Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 25 de julio de 2014

Z, de Manuel Vilas (Reseña nº 678)



Manuel Vilas
Z
Salto de página, 2014


Cuando leemos un libro hay algunos aspectos, más allá de la técnica y el argumento, que suelen centrar la  atención  del lector y que fundamentan su criterio artístico, literario. Uno de ellos es la voz del autor, que a la postre se manifiesta en el tono, en su peculiar timbre literario. Un timbre que suele ser más o menos característico, dependiendo de la fuerza que este (el autor) posea. Si leemos a un mal escritor no sabemos si es literatura o la esquela de un periódico. Sin embargo, si leemos a Borges sabemos en todo momento que es Borges por esa autoridad que baña su textos; o cuando leemos, digamos, a Vila-Matas atisbamos esa ironía, esa risa desde el ‘más allá’ que se despliega a cada párrafo y que lo caracteriza y define.

Algo similar nos ocurre al leer a Manuel Vilas (Barbastro, 1962), quien imprime su personal tono de voz a sus textos, y en todo momento tenemos la certeza de que está ahí, de que escribe/ríe/disfruta al mismo tiempo que lo leemos;  que su ironía y su humor –negro, pero un negro posmoderno, o sea, inclasificable y socarrón- nos persiguen y nos iluminan y nos trasmuta en lectores-paseantes de un universo literario personal, que igualmente podemos encontrar en España (2008), por ejemplo.

En estos cuentos que conforman Z -algunos rozan el microrrelato por su extensión- Manuel Vilas despliega su acertado lirismo-sarcástico y se sitúa por encima de todas las cosas. Porque, si bien es cierto que el narrador es decadente, gris y triste, el escritor que se esconde tras él se asoma con vehemencia,  nos da una bofetada y nos muestra otra arista de la realidad. ¿Qué realidad? No estoy seguro, porque la buena literatura tampoco te da todas las respuestas sino que se ‘conforma’ con recrear la suya propia, desde su propia perspectiva, socavando estrecheces para abrirse paso hacia… no estoy muy seguro tampoco… hacia otro lugar desconocido.  ¿Zaragoza?

Z, la ciudad-libro que aquí comentamos, es la propuesta de una realidad paralela, distorsionada y poblada de sombras grotescas, valleinclanescas.

Pero, lejos de perdernos en los laberintos de Z, Vilas nos muestra un camino coherente. Ese camino pasa por Lou Reed y hace un alto en algún descampado de una Z (Zaragoza), destartalada, nostálgica y extraña, muy extraña, casi surrealista, bañada por un verismo tan desconcertante que nos hace dudar y frotarnos los ojos, reír y apiadarnos de su principal protagonista-habitante. Y mientras leemos estas historias, nos preguntamos: ¿estoy ante una fantasía sensata o ante la crónica de un loco? El abanico de opciones se abre y la literatura vilasiana nos desliza a ese interregno de lo absurdo, de lo recordado, de lo irreal e hiperbólico. ¿Hiperbólico?  Sí, mucho.

Casi todas las historias que se suceden en Z vienen rubricadas por una primera persona, lo que hace que el libro cobre cierta unidad y coherencia compositivas, a pesar de su disparidad de argumentos y variadas narraciones. Además suelen tener lugar en Z, la Zaragoza que ha reinventado el narrador, o quizá Vilas, esa  urbe ‘extraordinariamente perversa y rara’. En la que en un piso diminuto, malvive con su ‘cabra’  como un raro vampiro que desafía la eternidad, que lee a Parménides y que oye y venera a su dios particular: Lou Reed. En la puerta tiene su Ford Fiesta aparcado, con las ruedas manchadas con todo el polvo de los descampados de la ciudad.   

También es posible verlo departir con Kafka, un amigo de la infancia. O discutir con Sid Vicious, porque a pesar de que nos creamos eso de que  no hay futuro’ este narrador es inmortal y sobrevivirá a sí mismo y a sus propios libros.

Sobra decir que para escribir sobre la extraña y difícil vida en Z y ser un vampiro adicto a las drogas de la vida se precisa un estilo directo, heredero del realismo duro. Cargado de ironía y muchas ganas de confundir la experiencia con la literatura, y además, salir indemne.

Libro de narraciones cortas divertido, original y que deambula por los márgenes de lo políticamente incorrecto sin dejar de apostar por la fantasía hilarante y el sarcasmo, la autoparodia y lo atemporal. Está escrito con una dicción perfecta, que roza momentos de inclasificable lirismo. Es posible que algunas piezas no lleguen a captar nuestra atención y se queden en meras anécdotas, pero en general el conjunto es bastante notable.

 Yo creo que hay que leerlo, no se sentirá el lector defraudado pero sí sorprendido y con ganas de seguir leyendo al Gran Vilas.

Pedro Pujante