Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 19 de diciembre de 2016

Terrorismo en la City



Era una mañana gris y fría del mes de diciembre, y llovía a cántaros en la ciudad de Londres. Con paso firme me dirigía a Tower of London. Caminaba por el puente de Tower Bridge a grandes zancadas; presentía que alguien me seguía. En mi mano llevaba un maletín con los documentos que tenía que entregar a mi superior. Un extraño accidente había provocado que tuviera que abandonar mi automóvil unas manzanas antes, y por ese motivo tuve que salir huyendo, ya que había sido un suceso provocado para cambiar mi itinerario y llevarme hacia una calle sin salida. Mientras caminaba, la lluvia golpeaba con fuerza mi cara, y por mi cabeza sólo pasaba un pensamiento: « no puedo fallar, ya que mi superior me había pedido que no errase en la misión encomendada, al estar en peligro la nación inglesa ». Me llamo Matt Smith y soy agente del MI6.

A primera hora de esa mañana, me encontraba relajado en mi apartamento viendo por televisión mi programa favorito: Doctor who; serie de la BBC que muestra las aventuras de un señor del tiempo conocido como «el doctor», que explora el universo en una nave espacial capaz de viajar a través del tiempo y el espacio. Mientras disfrutaba con las peripecias del protagonista escuché el móvil; era mi superior que me ordenaba recoger unos documentos relacionados con la lucha antiterrorista que, un ciudadano saudí, me iba a entregar junto a London Eye. Me pidió precaución y sigilo, ya que el contacto estaba amenazado por un grupo terrorista asociado al Dáesh, y que, según los servicios secretos, sus operaciones eran sufragadas por el estado islámico para engendrar terror en suelo británico. Sabía por experiencia que las misiones en las que estaban mezclados terroristas del Dáesh eran complicadas, pero como miembro de unos de los mejores cuerpos del mundo estaba preparado para cualquier contratiempo que se pudiera originar en el marco de la misión; la lucha contra el terrorismo era nuestra primera opción. Miré por la ventana, el Támesis respiraba tranquilidad y, a lo lejos, observé a los turistas pasear en barcos de recreo, y deleitar su vista con las maravillas arquitectónicas que ofrecía una gran ciudad como Londres. Tenía unas horas por delante para acudir al lugar de la cita. Sin prisa abrí el armero, cogí mi pistola Smith & Wesson y comprobé que estaba cargada. Seguidamente me coloqué el chaleco antibalas y, después de coger mi cuchillo Bowie y meterlo en la caña de la bota, cerré el armario y me dirigí a la cocina. Miré la hora y, observando que tenía tiempo, preparé té y, apoyado a la barandilla de la terraza, me lo fui tomando mientras escudriñaba London Eye. Después de fumar un par de cigarrillos y terminar el té, me dirigí al lugar señalado; circulaba despacio, ya que no quería llamar la atención de ningún agente de tráfico; cualquier contratiempo pondría en peligro la misión y la vida del ciudadano saudí. Después de recoger el maletín que, un asustadizo árabe me entregó después de presentarme ante él como agente del servicio secreto, me dirigí al cuartel general. Todo fue bien hasta que llegué a la Catedral de Southwark. En ese momento, un vehículo golpeó mi coche por detrás mientras otro, con un brusco giro, se situó delante con intención manifiesta de sacarme de la ruta. Rápidamente, aprovechando que pasaba un autobús y hacía de pantalla, salí del automóvil, y como una exhalación me dirigí a la zona de Tower Bridge. Corría sin mirar atrás. Corría a grandes zancadas hasta que llegué al puente, donde, durante unos minutos, descansé y tomé un respiro. Cuando me cercioré de que no me seguían comencé a andar hacia la otra orilla. Estaba alerta y atento a cualquier imprevisto. De improviso, como salido de una película de acción, el vehículo que me había golpeado frenó bruscamente a mi lado. Al advertir la maniobra aceleré la marcha, y al mirar hacia atrás comprobé que me seguía a corta distancia. No podía ver el rostro de sus ocupantes, sólo sombras, la lluvia caía con fuerza. Me quedaban unos pocos metros para llegar al final y aceleré el paso. Metí mi mano a la chaqueta, agarré la pistola para comprobar que estaba en su sitio y preparada para cualquier contratiempo. Seguía lloviendo con fuerza y, en esos momentos, ningún ciudadano pasaba por la zona, sólo taxis y automóviles, entre ellos el que me seguía. De pronto aceleró y se puso a mi lado, bajó el cristal y vi sus rostros; eran árabes. El copiloto empuñaba un Kalashnikov y, con una sádica sonrisa en su rostro, me apuntó. Con la rapidez de un rayo bajé las escaleras que quedaban a mi izquierda, y de repente escuché un estallido sordo, potente... Me había librado de milagro de una muerte segura gracias a las escaleras que me condujeron bajo el puente, donde, protegido entre sus muros, relajé mis músculos que estaban tensos, y la piernas, ya que había bajado las escaleras a toda prisa. Tenía la cara desencajada, pálida, y cuerpo tembloroso. Cuando me serené saqué mi pistola y me asomé con precaución; la escalera estaba desierta y, en ese momento, pensé que se habrían marchado, pero luego recapacité y recordé lo aprendido sobre la lucha antiterrorista de origen islámico: combaten hasta morir… 

