Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 13 de octubre de 2015

Fidelidad

Ramón García había estado utilizado la tarjeta de fidelidad durante años en todas sus compras, siempre con el objetivo de redimir los puntos obtenidos en ese viaje a París que le tenía prometido a su mujer, Antonia, desde los tiempos en que eran novios, y de eso ya habían pasado muchos años y muchas tristezas. Ramón creía haber cumplido en todo lo demás: había comprado la casa y pagado el préstamo hipotecario, le había puesto aquella tienda de ropa para que estuviera entretenida mientras los hijos no llegaran, y había saldado con su trabajo todas las deudas que terminó generando el ruinoso negocio. Le había regalado un curso de pintura por correspondencia y unas clases de inglés en aquella academia de relumbrón que habían puesto unos chicos en la plaza del pueblo antes de regresar de nuevo a Londres a trabajar de camareros. También había contratado Internet en casa, aunque entre la segadora y el taxi, que compartía con su hermano José, al que estaba muy unido, no tenía casi nunca tiempo para conectarse, ni máquina tampoco, pues era Antonia la que, dejando las tareas de la casa a un lado, monopolizaba la navegación.

Por acumular puntos en la tarjeta de fidelidad era capaz de ir a la capital a comprar en las grandes superficies, o de repostar gasolina en el pueblo vecino.

Consultaba a menudo el catálogo que la empresa de la tarjeta le mandaba y contaba las compras que todavía le quedaban por hacer para completar su sueño: un viaje para dos personas a Paris, avión y hotel incluido.

De modo que cuando supo que podía consultar y redimir los puntos a través de la página web adquirió un ordenador para su propio uso y cuando consiguió conectarse esa fue la primera página que visitó. Allí estaban todos sus consumos, la historia de cada uno de los puntos que él y su mujer, con tarjetas vinculadas, habían conseguido a lo largo de toda una vida de consumidores. Aparecían varios pagos en salones de belleza de la capital con los que no contaba, pero el que más le sorprendió era el de una factura pagada con esa tarjeta en un hotel de Paris. Consultó la fecha, que coincidía con aquella vez que su hermano tuvo que llevar urgentemente a Antonia al funeral de una amiga de la infancia, Carmen, que había muerto víctima de una cruel enfermedad y en cuya casa había pasado una semana ayudando a la familia. Debía tratarse de un error. Por supuesto que se trataba de un error. De un error que sumaba, por cierto, un número de puntos muy grandes en la tarjeta de fidelidad, de modo que, aunque quiso llamar a la compañía para indicarles la equivocación prefería disfrutar de la parte positiva de ese error y redimir los puntos en ese mismo momento siguiendo los pasos que claramente marcaba la página web para conseguir el ansiado viaje.

Su mujer protestó por el frío, añadiendo que ella hubiera preferido ir en primavera -que era precisamente cuando había muerto Carmen- porque le habían dicho que las Tuillerías eran muy románticas en abril o en mayo, ideales para un paseo de enamorados y que, sin embargo, ahora, con los hielos previos a la Navidad, no iban a poder salir del hotel. Ramón no aceptó las objeciones. Nada se podía hacer ya, porque el viaje estaba contratado y cualquier momento era bueno para hacer que un sueño se convierta en realidad.

Un sueño que dolía tanto como un retortijón. Le dolía que su mujer le hubiera dicho con rotundidad que no hacía falta hacerse el pasaporte ‘porque luego no te lo piden’ o, ya en París, que dijera que su calle favorita era la ‘Avenida Montaigne’ porque era donde estaba Dior, o que le aconsejara tomar el ascensor en el metro de Montmartre porque tenía ‘unas escaleras que matan’. Le dolía cuando con una sonrisa le indicaba ‘es por aquí’ o cuando decía aquello de ‘si vamos a comprar una miniatura de la torre Eiffel es mejor ir al Campo de Marte y regatear a los negros que las venden’ o que daría todo por tomarse un ‘crème’ en Chez Francis porque lo había visto en un capítulo de las ‘Chicas Gilmore’.

Dolía, pero se sentía feliz al sospechar lo inmensamente dichosa que su esposa había sido en esa ciudad y que aunque él no hubiera estado físicamente con ella la primera vez, esta segunda tendría con toda seguridad respecto a aquella un enorme parecido familiar.
 
Luis Miguel Rubio Domingo