le había resultado muy simpático; le pareció más bien, un poco despistado en su oficio, la verdad.
Ramón, hombre de pocas palabras, reservado y meditabundo toda su vida, sólo se había limitado a cortar retazos de tela, ahora daba agrado oírle hablar, principalmente comprarle algún palmo de  su mercancía. Quien compraba una vara de género, él le ponía un palmo de regalo, esto le hizo popular hasta en los más recónditos y lejanos pueblos de la provincia de Murcia.
Aunque viejo y cansado, con su burro abisinio por compañero,  ajetreado y también viejo como él, comenzó la temporada de invierno un año que aventuraba iba a ser frío. Hacía rutas cercanas a su huerta como cada año por estas fechas, con la esperanza de despachar tan pronto como pudiese, las dos piezas de paño como cada temporada. Viendo que se acercaban las Navidades y le quedaba una pieza de género, pensó salir ruta a Bullas y todos aquellos pequeños pueblos donde poder vender la mercancía. Sin pensárselo dos veces cogió sus aperos y se puso en marcha como lo había hecho otras veces.
Iba vendiendo bien el género, saltaba de contento pensando en venderlo pronto para regresar a su huerta y descansar. A mitad del camino comenzaron a caer unos copos de nieve poniéndose blancos todos los senderos del  campo por donde circulaba. Esto le impidió llegar tan pronto como soñaba. Lo pensó mejor y se resguardo en una casa en ruinas que se encontraba próxima. Acurrucado sobre su manta mulera, y junto a su burro abisinio, decidió volverse a su barraca en cuanto dejase de nevar. Pero el sueño le venció y pasó allí la noche. A la mañana siguiente, cuando se despertó, vio que había dejado de nevar. Hacía un frío que helaba hasta el pensamiento, decidió recogerlo todo y llegar antes que se hiciese de noche. Tampoco le importó no haber vendido todo el paño.       
Ya tenía su burro cargado y casi en marcha cuando cerca de la ruinosa casa vio venir un niño, de unos siete u ocho años; se quedó parado y perplejo pensando el frío que estaba pasando la criatura.
─Zagal ¿onde vas con este frío? ─Le preguntó Ramón.
─Voy hacia mi casa. —Le contestó el niño haciendo ademanes de tener mucho frío.
 ─¿Y vives mu lenjos? —Le dijo Ramón cogiéndole las manos para calentárselas
 ─No, no vivo lejos. Mi casa está cerca, pero..., tengo que llegar.
 ─Probe crío, ven pacá  onde está el burro ¡y no t´asustes qu´er burro no hace ná! Y cogiendo al niño lo metió al trozo de casa donde ellos, el burro y él,  habían pasado la noche. Lo tapó con la manta que  le había servido de abrigo e intentaba que entrase en calor.  El niño tenía la piel morena como si se hubiese tostado por un sol sedoso y brillante,  unos ojos oscuros y profundos le miraba sin decir  palabra. Ramón sacó la pieza de paño  comenzó a tirar de ella. Cuando hubo terminado levantó a la criatura y comenzando a cubrir su cuerpecito con tanta habilidad como lo hubiese hecho un sastre; le tapó hasta las piernas sin dejar ni una pequeña abertura por donde le pudiese pasar el  frío.
─¿Estas calentico? —Preguntó Ramón orgulloso de su obra.
─Sí, estoy muy caliente, Dios se lo pague, —dijo el niño con una sonrisa que le iluminó el semblante.
 ─Anda, allega prontico a tu casa que yo me güervo tamién pa la mía. Y cogiendo a su burro comenzó a andar.  Dándole un sobresalto, se paró y miró al niño que también había seguido su camino.  Oye zagal  ¿cómo te llamas?
─Me llamo Jesús, y tú te llamas Ramón ¿verdad?, —el niño siguió andando vereda adelante.
─Jodios críos, lo despabilaos que son, que to lu saben abora —se quedó pensando durante todo el camino Ramón.
Al llegar a su barraca vio que de su horno salía humo, y por la huerta  sonaban las panderetas y los villancicos. Pensó que era Navidad, y que él estaba otra vez en su huerta. No había pensado que el camino se le hiciese tan corto. Sin embargo allí estaba de vuelta sin saber ni cómo había llegado. Ató el burro y deshizo el escueto equipaje que traía. Se sintió satisfecho pensando que el paño le había venido justo. Cogió la manta mulera de la noche anterior, la dobló, la puso al lado del horno y se sentó en ella. Entre el calor que despedían los adobes y los últimos rayos de sol dándole de pleno, se quedó dormido.
En este momento sintió que una mano pequeña y cálida se apoyaba en la suya; quiso abrir los ojos, pero no pudo, los rayos de  un sol cegador se lo impedían. Sintió que dos finas hebras doradas acariciaban su cuerpo y abrió los ojos. En ese momento vio al niño que esa misma mañana  había vestido con el paño que le quedaba. El Niño lo cogió de la mano y le hizo mover sus piernas hacia los dorados hilos que bajaban del Cielo. Él se dejó llevar al sentir que su cansancio había desaparecido, sentía paz y alivio, descubría que cada vez podía abrir mejor los ojos. Ya no le cegaba nada. Su cuerpo se mecía como en un lecho mullido, se dejó transportar guiado por la ensoñación.
De nuevo se dio cuenta que estaba  delante de aquella puerta que, hacía años también había estado: llamó y miró para ver si pasaba alguna nube cerca para poder sentarse como la otra vez, pero no le hizo falta, la puerta se abrió enseguida y San Pedro, como siempre cargado sus pesados llavines, le recibió.
─¡Hola Ramón! —Le dijo muy amable San Pedro.
─Güenas San Pedro, —contestó éste casi en voz baja y atolondrada.
─¿Con quién hablas, Pedro? —Se oyó una voz desde dentro del Cielo.
─Con Ramón, ese hombre que vino hace años…,  que hablaba, según me dijo Usted, en panocho y que era de la huerta de Murcia ¿no se acuerda de él Señor?  —Dijo  no queriendo dar más explicaciones San Pedro.
Entonces el Señor apareció en la puerta y le tendió la mano para que pasase dentro.

─Güeno po..., abora sí que me paice que s´acaba aquí er cuento, porque a mí no me quea mas tela, —dijo Ramón, sin saber ni para dónde dirigirse.
 ─No te preocupes, contestó Dios con una risa que San Pedro tuvo que reír también.
 ─Y..., ¿onde me allevaran abora? ¿Ar purgatorio u ar infierno? Dijo Ramón casi temblado.
 ─No Ramón, ahora te quedas aquí conmigo en el Cielo. Te dije en una ocasión que el Cielo no quiere retales, y tú has sabido hacer piezas enteras. Cuando te quedó un retal lo empleaste en vestir a Jesús, ese Jesús que nace  desnudo cada Navidad,  para que personas como tú lo vistan. Así que pasa y te enseñaré lo que es Navidad  todos los días del año.

Ramón ufano y contento, vio como San Pedro cerraba tras ellos las puertas del Cielo. 



Teresa Hernández Martínez