Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 15 de febrero de 2016

Aquellas fiestas movidas

En Melgar se iban a celebrar las fiestas en honor al patrón San Zoilo. El primer fin de semana del mes de agosto, como todos los años, se lanzaba el cohete anunciador del inicio de las fiestas.

Un mes antes de que comenzaran se subastó la sociedad, la cual hacía la función de bar siendo el único que había en el pueblo, aún durante las fiestas. Aquel año se la quedó mi amigo Luis Ángel, por el precio de salida, pues fue el único que se interesó por ella. Me contó estos hechos que pasaré a narrar de los que fue testigo solo en parte, el resto se lo contaron los propios habitantes del pueblo que participaron o se vieron afectados por ellos. En Melgar vivía una familia en una casa pequeña y ruinosa. En la época en que se celebraron las fiestas, esta familia se componía de un matrimonio el cual tenía un hijo de dieciocho años de nombre Carmelo. El padre de Carmelo había estado en la cárcel. Una constante en su vida había sido el vivir sin trabajar y Carmelo parecía que tenía el mismo propósito. En parte, no era culpa suya porque su padre se negó a que fuera a la escuela, cuando era un niño, o a que tuviera cualquier tipo de convivencia normal con el resto de los demás niños del pueblo.

Durante las fiestas a las que hago referencia, estuvieron con ellos tres hijos de una hermana de la mujer del ex presidiario. Es decir, primos de Carmelo.

Según Luis Ángel, Carmelo y sus tres primos estuvieron en la sociedad y le pidieron de beber. Hasta ese momento las fiestas se habían desarrollado con normalidad. Luis Ángel les invitó a una botella de ginebra, pues intuyó que se resistirían a pagarla y no quería problemas en un pueblo que no era el suyo. Carmelo y sus tres primos eran mayores de edad y podían beber alcohol por lo que Luis Ángel no pensó que fuera un problema el que se emborracharan gracias a su invitación. Salieron con la botella a la plaza donde la gente bailaba al son de la orquesta contratada para aquella noche de fiestas. Todo estuvo tranquilo hasta que pasada una hora desde que Carmelo y sus primos salieron de la sociedad con la botella, un hombre casado con una mujer del pueblo, entró a la sociedad gritando que uno de los primos de Carmelo ostentaba una navaja y amenazaba con ella a toda la gente. Luis Ángel intentó salir a la calle para ver lo que sucedía, pero se lo impidieron porque dentro de la barra lo habían visto beber mucho y sabían que estaba borracho. Después le contaron lo siguiente:

―Estando Carmelo y sus tres primos pegando una paliza a un chico de un pueblo vecino, del que decían que no era muy normal, entonces, algunos hombres de Melgar intervinieron en defensa de aquel chaval. Carmelo y dos de sus primos huyeron y se refugiaron en casa de los padres del primero. Pero uno de sus primos no pudo escapar y, entre unos cuantos, le acorralaron contra una pared de una casa cercana a la plaza donde se había desarrollado la verbena. Uno de aquellos hombres se quitó el cinturón y le azotó varias veces con él en la espalda. También le lanzaron algún objeto como botellas y vasos. El primo de Carmelo sacó una navaja e impedía con ella que se le acercaran más aquellos que le rodeaban. Consiguió hacerse un hueco entre ellos y reunirse con sus hermanos y su primo en casa de sus tíos. Muchos de los hombres de Melgar fueron en busca de los jóvenes a esa casa. El padre de Carmelo salió a la puerta y les pidió que se marcharan. Le preguntaron por su hijo y sus sobrinos, pero insistió en que aquella era su casa y se tenían que ir de allí. Al final se marcharon con la intención de no tomar represalias contra los cuatro jóvenes.


Aquella noche, después de lo acontecido, el teniente-alcalde de Melgar estuvo comentando lo sucedido con un primo suyo hasta que el amanecer le empujó a ir a su casa a dormir. Pero a mitad de camino, según contaron a Luis Ángel después, los tres primos de Carmelo le detuvieron. Uno de ellos, el mayor, tenía un bate de béisbol con el que le pegó en la cabeza un gran golpe, dejándolo en el suelo inconsciente, entre un charco de sangre.


A la tarde del domingo, se reunieron en el salón de plenos de la casa consistorial gran parte de los hombres de Melgar para hablar de lo sucedido. Luis Ángel había cerrado el bar para asistir a la reunión. Pudo escuchar varias opiniones sobre lo sucedido. Notó que la sangre de los concurrentes se calentaba por momentos. Intervino un amigo íntimo del teniente-alcalde el cual estaba en aquellos momentos ingresado en un hospital. Propuso ir a la casa de los padres de Carmelo para ajustar cuentas con los agresores. La mayoría de los presentes se mostraron de acuerdo y le siguieron hasta la casa. Cuando llegaron allí, vieron que otros se les habían adelantado: un hombre sostenía una maza con la que pegaba incansablemente a la puerta de la casa que no tuvo otro remedio que ceder. A la vez, otro hombre, subido al tejado, se dedicaba a tirarlo, lanzando las tejas a un patio colindante. Luis Ángel fue hacia la parte trasera de la casa, vio una ventana con rejas y sintió una rabia enorme. Se lanzó contra ella le pegó un golpe con el puño cerrado. Una mujer le preguntó por qué hacía aquellos y la miró como si hubiese cometido contra él la mayor de las ofensas. Después bajó al bar e invitó a vino a los que habían entrado después de él. Le dijeron que la familia raíz del problema había abandonado el pueblo por la mañana, después de haber agredido al teniente- alcalde.

Al día siguiente, último de las fiestas, unos niños entraron en el bar anunciando que numerosos amigos de Carmelo y sus primos se habían reunido en un pueblo cercano, amenazaban con ir a Melgar y provocar una matanza. Algunos hombres llevaron unos mangos de azada a la sociedad para que pudiera defenderse el que allí estuviera en el caso de que aquellos fueran al pueblo con ánimo de pelea. Pero nada de eso ocurrió y el final de las fiestas se desarrolló con total normalidad.

El asunto acabó con una indemnización que el Ayuntamiento de Melgar pagó a aquella familia por la casa derruida y, a cambio, aseguraron que nunca más volverían al pueblo.

Luis Ángel me contó esta historia durante una velada en la que se encontraba bastante borracho y, dudo mucho, conociendo a mi amigo, que sea verdad ni una sola palabra, pero como a él no le gusta escribir y a mí sí, he decidido trasladarla al papel.

Alberto Ibarrola Oyón

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