Al cabo de unos minutos, y observando que no había nadie cerca, me dirigí al cuartel general del MI6 que se encontraba en uno de los edificios que habían dentro de los muros defensivos de Tower of London. En ese intervalo llamé a Scotland Yard para avisar de que terroristas de origen árabe se encontraban en la zona de Tower Bridge. Mientras explicaba, un sobresalto en forma de campanadas estuvo a punto de que sacara mi pistola y me pusiera a disparar como descosido; miré el Big Ben y observé que eran las doce; tenía que darme prisa. Después de unos minutos caminando junto al Támesis, advertí que el vehículo de los islamistas venía de frente en dirección a mí. Con la rapidez y experiencia que me otorgaba los años de entrenamiento en el cuerpo saqué la pistola y me escondí tras un árbol. Desde mi escondite observé como uno de los terroristas salía del coche con el arma de guerra en la mano. Saqué la cabeza un segundo para buscar un lugar donde cobijarme con mejor garantía, pero un disparo seco provocó que la volviese a esconder. Parte del tronco donde me encontraba quedó hecho astillas. Advirtiendo que la única escapatoria era cruzar hacia la puerta que daba al recinto donde se encontraba la torre, y pensando que iba a ser blanco fácil intentar atravesar el paseo, decidí defenderme hasta que llegase la policía. Con una velocidad inusitada disparé contra el terrorista que, a cada segundo que pasaba, se acercaba más a mi escondrijo. Al sentir mis balas silbar su cabeza se lanzó tras un banco para protegerse de mis disparos. El otro terrorista, que llevaba un cinturón explosivo adosado al cuerpo, ya que se le notaba al caminar, se desplazó a una cafetería cercana con la macabra intención de hacer rehenes, ya que por el puente de Tower Bridge se escuchaban las sirenas de los coches de policía. Al comprobar que venía el séptimo de caballería, y observar lo que el otro terrorista tramaba, me lancé al suelo y, sigilosamente, fui desplazándome hasta un banco. Desde ese lugar disparé a sus piernas. Una de las balas salidas de mi pistola le dio de lleno en el muslo y cayó al suelo antes de llegar a su objetivo. El otro, al ver que coches de policía lo acorralaban salió de su escondite y disparó contra el más cercano destrozando su parte delantera: el capó se levantó al recibir el golpe seco de las balas y fue una suerte, ya que hizo de escudo ante el segundo disparo que salió del Kalashnikov. Esa casualidad les salvó la vida a los agentes. Rápidamente, los policías salieron del coche ante la inminencia de un tercer disparo y se refugiaron en la parte de atrás desde donde, con sus armas reglamentarias, dispararon al terrorista hasta que vaciaron los cargadores. El terrorista quedó tendido en el suelo rodeado de un gran charco de sangre. De repente, un estruendo en forma de bomba se escuchó en la tranquila — hasta ese día — zona de Tower of London: el otro terrorista se inmoló para no ser detenido, y su cuerpo voló por los aires quedando esparcidos sus restos en un radio de veinte metros. Después de la explosión salí de mi escondite y, con pausados pasos, me dirigí al cuartel general y terminar la misión. Al pasar junto a los cuerpos abatidos de los terroristas los miré con frialdad y, seguidamente, seguí mi camino quedando en la zona olor a sangre y pólvora. 

Alfonso Rebollo García